¿No ha sido acaso el mal gobierno el responsable de la entrega de la riqueza nacional al extranjero? ¿Es verdaderamente el factor externo el que ha colocado al país en un rumbo equivocado?¿No estaba el peso en plena caída y la economía desquiciada desde varios años antes de que Donald Trump ganara las elecciones? Estas son sólo algunas interrogantes que apremian el texto de Cesar Silva Montes, critico severo de aquellos analistas ¿estúpidos? que, al borde del suicidio, presagian un futuro negro para México, como si el modelo neoliberal, al que tanto se defiende en las altas esferas, no hubiera arrastrado a la miseria a millones de mexicanos, desde hace más tres décadas en que fue implantado. 

En una mañana de noviembre, cuando el viento helado nos recuerda el extremoso clima juarense, fui a disfrutar de mi querida Sofía que bailaría la Danza de los viejitos. El motivo: en la escuela organizaron la celebración del 106 aniversario de la revolución mexicana. El ambiente rebosaba de mexicanidad: gorditas, tamales, enchiladas, flautas, huaraches; y las recientes chilindrinas y discada. Los niños y las niñas con los trajes de la revolución, algunos vestidos como Madero, Villa, Zapata, otras con la vestimenta de China Poblana, Adelitas y revolucionarias. En mucho tiempo me dio gusto no encontrar hot-dogs, hamburguesas o nachos. Aunque la pieza que bailó Sofía, fue la cultura híbrida, porque la música sonaba más a Hip-hop que a la tradicional música de violín, sojas y guitarras michoacanas.

Después de los honores a la bandera y cantar el himno nacional, niños y niñas recorrieron la cancha de basquetbol con pancartas y diversas consignas. En medio de la algarabía de la niñez y el orgullo de madres y padres por sus querubines, me pregunté cómo aún se recordaba el 20 de noviembre de 1910, cuando cada vez más se entrega la soberanía. Leí algunas pancartas pintadas de tres colores y parecería que el tiempo se detuvo: “Muera el mal gobierno. Viva la libertad”; “La tierra es de quien la trabaja”; “Sufragio efectivo, no reelección.” Un lema me recordó a Trump y la histeria nacional: “El que quiera ser águila que vuele, el que quiera ser gusano que se arrastre pero que no grite cuando lo pisen. La consigna es de Emiliano Zapata, según el sitio www.mis-tareas-copiadas-para-no-batallar.

Así me pareció la clase política mexicana y sus corifeos lectores de noticias de Milenio y demás, el día de las elecciones en Estados Unidos. El águila que no emprendió el vuelo para hacer realidad los ideales de la revolución armada, y con perdón de los gusanos, siempre vasallos del poder, ahora se quejan de la pisoteada que vendrá en 2017. Ellos y ellas que tanto han elogiado al neoliberalismo y sus secuelas, continúan ensimismados en culpar a los factores externos de la debacle nacional. El análisis fácil es insistir en lo que ya sabemos: xenófobo, machista y Hitler renacido. Carlos Puig, parecería que estaba viendo el fútbol y en vez de leer las noticias de Milenio, se lamentaba del inminente éxito de Trump. Uno de los sesudos “analistas”, expresó que el triunfo del magnate era un cataclismo.

Recurrí a mi diccionario Chihuahua y encontré varios sinónimos: hecatombe, catástrofe, calamidad, ruina, tragedia. Más serio le pregunté a Google cómo se define cataclismo: “Desastre de grandes proporciones que afecta a todo el planeta o a parte de él y es producido por un fenómeno natural”. Me tranquilicé porque Trump no es terremoto ni huracán, aunque así lo calificó Agustín Carstens. También significa: “Alteración grande de la normalidad en el orden social o político”. Me dije que eso era problemas de la población estadounidense, no nuestro. Ellos y ellas lo eligieron, hizo promesas que pocos políticos o pocas políticas las hubieran manifestado por aquello de lo llamado políticamente correcto. Yo no estoy preocupado por los próximos hechos de Trump, como gobernante, sino por la neurastenia de la clase política y los lectores de noticias que nos pintan el caos para México. El problema es que Peña Nieto es incapaz de defender nuestra soberanía y cambiar el rumbo económico dependiente y de salarios de hambre.

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Acá se apela a la buena voluntad de que las-relaciones-entre-México-Estados-Unidos-están-por-encima-de-los-gobernantes, o algo parecido. En la tierra de Abraham Lincoln salieron a manifestarse y gritar que Trump no los representa; que ya no decida el colegio electoral, sino el voto popular. Alcaldes como el de Nueva York, declararon su apoyo a los inmigrantes y la posibilidad de destruir bases de datos para que Trump no los pueda localizar y deportar. Aterrados por el problema de que bajen las remesas, la incapacidad para emplear y darles un lugar a los próximos expulsados, no se acuerdan como en México se creó el grupo Beta y se recrudeció la caza de migrantes centroamericanos. Entonces no se tentaron el corazón para hacerle el trabajo sucio al Tío Sam y regresar a quienes no tienen futuro en sus países. Y como a la clase política no la explotan en las maquilas, no quieren que se revise el TLC y disminuyan los trabajos mal pagados y sin libertad sindical, aunque el colectivo obrero estadounidense pierda espacios laborales.

El nuevo peligro para México se acerca para relevar a López Obrador. No debería, pero aclaro mi antipatía por Trump, pero mi rechazo a la histeria política. La nueva cortina de humo para justificar que seguiremos jodidos y que el peso perdió valor por culpa de Trump, cuando ya se había devaluado. Como si no fuera más debido a los especuladores, y no estrictamente por el desarrollo de la economía. Estamos ante una paradoja: Trump se fue de la lengua y “puso a temblar al mundo”. En su primer mensaje después de la elección, se enfocó a la reconciliación, a matizar las deportaciones para los delincuentes, hablar de más de cooperación planetaria. No creo que se modere y no cumpla promesas inaceptables para México. Pero en la peñalandia, los candidatos en campaña prometen lo políticamente correcto y como gobernantes no cumplen lo que sí esperamos: al menos que baje la electricidad, el gas y los combustibles con la reforma energética. O la universidad gratuita.

Bien harían los autollamados analistas de la política, en dejar de seguir cobrando por desentrañar por qué ganó Donald. Al fin que no pasarán de criticarlo, porque no abandonarán sus cómodas oficinas para, por ejemplo, ir a bloquear un puente internacional en protesta. En noviembre vale recordar que México se hizo una revolución desde abajo, pero los de arriba se quedaron con el poder. Rememorar que no siempre existió, ahora sí el cataclismo porque es mundial, neoliberalismo con su estela de precarización laboral y social. Allá en Gringolandia que se ocupen de saber si fue el racismo contra un presidente afroestadounidense y su machismo no les permitiría elegir a una mujer, así fuera mentirosa. (Por aquello de los correos filtrados). O si votaron contra Hillary no tanto por Trump. O si fue un repudio a las cúpulas demócrata y republicana.

En la inmediatez de las redes sociales y trasladadas a la política cotidiana, los análisis se apresuran y no maduran sobre las causas de los hechos políticos. Los primeros afectados son los encuestadores y futurólogos, pues se les agregó otro error de predicción. Después del Bretix, el no por la paz en Colombia y el triunfo de Trump, se nota uso y abuso de encuestas para inducir a la población a votar. En el último caso, David Birdsell, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, se preguntó qué hicieron mal, si las preguntas, la muestra, el método. Otra interrogante fue: ¿Estamos perdiendo la capacidad de describir la tendencia de la población en nuestras democracias?

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La respuesta es evidente. ¿Cómo encuestaron en los estados industriales donde se le prometió conservar empleos? ¿Sería una casualidad que Donald ganara en Michigan o Wisconsin de tradición demócrata? Parece que la juventud y la población afroestadounidense sufragaron menos por Hillary. Si Trump ofertó proteger a las industrias locales, en la lógica de las campañas ¿extrañaría obtener votos a su favor? Y presumió que la Ford se queda en Kentucky y no se traslada a México. En el lenguaje contemporáneo de las empresas no hay porque asustarse: es un área de oportunidad. Si hay evidencias de que se detendrá la inversión extrajera, es tiempo de buscar una alternativa. Entonces para qué seguir examinando si la población gringa, latina y de otros países es masoquista y eligió a un machista, xenófobo y racista.

Volviendo a Zapata y los ideales de la revolución de 1910 siguen vigentes: ¡Muera el mal gobierno y Viva la Libertad! La miseria de la clase política no tiene remedio. Doce gobernadores tienen cuentas pendientes por corruptos. Todos los presidentes, al menos después de Cárdenas, se enriquecieron con el puesto. En el discurso Donald parece menos neoliberal que Peña Nieto. Y cómo no quieren volar, se quejarán porque los pisoteen. Por eso el cartón de Helguera es ilustrativo de la realidad mexicana: Trump vestido de Hitler exclama: “Mandaré a los mexicanos a un campo de exterminio: México”.

¿Asesinatos cotidianos, secuestros, 60 millones de pobres, racismo contra los indígenas, feminicidios, corrupción en el gobierno, gastos médicos mayores por levantar el dedo versus seguro popular ineficiente para el pueblo? No es cataclismo, porque no es natural. La ciencia política habrá de acuñar un nuevo concepto para lo que hace la clase política en México.