El cuento lo empecé a escribir en el 2002, unos cuantos meses después del 9/11. Andaba yo muy conmovido por las formas espectaculares e irónicas, que la muerte puede cobrar. Vas viajando en un avión, leyendo tu libro —con Debussy en los audífonos— muy burguésmente; cuando, ¡zas! El “árabe” risueño que va sentado junto a ti se para y, sacando una “arma punzocortante” del turbante o de algún otro lugar representativo, se pone a gritar como desaforado. De en medio —y del otro extremo— del avión le hacen eco otros dos —antes afables— “árabes”. Lo demás es historia; secuestran el avión, lo hacen que se desvíe y van y lo estrellan en un rascacielos.

En mi cuento también uso “árabes” o, mejor dicho, musulmanes terroristas, que secuestran un avión y asesinan a la tripulación, después de desviar la aeronave y hacer que aterrice en un aeropuerto clandestino del medio oriente. A los pasajeros les respetan la vida, excepto a un judío millonario—por cuya causa fue secuestrado el avión—, al que asesinan con gran placer, después de hacerlo que confiese algunos secretos —que tienen que ver con Wall Street— y que declare: “no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”.

Después de mi divorcio, que tanta inspiración y ganas de escribir me quitó, ese cuento lo abandoné, junto con otros textos, y ya no volví a tocarlo. En ese entonces había estado trabajando en una colección de cuentos, que quería fuera algo parecido a los Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga; pero en este caso sería “Cuentos de codicia, poder y de muerte”. Un título bastante afectado, que se me ocurrió después de ver una película de Kieślowski.

He vuelto a Ciudad Juárez, después de ausentarme por quince años, y las cosas han cambiado dramáticamente. Para empezar, en aquel tiempo a nadie le cruzaba por la mente la posibilidad de padecer el terrorismo que Juárez ha vivido, en mayor o menor medida, por los últimos ocho años. Hace unos días, al echar un vistazo en una carpeta de viejos textos, encontré el susodicho cuento. Y lo tuve que re-escribir, porque el asunto de los musulmanes terroristas, aunque no ha perdido vigencia, ha dado lugar a otro más apremiante: el de los sicarios y carjackers juarenses. Así que, usando el método de los productores de películas baratas populacheras, he cambiado elementos de una historia por otros de más actualidad y resonancia, para presentarlos, también, como una especie de refrito “creativo”. En vez de un avión, tengo un camión de la Ruta-8; en lugar de judío rico tengo un tendero próspero de una tienda de abarrotes de la periferia. A los árabes los reemplacé con un “afable” vendedor de papas torreoneras y su secuaz.

Todavía estoy retocando la historia. Aunque, después de leer el periódico esta mañana, no sé si valga la pena acabarla, porque va a parecer un fusil de la noticia titular. La trama va más o menos así, a grandes rasgos:

En una tarde aciaga de verano juarense, la Ruta-8 va hasta el tope. Es la hora de las maquilas, y el camión va lleno, también, con estudiantes de secundaria.

En el Barrio Alto se sube un joven con gafas oscuras, de unos dieciocho años, vendiendo papitas torreoneras. Al abordar inmediatamente lo solicita una muchacha de maquila, y un estudiante con cara espinillenta tampoco se hace esperar con una petición doble. El vendedor de papas no desaprovecha la oportunidad del comentario.

—Que güeno que se acuerde de su morra, mi chavo.

El estudiante lo corrigió tímido:

—Las dos son pa’ mi.

— ¡Órale! El mundo debería estar lleno de gente como uste’, mi compa. ¡Póngale a las papas!

Una anciana pidió la bajada, y el de las papas fue hasta su asiento, para ayudarle a levantarse, abriéndole camino para que bajara con la mayor facilidad posible.

En el centro la ruta se desahogó un poco, y toda la gente iba sentada. El de las papas torreoneras fue a instalarse en uno de los asientos traseros y, sin que nadie se fijara, del balde con papas sacó un cuerno de chivo, mismo que ensambló en unos segundos. Al primer curioso que lo notó le descargo los primeros tiros, en medio del pánico colectivo. Luego le dio instrucciones al chofer que siguiera manejando, e hizo que todos los pasajeros se movieran hacia el frente, dejando los últimos asientos traseros libres.

A cada movimiento sospechoso que percibía, el papero descargaba una pequeña ráfaga. Curiosamente, el plan inicial no había sido subirse a esta ruta; pero al caminar por la calle distinguió a don Mario, el tendero más próspero de su barrio, que se subía al camión. Fue así como cambió totalmente su plan. Ahora había decidido que iba a hacerle al carjacker con el camión de la Ruta-8; porque eso de ver a don Mario transportarse en camión no era cosa de todos los días. Como buen sicario, el papero siempre supo muy bien que debía ser flexible y estar listo a cada momento, en caso que tuviera que dar un giro de 180 grados a los planes.

Para esto, ya  uno de los “pasajeros” —también con lentes oscuros— se había unido al sicario de las papas, en lo que se veía como parte de un plan preconcebido. En fracción de segundos los dos pensaron en una estrategia infalible. Se concentrarían en el chofer y el tendero; al chofer lo iban a utilizar  para que los moviera con su camión a la casa del tendero y lugares claves, y después los matarían a los dos.

Una vez que se deshicieron de todos los pasajeros, bajándolos del camión (exceptuando a los que estaban muertos en el piso; que eran cinco), el sicario de las papas y su secuaz se quedaron con el chofer y el tendero. A este último lo torturaron hasta que les dijo en que parte de su casa guardaba el dinero, junto con otras cosas de valor tales como joyas y documentos. Después de sacarle la información al desafortunado don Mario, se dirigieron a su casa. A estas alturas la policía todavía no se daba por aludida.

En la casa de don Mario hicieron otra carnicería, porque, a pesar del pasamontañas que se habían puesto al llegar al lugar, una de las hijas reconoció al cómplice del papero como un condiscípulo de la prepa; y todo debido a la voz chillona del rufián preparatoriano. El papero la pasó el cuerno de chivo y, a la voz de “¡échatela!”, lo conminó a que aniquilara a la pobre muchacha.

—Es todo, m’ijo —elogió el orgulloso sicario, al ver a su socio seguir las instrucciones fielmente.

Lo que sigue en mi cuento es de adivinarse. Los sicarios se hacen de muy buena lana, y  la policía nunca los atrapa. El dinero lo gastan en alcohol, drogas y damas de congal. Después cada uno muere ejecutado por su cuenta. La moraleja simplona: el que a hierro mata, a hierro muere; o, what goes around, comes around.

Hoy apenas estaba buscando la forma de darle un sesgo a mi historia, que la hiciera menos predecible, cuando leí de un caso similar en un titular de periódico. La única diferencia es que el protagonista no es un vendedor de papas torreoneras, sino un tipo que ha sido ya identificado como ex policía; y su cómplice no es un preparatoriano, sino un junior ocioso, hijo de un funcionario del municipio. En vez de un tendero, los desvalijados fueron pasajeros comunes y corrientes, que venían de la maquila, en viernes, después de cobrar su cheque. Hubo muchos muertos, porque ambos asaltantes traían cuernos de chivo y algunas de las victimas opusieron resistencia. Se cree que el chofer fue parte de la conspiración y está bajo custodia.

Una vez más la realidad supera con creces a la ficción. Quizá yo desista, de una vez por todas, de acabar mi cuento. Ahora veo porque es tan difícil encontrar buenos escritores…