El próximo 24 de Febrero se llevará a cabo la 91 entrega de los Oscares, donde el filme “Roma”, del mexicano Alfonso Cuarón, esta nominado en doce categorías distintas. Yalitzia Aparicio, protagonista de la cinta, y quien ha sido también nominada como mejor actriz, ha recibido criticas que más que en su actuación, se centran en su origen étnico. Frida Wong escribe este texto donde analiza la dicotomía mestizo/indio, que es uno de los pilares en los que se funda nuestra desvencijada identidad mexicana.

No hace mucho, los mexicanos descubrimos el maravilloso filme del excelso Alfonso Cuarón denominado “Roma”. En estas lineas no pretendo hacer una defensa o ataque al largometraje. En lo particular lo disfruté mucho. Existen personas a quienes no les gustó y están en plena libertad para apreciar o desdeñar el arte como la del galardonado director. Este texto pretende centrarse en el extraño fenómeno mediático desatado en torno de su protagonista, la actriz Yalitzia Aparicio Martínez, quien haciendo su debut cinematográfico, de la mano del reconocido cineasta, se ha llevado (según podemos encontrar información en internet) doce nominaciones como actriz revelación y mejor actriz en diversos festivales internacionales, habiendo ganado al menos uno de ellos y a la fecha que escribo, está pendiente que se decida si gana como mejor actriz el Oscar, proeza no sólo para una actriz mexicana debutante, sino para cualquier histrión de otras nacionalidades.
En un principio, no había tenido tiempo de observar el trabajo de la novata protagonista, pero continuamente encontré en los medios notas respecto a la joven, tanto a los múltiples reconocimientos y elogios que recibe, como las denostaciones que han trascendido de personas que luego prontamente (en tiempos de corrección política) se han retractado de haber proferido insultos o calificado peyorativamente a la señorita Aparicio, por su origen, es decir, por ser descendiente de personas pertenecientes a los pueblos originarios de nuestro país; así, uno se entera que ella nació en Tlaxiaco, Oaxaca, hija del señor Aparicio (perteneciente a la etnia Mixteca) mientras que su progenitora, la señora es de origen Triqui. Yalitzia, estudió originalmente para ser docente en el nivel pre escolar, Aparicio Martínez, al parecer no tiene entrenamiento formal como actriz. Sus rasgos, notoriamente de una persona de origen indígena, le han valido críticas por ser “fea”, “india” y múltiples adjetivos que revelan que en nuestro país, no sólo nos sigue molestando el éxito ajeno, sino que nos basamos en el aspecto de la persona para medir sus capacidades.
Para una mujer que (según ha trascendido) tiene orígenes económicos precarios, haber logrado codearse con la llamada “realeza hollywoodense” ha sido motivo de envidias y sorpresa de las élites de éste país; gente eminentemente de tono de piel claro, con ojos claros o incluso quienes no cuentan con tales perfiles físicos, pero pertenecen a estratos socioeconómicos más elevados, no han tenido empacho en dejar saber su sorpresa por el hecho de que esta mujer, haya logrado la proeza de ser nominada al premio que la Academia de Ciencias y Artes de Estados Unidos otorga a la mejor actriz, porque –nos guste o no- es un pasaporte a ir más allá en el mundo del arte, entrar en contacto con realizadores de todo tipo, en una industria mucho más grande que la nacional y que le aporta a cualquier actor una gama de posibilidades tan sólo soñadas en este país donde desde hace tanto se desdeña a las artes y las humanidades como prioridad social. Ahora bien, mi opinión –a la que tengo derecho por más que cada día se nos restringe más ese Derecho- es que:
Lo que en realidad nos debería sorprender es el hecho de que una persona, con múltiples condiciones para ser vulnerable, pues es, indígena, mujer, criada por una madre soltera; haya logrado completar una formación académica, que no tiene una preparación actoral, lo que revela que evidentemente es una mujer tan inteligente, que su papel de mujer de pueblo y sencilla, le sienta de forma natural en la pantalla, dando la impresión de ser una mujer sin mayores ambiciones y sin mucho bagaje cultural.
La verdadera sorpresa ha sido que en nuestro país, los medios de comunicación hayan tenido que rendirse y ser inclusivos, darle el reconocimiento ante la excelencia demostrada de la mano de un creador genial, pues evidentemente, no hubiera sido siquiera considerada para interpretar un papel estelar de ninguna producción de las televisoras nacionales, ya que el estereotipo de belleza impuesto, correspondiente a un modelo anglosajón, emitentemente aspiracional y discriminatorio a la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas, es el de mujer con rasgos caucásicos, tonos de piel y ojos claros; empero, en tiempos de corrección política, quienes la han denostado públicamente han tenido que salir a rendir disculpas por su actitud de discriminación, producto de racismo que en este país se practica de manera sistemática y que hace que la gente confíe en automático en las personas con ese modelo físico mientras que se presenta el recelo ante cualquier ser humano, sea cual sea su género, cuyo aspecto no corresponde a los estándares impuestos por las empresas comerciales y productoras. Es decir, nadie de los medios de comunicación tendría problema en haberle dado un papel en un comercial de las entidades de gobierno (donde si se contrata a personas que corresponden al promedio de aspecto de un mexicano) pero es claro que su fisonomía, al no pertenecer al modelo dominante en esas esferas, no hubiera sido siguiera tomado en cuenta.
La que esto escribe, perteneciente a una familia de origen humilde (aunque no de pueblos originarios) tuvo la fortuna (como sucedió con Yalitzia) de poder acceder a oportunidades de educación, que han hecho una diferencia en mi vida, pero doy testimonio de lo difícil para una mujer que no pertenece al promedio de lo considerado bello, ni tiene un origen al menos de clase media, el poder colarse a una esfera de mejoría económica, sin que por ello me sienta avergonzada de mi origen. Así, puedo comprender que Yalitzia se haya limitado a ignorar a quienes la critican y desdeñan su capacidad actoral (porque consideran que en realidad es una doméstica interpretando a una doméstica, sin considerar que al menos es una mujer con grados académicos) pero entendamos una cosa, Cuarón lo dejó en claro en una entrevista cuando se le acusó de estar dando muerte a la industria del cine como tal, al estrenar su filme en una plataforma de televisión de paga, lanzando preguntas retóricas tales como: ¿Dónde se le hubiera abierto la puerta a una película filmada en blanco y negro, con una desconocida en el papel protagónico, con diálogos en lenguas indígenas? ¿Cuántas salas en México considerarían redituable un filme de esa naturaleza? Más aún, ¿En realidad cuantas personas irían a verla a un cine? Así, que la película se convirtió en el fenómeno que es, no sólo por su calidad y originalidad, saliéndose de los cánones de cine comercial, sin ser un refrito de comedias de otros países (que a eso se contrae en fechas últimas las producciones mexicanas) sino porque pudo lograr llegar más personas en razón de que estaba disponible en sistema de televisión bajo demanda, sólo se explica que haya alcanzado un público mayor que el que hubiera logrado en salas de cine, pues la gente acude a ver en su mayoría cine de origen extranjero y las pocas producciones mexicanas, carecen de esos niveles de audiencia, salvo en el caso de –insisto- las malas comedias que por lo regular se producen en nuestro país.
Todas las respuestas a las preguntas formuladas por Cuarón nos llevan a lo mismo, el racismo imperante, que cierra las puertas y que ancestralmente ha procurado que las personas que pertenecen a los pueblos indígenas no tengan oportunidades de acceso a la educación, lo que hizo que Yalitzia, una mujer menudita, joven, con un aspecto de cualquier otra mujer que podríamos encontrar en la calle, haya despertado esa polémica, así los insultos contra la mujer por sus rasgos puros y auténticos, no son más que el resultado de condicionamientos sociales para calificar la belleza de una mujer.
Finalmente, a mi parecer, no debería ser motivo de sorpresa, sino de una profunda vergüenza como país, el hecho de que no existan más Yalitzias donde sea, triunfando en los diferentes campos, la ciencia, como empresarias y ¿Por qué no?, como modelos publicitarias, actrices, dando la vuelta a los estándares que se nos han impuesto y que nos llevan a esa profunda insatisfacción con nosotros mismos, que cuando alguien te llame “indio” no constituya un insulto, que el tono de la piel de un ciudadano o ciudadana mexicana deje de ser la barrera que le impida acceder a mejores posibilidades de vida, quizá Yalitzia no se lo planteó al aceptar participar en la película, pero su ejemplo abre puertas y discusiones sobre las realidades de la nación, donde tenemos movilidad social nula, pocas posibilidades de crecimiento, donde si naces pobre, lo más seguro es que mueras en tales condiciones, donde ser mujer es de inicio una desventaja, donde nacer mujer y ser indígena es prácticamente una condena a la repetición de un patrón, donde la explotación de las etnias con la etiqueta de “Mexican Curious” o atracciones turísticas es una industria. El hecho soprendente no es que Yalitzia haya sido nominada al Oscar, sino que nos sorprendió (refiriéndome a la generalidad del país) porque con ello nos puso en evidencia como una nación con profundos resentimientos hacia quien osa “escapar” del sitio que le “corresponde” y que en realidad vivimos mediante la opresión económica, bajo un sistema de castas. Mi reconocimiento a esta mujer, de la que no pretendería que se tornara en abanderada de causas sociales (porque nadie está obligado al martirilogio) sino que logre desarrollar un potencial que ya está ahí, quizá en una vocación insospechada y que por cosas del destino, vino a cuestionar nuestra realidad y poner en la palestra, el profundo desprecio que, de manera sistemática se ejerce hacia quienes, como ella, pertenecen a grupos vulnerables, pero con su ejemplo, se demuestra que no importan límites para quienes se atreven a salir del camino trillado.