¿Qué humanidad somos? Me sorprende sin duda la victoria de Trump. Me pasma imaginar un planeta en el que el líder mundial no cree en la ciencia, no entiende que la justicia no debería de comprarse, que cree que todo lo diferente a él es menos, que no entiende la hipocresía necesaria para no hacer colapsar el sistema nervioso de los que lo acompañamos. Me da asco, tristeza, dolor, miedo, náuseas, coraje, todo al mismo tiempo. Me permite comprobar mi hipótesis, que es la de mucha gente seguramente, aquella en que los medios de comunicación en los Estados Unidos y el resto del mundo trataron de construir una candidata presidencial donde ni siquiera había una gobernadora. Prensa, televisión, radio, el sistema de gobierno en general y las redes sociales, esas que nos someten a su burbuja en la que todos opinan igual que yo o los doy de baja, no nos fallaron, nos demostraron que no solamente no hemos visto al otro setenta por ciento de la gente, no nos hemos visto ni a nosotros mismos.

De las farsas televisivas de Trump yo jamás me había enterado hasta el momento en que se volvió candidato, un par de ocasiones lo vi como a otros miembros de la farándula maltratando o siendo mangoneado por mis ídolos del pancracio, hasta ahí. Las de Clinton no me eran ajenas, política de toda la vida y bajo el escrutinio público de sus constantes pésimas decisiones, de sus arranques despóticos, de sus ataques de histeria y de sus manipulaciones y el terror que sembraba en la res publica. Cuando los dos comenzaron a aspirar a sus respectivas candidaturas, me pareció caprichoso y poco benéfico para los Demócratas, pero risible para los Republicanos.

Hillary Clinton ha sido los últimos veinte años la piedra en el zapato de su partido y acaba de convertirse en su trampa de oso. Yo no sé qué tanto le sepa al resto de los miembros de su camarilla como para que no la hayan mandado a dormir desde hace tiempo, pero las decisiones empobrecidas basadas en anclajes políticos viejos, en forma y personificados por un par de ancianos, muy muy decrépitos, los arrastraron a una vorágine que hoy los devora. Hoy se da muestra de una sociedad fracturada entre liberales románticos neoconservadores y retrógrados imbéciles conservadores.

Esa es la comunidad que los pone hoy ahí. Pero no sólo la estadounidense que los votó directamente, sino todos nosotros que día a día anhelamos el sueño americano, que le apostamos a la vida competitiva, que creemos que la responsabilidad social corporativa existe. Nosotros los preocupados por tener hijos para mandarlos a los tres años a los reclusorios esos en los que les enseñan a mal leer, a peor escribir y a sumar, pero nomás como Chava Flores “peso sobre peso, siempre sin pasar de dos”. A nosotros los que como yo somos docentes de todos los niveles de educación y nos da miedo decirle con sinceridad a los alumnos las cosas que creemos, a los que no nos gusta el escrutinio público porque anhelamos la santidad del anonimato. A los neutrales, los mancos en el box de las ideas, los cojos que a patadas repelen desde sus sillones las molestias de las dudas propias, las existenciales.

Somos los que resguardados bajo el manto de las ideologías de cajón a las que ninguna fe ni adhesión profesamos seguimos atados y no nos sacudimos de ellas y buscamos otras nuevas, unas tal vez creadas por nosotros, más humanas, más reales, más tangibles. Somos también los que buscan dar auxilio a las causas lejanas, a los rescates de los animales y los árboles porque somos incapaces de atrevernos a confrontar el rechazo de otro ser humano, porque estamos emocionalmente incapacitados para aceptarnos rotos, fraudulentos, incompletos.

Somos esos que, aunque no vivimos en los Estados Unidos, le aplaudimos todos los días a sus inventos sedativos colgados de viejas palabras que nada significan ya para nosotros: Democracia, Familia, Libertad; pero que tampoco buscamos acuñar otras nuevas que sí nos representen: Amor, Comunidad, Autoestima.

Hoy es un día aciago, triste, emblemático. Es un día que nos deja ver que los formatos viejos de sociedad, cultura y política ya se perdieron. A veces en mis clases, con mis alumnos y con mis amigos me gusta sacar a colación a Lenin o a Gramsci para respaldar las cosas en las que creo creer. Hoy Marx no es la respuesta, hoy no hay respuesta por qué no queremos plantear la verdadera incógnita y encontrarnos con su terrible réplica. Seguramente no todos adolecemos el mismo tipo de xenofobia del magnate, pero ciertamente sufrimos alguna de sus variantes. Los de la izquierda odiando a los de la derecha, los religiosos a los ateos, los pobres a todo porque su dolor y su hambre es tan profunda que el odio es el único discurso lo suficientemente atractivo, los ricos hastiados de vernos haraposos y necesitados ensuciando las grandes avenidas que construyen para sus coches asegurados con los que atropellan nuestros derechos a diario.

¿Qué sigue para una generación como la nuestra? ¿Qué queremos construir? ¿Cuándo vamos a buscar la respuesta en conjunto? ¿Cuándo voy a escuchar al que piensa distinto de mí y nos uniremos a buscar nuevos rumbos, formas y términos que sí nos represente, que sí nos unan, que sí nos den un futuro viable?

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