Rodolfo Ortiz nos ofrece un análisis sobrio sobre la lectura que la opinión pública le dio a la desgracia de Tlahuelilpan. Ortiz basa su argumentación en comentarios expresados en redes sociales, que cada vez más, se constituyen como un termómetro para medir el grado de exacerbación social.

Qué doloroso me ha resultado navegar por el Facebook en estos días. La tristísima tragedia del pueblo de Tlahuelilpan ha hecho brotar una serie de señalamientos que rayan en el patetismo. Creo, fehacientemente, que la pobreza no es una elección. Es el resultado de siglos de explotación a una misma clase social desprotegida. La historia de la desigualdad es la marca que cruza al territorio que habitamos, sin diferenciar épocas históricas.
El sistema semi esclavista de los pueblos indígenas; las castas de los novohispanos; la pobreza avasallante que dejó la Independencia y la falta de acceso a mejores espacios de lo social durante el largo siglo XIX; la bola que nada le sacó a la Revolución, y después los gobiernos emanados de ésta que enriquecieron a los mismos grupos de siempre, han creado una brecha titánica que divide a los que tienen mucho o todo, de los que tienen nada. Esto creo que lo sabemos.
Lo que hemos olvidado es que los que tenemos poco no estamos del otro lado. Nos codeamos con la pobreza y la miseria todos los días, todo el día. Frente a esta realidad me aterra la falta de empatía con las víctimas mortales, con la desesperación de los familiares y con el dolor intrínseco que conlleva una desgracia de la magnitud de la explosión que sumirá sin duda en mayores complicaciones a las muchas familias que ahí se hallaban. Frente a esto la respuesta unívoca debería ser la solidaridad. No lo es.
Las opiniones que van desde que se lo merecieron por el hurto hasta que ojalá y les vuelva a suceder para que se les quite, son de un revanchismo y elitismo mediocre que no está dirigido a la población de Tlahuelilpan. Ese odio está enfocado contra un proyecto de Estado-Nación mexicano que en apariencia pretenderá disminuir la desigualdad imperante. A la derecha mexicana y al conservadurismo esto le ha dolido. Penosamente a la pobreza que ya se olvidó que lo es, también le incomoda.
No defiendo el régimen que acaba de comenzar, me enerva que por pegarle a un grupo de políticos asociados a AMLO y su proyecto, los mexicanos tengamos que sacar a relucir nuestra aporofobia. No hemos entendido que porque se les dé una beca a los ancianos y a los ninis no nos vamos a quedar sin comer, no se van a cerrar las escuelas, ni se va a modificar en mucho la repartición del presupuesto federal, lo que va a cambiar es que se les estará dando la oportunidad de conectarse a gente que no la había tenido.
Cuando la argumentación para justificar el desprecio por el pobre es que es ladrón, holgazán e impertinente, se nos olvida que la clase alta también roba, se pasea y no mide la extensión del daño de sus acciones, mismas que en múltiples ocasiones han resultado más costosas que los proyectos de apoyo que ahora arrancan.
No podemos confundir tampoco la pobreza urbana con la rural. En las ciudades de la República Mexicana la educación básica, media superior y superior ha ido penetrando de manera continua en las capas más endebles, más depauperadas. De a poco, los hijos de los albañiles, los operadores de maquiladora, las costureras, las enfermeras de doble turno, los de la señora de la tienda de abarrotes y el que vende de puerta en puerta se han ido entremezclando con los de los oficinistas, los burócratas, los supervisores y los maestros. Ahí se va conociendo un nuevo mundo, uno que oferta nuevas opciones de vida, menos vinculadas a las actividades en los márgenes de la ley. Esto es verdad en las ciudades, pero es lejana opción en los pueblos que se quedaron atrapados a causa de las administraciones neoliberales y progresistas. En las zonas rurales de porciones gigantescas de nuestro territorio las únicas vías de vida son la ilegalidad.
Es injusto y casi soez leer a la opinión pública acusar desde nuestra realidad a la realidad de un numeroso contingente del que no sabemos nada, que no nos importa nada. Los que aplauden y con vítores celebran la desgracia, los que crean que la gente se arriesga por una garrafa de gasolina porque lo encuentra lúdico o porque es imbécil, tal vez nunca han tenido la necesidad de estirar un sueldo miserable para que alcance a llegar hasta el otro día de paga. Los que aún habiendo vivido y sobrevivido a los estragos de la pobreza se creen el discursillo de que el que es pobre es porque quiere, están subsumidos en una deshumanización tan profunda que sería necesario que echaran a andar sus cerebros.
No hay nada que celebrar en la muerte del otro.