Supe de la muerte de Güicho en la ruta, a través del Mayo, otro de los personajes ilustres de mi antiguo barrio. He vuelto al barrio después de muchos años, porque aquí crecí. Un barrio periférico como tantos otros, al poniente de la ciudad; enfrentito de los Estados Unidos. Tan cerca esta de gringolandia, que se ven sus edificios como si estuvieran en lado mexicano. De hecho, si se sube uno a un cerro que hay aquí, con unos binoculares, se pueden distinguir las calles de El Paso, Texas. En la noche, cuando todo está en silencio, se oye el tráfico del Interestatal 10, el mentado freeway.

No, mi nombre no es Juan Preciado, y no vengo a buscar el fantasma de mi padre, ni mucho menos. Él, a diferencia de Pedro Páramo, todavía vive, aunque ya está muy viejo. Al haber estado ausente por muchos años, yo también, como la madre de Juan Preciado, siempre he vivido suspirando por mi ciudad, mi barrio —mi Comala— y por el retorno.

Pero no es de mí de quien quiero hablar, sino del barrio y su gente. Hoy me he subido al camión por primera vez en no sé cuántos años, y la experiencia de otros tiempos se repite. Hay fiesta en el corazón porque el chofer no va tocando música de banda; en el estéreo lleva a The Eagles. Al reconocerme, el Flaco —apodo del chofer, por razones obvias— se pone muy contento, y congratulándose por el hecho de ir tocando rock, me pregunta cómplice:

— ¿Cómo se llama esa rola? El chico nuevo del pueblo, ¿verda’?

Yo asiento, y le guiño un ojo en señal de at a boy. La gente tiene sus ojos puestos en mí, y me hace sentir como el chico nuevo del pueblo.

Al camión se sube el Mayo, a quien no veía desde mi partida a los Estados Unidos. Después del consabido abrazo efusivo, intercambio de impresiones y muchas generalidades más, le pregunto por la raza del barrio. Aquí, en vez de El chico nuevo, cabría The Boys Are Back In Town, de Thin Lizzy, como trasfondo musical.

Es así como me entero de la muerte de Mauricio Galaviz, mejor conocido como el Güicho. El cholo pulcro y caballeroso, que era capaz de verdaderos actos de nobleza y cuyo ingenio, inspirado por la lectura asidua del Diario de Juárez, está detrás de algunos de los apodos más significativos del barrio.

Todos los barrios están llenos de personajes pintorescos. Unos simpáticos, peculiares y hasta heroicos; y otros groseros, nefastos y desnaturalizados. En mi viejo barrio hay mucha tela de donde cortar, cuando de personajes pintorescos se trata. Había los malandrines cobardes y cincheros, tales como el Nando, el Gato y una familia de rufianes conocidos como los Mecánicos, uno de los cuáles mató a su propio hermano. Y había también los que sólo hurtaban, y se especializaban en robar tanques de gas y tendederos, por la noche; como el Pesadillas y el Memín, que dejaron toda una escuela en la especialidad. Aun después de muertos, estos son recordados por sus “hazañas”.

Especial mención merecen los que querían ser malos y canallescos, que siempre trataron de figurar entre los malditos del barrio. Pero su bondad natural y corazón de azúcar los traicionaba, a tal manera que siempre acababan despojados y ayudando a sus prospectos de víctimas. Dos de ellos eran el Apache y el Árabe, cuyos testimonios merecen ser oídos aparte.

El barrio también tiene su respectivo Escuadrón de la Muerte, compuesto de alcohólicos y catarrines consuetudinarios, unos de los cuáles aun viven —a medias, sin contar a los que agarraron religión— y muchos otros que murieron en la raya. La lista es interminable y sólo mencionaré algunos con los cuales yo hice ronda: el Negris, Paco, el Chelino, Tony Vaquera, el Cuñao, el legendario Reyes, el Cherry, etcétera.

Allá por los ochentas —y principios de noventas—, mucho antes de formar parte del Escuadrón, el Güicho —quien, a propósito, le daba un parecido lejano a Harrison Ford— fue un cholo pulcro y trabajador. Como siempre trabajó en maquila de costura, ganaba más dinero que el obrero maquilador promedio, y se le veía con su pantalón Dickies —de preferencia gris— y su camiseta blanca —muy blanca—, bien planchada y con olor a Suavitel; tenis Converse era el calzado. En los bailes se presentaba con su tablitas charoleadas, camisa clara de manga corta y su respectiva camiseta de tirantes debajo de esta. En su itinerario normal por las calles del barrio, deambulaba con una grabadora —“la consola”, como le decía él—, de la cual sólo salían las oldies, y el Diario de Juárez bajo el brazo. Tres canciones, en especial, me hacen recordar al Güicho como lo veía entonces: Rockin’ Robin, de Bobby Day y Ain’t That A Shame y Blueberry Hill, de Fats Domino.

De andar y habla pausados, el Güicho era conocido por sus actos de caballerosidad y su gusto por el tequila Cuervo blanco. Sabía pelear, y siempre que se daba un tiro dejaba a su oponente levantar, si este caía al suelo. Nunca tiraba el primer golpe hasta que el otro estaba en guardia. Si coincidías con él en la misma cantina, sabías que ahí andaba el Güicho porque llegaba una bebida —en forma de caguama, jaibol o lo que fuera, dependiendo del aguaje— a tu lugar.

Uno de los apodos gloriosos del Güicho lo recibió un hombre que se llama Margarito, quien fuera bautizado como Margaro Tacher, en honor a la Dama de Hierro británica. Acaso haya sido su tendencia a poner apodos ingeniosos lo que causaría —de una forma indirecta— el derrumbe, deterioro, y posterior muerte, del gran Güicho.

Había en el barrio un chavo muy tranquilo, que no se metía con nadie. Tenía un pasado de delincuente y perdonavidas que muy pocos conocían, ya que su apariencia y su bajo perfil no lo denotaban. Le decían el Lobo, y era en verdad este un lobo con piel de oveja. Vestía de jeans y camiseta, con pelo largo agarrado en cola de caballo; con una gorra de beisbol encima, para guarecerse del sol juarense.

En una ocasión coincidieron en un baile el Lobo y Güicho, y a este se le ocurrió llamar al Lobo “Rosa Salvaje”, por su evocación —la cola de caballo y la gorra de beisbol— del personaje de Verónica Castro, en la novela del mismo nombre. Esas palabras fueron de muerte.

Se salieron a pelear al patio de la casa donde se efectuaba la guasanga. Apenas el Güicho se puso en guardia cuando el Lobo se le abalanzó y, haciendo gala de una fuerza inusual para su estampa, lo levantó en peso, como costal de papas, y fue y lo estrelló de espaldas contra un grifo de agua que salía de una pared.  La espalda del Güicho quedó dañada permanentemente a causa del impacto, y después de eso ya no fue el mismo. Empezó a tomar y usar drogas fuertes. Un par de años más tarde moriría su madre, y fue demasiado para él. Sería sólo cuestión de tiempo, ya que después de todo eso el Güicho no tuvo mucha voluntad de vivir.

Hoy, el Güicho es uno más de los fantasmas que pululan en el barrio. Fantasmas que son la conexión más fuerte con mi barrio de antaño; y que la muerte —aunada al exilio— hizo aun más recalcitrantes que el recuerdo…