Antonio Tabuchi, el más portugués de todos los italianos, según afirman los propios lusos, escribió una novela histórica con un tono sincero y desenfadado. Sostiene Pereira, cuenta las desventuras de un periodista lusitano en la época de la dictadura salazarista. La novela cumple un doble papel: es una crítica hacia los regímenes totalitarios que coptan la libertad de expresión y funciona como ventana para conocer a uno de los personajes literarios más carismáticos del siglo pasado. 

Sostiene Pereira que eran tres hombres vestidos de paisano y que iban armados con pistolas. El primero que entró era un hombre delgado y bajo, con perilla y bigotito castaños. Policía política, dijo el delgadito bajo con aire de ser el que mandaba, tenemos que registrar el piso, buscamos a una persona. Déjeme ver su tarjeta de identificación, se opuso Pereira. El delgadito bajo se volvió hacia sus dos compañeros, dos sicarios vestidos de oscuro, y dijo: ¡Eh, chicos!, ¿habéis oído?, ¿qué os parece? Uno de los dos apoyó la pistola contra la boca de Pereira y susurró: ¿Te basta ésta como tarjeta de identificación, gordito? Vamos, chicos, dijo el delgadito bajo, no me tratéis así al señor Pereira, es un buen periodista, escribe en un periódico digno de respeto, tal vez un poco demasiado católico, no lo niego, pero que sigue una línea correcta. Y después continuó: Escuche, señor Pereira, no nos haga perder el tiempo, no hemos venido a charlar, y perder el tiempo no es nuestra especialidad, además sabemos que esto no va con usted, usted es buena persona, simplemente no sabía con quién estaba tratando, ha confiado usted en una persona sospechosa, pero yo no quiero causarle problemas, sólo déjenos hacer nuestro trabajo. Yo dirijo la página cultural del Lisboa, dijo Pereira, quiero hablar con alguien, quiero telefonear a mi director, ¿sabe él que están en mi casa? Venga, señor Pereira, respondió el delgadito bajo con voz meliflua, ¿le parece a usted que si vamos a efectuar una operación policial avisamos antes a su director?, pero ¿qué dice? Pero ustedes no son de la policía, se obstinó Pereira, no están autorizados, van de paisano, no tienen ningún permiso para entrar en mi casa. El delgadito bajo se volvió de nuevo hacia los dos sicarios con una sonrisita y dijo: El dueño de la casa es obstinado, chicos, quién sabe lo que habrá que hacer para convencerle. El hombre que tenía la pistola apuntando a Pereira le dio un soberano bofetón y Pereira se tambaleó. Venga, Fonseca, no hagas eso, dijo el delgadito bajo, no debes maltratar al señor Pereira, me lo vas a asustar demasiado, es un hombre frágil, a pesar de su mole, se interesa por la cultura, es un intelectual, el señor Pereira debe ser convencido por las buenas, porque si no se nos meará encima. El sicario que se llamaba Fonseca le dio otro bofetón a Pereira y Pereira se tambaleó de nuevo, sostiene. Fonseca, dijo sonriendo el delgadito bajo, tienes las manos demasiado largas, tendré que tenerte a raya o me vas a estropear la faena. Después se dirigió a Pereira y le dijo: Señor Pereira, como ya le he dicho, no tenemos nada contra usted, sólo hemos venido a darle una pequeña lección a un jovencito que está en esta casa, una persona que necesita una pequeña lección porque no conoce los valores de la patria, los ha perdido, el pobrecito, y nosotros hemos venido para hacer que los recupere. Pereira se frotó la mejilla y murmuró: Aquí no hay nadie. El delgadito bajo echó una mirada a su alrededor y dijo: Escuche, señor Pereira, facilítenos la tarea, a su joven huésped sólo queremos preguntarle unas cosas, le someteremos sólo a un pequeño interrogatorio y procederemos de manera que recupere los valores patrióticos, no queremos hacerle nada más, hemos venido para eso. Pues entonces déjeme llamar a la policía, insistió Pereira, que vengan ellos y que se lo lleven a comisaría, es allí donde se efectúan los interrogatorios, no en un piso. Vamos, señor Pereira, dijo el delgadito bajo con su sonrisita, usted no es nada comprensivo, su piso es ideal para un interrogatorio privado como el nuestro, su portera no está, sus vecinos se han ido a Oporto, la noche está serena y este edificio es una maravilla, es más discreto que un despacho de la policía.

Después hizo una seña al sicario al que había llamado Fonseca y éste empujó a Pereira hasta el comedor. Los hombres miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sólo la mesa puesta con los restos de la comida. Una cena íntima, señor Pereira, dijo el delgadito bajo, veo que han tenido una cena íntima con velas y todo, ¡qué romántico! Pereira no respondió. Mire, señor Pereira, dijo el delgadito bajo con expresión meliflua, usted está viudo y no va con mujeres, como verá, lo sé todo sobre usted, ¿no será que le gustan los muchachitos jóvenes, por casualidad? Pereira se pasó de nuevo la mano por la mejilla y dijo: Es usted una persona infame, y todo esto es una infamia. Venga, señor Pereira, continuó el delgadito bajo, un hombre es un hombre, eso lo sabe hasta usted, y si un hombre encuentra a un hermoso jovencito rubio con un hermoso culito la cosa es comprensible. Además, continuó con tono duro y decidido, ¿tenemos que ponerle la casa patas arriba o prefiere llegar a un acuerdo? Está ahí, respondió Pereira, en el estudio o en el dormitorio. El delgadito bajo dio órdenes a los dos sicarios. Fonseca, dijo, que no se os vaya la mano, no quiero problemas, nos basta con darle una pequeña lección y saber lo que queremos saber, y tú, Lima, pórtate bien, sé que has traído la porra y que la llevas debajo de la camisa, pero recuerda que no quiero golpes en la cabeza, mejor que sea en los hombros y en los pulmones, que duelen más y no dejan señales. De acuerdo, comandante, respondieron los dos sicarios. Entraron en el estudio y cerraron la puerta a sus espaldas. Bien, dijo el delgadito bajo, bien, señor Pereira, charlemos un rato mientras mis dos ayudantes hacen su trabajo. Quiero llamar a la policía, repitió Pereira. La policía, sonrió el delgadito bajo, pero si yo soy la policía, señor Pereira, o por lo menos hago las veces de policía, porque incluso nuestra policía duerme por las noches, sabe, la nuestra es una policía que nos protege todo el santo día, pero por la noche va a dormir porque está agotada, con todos esos malhechores que corren por ahí, con todas las personas como su huésped que han perdido el sentido de la patria, pero dígame, señor Pereira, ¿cómo se ha metido usted en todo este lío? Yo no me he metido en ningún lío, respondió Pereira, sólo contraté a un ayudante para el Lisboa. Claro, señor Pereira, claro, respondió el delgadito bajo, pero usted, sin embargo, tendría que haberse informado antes, tenía que haber consultado a la policía o a su director, haber dado los datos de su presunto ayudante, ¿me permite que coja una cereza?

Pereira sostiene que en aquel momento se levantó de la silla. Se había sentado porque tenía el corazón en un puño, pero en ese momento se levantó y dijo: He oído gritos, quiero ir a ver qué está pasando en mi habitación. El delgadito bajo le apuntó con la pistola. Yo en su lugar no lo haría, señor Pereira, mis hombres están haciendo un trabajo delicado y para usted sería desagradable asistir a él, usted es una persona sensible, señor Pereira, es un intelectual, además sufre del corazón, ciertos espectáculos no pueden sentarle bien. Quiero llamar a mi director, insistió Pereira, déjeme telefonear a mi director. El delgadito bajo puso una sonrisa irónica. Su director está durmiendo ahora, replicó, a lo mejor está durmiendo abrazado a una hermosa mujer, sabe, su director es un hombre de verdad, señor Pereira, un hombre con dos cojones, no como usted, que busca los culitos de jovencitos rubios. Pereira se echó hacia adelante y le dio una bofetada. El delgadito bajo le golpeó al instante con la pistola y Pereira empezó a sangrar por la boca. No debía haber hecho eso, señor Pereira, dijo el hombre, me han dicho que le tratara con respeto, pero todo tiene un límite, si usted es un imbécil que aloja subversivos en su casa no es culpa mía, yo podría pegarle un balazo en la garganta y lo haría con mucho gusto, si no lo hago es sólo porque me han dicho que le tratara con respeto, pero no se pase, señor Pereira, no se pase, porque podría perder la paciencia.

Pereira sostiene que en aquel momento oyó otro grito sofocado y que se abalanzó contra la puerta del estudio. Pero el delgadito bajo se interpuso y le dio un empujón. El empujón pudo con la mole de Pereira y Pereira retrocedió. Escúcheme, señor Pereira, dijo el delgadito bajo, no me obligue a usar la pistola, tengo unas inmensas ganas de meterle un balazo en la garganta o quizá en el corazón, que es su punto débil, pero no lo hago porque no queremos muertos aquí, hemos venido sólo para dar una lección de patriotismo, a usted también le convendría un poco de patriotismo, visto que en su periódico no publica más que a escritores franceses. Pereira se sentó de nuevo, sostiene, y dijo: Los escritores franceses son los únicos que tienen valor en momentos como éste. Déjeme que le diga que los escritores franceses son una mierda, dijo el delgadito bajo, tendrían que ir todos al paredón y habría que mearse encima de ellos una vez muertos. Usted es una persona vulgar, dijo Pereira. Vulgar pero patriota, respondió el hombre, no soy como usted, señor Pereira, que busca complicidad en los escritores franceses.

En aquel momento los dos sicarios abrieron la puerta. Parecían nerviosos y tenían una expresión preocupada. El jovencito no quería hablar, dijeron, le hemos dado una lección, le hemos tratado con dureza, quizá lo mejor sería salir pitando. ¿No habréis hecho alguna calamidad?, preguntó el delgadito bajo. No lo sé, respondió el que se llamaba Fonseca, creo que lo mejor será marcharse. Y se precipitó hacia la puerta seguido por su compañero. Escuche, señor Pereira, dijo el delgadito bajo, usted no nos ha visto nunca en su casa, no se pase de listo, olvídese de sus amistades, tenga presente que ésta ha sido una visita de cortesía, porque la próxima vez podríamos venir por usted. Pereira cerró la puerta con llave y los oyó bajar la escalera, sostiene. Después se precipitó al dormitorio y encontró a Monteiro Rossi boca abajo sobre la alfombra. Pereira le dio una palmada en la mejilla y dijo: Monteiro Rossi, venga, ánimo, ya ha pasado todo. Pero Monteiro Rossi no dio ninguna señal de vida. Entonces Pereira fue al baño, empapó una toalla y se la pasó por la cara. Monteiro Rossi, repitió, ya ha pasado todo, se han marchado, despierte. Sólo en ese momento se dio cuenta de que la toalla estaba completamente empapada de sangre y vio que los cabellos de Monteiro Rossi estaban llenos de sangre. Monteiro Rossi tenía los ojos completamente abiertos y miraba al techo. Pereira le dio otra palmada, pero Monteiro Rossi no se movió. Entonces Pereira le tomó el pulso, pero la vida ya no corría por las venas de Monteiro Rossi. Le cerró aquellos ojos claros abiertos y le cubrió la cara con la toalla. Después le enderezó las piernas, para no dejarle tan encogido, le enderezó las piernas para que quedaran enderezadas como deben estarlo las piernas de un muerto. Y pensó que tenía que darse prisa, mucha prisa, ahora ya no quedaba demasiado tiempo, sostiene Pereira.