Antonio Navalón es un mercader de los medios. Le gusta el dinero y se lo ha ganado convirtiéndose en un apologista del poder y en un critico visceral de las resistencias y las luchas sociales. La siguiente es la respuesta de Pablo Martínez Coronado, editor adjunto de alLímite, a un encendido ataque de Navalón contra la generación de los Millennials, publicado recientemente en el periódico El País de España.

Los converse reposan su desvergüenza sobre la mesa. Junto a ellos el café se desborda a través de la habitación anegándola con su amarga fragancia. La escena rinde culto al ocio. Desparramado en la silla, navego sin rumbo en el scroll infinito de fotografías y memes que borbotean incesantes en la pantalla del smarthphone. Un título sugerente capta mi atención de repente: Millennials: los dueños de la nada. Después de terminar su lectura, pasó varios minutos rascándome la cabeza, tratando de poner en orden las ideas. Contra toda costumbre, decido aplazar el trigésimo segundo intento por batir mi récord de subway surfers  —que es lo que suelo presumir en las fiestas— para escribir estas breves líneas de respuesta a la simpática diatriba que Antonio Navalón publicó hace unos días contra los jóvenes de mi generación.

Empecemos por el principio. Señor Navalón, debo confesar que coincido de alguna manera con las críticas que usted expresa hacia la forma de vivir que hemos desarrollado los jóvenes Millennials. En su mayoría somos personas egocéntricas, despreocupadas y, muchas veces, desvinculadas del mundo que nos rodea. Vivimos ensimismados en una realidad virtual desde la cual pretendemos esconder nuestros complejos de inferioridad a través de los likes, los shares y los  retweets. Creo firmemente que muchas de las costumbres de mi generación son el síntoma de que la humanidad se encuentra al borde del acantilado. No obstante, me gustaría esbozar ciertas consideraciones sobre varios postulados que usted enuncia en su escrito.

Usted menciona, casi al principio de su artículo, que la mayoría de movimientos sociales surgidos a partir del “aparente” cansancio de los modelos establecidos, tienden a atascarse en fórmulas alternativas que no constituyen una solución, sino una condena. Ahora bien, sentir añoranza por lo que una vez fue  —usted destaca a los estudiantes del mayo francés— es una cosa, pero condenar las expresiones políticas actuales porque no guardan semejanzas aparentes con la manera en que se manifestaban en antaño las muestras de descontento social, es otra bien distinta. La juventud, así como la sociedad, está en constante cambio. Preocupante, en todo caso sería observar a los rebeldes atrapados en un loop temporal sin posibilidad alguna de reinventarse a sí mismos.

Si fuera un poquito más desconfiado, pensaría que usted, señor Navalón, pretende justificar los errores de su generación, achacándole a la nuestra todos los males del mundo. En este intento, abusa usted de las generalizaciones, que suelen ser lugares comunes cuando uno habla más con la tripa que desde la razón. Un ejemplo de esto es la parte de su escrito donde exalta la falta de valor cívico y responsabilidad de los millennials. Yo tenía entendido que esos pecados son antiquísimos. Después de todo ¿no sería una falta de valor cívico el permitir que la humanidad viviera cuarenta años en vilo, esperando que el delirio atómico de dos superpotencias acabará con la raza humana? Para la idiotez, nunca han existido edades, y es más fácil echarle la culpa a otros, que aceptar nuestra responsabilidad en la actual tragicomedia humana. ¿No seremos por ende, esta generación del milenio, la suma de los fracasos de los hombres, resultados tangibles de los errores de nuestros antecesores?

Usted señala que a los jóvenes actuales nos falta una vinculación con el pasado. Pero si hablamos en sentido histórico, es decir, comprender el pasado, y no limitarnos a evocarlo, entonces le anticipo que su generación esta igual que la mía en cuanto a desarraigo memorístico se refiere ¿de qué otra manera se puede explicar la acusación tan desproporcionada que usted nos hace, señalando que los jóvenes somos los culpables de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca? ¿dónde deja usted el agotamiento del sistema neoliberal, la descomposición del tejido social, el encumbramiento de la ultra derecha aprovechándose de la desesperación de la gente que vive en un mundo que ya no le es suficiente?¿o nos va a echar a los millennials la culpa también por eso? Peor aún, no creo que ninguno de los Consejos electorales que eligió a Trump esté conformado por personas menores a los cuarenta años. Los viejos siguen gobernando al mundo; Paul Ryan, el polluelo republicano contó cuarenta y siete velitas en su pastel este año.

Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Nixon y toda la marabunta de dictadores que América Latina ha padecido, son una muestra de que los déspotas y los egocéntricos ya tienen rato gobernando al mundo. Si decidimos rehuirle al análisis coyuntural por un momento, y privilegiar las observaciones de largo aliento podremos abrirnos camino más allá de las explicaciones facilonas y las afirmaciones miopes. Es entonces cuando lograremos devolverle a la humanidad su sentido histórico real.

Si los millennials no creemos más en el voto, es porque se nos acabó la confianza en esta democracia que no da para más, después de que tantos políticos corruptos y empresarios voraces le metieran mano y se apropiaran de ella para maquillar sus tropelías. ¿Nunca le ha tocado escuchar esa frase que se le atribuye al EZLN?, aquella que reza: nuestros sueños no caben en sus urnas. 

 Tiene usted mucha razón, somos dueños de la nada. Pero esto es porque ustedes, la generación pasada, no nos dejaron nada. Vivimos en un mundo pos apocalíptico, los zopilotes del gran capital y las hienas del poder neoliberal se disputan con ávidas garras el último rastro de carne en nuestros huesos. Somos los huérfanos de todas sus guerras por la ambición. Somos los bastardos que renunciaron a un sistema de valores trasnochado, los hijos díscolos que prefirieron la realidad virtual al mundo inventado que heredamos de nuestros padres ¿o a poco usted cree que vive en el mundo real? ¿qué nunca vio Matrix?

Lo real no existe como tal. La realidad virtual en que vivimos los millennials es bastante parecida a la realidad que los viejos sostienen con base a prejuicios adoquinados a la nostalgia por un mundo que según ellos, fue mejor que el de ahora. Si no tenemos en el ADN la función de escuchar, como usted señala, fue porque se la aprendimos a las viejas generaciones que fueron el mejor modelo de intolerancia hacia el otro ¿no le suenan a usted el apartheid, la marginación de la mujer, la persecución a los homosexuales, la actitud condescendiente hacia los jóvenes?

Usted mismo lo dijo: “Por eso los demás que no pertenecemos a esa generación, los que no estamos dispuestos a ser responsables del fracaso que representa, que una parte significativa de estos jóvenes no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y herramientas tecnológicas, que aprendan a hablar de frente y cierren el circuito del autismo”. Bueno, pues yo le digo que no me interesa pertenecer a esa humanidad de condenas, genocidios y marginación.

 

En 1989 Billie Joel volvió a los primeros lugares de los charts musicales con el sencillo We didn´t start the fire, que se desprende del disco Storm Front. Esta canción enumera en un rápido registro, a algunas de las personalidades y eventos que marcaron a nuestro mundo durante la guerra fría. Es una respuesta de los baby boomers hacia las generaciones pasadas que los señalaban como responsables de la desgracia humana.

Y es que esto de que los viejos acusen a los jóvenes de incompetentes no es cosa nueva. Pero entonces ¿hasta cuando dejaremos de transferir culpas?¿cuándo nos cansaremos de éste incesante diálogo de sordos generacional?¿algún día los jóvenes aprenderemos a trabajar con los más viejos, que son, al final de cuentas, el único vínculo real que tenemos con nuestra historia humana? ¿En qué momento los viejos se decidirán a transmitirnos su sabiduría sin tratar de coartar nuestra libertad? ¿cuánto tiempo tiene que pasar para que decidamos transformar a este mundo que se viene cayendo desde hace tiempo? Ya lo decía Billie Joel… We didn´t start the fire, it was always burning since the world´s been turning.

Me gustaría terminar estas líneas haciendo uso de la herramienta millennial por excelencia, un tweet, para no contradecir su hipótesis de que los jóvenes de mi generación somos incapaces de pensar más allá de los filtros de Instagram:

La nostalgia es el opio de los viejos #losposmodernosdelaposmodernidad #youngwildandfree #thuglife