El Recuento de la infamia es un testimonio vivo que Kau Sirenio Pioquinto reconstruye minuciosamente con la paciencia de un relojero. A través de una investigación que le llevó tres años, Pioquinto recupera las voces de actores cercanos a las víctimas del ataque policial contra los estudiantes de Ayotzinapa, el 12 de diciembre de 2011, un hecho que sin saberlo la historia, parecía ser una especie de premonición siniestra a la desaparición forzada de los 43, registrada el 26 de septiembre de 2014. El texto retrata la impunidad con que la policía mexicana –de todos los niveles– actúa cuando se trata de reprimir estudiantes de bajos recursos que reclaman una mejor educación pública. Una semana después de haberse cumplido cinco años de ese ataque artero, alLimite publica este reportaje con autorización de su autor.

¡No disparen, no disparen, somos estudiantes! –imploran a gritos los alumnos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa.

Nadie les hace caso. Los policías disparan a quemarropa; los gritos de los muchachos se pierden con el rugido de las armas de los uniformados. El caos se apodera de los normalistas, que luchan por ponerse a salvo.

Unos alcanzan esconderse entre la maleza de la falda del cerro; otros huyen como pueden para no ser blanco de los fusiles que apuntan contra ellos. En lo alto de la colina, un helicóptero rocía ojivas contra las desesperadas presas.

El 12 de diciembre de 2011, los normalistas bloquearon la Autopista del Sol porque el entonces gobernador del estado, Ángel Aguirre Rivero, les había cancelado tres veces la audiencia que les prometió el 26 de septiembre que estuvo en la Normal.

Los estudiantes le plantearían al mandatario solución al pliego petitorio, que incluía entre otras necesidades: aumento de la matrícula de nuevo ingreso, incremento a sus raciones, rehabilitación de los dormitorios; camas, colchones, herramientas de trabajo agrícola y becas para prácticas docentes.

Sin embargo, los policías los recibieron a balazos; no tuvieron compasión de ellos y les dispararon desde todos los flancos.

Lo normalistas intentaron defenderse con piedras y palos; al verse perdidos, buscaron refugio. No lo encontraron. Tocaron muchas puertas, nadie les ayudó. Unos las abrieron sólo para volverlas a cerrar. “Nos están matando ayúdanos, somos estudiantes”, suplicaron llorando algunos.

Cuando parecía que la Autopista del Sol recobraba la calma, apareció en la escena el general retirado Ramón Miguel Arriola Ibarra para asegurarse de que no quede cabos suelos esa tarde. Él dirigió el operativo policiaco en contra de los estudiantes ese día.

–El gobernador me ordenó limpiar la carretera, y la carretera está limpia –contestó molesto el militar a los periodistas.

Atrás del soberbio general quedaron tendidos dos estudiantes asesinados; ambos, en medio de un charco de sangre. Los heridos fueron llevados a los hospitales con la ayuda de sus compañeros. A los detenidos los llevaron a la barandilla de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero.

El colaborador de cultura del semanario Trinchera Erick Escobedo y el normalista Gerardo Torres Pérez fueron torturados. A Gerardo lo llevaron a una casa abandonada en la periferia de Chilpancingo para obligarlo a disparar un arma de asalto AK-47 (cuerno de chivo), para incriminarlo en el asesinato de sus compañeros.

Por la noche, el procurador de Justicia del estado, Alberto López Rosas, dijo ante la prensa que los normalistas atacaron a los policías con armas de fuego. Los uniformados sólo se defendieron de la agresión, justificó.

Como prueba, presentó un AK-47 y unas granadas que los ministeriales encontraron en la escena del crimen. Acusó a Gerardo Torres de haber disparado en contra de los policías y de sus compañeros.

En el lugar de los hechos quedaron piedras, tubos, bombas molotov y decenas de casquillos de bala percutidos de armas de distintos calibres que los policías dispararon hacia los normalistas.

En el desalojo fueron asesinados los estudiantes Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús; 24 detenidos, 11 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa; cinco de la Unidad Académica de Economía de la Universidad Autónoma de Guerrero, cuatro del Instituto Tecnológico de Chilpancingo y cuatro campesinos del municipio de Coyuca de Benítez.

***

Casi a medianoche, en Ayotzinapa los normalistas  sometían a votación a mano alzada, después de un acalorado debate, si bloquearían la Autopista o no. A esa hora en Chilpancingo, la fiesta se prendía: los devotos de la virgen de Guadalupe bailan y cantan en sus casas y las calles. Es la fiesta de la llamada Virgen morena, noche en la que hubo de todo: cerveza, mezcal, tequila, café y té; pozole y pan.

Después de la asamblea, los estudiantes se retiraron a sus dormitorios porque tenían que madrugar para la manifestación programada para el día siguiente, el 12 de diciembre. Unos no podían conciliar el sueño, las preguntas les daban vuelta en la cabeza. “¿Qué pasaría si nos reprimen?”. Ellos mismos se contestaban. “No, no, va a pasar nada”.

La demanda de los normalistas no era  nueva. Desde cuando menos 40 años antes, los estudiantes entregaban cada inicio de ciclo escolar su proyecto anual, con el fin de que el gobierno en turno lo revisara y aprobara.

Pero en la historia de Ayotzinapa, no hay una gestión estudiantil que no haya sufrido represión.

Cuando bien les iba a los estudiantes, se emitía la convocatoria. Pero el rosario de peticiones quedaba archivado, si no es que desechado, en la Secretaría de Educación Guerrero.

Con el paso de los años, nada cambia en Ayotzinapa. Durante el primer año, los estudiantes viven hacinados en dormitorios destartalados llenos de chinches y pulgas.

La ración por alumno partió de 10 pesos diarios; luego subió a 15 y después a 30 pesos. En el pliego de ese año, los normalistas pedían que se incrementara de 30 a 50 pesos. En el gobierno de Zeferino Torreblanca Galindo, la ración fue de 30 pesos. Tanto a Zeferino Torreblanca como a Ángel Aguirre los postuló el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

“Nuestra demanda era sencilla –recuerda el ex vocero estudiantil Pablo Juárez–. Aumento de matrícula de 140 a 170, 30 espacios más que serían para los hijos de los campesinos, además de incremento de la ración (beca alimenticia) de 29 pesos a 50, entrega de materiales para las prácticas, herramienta para labrar la tierra de cultivo y ganados”.

***

Jorge Alexis Herrera Pino despertó muy temprano, se enfundó en una chamarra de la escuela Normal Rural de Ayotzinapa y se encaminó al comedor. Él y sus compañeros almorzaron huevos con fríjoles que sus compañeros cocinaron ese día, porque los trabajadores también estaban en paro de labores.

Esa mañana, El Güero, como le decían a Alexis, se formó en la fila y tomó un plato; le sirvieron el guisado y el café, en la tasa que llevó de su cubi (habitación) y buscó una mesa donde comer. Durante el desayuno platicó con su compañero del lado derecho de la actividad programada para ese día: el bloqueo en la Autopista del Sol.

Al finalizar el almuerzo, Alexis tomó su plato y pasó a dejarlo a la cocina; de allí se fue a su cubi. Al pasar por la cooperativa se topó con Jorge Aldo Hernández López a quien le dijo: “Vamos con todo, paisa, es ahora o nunca”.

–Para nuestra Normal es asegurar otros cuatro años de vida –confió a su amigo.

Horas después del almuerzo, los normalistas abordaron los autobuses que los llevarían a la Autopista del Sol, acompañados de organizaciones sociales.

Los Pelones iban temerosos ese día. En su mirada se dibujaba el miedo. No era para menos, por primera vez se enfrentarían al Estado; además, todavía no han vivido en carne propia la represión. Lo poco que conocen de esto, es lo que les contó el Comité de Orientación Política e Ideológica (COPI) del desalojo en del Congreso del Estado por la policía estatal el 14 de noviembre de 2007, y el del 30 del mismo mes, por la Policía Federal, en la caseta de La Venta de la Autopista del Sol.

En el camión MS viajaron hacinados Los Pelones, de tres a cuatro en cada asiento; los de las organizaciones sociales iban más cómodos. Con ellos viajaban uno que otro cuarteño (academia de cuarto grado).

José Ángel Sánchez Madero recuerda que ese día llevaba un palo de escoba, según él para defenderse de una posible represión, pero un compañero le dijo que lo dejara.

Paisa, con ese palo te van a dar en la cabeza, así que mejor déjalo; de nada te va servir, no creas que los policías andan con juego –dijo el coordinador de Los Pelones.

Los camiones salieron de Ayotzinapa a eso de las diez de la mañana por el libramiento a Chilpancingo. Cuando pasaron la caseta de cobro de la vía rápida Tixtla-Chilpancingo, una patrulla de la Policía Federal los siguió hasta el tramo conocido como

Tierras Prietas, a la entrada de Chilpancingo.

–Salimos de la Normal entre las diez o diez y media de la mañana a Chilpancingo, íbamos a una protesta, que se acordó en la asamblea de anoche –recuerda Guillermo Hernández Castro.

Agrega: “Iba preocupado, por ser mi primera actividad como normalista. Me preocupaba que el gobernador no firmara nuestro pliego petitorio, y estábamos por salir de vacaciones. Eso nos dijo en la reunión el secretario general del comité”.

Alfonso recuerda que ese día, una patrulla de la Policía Federal los siguió desde que salieron de Ayotzinapa a Chilpancingo. “Nos siguieron hasta la Autopista del Sol; no le presté mucha atención. Cruzamos Chilpancingo por el bulevar Vicente Guerrero hacia el sur de la ciudad”.

Al arribar al tramo conocido como El Parador de Marqués, los normalistas descendieron de los camiones, sacaron los lienzos que llevaban y lo extendieron mientras otros armaban barricadas con llantas, troncos y piedras. Unos se las ingeniaron para usar los camiones de cargas para cerrar la carretera.

El más acomedido ese día fue El Güero. Él se encargó de arrimar troncos y piedras para cerrar el paso a los automovilistas. El trabajo organizado de los normalistas tuvo éxito: en menos de cinco minutos, la carretera quedó paralizada.

***

Ese día, el sol se veía opaco por el humo de los cohetes lanzados durante la noche. Aun así, hacía calor más de lo normal. El asfalto hervía. A los normalistas no les importó mucho eso, en cuanto se posesionaron de la carretera extendieron las mantas garabateada de consignas: “Audiencia urgente con el gobernador” o “Queremos clases” y “Solución a nuestro pliego petitorio”.

El bloqueo duró apenas quince minutos, cuando apareció una patrulla de la Policía Federal, de la que descendió un policía alto y mal encarado. Se acercó a los normalistas para regañarlos por haber cerrado la carretera.

El vocero de los normalistas platicó con el uniformado que les pedía que desalojaran la autopista, con la advertencia de que les daba quince minutos o actuarían. Del otro extremo apareció el director estatal de Gobernación, Moisés Alcaraz Jiménez, ataviado de guayabera blanca que le confería a su vestuario un aspecto impecable de gran contraste con los huaraches y playeras descoloridas de los estudiantes.

–¿Qué quieren, muchachos? –preguntó el funcionario.

–Queremos una audiencia con el gobernador; ya son tres veces que nos cancela la mesa de trabajo para resolver nuestro pliego petitorio; y nos preocupa porque no tenemos clases –contestó el secretario general del comité estudiantil.

–El gobernador no se encuentra en este momento en Chilpancingo; pero miren, yo puedo atender su demanda. Díganme qué necesitan –insistió Moisés Alcaraz.

–Sólo queremos que resuelva nuestro pliego petitorio –reviró Pablo Juárez.

La conversación con el funcionario duró escaso cinco minutos. Estudiantes y organizaciones sociales rodearon al vocero estudiantil y el director de Gobernación.

El funcionario estatal no logró su objetivo. Se retiró un poco para hacer una llamada. Después de 10 minutos, regresó para decirle a los estudiantes que nada podía hacer y que no les iban atender, que era mejor se fueran del lugar o asumieran las consecuencias; los normalistas le contestaron que ellos iban a seguir con su manifestación hasta que el gobernador los recibiera y les diera una respuesta a su demanda.

La media vuelta de Moisés Alcaraz Jiménez generó desconfianza entre los manifestantes, porque justo cuando desapareció del bloqueo, se asomó de lado norte la Policía Federal, por el sur, la policía estatal.

El bloqueo llevaba media hora. De nueva cuenta el comandante de la policía federal al mando del operativo vuelve a hablar con la dirigencia estudiantil.

Alrededor del mediodía, los normalistas ya estaban encapsulados. Hacía el norte no podían correr porque por ese lado la carretera estaba en poder de la Policía federal. Al sur, la policía estatal controlaba ese lado con armas y gas lacrimógeno. La calle que conduce a Galerías Chilpancingo se encontraba descubierta; sin embargo, por allí entró la Policía Ministerial para disparar hacia los estudiantes.

“¡Júntense… júntense… júntense…!”, gritaban los normalistas a sus compañeros mientras se preparaban para vivir el peor episodio para Ayotzinapa, ese día de la Virgen de Guadalupe.

El comité de lucha organizaba a Los Pelones; unos juntaban piedras y otros buscaban palos para defenderse. Entre el desconcierto y el temor, los muchachos volteaban a ver a los cuerpos policiaco y se daban animo entre ellos: “No te asuste, paisa, no va pasar nada. No creo que nos disparen; nosotros somos estudiantes”.

En un abrir y cerrar de ojos, Alfonso se encontraba rodeado de policías, y los disparos de gas lacrimógeno semejaba una neblina espesa entre los uniformados y estudiantes. Los tortugos (Ayotzi) mantienen el control entre sus compañeros y el grito desesperante del comité de lucha: “Paisas, no corran, estemos juntos”.

La garganta juvenil no paraba de repetir consignas: “Ni la lluvia ni el viento / detendrán el movimiento” o “Ni con tanques ni metrallas / Ayotzi no se calla” y “Ayotzi vive / la lucha sigue / Ayotzi vive vive/ la lucha sigue sigue/ Ayotzi vive vive vive / la lucha sigue sigue sigue”.

Los muchachos se organizan para contratacar por ambos flancos; el ataque de la policía no cesa. Los gritos se oyen más fuerte. Uno alcanza a decir: “Avancen, compas; están disparando al aire”.

Cuando la policía federal pierde el control y se repliega hacia Petaquillas, los normalistas logran también replegar a los estatales. La victoria dura escasos segundos, porque la policía federal regresa ahora disparando al aire.

Con los primeros disparos, los normalistas se repliegan. Los cuarteños se organizan para cuidar a Los Pelones. Por cada piedra lanzada por los estudiantes, se oyen ráfagas de los R-15 de los policías.

“Traigan piedras, paisas, traigan piedras”, grita un normalista, mientras avanza hacia el extremo norte. La vanguardia de lado sur sufre el embate de gases que los policías estatales disparan sin contemplación.

***

Entre el escándalo de la refriega, los trabajadores de la gasolinería Eva II, reaccionaron asegurando las instalaciones, cortando el suministro del combustible y la energía eléctrica; también suspendieron el servicio de tienda y baños.

Desesperados por el embate de la policía, los de la academia de segundo entran a la gasolinería. Unos tiran los anaqueles de aceite. Los botes se rompen al caer y el lubricante se riega en el suelo. Otros jóvenes despegan los extinguidores. En eso, la policía federal los desaloja con dos granadas de gas pimienta que les avienta y toma el control de la estación.

Uno de los muchachos, en su retirada del establecimiento, se lleva dos botes de basura que le sirven de barricada por un rato. Mientras la policía federal toma el control de las instalaciones, aparecen dos hombres de playeras rojas con insignia de “Normal de Ayotzinapa” en el pecho, con una garrafa en la mano.

Entre los gritos de los normalistas y los disparos de la policía, uno de playera roja rocía la bomba con la gasolina del garrafón; después, deja el recipiente con el sobrante encima de la bomba, saca del bolso de su pantalón una cajetilla de cerillos y lo prende.

“¡No lo hagas, no lo hagas!”, gritan los trabajadores desde la oficina. El hombre no escucha la súplica. Arroja el cerillo y sale corriendo, cruzando el patio de servicio, sin que los policías federales lo detengan. Cuando los federales se dan cuenta tratan de alcanzar a los prófugos, pero es demasiado tarde. Por más que corren los policías no los alcanzan.

En ese instante se produce un caos. La zona se convierte en campo de guerra. Los proyectiles de los normalistas no logran su objetivo, mientras que los fúsiles braman con más fuerza hacia el sur. En esa parte están los policías estatales y ministeriales.

Al Kínder –normalista de primer año de uno cincuenta de estatura y flacucho– sus compañeros lo sacan del campo de batalla, pero él se niega salir. Toma un bote y sale corriendo hacia el cerro.  Cinco minutos después regresa cargando el bote con piedras y lo reparte a sus camaradas que luchan cuerpo a cuerpo contra los policías.

La bomba arde en llamas ante la mirada de los trabajadores. Uno de ellos, Gonzalo Rivas, entra corriendo a la oficina por un extinguidor y regresa para apagar el fuego, a pesar que sus compañeros le previenen de que no lo haga. “No salgas, las bombas estás aseguradas, ya cortamos los suministros de gasolina y electricidad”, le avisan.

Él no hace caso, avanza hacia la bomba incendiada, que antes de que él llegue explota la garrafa. Gonzalo –encargado del sistema de cómputo– queda bañado por completo de la gasolina y se convierte en una bola de fuego que lo cubre en su totalidad. Sus compañeros tratan de apagar el fuego, pero es en vano. En cuestión de minutos desaparece de ahí en una ambulancia.

***

Los normalistas pierden el control y las consignas reinician. Los Pelones resisten el embate. Los disparos continúan. El rugir de las armas se oye por todos lados. Mientras esto ocurre, salen de lado de Galerías Chilpancingo la policía ministerial disparando a matar, en la bocacalle en posición de asalto de tiro Rey David Cortés Flores.

Vestido con playera azul cielo y pantalón de mezclilla azul, Cortés Flores se mantiene en posición de tiro en diagonal hacia los normalistas. A tres metros de él, también en posición de tiro de asalto, Ismael Matadama Salinas apunta hacia los Ayotzi. En medio de ellos, una camioneta blanca los cubre, mientras que la policía estatal, con armas de asalto, corretea a los estudiantes.

Los ministeriales disparan directo a los chavos. Los normalistas corren entre tres fuegos. La federal sigue apostada en la gasolinería; al sur, la policía estatal y la ministerial por la bocacalle que va a Liverpool.

Las balas truenan como maíz palomero. Los policías siguen accionando los R-15. Gabriel Echeverría de Jesús, Cheve, cae boca abajo bañado de sangre sobre el asfalto del carril sur-norte. Muere al instante.

Los Pelones siguen lanzando piedras; de otro extremo, los normalistas gritan desconsolados: “Lo mataron, lo mataron”. Por el cerro, otros estudiantes responden: “Paisas, no tengan miedo, es pintura que le tiraron los policías”. Los estudiantes se mueven con la mirada aislada, perdidos entre el miedo y el dolor.

Jorge Alexis, al ver que su compañero cae abatido, grita: “Pónganse con los narcos, culeros, y no con los estudiantes”.

Nadie escucha el reclamo del Güero; su grito se pierde con el tronido de los fusiles de los policías. En su desesperación, coge unas piedras y corre para rescatar al Cheve. No logra cruzar el muro de contención, una bala atraviesa su cabeza. Muere al instante.

Jesús intenta sacar Alexis de la zona de peligro; no lo logra. Alexis dejó de existir antes de que su cuerpo tocara el asfalto. El paisa decide dejar a su compañero para ponerse a salvo.

Los pelones preparan la retirada, pero no encuentran salidas: los estatales los tiene encapsulados. Otros más se limpian la cara del gas lacrimógeno. Hacia la salida a Petaquillas, los muchachos retienen una camioneta repartidora de agua; de ahí toman varios garrafones y se echan el agua en la cara. Los demás tratan de romper el cerco policiaco.

“Cuando vimos la escena de sangre corrimos como pudimos. Unos compañero se refugiaron en un taller; otros más se fueron al cerro. Perdimos el control, no supimos qué hacer cuando los disparos se oían en ráfagas. Nos dejó pasmados, nunca antes habíamos visto algo así. Sabíamos de lo que nos contaron los compañeros de segundo año que en 2007 los reprimieron, que hubo heridos, pero nunca nos hablaron que la policía utilizara armas tan letales para desalojar un bloqueo”, narra un pelón.

Los parabrisas de los autobuses y camiones de carga quedaron destrozados con impactos de bala en la carrocería. Los choferes de los coches particulares, autobuses y tráileres quedaron pasmados por la violencia indiscriminada del Estado. “Ellos atestiguaron los hechos en ambos carriles. Unos huían para protegerse de los disparos”, cuenta El Kínder.

El chofer del tráiler placas 249-DC-5 del servicio público recibió un rozón de bala en la cara, y un anciano que se protegía en el tráiler fue detenido por los uniformados.

Del otro lado, Édgar David Espíritu Olmedo mira cómo se convulsiona Jorge Alexis Herrera Pino en el asfalto por la bala que le atravesó la cabeza; ambos eran buenos amigos, compartieron los últimos tres años de vida en el internado de Ayotzinapa.

Édgar David corrió como pudo en dirección al puente del río Huacapa para refugiarse en Liverpool. Logró salir de la ratonera y reírse un poco de la muerte que le iba pisando los talones. La bala que le perforó el pulmón estaba por sofocarlo, pero logró estar fuera de su blanco.

***

“Corre, Pablo, corre. Corre, no te detengas”, le decía Pablo Juárez cuando vio a Gabriel tirado en el suelo. Por instinto, metió la mano al bolsillo del pantalón y sacó una llave; la miró con cuidado. Por un momento se olvidó del caos. Voltea hacia la carretera y reacciona. “Es el duplicado de la llave de la urvan”, cruzó por su mente y sonrió. Corrió lo más que pudo hacia la camioneta, abrió la puerta y la encendió; como pudo avanzó donde yace el cuerpo de Gabriel. El intento dura como flash, la hilera de carros le impide el paso.

Al tratar de salir de allí, sus compañeros le cierra el paso. “Lleva a Rubén Eduviges, rápido, está sangrando mucho, tiene una herida en la pierna”, le gritan.

Cuando intentar escapar con el herido, le sale al paso la policía ministerial y le apuntan. Los normalistas les ruegan a los ministeriales que les abran paso para llevar al herido a un hospital. Los policías bajan sus armas y Pablo sale volando de allí, no sin antes abogar que suban a Gabriel a la camioneta.

–Suban a Gabriel, súbanlo, súbanlo rápido

–suplica Pablo.

–El compa Cheve está muerto; pero llévate a Rubén, sácalo de aquí –claman los muchachos, mientras suben a su compañero a la urvan.

A 50 metros de allí, Edgar David camina lento, muy lento. Con una mano intenta detener la hemorragia de su pulmón que sangra demás. Sus pasos son forzados, con dificultad logra subir a la camioneta que lo lleva al hospital.

–Llévalo al hospital, paisa, antes de que se nos muera –pide un normalista que permanece con la cara cubierta con una playera.

Pablo pisa a fondo el acelerador para salir de allí, pero el intento falla de nuevo cuando ve un tercer herido. Se detiene para subirlo a la camioneta. En menos de tres minutos levantó a tres heridos, uno casi inconsciente.

En su desesperación le cierra paso a la primera ambulancia que encuentra a su paso. Él y sus compañeros le piden a los paramédicos que lleven a Édgar David al hospital. Los enfermeros aceptan llevárselo. Pablo y sus compañeros buscan un poblado cercano donde atender a los otros dos heridos.

–Por favor, lleven a nuestro compañero, está muy grave –ruegan los normalistas a los paramédicos.

–¿Qué tienes? –pregunta un enfermero.

–Me dispararon –contesta Édgar.

El paramédico rompió la playera del herido, de su botiquín extrajo unas gasas, las hizo bola y la empujó en el boquete que le dejó la bala en el costado derecho del pecho.

La ambulancia se fue con Edgar David al hospital. En el camino, un comando de la policía federal intercepta la ambulancia. Le hacen un rosario de preguntas al chofer. “¿Él quién es?, ¿De dónde viene?, ¿Qué le pasó?”, preguntó el policía federal al chofer.

–No sabemos quién es, ni de dónde viene, no más nos llegó. No nos dijo nada.

–Me estoy muriendo, déjenme pasar, se lo ruego por favor –gritó Edgar con voz desgarrada. Quince minutos después del tortuoso interrogatorio, la policía federal permite el paso.

***

Con toletes y gases lacrimógenos en mano, los policías prosiguen el ataque a los normalistas, que se defienden con piedras y palos. Los balazos rechinan en la lámina de los autobuses y camiones. Del otro lado, varios chavos son sometidos y torturados por los uniformados. “Al ver muertos y heridos corrimos como pudimos; unos compañeros se refugiaron en un taller; otros más se fueron al cerro”, recuerda Luis Ángel.

Agrega: “Vi a mis compañeros correr hacía Liverpool; otros a Petaquillas. Al cerro, subimos unos cuantos. Todo era una corredera. Buscábamos refugio, pero no encontramos. La policía nos seguía, algunos compañero fueron alcanzados por la policía que los golpeaban. Era demasiado cruel el ataque”.

Tío, encienda el camión para salir de aquí –le gritan los muchachos al chofer.

Pero el motor del camión no arranca, una bala le perforó el tanque del diesel y se vació. Los normalistas lograron alcanzar el autobús, pero de nada les sirvió: ya no pudieron salir de allí. Atrás sale una patrulla de la policía ministerial que lo rebasa y le cierra el paso, un policía ordena a los jóvenes bajarse. Cuando descienden son sometidos a patadas y macanazos.

Al Jeison los someten a punta de toletazos. La estatura del muchacho se impone –es alto y corpulento–. Tres policías ministeriales intentan someterlo, pero no pueden. Él logra tirar con sus manos a dos. Al tercero lo empuja y corre hacia donde están sus compañeros, un pequeño grupo de pelones que alcanzaron a huir de la policía.

–¿Dónde te dieron? ¿No te duele? –pregunta un pelón.

–No, sólo fueron unos cuantos macanazos. Pero no fue nada –contesta El Jeison, mientras revisa su cabeza de la que brotan chorros de sangre.

–Hacia donde nos vamos –pregunta un pelón a un integrante del comité que va con ellos.

–Al cerro, paisa, de ahí nos vamos caminando a la Normal. Corran y no se detengan –ordena el de Relaciones Exteriores.

En las primeras casas que los normalistas pasaron no encontraron apoyo. Le rogaron a un señor, pero éste salió con un machete en la mano y los amenazó: “Váyanse, no quiero problemas”.

“Seguimos corriendo en el cerro por la carretera de terracería que encontramos. Íbamos muy asustados y de repente escuchamos que nos seguía un carro. Nos escondimos entre la maleza; al asomar nos dimos cuenta de que era una camioneta Cheroke verde de los colonos, así que salimos de ahí, seguimos corriendo hasta que llegamos a la casa de un señor. Ahí nos ofreció agua, saco un garrafón y lo repartió a todos”.

–Tomen agua, chavos, si es que se van a ir al cerro –ofreció el casero.

Después retomaron la huida. Apenas avanzaron unos pasos cuando apareció un helicóptero que les disparaba desde el aire. No les quedó de otra que esconderse de nuevo entre los matorrales.

Cerca del hotel Parador de Marqués, un adolescente integrante del Consejo de Autoridades de los Cinco Pueblos de Tecoanapa, llora desconsolado por su abuelita: “Quiero ver a mi abuelita, mi abuelita se quedó allá abajo”.

–A tu abuelita no le va pasar nada, porque es mujer. No puedo dejarte ir. Pero si te vas, como eres hombre, te van confundir con los de Ayotzinapa y te van a meter a la cárcel o te pueden desaparecer, mejor quédate aquí, no te preocupes horita bajamos ya que se calme todo.

–Súbete, tenemos que buscar salida antes de que nos agarren –pidió Celso con voz queda al muchachito.

Desde su escondite Celso ve a la policía golpear a sus compañeros. “Los policías estaban sometiendo a mis compañeros, los tenían con las manos en las paredes de los autobuses mientras los golpeaban. No podía hacer nada, bajar era entregarme a ellos”, explica.

Después de una hora y media, Celso caminó hasta llegar al hotel Parador de Marques.

Allí, le pidió un señor que les ayudara.

–Hay muchachos, ¿qué andan haciendo? Estuvo muy mal lo que les hicieron a ustedes. Pero cuídense. No se preocupen, horita te voy a sacar de aquí –ofreció.

El señor sacó al normalista y al jovencito en su Jetta, los llevó cerca de Cbtis y allí llegó un maestro de la Normal para llevárselos al internado.

Las sirenas de las ambulancias y la hélice del helicóptero inyectaban pánico a los pelones, que temblaban de miedo al ver una camioneta de ministeriales que los seguía.

Una hora después de la caminata, los normalistas se internaron en la colonia Organización de Pueblos y Colonias de Guerrero (OPCG). Los vecinos recibieron a los  muchachos y los escondieron en sus casas.

Cuando los normalistas se calmaron, los colonos les ofrecieron pozole y agua de jamaíca.

Los colonos se organizaron para sacar de la colonia a los estudiantes para llevarlos a la escuela; varios muchachos no querían salir de ahí  porque  el helicóptero seguía  sobrevolando el lugar. En esos momentos, los ministeriales torturaban a Gerardo Torres en las instalaciones de la Procuraduría.

***

A Gerardo Torres lo detuvo la Policía Federal cuando la patrulla le cerró el paso al autobús donde iba. Allí lo golpearon, al bajarlo lo tiraron al suelo, le patearon las costillas, las manos, los pies; luego lo subieron en la camioneta pick up blanca. Los uniformados subieron a los normalistas a la camioneta maniatados.

–Acuéstate ahí boca abajo con las manos en la nuca –ordena el policía.

En el trayecto de la Autopista a la Procuraduría, los ministeriales iban pateando a los estudiantes. Les molieron la espalda a puras patadas con las botas de casquillo. Cuando llegaron al lugar del cautiverio, los bajaron a jalones de la camioneta. De un empujón, Gerardo se hincó, mientras que un policía vestido de civil le pateó el estómago y le dejó caer una decena de puñetazos.

Sometido, humillado y ofendido, Gerardo permaneció tirado boca abajo. Media hora después llegaron policías para interrogarlo. Le pidieron sus datos. Ya sin movilidad en las cuerdas bucales, Torres es golpeado de nuevo por no gritar fuerte. “Me tomaron mis huellas, luego me fotografiaron. Después me volvieron a colocar boca abajo para golpearme de nuevo en la espalda”, recuerda.

–Fíjate, chamaco pendejo, lo que ocasionas

–vomita con coraje el ministerial, mientras esculca a Gerardo. En el registro le quitaron su celular, unas llaves, 30 pesos y sus tenis.

Agrega: “No me devolvieron ni mi teléfono ni mis tenis ni mi dinero. Ahí me encontraron un casquillo que recogí en la balacera; lo tomé porque quería tener pruebas. Nunca medí las consecuencias”

–Ira este cascajo es de cuerno –asegura el ministerial.

–Ahhh… éste es entonces –contesta el torturador.

Ese casquillo le costó a Gerardo otra dosis de patadas en todo el cuerpo. “Eran dos los que me torturaron; ambos estaban encapuchados. Se llevaron el casquillo que me quitaron. Regresaron preguntando por el cuerno. Con mi playera me cubrieron la cara y me apartaron de los demás, me llevaron a un baño y ahí me pusieron boca abajo; luego, me hincaron para golpearme en la espalda con un lazo mojado. Fueron unos 20 azotes. Me preguntaron por el cuerno de chivo, que dónde lo había dejado. Les dije que el casquillo lo encontré en la calle. Ellos insistieron que le dijera de quien es el cuerno”, detalla.

–Tú mataste a los federales, ¿verdad? –presionan los ministeriales.

“Me dijeron que maté a tres federales. Uno de ellos, traía pantalón tipo militar, camuflageados, como verde con gris para selva; los demás iban uniformado de policía ministerial. Sólo uno vestía playera azul”, refiere.

Unas vez que los policías molieron a golpes a Torres, lo hincaron en un lavabo, lo agarraron de los cabellos y lo azotaron contra la pared. El tormento duró una hora; le abrieron su labio inferior. “Dinos, cabrón, ¿dónde dejaste el cuerno de chivo?, ¿quién te dio el arma?”.

La tortura no cesó hasta que Torres cayó desmayado. Los ministeriales lo sacaron de ese lugar y lo llevaron a otros grupos que lo tundieron a puños en el abdomen. Un policía le cubrió la cabeza con otra playera y lo aventó a la camioneta.

“Llegaron otros tres, me taparon la cabeza y me sacaron tapado con la playera. Me llevaron con los demás y me pusieron boca abajo con las manos en la nuca. Cuando me tenían ahí, el policía que estaba a un lado, me pateaba las costillas”, dice.

–Tú eres el del cuerno ¿verdad? ¿Te duele? Pues a mí no.

A esa hora, Gerardo perdió la noción del tiempo. Pero los ministeriales no. Ellos seguían con el martirio. Así que lo esposaron para sacarlo de allí, lo subieron a empujones a la camioneta y se lo llevaron, tirado boca abajo en el vehículo cuya lámina tostaba el cuerpo de Torres que iba con el torso al descubierto. Con su playera le amarraron la cabeza. Iba tan bien amarrado que no veía nada.

Las llantas de la camioneta rechinaron, brotó un fuerte olor a azufre. Los ministeriales querían volar en ese rato. Gerardo no supo cuándo fue sacado de Chilpancingo. En el trayecto no lo tocaron, ni le preguntaron, sólo oían los motores de los carros por las calles donde pasaba.

Respiró lo más que pudo y poco a poco fue soltando el aire que llenaba el estómago. En ese rato sintió dolor y se imaginó: “¡estoy muerto!”, pero reaccionó cuando las llantas de la camioneta cayeron en un bache. Había salido de la zona urbana; ya lo llevaban en un camino de terracería.

“Me bajaron de la camioneta, y por la manga de la playera pude ver Chilpancingo desde arriba de los cerros. Donde me llevaron era una casita de madera y techo de cartón. En ese rato oí cuando los policías dijeron que la casa era de un exmilitar pero no vive ahí”.

–Quita a esos elementos que están enfrente –ordenó un policía.

Otro policía preguntó a Torres:

–¿Sabes disparar un arma?

El normalista dijo que no.

–Ahora te vamos a enseñar cómo se dispara un arma –le dijeron mientras le entregaban un cuerno de chivo.

Como Gerardo se negó, le llovieron patadas y puñetazos en las costillas, abdomen y brazos. Un puño en la boca del estómago le sacó aire. Los policías lo obligaron a disparar el arma. “Tómalo, puto, no que muy machito”, me decía un policía que me daba el arma. El que estaba conmigo me soltó un puño en las costillas y me ordenó: ‘jálale el gatillo’”.

–Que le dispares, cabroncito, o te va a cargar la verga –gritó el policía.

A Torres no le quedó de otra que disparar el AK-47. “Hicieron que agarrara los cartuchos varias veces; después a disparar. Cada disparo, ellos recogían los casquillos y me los daban para tocarlos. Fueron seis los disparos. De ahí me cubrieron con mi playera y me subieron a la camioneta. Creo que había dos camionetas, porque un oficial dijo: ‘Vayan en la otra camioneta’”.

Gerardo agrega: “Me esposaron y me pusieron boca abajo en la camioneta. Recuerdo que paramos donde asesinaron a mis compañeros. Me cubrieron con una sábana para llevarme donde mataron a mis compañeros, lo supe porque oí sirenas de patrullas. Un policía dijo que un perito se les puso muy roñoso. Creo que ahí dejaron los casquillos del disparo en el cerro y el arma que apareció en la procuraduría…”.

El colaborador del semanario Trinchera Erick Escobedo alcanzó a ver cómo policías federales, estatales, ministeriales y hombres vestidos de civil –no supo a qué bando pertenecían–, disparaban a los normalistas, mientras otros golpeaban con saña a los estudiantes detenidos. Junto a él había un tráiler e intentó subir a la plataforma para tener un mejor panorama. Lo alcanzaron los ministeriales que entraron al negocio de fierro viejo donde estaba.

–¡Bájate, hijo de tu pinche madre! –vociferó el policía ministerial.

–¡Tranquilos, tranquilos, soy periodista! –Nadie le hizo caso, de un jalón lo bajaron del tráiler.

–¡Tírate al suelo, cabrón… que te tires, hijo de tu puta madre!

–¡Soy periodista! –repitió Erik.

–¡Tira la mochila al suelo, hijo de tu puta madre, y pon las manos en la nuca! –le gritó de nuevo el policía y lo aventó.

Al caer quedó boca abajo le llovieron las patadas en las costillas del lado izquierdo.

Otro golpe se le estrelló entre el pómulo y el ojo izquierdo. Los demás se repartieron en la cabeza, piernas, brazos y cuello. El cañón de un arma le picó la espalda. Le ordenan ponerse de pie y caminar.

–¡Órale, hijo de su puta madre, no qué muy salsa, pinche “ayotzinapo”!

–Soy periodista –intenta explicar de nuevo.

–¡No te hagas pendejo, tápate la cara con la playera! –le ordenan y lo avientan a la pick up blanca.

Cerca de allí oyó el grito de una señora: “No lo golpeen, es mi hijo”. No le hicieron caso y también aventaron al muchacho a la camioneta. Erick intentó quitarse la playera del rostro; alzó la cabeza varias veces para que algún compañero lo viera, hasta que un reportero gráfico lo reconoció y tomó fotos de la caja donde los llevaban como criminales.

Gritó lo más fuerte que pudo, pero su voz se perdió entre el barullo. Subieron a más presuntos estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Eran los primeros aprehendidos.

En cuestión de minutos llegaron a las instalaciones de la Policía Ministerial; los bajaron de la camioneta con la misma violencia con la que los subieron y los metieron  a los separos, donde los tiraron al suelo boca abajo. Les quitaron los zapatos y los cinturones. Primero eran cinco los que tenían allí sometidos; luego llegaron más detenidos, que recibieron el mismo trato. Una voz femenina y chillona les ordenó dar sus nombre, edad, ocupación y lugar de origen.

Cada pregunta es un golpe en la espalda; les aprietan el cuello y al no responder de forma clara, les repiten la pregunta, igual que la tortura. Una voz masculina pregunta:

–¡¿Quién es el periodista?!

Erick, levanta su brazo izquierdo ya que se le complicaba hablar.

–¡¿Y si no eres periodista te rompo la madre?!

–¡¿Cómo te llamas?!

Erick grita con fuerza, no vaya a ser que el policía no escuche y le meta otro madrazo en la espalda. Otra voz masculina le ordena abrir las piernas, y le da dos patadas seguidas en la entrepierna. La voz femenina y chillona sigue preguntando, y sus compinches siguen torturando.

El reportero escucha que alguien dice tener doce años –¿será el hijo de la señora que gritaba hace un momento? –, y otro dieciséis. El de doce comienza a llorar.

–¿Ahora lloras, pinche putito; y hace rato muy machito, no? –se burla un ministerial.

–Yo sólo venía de Liverpool –contesta sollozando.

***

El general Arriola, con manchas de sangre en la cara, contesta iracundo:

–Debíamos desalojar a esta gente, nosotros tenemos personal antimotines, y nos recibieron a golpes, con fuego, y el personal de la Policía Federal intervino.

–Señor, ¡hay dos jóvenes muertos que están ahí tirados!

–No tengo conocimiento, no sé quién disparó, nosotros no traemos armas.

–¿El gobernador ordenó el desalojo?

–La orden del gobernador es que se restableciera la paz aquí. El personal de la policía estatal trae equipo antimotines y viene desarmado completamente.

–¿Restablecer la paz con dos estudiantes muertos? —se le inquiere de nuevo.

–Establecer la paz con 800 seudoestudiantes que están tapando el paso –respondió molesto.

***

Ese lunes negro en Chilpancingo, los responsables convocaron a una rueda de prensa a eso de las nueve de la noche en el edificio de la Procuraduría. El procurador Alberto López Rosas negó la represión en contra de los estudiantes, y aseguró que a uno de los detenidos se le decomisó un fusil AK-47, un cargador y ocho granadas. Dijo además que el saldo de ese día fue: dos muertos, dos heridos y 24 detenidos. Los dos muertos son estudiantes de Ayotzinapa.

–A Gerardo Torres Pérez, de Acapulco, se les encontró un arma AK-47.

En la conferencia de prensa estuvieron el secretario de Seguridad Pública, Ramón Almonte, y el vocero del operativo Guerrero Seguro, Arturo Martínez Núñez. El fiscal aseguró que no hubo represión que sólo se restableció la circulación en la Autopista del Sol.

“No fue un hecho de represión, sólo se reabrió la comunicación en la principal vía a Acapulco. No fue contra los estudiantes, hasta ahora se sabe que ni un elemento policiaco hayan accionado sus armas, todos los policías acudieron al lugar desarmados”, afirmó.