El inodoro es un buen espacio para inventar al mundo. Jeremías Batista parte de la soledad que se experimenta en el trono más humilde de todos los reinos -pero también el más universal-, y a través de una reflexión sobre las posibilidades filosóficas de la evacuación, escribe un relato sobre la frontera, el Sabio, y por supuesto, el Rock.

Dime qué cagas y te diré quién eres.

Humberto González, El Sabio

Uno

De los primeros recintos que uno identifica al crecer es el baño, siempre estará uno ligado a esa íntima recepción del despojo y del misterio de observar cómo una materia orgánica se desaparece en un inodoro cualquiera, cómo el agua hace lo suyo, la corriente, el remolino que vira siempre a la derecha como un torbellino secreto que se lleva lo que casi nadie quiere ver, esa olorosa evidencia que todos dejamos al llegar a la tierra y que de una u otra manera nos relaciona en un ejercicio universal que nadie puede eludir. El inodoro —también llamado trono— es un refugio al que todos acudimos, un campo de exterminación orgánico, un lugar en donde se flexiona y a veces se reflexiona sobre diversos asuntos estéticos, telenovelescos, éticos, cognoscitivos o extraterrestres.

En este relato parto de un breve delirio sobre el inodoro para narrar una serie de eventos y ocurrencias que de una u otra manera están ligados con la improvisada estética de Humberto González, El Sabio, conocido así por sus compas, que vemos en él una sabiduría en extinción, una picardía suelta y sin compromisos con nadie, un humor corrosivo y dulce, una forma de ser y estar sin maquillaje ni concesiones, ligada a la  sabiduría popular que se ha ido desvaneciendo por la erudición y la profesionalización del campo del saber y del conocimiento. La escuela también está ahí, en las nubes, en las calles, en los sonidos de una pieza musical, en una profunda y lúcida carcajada de monte café marrón que a manera de film western proyecta las batallas del indio Juh, la épica de las tribus del norte de México o del viejo Casas Grandes, en donde posiblemente se fundó el mítico Aztlán, en Paquimé.

Cuenta El Sabio que hace algunos años escribió una nota sobre el grupo de glam rock Guns N´ Roses, una banda que no es de sus más preciados grupos musicales ni mucho menos favoritas, pero dice con un humor de su cosecha que para terminar el texto con broche de plástico puso lo siguiente: “Cuando escuché la rola  “Sweet child of mine” estaba en el baño, al ponerle atención me hice del tres o del cuatro, ya ni la chingan, con esa rola me dio chorrillo musical, me sentí en un trono, en una nave musical”. Así concluí el texto —y se carcajea Humberto— eso que ese grupo no me gusta del todo, pero esa rolita, está con madres, la recomiendo para ir al baño y despojarse de todo mal o bien, qué más da.

Dos

Ciudad Juárez es una ciudad arrinconada, aislada, un escenario llanero en donde el clima se impone como un espíritu sediento, semidesértico, extremoso, seco y rodeado de una luz blanca imbatible. Esta mítica y forzada ciudad no es solamente un valle maquilero, aunque sí lo es, no es solamente una urbe con más cantinas que parques y escuelas, aunque también lo es, no es solo una frontera de tráfico de polvo, piedra, yerba y farmacias, aunque también lo es. Si uno puede y reúne las condiciones económicas y laborales necesarias tiene que escapar de este escenario western maquilero, pero ¿a dónde ir?

Tres

Hace unos cuantos días partimos a Casas Grandes, con la consigna de descansar del ambiente de la frontera, observar una vegetación bordeada de agua y arboles robustos, visitar a Humberto El Sabio para dialogar, escuchar música y degustar unos refrescos de cebada. Eso hicimos, partimos muy temprano y en un punto de la ciudad nos encontramos con Roberto, un fulano que diariamente sale a las 6 am de Ciudad Juárez a Casas Grandes (llamado también Chantes o Kansas). Roberto —el bien llamado Correcaminos del Desierto— es un tipo pícaro, con un humor de rancho y una sinceridad de pueblo, de esos compas que te platican fragmentos de su vida personal. Llegó tarde a la cita y nos comentó que no se había levantado a tiempo de su cama porque la noche anterior se había ido con su esposa al Casino que está en la plaza Río Grande. Ese casino está abierto las 24 horas del día, es para los trasnochados, aparte, su esposa que casi no tiene tino, esa noche andaba con suerte y en una sola máquina se había ganado miles de pesos, pos él a todo dar, le invitaban los tragos y disfrutaba del ambiente festivo del casino al cual él estaba adaptado. Cada fin de semana acudía al lugar a jugar y degustar unos tragos.

El Correcaminos hizo dos horas de Ciudad Juárez a Nuevo Casas Grandes, tiempo récord que avalaba su apodo. En el transcurso, Roberto casi se estampa con otro automóvil: frenó súbitamente y las llantas derraparon soltando un sonido agudo, como el de un aullido de un insecto de la selva negra. No me espanté, seguí recostado en las piernas de Eugenia, soñando con un encuentro con unos apaches de mechones de neón que danzaban sobre un monte de basura, desechos tóxicos y ríos verdes fluorescentes que corrían como ríos de magma sobre caudales que abrían paso hacia una nada con rostro de pez abisal. No quería salir de ese sueño futurista y decadente, pero el Correcaminos había llegado a Nuevo Casas Grandes, asomé mi cabeza sobre la ventana y vi los arboles verdes, robustos y silenciosos sobre las esquinas de las calles. Habíamos llegado.

Cuatro

Las casas se modifican, cambian, mutan, casi nada es fijo o estable, ni el rostro que retratan los cristianos o católicos de Jesucristo es parecido o similar, ni los montes o las cuevas. Los rostros mutan, las cicatrices de las calles, los pliegues de los botes de basura, la consistencia química de las bolsas de basura, las ramas de los árboles o los silbidos de los pájaros también mutan.

Los pueblos se van transformando, uno también. Esta vez que llegamos donde vive Humberto El Sabio, me pareció que habíamos arribado a la mítica zona perdida de los pitufos. Algo se reveló en mi interior caricaturesco, estaba en ese reino fungi habitado por los duendes azules, en ese sitio o zona perdida que parecía nómada o movible para pasar desapercibida y no los encontrara el brujo Gargamel, ese personaje con nariz aguileña y túnica negra de monje que estaba obsesionado por eliminar a los pitufos y encontrar su aldea para sembrar el pánico. El viejo Casas Grandes era una de las sedes de los pitufos.

En la mañana, después de que el Correcaminos del desierto nos dejó en la plaza principal del viejo Casas Grandes, fuimos a desayunar un pozole con cebolla, pan tostado, mantequilla y una yerba seca que parecía orégano que vertí por todo el caldo rojizo, lo probé y mientras lo paladeaba a sorbos y a cucharadas, sentí un efecto inesperado, algo había modificado mi estado perceptivo ¿Qué me estaba aconteciendo? Cuando fui al baño a refrescar mi rostro con agua fría, busqué un espejo para ver si me había convertido en un gnomo azul o todo era producto de una sutil alucinación. Caminamos rumbo a la casa de Humberto El Sabio, llegamos y un duende azul se introdujo en la raíz del árbol que vierte sombra al patio, me froté los ojos. Dentro del hogar se escuchaba un blues desenfrenado, rústico y poderoso, volteé a ver el cielo azul, me volví a frotar los ojos, y le pegué un grito a El Sabio que salió a recibirnos: pásenle, pásenle nos dijo, pensé que iban a llegar más tarde, pásenle, qué bueno que llegaron, aquí andan otros compas, a lo mejor más tarde llegan, dejen sus mochilas, pónganse cómodos.

Cinco

He estado soñando en escenarios rurales o medio boscosos. Hace poco soñé que estaba estudiando en un instituto de brujos y brujas, un sitio como el de Harry Potter, rodeado de arquitecturas medievales, castillos rocosos, jardines y áreas verdes muy amplias, extensas y horizontales, planas mesetas casi infinitas en donde se practicaban diversos trucos perceptivos. Entraba a una clase de literatura invisible y dibujo al desnudo, unas chicas se despojaban de sus prendas y se movían como plantas acuáticas mientras se hablaba de la literatura invisible ¿A qué se referían con la literatura invisible? Cambiabas de escenarios, las preguntas eso hacen, cuando uno tiene una duda muta de lugar, esas son las reglas de ese espacio sin lugar, modificabas del sitio al hacer una pregunta. Eso hice, pregunté ¿es verdad que con el arribo del refrigerador en cada casa, en este mundo civilizado hubo una revolución humana del hombre nómada al sedentario? Mi pregunta hizo que me desplazara como nómada de ese lugar, me encontraba ahora en una pila en donde fluía una leve corriente de agua, un chamán guiaba el recorrido y comentaba que todo está hecho de energía renovable, que no tuviésemos temor. Súbitamente, apareció una víbora color rojo-naranja que serpenteaba cerca de mi cuerpo, el chamán me dio a entender que no le tuviese miedo, sentí un escalofrío, me asechó un ataque de nervios, la víbora sintió mi energía, se acercó a donde estaba, abrió las fauces de su hocico y me mordió la mano derecha, sentí un dolor intenso y desperté sudando, di un salto de la cama al suelo y ahí me quedé, abatido, un poco decepcionado, no había pasado la prueba del chamán, de esa escuela, de mis propios temores, había sido presa de mis propias flaquezas. Me levanté, fui a beber agua, abrí el refrigerador para extraer unos cubos de hielo, observé esa caja eléctrica, la empecé a estudiar, a despojarla de sus funciones prácticas, haciendo un ejercicio fenomenológico, una epojé. Después de unos cuantos minutos, me di cuenta que me sentía algo atrapado, tenía que salir de esta ciudad arrinconada, era necesario confrontar algunos temores, pensé en el chamán, en la víbora naranja-roja, en una universidad a la Harry Potter, en el refrigerador y recordé que mis sueños me llevaban a escenarios rurales, medio borrosos. Tenía que salir de Ciudad Juárez, pero ¿a dónde ir?

Seis

Casas Grandes es un extenso campo de béisbol, uno juega aunque no tenga idea de ese ritual llamado por los gringos “el rey de los deportes”. Tengo un recuerdo borroso, en un momento de nuestra estancia en Kansas nos llevaron a ver un juego de béisbol, el clásico de verano. Cuando arribamos estaban en la séptima entrada baja con el choque clásico de la temporada en donde se enfrentaban los Pitufos Blues Rock contra los Motociclistas Bud Light Villistas. Un juego poco vistoso, amarrado, más lento que lento, nadie había anotado ni una sola carrera, solo habían llegado a la segunda base los Pitufos Blues Rock una sola vez y los Moticiclistas Bud Light habían pisado la tercera base una sola vez y en la primera entrada, cuando todavía tenían algo de agilidad y destreza, porque conforme pasaba el juego bebían y bebían cerveza como checoslovacos. A esa altura del partido los Motociclistas Bud Light Villistas iban dando tumbos de lo ebrios que estaban y querían subirse a las motocicletas en vez de correr. En cambio, los Pitufos Blues todavía tenían sus antenas encendidas pero no atinaban, eran bastante toscos para jugar, no daban una, su nula técnica los ponía en aprietos. El juego se tuvo que posponer, la pizarra quedaba en cero, el campo de béisbol fue ocupado por una banda de música, más cerveza, baile, botas vaqueras y el campo fue mutando a una gran fiesta ranchera. Nos retiramos del recinto, pero ¿a dónde ir? Casas Grandes es un extenso campo de béisbol, uno no se puede zafar de eso.

Siete

Humberto El Sabio nos comentaba que el problema de la mayoría de las bandas de rock de Ciudad Juárez es que no componen sus propias rolas, son músicos de covers, hasta El Tata, un virtuoso de la guitarra, una leyenda urbana de la frontera, no se le conocen canciones de su autoría. La leyenda de El Tata, aquel viejo azul con ojos y rostro de lobo estepario que interpretaba como los dioses y deslizaba los sonidos de la guitarra con una sensibilidad única, El Tata no compuso rolas de su autoría, a pesar de que hubo bandas o músicos de la talla de Eric Clapton que buscaron a El Tata para que tocara en sus grupos de rock blues. Así de cotizado estaba ese viejo lobo que se nos fue hace un par de años de esta residencia en la tierra y que mientras estuvo en este planeta no se fue de la frontera, teniendo muchas ofertas para irse a otros lados. Algo sucede en este rancho western maquilero de Ciudad Juárez, una especie de campo magnético que no nos deja que nos vayamos de él, algo pasa —dice El Sabio—algo sucede que uno siempre regresa a esa ciudad amorfa y arrinconada, o se queda. Saben qué, voy al baño, esto se está poniendo algo solemne, les aviso que quizá mañana vengan unos compas a visitarme, lo mejor es tomarnos un par de cebadas y a dormir.

Ocho

Cuando observo un árbol robusto, estrecho y que ha estado durante varios años, quizá un siglo, una emoción invade mi nostalgia. Fuimos a caminar por unas veredas de Viejo Casas Grandes y en una parte del recorrido nos empezó a seguir una perrita negra que media como 30 centímetros, con su pata izquierda trasera adolecida. Nos acompañó durante toda la travesía la perrita negra con una mancha rosa en su lomo izquierdo, le pusimos Chinwindina, la Chinwis le llamaba Eugenia. Durante el recorrido busqué como lo hace un fugitivo que se ha escapado de una prisión, la sombra de un árbol robusto y viejo para disfrutar una breve siesta, la encontré y me deslicé en el suelo como un tapete, cerré los ojos y en medio de esa calma rural empecé a soñar en una comida bufette china que se servía en un estadio de beisbol mientras se disputaba el juego entre los Western Maquileros vs los Western Apache Vaqueros. Los Western Maquileros portaban en su uniforme una serie inconclusa de tatuajes de marcas comerciales, en el centro del diamante pusieron oficinas y hablaban por el celular todo el tiempo, siempre angustiados, nerviosos y preocupados, nos les satisfacía el ambiente de oficina al aire libre, pusieron un centro comercial con varios pisos y elevadores, mientras los Western Apache Vaqueros desde el bullpen y las esquinas del estadio se lanzaban flechas, piedras, soltaban vacas incendiadas. El público seguía degustando arroz frito con cerdo agridulce y pollo almendrado mientras gritaba sin ton ni son, vamos equipo, ganen que queremos arroz frito con carne asada, cerveza güera con hamburguesa asada. Era un escenario tan extraño, como las mismas ciudades. Súbitamente volví al lugar en el que mi cuerpo estaba acostado, porque la Chinwindina me estaba lamiendo el rostro. Me levanté con una sensación de incertidumbre ¿dónde estaba? ¿me estaba haciendo daño el campo o el oxígeno de los arboles? Seguimos caminando hasta Paquimé, justo en ese transcurso la Chinwindina se fue a buscar otras aventuras y la perdimos de vista, arribamos a las ruinas, las recorrimos en sentido contrario de lo que marca el recorrido del museo arqueológico, fuimos a la parte alta del museo en donde explican algunas hipótesis históricas y arqueológicas de la civilización que se estableció ahí, en Paquimé. Desde esa cornisa vislumbramos las enormes montañas o cordilleras que se alcanzan a percibir, mientras Eugenia me hablaba de un compañero que en esos días había fallecido de una manera trágica, observe las nubes, las montañas, las ruinas. Me acordé del ángel de la historia de Walter Benjamin, ese angelus novus que volaba arrastrado por el viento, no podía detenerse como acontece con el famoso Progreso, solo podía observar ese ángel dibujado por Paul Klee vislumbrando el pasado con un rostro desencajado porque lo que observaba eran catástrofes y ruinas sobre ruinas en detrimento. Un pasado lleno de derrumbes, misterios, signos en el viento. Casi lloro, pero seguimos caminando dejando a nuestras espaldas las ruinas de Paquimé, caminamos rumbo a la casa de Humberto El Sabio, sin la Chinwindina, sin algo que aún no sé cómo explicar.

Nueve

Number 9, number 9, number 9. Algo se iba a cumplir, un designio. Cuando arribamos a la casa de El Sabio, como es de costumbre, se escuchaba ese blues desenfrenado, tóxico, rural y vital. Y efectivamente, ahí estaban los duendes azules, riendo, bebiendo cebada, dialogando, escuchando blues, compartiendo historias y memorias. Lo había intuido, esa no es solamente una casa, es algo más. Nos despedimos de los gnomos alegres y joviales, de el sabio Humberto. Teníamos que regresar a la ciudad del Wester Maquilero, a Juaritos ¿a qué? No lo sé, quizá nadie lo sabe, pero una vez que pisamos esa mítica tierra seca arrinconada, regresamos, nos envolvemos en ella, vivimos su tedio, su rencor, su humor de valle desértico, su olor y sabor a burrito. Cuando salimos de la casa vimos que Chinwindina nos había olfateado, siguió nuestro rastro, estaba en el patio de la mítica casa de El Sabio. No me despedí de ella, de esa cariñosa perrita, pero la recordé con angustia y con un peso moral extraño, me reproché el haberla dejado ahí, Eugenia y yo habíamos sido atravesados por ese amor incondicional que mostraba la Chinwin, pensamos que hubiese sido buena idea traerla con nosotros, pero la habíamos dejado ahí.

Estuve pensando en la Chinwis, me dije en mis adentros para calmar mi angustia, para la próxima que vaya a Old Kansas Big me la traigo, pase lo que pase. Pasó una semana y en el nuevo foro de poesía underground de Juaritos Western maquilero, en el Eugenio’s, me encontré curiosamente al Sabio Humberto, lo saludé y como es típico hablamos de diversos temas, entre ellos el tema imprescindible, la música, en el cual, el Sabio tiene un amplio criterio, imaginación y conocimiento.

Yo no podía pasar inadvertido el tema de Chinwindina, la perrita negra de 30 centímetros con una manchita rosa y una disfunción en su patita izquierda que se había quedado afuera de su mítica casa el último día de domingo que la vi, siguiendo nuestro rastro. El Sabio me dijo: uy, que crees, pasaron unos cuantos días y la perrita andaba por esas calles, una desafortunada mañana un automóvil la arrolló y se murió al instante, ni hablar compañero. Yo me quedé pasmado, medio frío y fui al baño a echarme agua a la cara, pensé en al ángel de la historia, en la intuición, en la cerveza, en el béisbol, en el tedio, en la ciudad arrinconada. Volví a preguntarme ¿qué nos tiene aquí, en esta ciudad? Y sonreí un poco, pero para qué me la quería traer para acá si yo mismo no sé muy bien qué hago aquí. Volví a la barra, choqué las botellas en honor a Chinwin y pensé, pa’ la otra atiendo a mi intuición, no debo traicionarla. Y me acordé de un sueño en donde me había convertido en una cucaracha voladora que atravesaba el desierto volando como una nave espacial y en la parte inferior, abajo de su pecho, podía observar circuitos de computadora en donde se prendían y apagaban focos de luz. Fui atraído por un circuito de luces de neón verdes, rojas, moradas y azules, entré a cada una de ellas como si fueran galaxias lumínicas, disfruté tanto el viaje psicotrópico que emprendí varios vuelos hasta perder la vista, la ceguera me había vuelto un ser de las tinieblas, empecé a desarrollar las sensibilidad de las antenas y pude volver a volar de una manera lenta y pausada. Viajé sintiendo el viento, las texturas, los sonidos, el sabor de los almuerzos. Una vez subí una construcción de porcelana, un verdadero trono por el que di circulares paseos alrededor de su boca, perdí el equilibrio y lamentablemente caí, estaba inundado de agua, me empeñé en salir, hice todo lo posible por seguir luchando, lo iba a lograr y un arroyo descomunal en forma de torbellino me atrapó, fui a dar a los conductos del desecho, al destierro de la podredumbre. Le conté brevemente el sueño al Sabio y se empezó a reír. Sabes, una de las veces que leí en la mítica cantina la Brisa les compartí un texto que tiene como título: Dime qué cagas, y te diré quién eres. Sonreí, necesitaba de un verso como esos, Sabio, le pregunté, ¿cuál fue la rola de Guns and Roses con la que te hiciste del tres o del cuatro cuando estabas en el baño y que escribiste uno nota para el semanal ahora? Ahhh, fue la de “Sweet child of mine”. Fui y puse la rola, seguimos dialogando y escuchando música. Pensé en la letra de esa rola y la traduje en mi interior ¿qué me estaba diciendo esa canción? ¿qué mensaje nos estaba revelando? Me quedé con el último verso de esa rola:  Donde/ como niño me ocultaría / Y rezaría por los truenos /Y la lluvia / Hasta que llegara la tranquilidad / Dulce niña mía / Dulce amor mío / A dónde vamos / A dónde vamos ahora / A dónde vamos / Dulce niña mía

Esa letra contenía una revelación ¿A dónde vamos? El Sabio se despidió de nosotros, por ahí andaba Eugenia, nos fuimos de la mítica cantina Eugenio’s y me seguí preguntando a manera de oración o rezo ¿A dónde vamos, a donde vamos ahora, a donde vamos, dulce niña mía?

Quería llorar, pero me aguante las lágrimas en esta ciudad seca, arrinconada y donde se filma un western interminable. Una cinta inagotable se graba a lo largo y ancho de la ciudad, sin actores protagónicos, el Western Maquilero es de bajo presupuesto para la frontera, de bajo perfil, pero genera una riqueza para unos cuantos inversionistas que ni si quiera habitan esta ciudad. El director, se fue de esta ciudad ¿a dónde? Aun no lo sabemos, en eso andamos, buscando un director, una serie de actores estrellas, luminarias, escenarios exóticos. En eso andamos, buscando abajo de las dunas.  ¿A dónde vamos, a donde vamos ahora, a donde vamos, dulce niña mía?