A Mario Lugos, el guía de nuestros desvaríos náuticos

Las bellezas costeñas reposan frente a las olas, cobijan en su vientre los tesoros arrebatados al mar. Antes de que los gallos canten la primera hora de la mañana, habrán de navegar cientos de millas náuticas. Lety, Juanita, Eduarda, Margarita y Citlaly yacen en la playa, ancladas a las rocas y a sus recuerdos. Secan sus amplias curvas en la arena blanquecina, se resisten a ser seducidas por los grandes buques pesqueros que explotan todos los océanos del mundo.

En una tienda de lona, con altas palmeras como columnas, La Guera reconfigura al océano bajo el filo del cuchillo y la habilidad de sus dedos atezados. Separa la carne de las escamas, la empapa de limón y la cubre con sal. El fuego y la leña aguardan en el horno. Hay dos maneras de cocinar el pescado, enchipotlado o a la talla, como a uno le guste. La mayonesa encima de los filetes forma una capa espesa, chiles endémicos y finas hierbas acompañan al adobo. El humo del carbón incorpora la esencia del pescado al viento circundante. Los sabores por venir desfilan ante nosotros. La Güera vigila el fuego. Impertérrita da media vuelta, desanda sus pasos, llena sus pulmones con la brisa marina y le da un gran sorbo a la Coca-Cola frente a ella.

En estas latitudes la piel respira presurosa, se cocina debajo de las telas ensopadas por el calor húmedo de la mañana. No es un lugar para los quisquillosos. La silueta de La Güera se torna difusa en medio de rápidos desplazamientos. Sus movimientos reaccionan sincrónicos a la rítmica del oleaje. Parece una ingeniera que da mantenimiento a las más sofisticadas máquinas industriales. El pescado a la talla sale del fuego, reposa sus sabores en la mesa frente al mar, un enorme cazo con chile ocupa su lugar en las brazas. Cuando empieza a hervir, las tiras fritas de pescado son sumergidas en la salsa ancestral.

Los turistas se acercan embelesados por la exhibición de cocina. Uno de ellos, con fuerte acento norteño, me pide que le tome una foto, se desespera ante mi poca habilidad con la cámara del celular. Cuando le regreso el aparato, me regaña con semblante despectivo, exasperado porque lo fotografié a contraluz. Sus conceptos técnicos son abrumadores, quisiera haber tomado, como él, algunos cursos al vapor en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, para tener elementos con que debatirle, o por lo menos saber de lo que me estaba hablando.

-Esque con la fotografía hay que estar trucha compa, me dice altanero.

Dispara su cámara como poseído, implacable por encontrar los ángulos correctos. Se olvida, tal vez, que los lentes diseñados en Palo Alto, California, son incompatibles con la realidad de la costa oaxaqueña.

La Güera continúa estoica con su trabajo sin importarle el barbullo. El machete en su mano se anuncia, inquisidor, a los aires que pretenden enclaustrarlo. Afuera de la carpa, las huellas en la arena se multiplican, el calor aumenta. Un fino hilo de sangre que emana del gigante pez Vela descuartizado refulge bajo el sol. Su olor a muerte le recuerda a los transeúntes la fragilidad de la carne y el perecedero espíritu del mundo.

Los guisos están terminados. Se empaqueta todo. Es difícil imaginar que tanta suculencia quepa en una bolsa de plástico. Regresamos a la playa, al sol ardiente. Las cervezas frías que cargamos escurren el hielo derretido, delatan nuestro rastro en la arena. Atrás quedó la carpa de La Guera: cocinera, chef gourmet, procusta caribeña.

*-*

Cuando el pescador camina por la playa sus piernas le dejan de pertenecer. Bartolo me dice que nunca ha podido dormir fuera de la hamaca, que imita con su vaivén al ligero cabeceo de los botes pesqueros en las mañanas de aguas somnolientas. Si al astronauta la gravedad le incómoda, al hombre de mar, el suelo le parece incomprensible. Los dos habitan más allá de las leyes físicas, en mundos irreales, mágicos, etéreos.

La irregularidad del suelo estanca el agua. La arena comparte su espacio con una vegetación exhuberante. Es un paisaje que reta a la creatividad humana ¿Alguna vez se habrá visto una laguna en medio de la playa? ¿un arbusto a orillas del mar? ¿un oasis tropical? Es ahora cuando me acercó a comprender el desatino de los primeros cronistas de las Indias, que alteraron la realidad espléndida que les ofrecía este paraíso terrenal con las imágenes quiméricas adoquinadas a su modernidad trasatlántica.

Bartolo destapa la cerveza, respira, sonríe, abre la plática. Para él, la mar es su eterna amante, dulce en ocasiones, colérica en otras.

—Lo mismo te da, que te quita. Puede envolverte en su corriente, embravecida por la tormenta, y dejarte a la deriva de su capricho, nos dice jugueteando con la botella entre sus manos.

-¿Y entonces cuál es su encanto? —pregunto aunque ya imagino la respuesta.

Bartolo calla, sus ojos registran el cielo, bebe a bocajarro, se limpia el excedente con el brazo. Esboza una sonrisa generosa. Señala al enchipotlado dispuesto sobre la mesa, junto a los grandes trozos de pescado a la talla. Con un gesto discreto nos indica que llegó la hora del banquete. Todos acercamos nuestras sillas plásticas a la mesa. Los murmullos delatan el apetito que hemos sabido disimular por cerca de una hora. Finalmente, el menchuco, magnífico, aparece enfardado en una sencilla bolsa plástica. Es el tercer plato de pez Vela que me tocará comer hoy; una especie de ceviche a base de limón, cebolla y chile habanero.

El Marro, pescador con mirada nostálgica, se levanta intempestivo. No da razones. Su andar de pasos infalibles se dirige hacia el boulevard a espaldas de la playa. Se pierde entre el cardumen de turistas que desfilan en el límite de la playa con la civilización. Quince minutos después regresa, abriéndose camino con el cartón de cerveza que carga al hombro. Posa los alcoholes sobre la arena y con un largo bostezo se recuesta en la silla para bañarse de sol. Le ofrecemos el menchuco, pero a esta hora del día, él solo tiene boca para beber y estómago para cantar.

Bartolo destapa otra cerveza, ajeno a la rapidez del mundo que pasa frente a sus ojos, retoma la conversación de antes de la comida como si no existieran los puntos y aparte en su universo de pescador. Habla con calma:

-Hay que saber enamorar al mar.

Nos habla acerca de la paciencia. Sus palabras describen al pescador enfrascado en un infinito juego de estira y afloja cuyo objetivo final es cansar al animal, pasearlo harto entre las frías aguas y sólo entonces, cuando éste se vuelva a sentir dueño de su destino, despojarlo de la mar.

El golpe a la cabeza debe de estar preparado desde antes de que el pez se convierta en pescado. Tiene que tener la exactitud necesaria para que muera rápido, y no se precipite, agónico, de vuelta a las profundidades del agua. Su relato me recuerda la silueta enigmática del anciano pescador que estuvo cerca de abrazar a la muerte, como recompensa por retar en un duelo mortal, a la presa más grande que jamás se atrapó en las playas cubanas, descritas con maestría, por Ernest Hemingway, en El Viejo y el mar.

Para los pescadores, extraer las riquezas ultramarinas, según lo cuentan, parece por momentos un proceso repetitivo pero nunca mecánico. El conocimiento que poseen del mar es más funcional que académico, pero no por eso menos sistemático. Han engendrado una compleja cartografía marítima que incluye temperaturas, corrientes y valor comercial de los productos náuticos. Los hombres de mar enjuagan la sal oceánica en sus sacos llenos de pescados y de sueños. Perdidos en la soledad de sus botes, allá, lejos de la costa, han sabido encontrarle sentido al mundo.

El Marro come pescado todos los días. Su cuerpo ha sido curtido por el sol y la sal oceánica. Lo que más ama en este mundo es la sensación de firmeza en el sedal cuando pica un pez grande y empieza el ritual consuetudinario de la pesca. Habla con oraciones cortas, parece que el mundo le estorba. Sin embargo, cuando el tema es acerca de los misterios oceánicos, su voz adquiere tonos categóricos.

Sin la infinita extensión acuática los pescadores serían fantasmas en la arena, abejas sin flor, niños sin juguete, capitalistas sin ambición, comunistas sin marxismo. Cuando platican del piélago y sus alrededores, el mar que describen parece desalinizado, semejante a un gran estanque de agua dulce, manantial estupendo que le da sentido a la vida y al ser. En sus ojos interminables se puede leer la sentencia del capitán Nemo:

Para mí, el mar lo es todo. Su olor es siempre puro y sano. Es como la inmensidad del desierto, pero piense que el hombre a la vez no se siente nunca solo en él, porque nota el palpitar de la vida a su alrededor. El mar es algo así, en mi concepto, como el vehículo de una existencia natural y portentosa. Es movimiento y amor.

Los relatos de los pescadores son tan largos como las rutas que recorren cada mañana. No sé cuántas horas han pasado ya. Hemos dejado de extrañar el tiempo. Todos los cronómetros se han mareado expectantes del infinito bamboleo de las olas. No queda más que seguir existiendo, en alguna playa de Oaxaca, a cualquier hora de la mañana, en el mejor restaurante del mundo.