Marlon Martínez reseña Permutaciones para el estertor del mundo, el nuevo libro de cuentos del escritor juarense Diego Ordaz. Martínez destaca la fuerza narrativa del cuentario, pero también reflexiona sobre la técnica de Ordaz para construir relatos atípicos al canon dominante en las letras hispanoamericanas actuales. alLímite presenta éste texto como parte de su compromiso por difundir la escena cultural e intelectual de la ciudad.

Permutación que es palabra y es expresión, a la manera de Gauguin que transgrede la naturaleza de los colores y pinta la evocación de la lucha de Jacob con el ángel, así Diego trastoca los límites de los significantes y escribe y transgrede sintagmas y puntuaciones.

Permutación que es palabra, línea, expresión, color, nada, y antes que nada, silencio. Evocación del estado anterior a la palabra, imaginación que sugiere y demanda. Escritura que hurga en la memoria del tiempo. Rompimiento reordenador; el caos no sustituye un orden anterior, se trata de la armonía inusitada, sí artificial, mas reveladora.

Apuesta del poeta por su arte. Encuentro y desencuentro. Descenso al inframundo de la lengua y regresar con la enunciación renovada.

Laberinto del encuentro infinito

a la distancia

Tango de paso doble

entre palabra y silencio.

Mirada recalcitrante

entre uno y dos.

Entretejido del palimpsesto

roto de la memoria.

Arrebol del cristal derretido

primigenio.

Ante el vacío de que ha sido objeto la palabra,

Diego le confiere volumen,

a través de la sintaxis y la gramática.

Durante el siglo XX quisieron tomarnos el pelo con la idea de que la imagen vale más que mil palabras, en Permutaciones… vemos que la palabra exige, apuesta, demanda una arborescencia de imágenes a partir de la palabra, el silencio.

Permutación: RAE: permutatio «1. f. Acción y efecto de permutar. 2. f. Mat. Cada una de las ordenaciones posibles de los elementos de un conjunto finito.» Permutar: RAE: permutãre «1. tr. Cambiar algo por otra cosa, sin que en el cambio entre dinero a no ser el necesario para igualar el valor de las cosas cambiadas y transfiriéndose los contratantes recíprocamente el dominio de ellas. 2. tr. Dicho de dos funcionarios públicos: Cambiar entre sí sus respectivos empleos. 3. tr. Variar la disposición u orden en que estaban dos o más cosas.».

Si consultamos la definición latina, en Vox puede leerse por permútãtio: «f. cambio, modificación, mudanza (p. pública, revolución en el Estado) || canje, trueque, permuta || operación por letra de cambio || (ret.) permutación».

Hay cambios, modificaciones, no necesariamente con implicaciones monetarias, pero sí de una radicalidad notable.

Ahora, si vamos al lado matemático, podremos apreciar que para calcular las permutaciones tenemos que utilizar una fórmula de factoriales en la que importa, sobre todo, la posición de los elementos, es decir, cambian, pero la posición que ocupan es lo más importante en el resultado de dicha operación. No se trataría solamente de una combinación, sino de las posiciones posibles de esos elementos.

Desde Los días y el polvo está presente esa necesidad de la expresión renovada. Lejos de los lugares comunes tanto temáticos como gramaticales y lingüísticos. Si nos apoyamos en lo que señala Alfonso Reyes acerca de la poesía, entendiendo por ella la literatura, estamos frente a un lenguaje dentro de otro lenguaje, cito:

En este sentido, la poesía es un combate contra el lenguaje. De aquí su procedimiento esencial, la catacresis, que es mentar con las palabras lo que no tiene palabras ya hechas para ser mentado. Sea, pues, bienvenido el desajuste, al cual debemos la poesía. Acepte su sino el poeta, que está en combatir, como Jacob, con el ángel. Es la lucha con lo inefable, en la desolación del espíritu: cuerpo de nube, como Ixión. Sin posible ayuda, porque no aceptamos la preceptiva; como lucha Erasmo con la idea, a la luz de su lámpara solitaria.[1]

Se trata pues, de un trabajo literario en tanto que tiene la intención estética de ser literatura. Permutaciones… está alejado, como volumen narrativo, de cualquier pretensión ancilar, aludiendo a Reyes, de nuevo. Me explico: este libro es valioso por su riesgo literario alejado de las anécdotas locales, mismas que sirven de materia para interpretaciones sociológicas, psicológicas, historiográficas, entre otras. Estaría, en este caso, más cerca de la definición que, intuimos, propone D.H. Lawrence en El amante de Lady Chatterley: «la novela, con un tratamiento adecuado, puede poner al descubierto los recovecos más secretos de la vida: porque son los lugares pasionalmente secretos de la vida, por encima de todo, lo que la marea de la conciencia sensible debe cubrir y dejar al descubierto, limpiar y refrescar».[2]

Este libro es una carta de navegación para entender parte del universo de Diego Ordaz, a través de epígrafes, guiños y homenajes de las lecturas que han formado su propio canon, o, para decirlo de una manera menos escandalosa —algunos así lo consideran—, su biblioteca personal. Esa biblioteca como la de Borges, que pesar de ir perdiéndose en la bruma de su ceguera, había dejado una marca inmarcesible en su forma de entender la literatura.

Me gustaría cerrar con un asunto que causó cierto revuelo en la presentación: la tradición. Algunos confundieron mi comentario al entenderlo como sinónimo de canon. Me parece que el canon es externo al escritor, él no decide, aunque intente, pertenecer a un canon, sino los críticos posteriores; por otra parte, la tradición es la adherencia por simpatía, necesidad, o gusto que hace el o la escritora de los autores que lo acompañarán en su carrera literaria.

Permutaciones… puede leerse, entonces, bajo la luz de ciertas tradiciones como la barroca o neobarroca, el modernismo, el existencialismo, por mencionar algunas y aunque parezcan tan dispares, y al final, como toda buena obra, agregará un matiz nuevo a esa gama lumínica a través de la cual vemos la condición humana.

[1] Alfonso Reyes, “Apolo o de la literatura”, en Teoría literaria, FCE / ITESM / Fundación para las letras mexicanas, México, 2005, p. 47.

[2] D.H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley (trad. Bernardo Fernández), Origen, México, 1983, p. 119.