Ya lo dijo Gabriel García Marquez, la realidad es mejor escritora que la ficción. Siguiendo esta línea de pensamiento, el redescubrir los espacios que inspiraron a diversos escritores juarenses sería, una aproximación más íntima a su literatura, nuestra literatura. Carlos Urani Montiel aprovecha esta vinculación y nos invita a Aquí a la vuelta… de página, una ruta repleta de letras e imaginarios para conocer la frontera desde los puntos cardinales que señala su creación narrativa. 

“En todas partes el corazón y la fantasía buscan el materno calor de la memoria.”

José Enrique Rodó: Motivos de Proteo, 1909

¿Existe un patrimonio literario en Ciudad Juárez? Supongamos que sí y que en realidad sería difícil encontrar un territorio que no guarde memoria escrita o sobre el cual nadie haya dejado testimonio sobre su estancia o visita. Entonces, reacomodemos y dupliquemos la pregunta: ¿En dónde se almacena y cómo acceder a él? Las interrogantes sirven de punto de partida para descifrar un proceso de auto-reconocimiento y de elaboración de consensos sobre lugares comunes, tanto de la tradición literaria de la metrópolis como de los elementos distintivos y personajes tipo que la habitan, así como de los paisajes emblemáticos y centros neurálgicos en el tejido urbano.

Para afrontar la cuestión sobre el patrimonio literario de Ciudad Juárez, revisaré primero algunos apuntes sobre la gestión patrimonial, en general, siguiendo de cerca los trabajos realizados por Enrique Florescano en la década de los 90. Más cercano a nosotros, tanto en tiempo como en contexto, Miguel Olmos Aguilera editó el libro Memoria vulnerable (2011), útil para entender las dinámicas del patrimonio cultural en zonas fronterizas. Posteriormente, hay que enfocarse sobre la especificidad literaria para estar todos en sintonía. De fondo, subyace el tema sobre la valoración del ser juarense (de cepa o importado) tanto a nivel personal como colectivo y, sobre todo, productivo. ¿Qué hacemos con lo que se hace dentro de nuestra ciudad? ¿Lo leemos, lo presumimos, asistimos a sus presentaciones? Por último, propongo un medio de acceso e interacción física con ese patrimonio. Desde los mismos textos, es posible identificar los espacios de ficción y proyectarlos en un mapa, para después salir a las calles a recorrerlos.

Antropólogos e historiadores coinciden en que el patrimonio es un valor heredado de manera individual o colectiva de una generación a otra. El problema surge, en realidad, cuando se discute para quiénes un objeto es valioso o no. ¿Cómo se conforman esas escalas de valor? Las políticas dedicadas a la gestión del patrimonio dependen de cuatro variables de diversa complejidad: temporal (cada época rescata ciertos bienes y testimonios a su parecer), de selección (criterios diseñados, por lo general, por grupos sociales dominantes con juicios y valores restrictivos, cuando no excluyentes), ideológica (acorde a un proyecto de nación, por ejemplo) y de uso (inclusión, homogeneización, museográfico, turístico, etc.). Las acciones para recuperar, conservar y transmitir la memoria histórica atienden a este conjunto de variables. Sin embargo, nuevas realidades históricas y geográficas traen consigo demandas sociales y desafíos que hacen que el concepto de patrimonio cultural esté siempre en transformación y bajo la observación, ojalá siempre crítica, de distintos intereses. Lo que debe quedar claro en la significación del término es que no representa una entidad existente en sí misma. Por tanto, el patrimonio no es un hecho dado sino una construcción de largo aliento, producto de un proceso en el que participan las miradas y pulsiones de diferentes clases que componen un cuerpo social de variadas dimensiones: nación, estado, región, ciudad o territorio. Así que la maleabilidad, el dinamismo y la legitimidad son nociones y atributos asociados a la percepción del patrimonio.

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En la frontera norte del país, tan lejana de Mesoamérica y de las directrices centralistas, se gestan imágenes y posicionamientos en relación a fenómenos internos, pero que nunca estarán ajenos a la esfera contigua, aquella asentada en otra nación. Por tanto, la toma de acción (aquí o allá) evoca tanto el entorno propio como el imaginario de lo que sucede en nuestra frontera inmediata. De aquí se desprenden unas cuantas ideas, como la de diferencia cultural, pobladas de varios adjetivos como fragmentado, múltiple y hasta híbrido. No obstante, sabemos, de común acuerdo, que la memoria de extensa duración en asentamientos fronterizos se caracteriza por ser efímera y volátil. Sus políticas patrimoniales, por ende, deben dar por hecho que las referencias culturales y las imágenes del pasado son vulnerables, tanto en apariencia como en contenido. Pero así como las cualidades de la memoria histórica y colectiva de las fronteras parecen espontáneas, pasajeras o transitorias, también hay que admitir que lo patrimonial se nos revela como un reto y campo de trabajo, como una cualidad adjudicada, un constructo que aboga por ese reconocimiento.

El Manual de Francesca Uccella (2013) define al patrimonio literario como “el conjunto de elementos, tanto materiales como inmateriales, relativos a la escritura y a la literatura entre los cuales encontramos en primer lugar el libro… junto al legado de escritores e instituciones relacionadas con la literatura”, materializado en manuscritos, bibliotecas (con sus colecciones especiales), archivos y casas-museo. En lo intangible sobresalen las tradiciones, los montajes escénicos, las fiestas, los rituales y finalmente las expresiones orales. Además, a este rubro también pertenecen las ideas, sentimientos, programas que fomentan la lectura, la reflexión acerca de un texto y, finalmente, los procesos que originan una idea o valoración sobre el mismo. Rescatar el legado escrito es asimismo recordar a sus gestores, actualizar conceptos y dar forma a lo soñado, sentido e imaginado por un pretérito que se extiende y dialoga en tiempo presente. Se le llama patrimonio literario, entonces, por sus valores culturales internos, porque contiene la memoria y potencia la identidad colectiva; por ello es fundamental preservarlo y difundirlo. Así pues, este tipo de herencia se expresa a través de todos aquellos elementos –materiales o no– que retraten un determinado paisaje (y las pautas de comportamiento de quienes lo colman) a través de activos literarios.

El proyecto de investigación Cartografía literaria de Ciudad Juárez vincula los espacios de ficción que captan los espacios urbanos con su equivalente real. El medio primario para lograr este objetivo, como el título lo indica, es el trazado de una cartografía que sea accesible a partir de referencias narrativas, dramáticas y poéticas. Nuestros mapas localizan, en un plano bidimensional, las correspondencias entre la palabra escrita y el entorno que la propicia e inspira, el cual está ahí, listo para ser transitado desde otra perspectiva.

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Ruta Literaria

Una novedosa actividad ideada para visualizar la relación entre las letras y el territorio es el diseño de rutas literarias: herramientas efectivas y dinámicas que corporizan la presencia y acción de los espacios levantados con palabras. Este tipo de itinerario comenzó, de manera informal, cuando un lector decidió recorrer los lugares que había leído. Pensemos, por ejemplo, en el obstinado Almirante (un tal Cristóbal) y su Libro de Marco Polo. El elemento causante del recorrido –su esencia– radica en la emoción suscitada por la visión de los espacios que un autor eligió y diseñó como soporte de su obra. La responsabilidad del encargado de diseñar dicha trayectoria –el itinerógrafo– consiste en transferir a los participantes, de forma oral, el entusiasmo provocado por la lectura. La transmisión de emociones se destaca como la característica, principio y objetivo básico de toda ruta literaria, ya que si se logra adecuadamente permite al caminante-lector hacer propios los parajes del texto y experimentar empatía con las sensaciones del autor y sus personajes.

Aquí a la vuelta… de página es el primer recorrido que tenemos programado para el próximo sábado 10 de diciembre en punto de las 11:30 horas enfrente de la Misión de Guadalupe. La caminata por el centro de la ciudad contempla un paseo-lectura de dos kilómetros con 10 diferentes paradas a lo largo de espacios públicos (plazas), privados (bares) y fronterizos (el puente), relacionados entre sí por el proceso con el cual se convirtieron en metáfora, es decir, en una ciudad de ficción a la vista de todos. Al experimentar parte del estímulo creativo de varios autores, los participantes recrearán esos mismos espacios urbanos y los verán de distinta manera: patentes en la calle y latentes en las páginas. De la mano de los personajes creados por Gaspar Pérez de Villagrá, Víctor Bartoli, Adriana Martell, Diego Ordaz, Rosario Sanmiguel, Benjamín Alire Sáenz, Eduardo Antonio Parra, Edgar Rincón Luna, César Silva Márquez, Adriana Candia y Antonio Zúñiga, visitaremos los escenarios que el ciudadano ya bien conoce y reconstruiremos, a partir del patrimonio literario, una imagen propia de Ciudad Juárez.