La lucha libre es una de las formas más sutiles para entender al mundo. Rodolfo Ortiz escribe este perfil sobre Pagano, quien desde los cuadriláteros vincula las habilidades de los gladiadores con la lucha cotidiana que Ciudad Juárez sostiene desde hace años como una de las fronteras quizá más controvertidas del orbe.

I

Un par de pantallas gigantes, media docena de altavoces potentísimos, un ajuar y sus enseres respectivos, propios de un coliseo de la época romana, inauguraron el combate más visto y más importante de su carrera. En el 2016 Pagano, junto a Psycho Clown encabezaron la cartelera del Triplemanía XXIV, el principal Pago por Evento de la AAA. El creador del El Noa Noa Style debutó meses antes en la compañía. Su ascenso meteórico a las cumbres del protagonismo no le resultó extraño debido al sinnúmero de luchas de escaleras en las que ha contendido. El feudo que finalizaría después de esta lucha máscara contra cabellera atrapó a los fans y a la industria luchística. Un payaso chilango contra un payaso juaritos.

La victoria del Pagano estaba augurada por una serie de enfrentamientos a lo largo y ancho del territorio nacional previos a Triplemanía XXIV. Las apuestas se anunciaban “doce a uno”. Cuando el ruido de la campana marcó el inició de la contienda, el luchador juarense abrió el combate con fiereza: corrió, voló entre las cuerdas y conectó desde la esquina la famosa guillotina; llaveó con destreza e hizo agarres de sometimiento con la finalidad de extraer hasta la última molécula de oxígeno de los pulmones de su rival. El Rudo Rivera, el comentarista insigne de la lucha mexicana, vitoreaba cada uno de los movimientos y defendía todas las artimañas de su luchador predilecto.

Cuando el ritmo de la pelea se lo marcó, el fronterizo se transfiguró en El Rey Extremo, faceta que lo convirtió en el ídolo de las arenas independientes, de los galerones agrestes que desbordan en pasión y entrega. Le rompió la máscara a su adversario y le abrió la frente de un sillazo. La Arena Ciudad de México se volvió loca cuando usó alambre de púas para liberar al espíritu carmesí de los gladiadores. El rostro semi descubierto del hijo pródigo de la compañía se convirtió en un amasijo de carne desprendida y borbotones de sangre. Ganaba indiscutiblemente “con el poder de Juárez” como lo narraba a gritos Jesús Zúñiga. Entonces, con el ánimo y la confianza a plenitud, y tras un intento de reacción por parte de Psycho, termina Pagano con la frente abierta por la fricción de un tenedor; llegan seguramente a su memoria los recuerdos de su viejo maestro Baby Sharon, quien dominaba dicho instrumento mejor que un instructor de etiqueta culinaria. Una plancha mal aplicada que impactó contra un tambo metálico y una camisa de púas comenzaron a pavimentar el retorno de Psycho Clown, el hijo de Brazo de Plata.

La violencia alcanza la cúspide y el encuentro empieza a anunciar su cercano final; el segundo aire va a salvar al que defiende su tapa, ya lo avizoran los poco más de veinte mil aficionados en la Arena y los millones que siguen la transmisión en vivo. Un power bomb desde lo alto del esquinero contra dos sillas metálicas, seguido un minuto después por un superplex sobre una mesa cubierta de tachuelas coloridas incitaron a la Familia Fronteriza a salir del vestuario. Nicho El Millonario, rival acérrimo del juarense en las arenas de Baja California y que ahora figura como uno de sus máximos aliados, acompañado por Damián 666, tratan de inclinar el balance del combate a favor de Pagano. Dr. Wagner Jr. se suma a la marabunta. Parece que una traición se cuece a fuego lento. Después, todo es locura.

El Galeno del Mal retoma la alianza con el payaso fronterizo y lo asiste en el último ardid de la pelea: incendiar una mesa colocada en la esquina del ring. Han luchado durante más de veinticinco minutos. Un momento de descuido lleva a la perdición al juarense. De súbito se ve espaldas planas y recibiendo el conteo final. Su cuerpo acaba de atravesar la trampa que el mismo colocó. Acepta la derrota, se erige con orgullo y entrega la cabellera como se había pactado.

II

“A mí me hubiera gustado que me conociera la gente no por la fama sino por el talento; hace como siete años que hacía muchas cosas en las cuerdas, que te llaveaba.” Con esa frase arrancó la descripción de sí mismo el día que lo entrevisté. Nos atendió en el comedor de su casa, acá en Ciudad Juárez, porque dijo que era su espacio favorito. Tras el umbral de la puerta principal dos cinturones de campeonato cuelgan de la pared, junto con una pequeña exhibición de la parafernalia que porta en el ring. Están sus botas tiradas en la sala y algunas vendas desgastadas sobre el sillón más pequeño; acaba de regresar del entrenamiento en la Arena Kalaka. Sonríe, nos abraza efusivamente, a la norteña. Se pueden sentir sus músculos; de cerca, el 1.90 metros y los poco más de 100 kilogramos de peso son imponentes. No trae maquillaje, ni le hace falta.

Nos sentamos alrededor de una mesa de madera y La Diosa del Rhin, su novia, nos ofrece una cerveza y cena. Son las siete de la tarde. Pagano decide de pronto que ya empezamos la entrevista, “así, platicando y ahí le vamos agarrando”. Concuerdo, es la mejor manera. Comienza hablando de cuando todavía no era el Pagano, recuerda cómo llegó a la vida luchística. No viene de una familia de gladiadores profesionales, el amor le llegó por otro lado: “Mi papá viajaba mucho porque trabajaba en el banco… pero regresaba los domingos y me llevaba a las luchas… Yo no fui a la iglesia los domingos, yo fui a las luchas todos los domingos, al Neri Santos… Era el tiempo de Ari Gato Romero, de Cinta de Oro, de Látigo”. Sonríe tal vez recordando el memorable encuentro de máscara contra máscara entre Cinta de Oro y Rocky Star. Al primero lo encaminó el mismo maestro que a él, Baby Sharon. Era un hombre muy aguerrido, duro en sus comentarios y en la lona; “te marcaba””.

Cuando Pagano habla de Sharon lo recuerda como un maestro implacable: “hacía la fila y yo estaba al último porque era el más pendejo, la verdad; y luego decía: yo no me voy a retirar, hasta que debute el güero… bueno, se murió y no debuté.” Suelta una carcajada. Pagano nunca se ha considerado un buen luchador, sin embargo, ha conseguido lo que pocos, cinturones, cabelleras, máscaras y peleas estelares alrededor del mundo. El día 12 de enero del 2018 el Ayuntamiento de Ciudad Juárez lo galardonó con el Premio Municipal al Deportista Profesional del Año. Mucha gente lo conoce ahora por sus luchas y su rápido ascenso en la AAA; otros, por los videos de sus luchas contra Último Guerrero, Nicho el Millonario, Joe Líder que abundan en la internet. ¿Existirá registro alguno de cuando debutó en 2007 “ahí en la Anáhuac, como con treinta personas?”

Fue en esas arenas independientes, sin el equipamiento de los Gimnasios Municipales y los grandes auditorios donde mostró lo que traía dentro. Su carrera la inició como luchador a ras de lona, pero su personalidad lo obligó a cambiar al mundo de los extremos. José Julio Pacheco Hernández, el que nació un 7 de febrero de 1986, es un amante de lo estridente, de la fuerza, de lo hardcore, y ha querido transportar eso al cuadrilátero. Cuando descubrió que existía la lucha extrema no dudó en dar el brinco. Pulió su entrenamiento previo en kick boxing y en krav maga y lo complementó con la agresividad interna que lo ha acompañado desde siempre. Aclara: “Yo lo que pensaba en ese tiempo era: quiero que vean que me doy en la madre… Siempre me gustaron los madrazos”.

Luchó, antes del maquillaje, con una máscara que mezclaba los colores negro y amarillo. Nunca le dio frutos ni le sirvió como la imagen que de él mismo buscaba. Buscó nuevos aires, “quise meter mi rollo punk, y salí con un overol amarillo, como si fuera Ronald McDonald, con unas mallas rojas y unas zapatillas rojas y le dije al güey [el que hacía las máscaras] hazme un rollo parecido a un payaso… No me gustó, dije no mames, parece Gene Simmons con pinchi Guasón”. Con el tiempo le agarró cariño a la tapa, la combinó con mallas y camisetas flojas. Éste fue el rostro de Pagano hasta que tuvo “tres luchas en tres momentos distintos en Panamá y en la tercera perdí la máscara contra Luzbel”.

Tras la derrota regresó a México y siguió luchando. Algo andaba mal, no se encontraba, “sin la máscara me sentía encuerado, así que empecé a maquillarme, igual que la máscara”. Aquí comenzó la transformación que lo llevaría a las luchas estelares y los carteles importantes que vinieron a partir del 2011. Pagano es un hombre que entiende bien la idiosincrasia de la lucha mexicana y las libertades que ofrece: “La lucha libre es una gama de colores, entonces es donde puedes ser tú, si eres exótico, si eres homosexual, si eres punk, si eres lo que sea, puedes explayarte ahí. Ni en el box ni en MMA ni en ningún lugar vas a hallar eso”. Payasos ha habido en los cuadriláteros desde los inicios del deporte-espectáculo, pero con Pagano llegó el payaso hardcore.

III

“No cabe duda que los chingones se hacen en las fronteras”. Esa fue la declaración que dio Pagano en el Auditorio Tijuana, el 24 de julio del 2015 después de la ardua lucha de escaleras contra Nicho el Millonario, que organizara la promoción independiente Baja Star’s Wrestling, en la que el Malandro 656 perdió la cabellera. Y es que no olvida, ahora que recorre el mundo con la AAA, en dónde nació y cómo lo forjó este ambiente. Le gustaba recorrer las versiones nocturnas de las calles de Juárez antes de que el combate fuera su vida profesional, y no pocas veces se enfrentó al lado oscuro de la autoridad. Dice socarronamente: “Nos íbamos a la Juárez, en ese entonces yo no tomaba ni nada, yo nomás iba a pelearme con los policías… Me la pasaba cada quince días en la de piedra”.

El Tuby, como le siguen diciendo los que lo conocieron en aquellos años, era un joven cercano al activismo político. Acompañó a los zapatistas que visitaron la ciudad a mediados de los noventa. Después se fue a conocer los Caracoles en Chiapas y se perdió en la selva con sus compañeros. Esta errática proeza le permitió un encuentro cara a cara con el entonces sub comandante Marcos, ahora Galeano, y otros miembros de la comandancia general del EZLN. “Platicamos como unas cuatro veces”, dice con franqueza y sin engrandecimientos. Su peculiar forma de ser lo desmarcó del resto de sus compañeros. Antes de aparecer en los anuncios luchísticos figuró en la portada de la revista Rebeldía. Le quedó de recuerdo de esos andares al Pagano el paño que cubre medio rostro, “era del activismo, pero el paño es más bien taparte la identidad para hacer un desmadre… en el ring claro”.

Ciudad Juárez es su tierra y la mira con ojo acucioso, analítico y orgulloso. “Yo crecí en un Juárez que se hizo a putazos… no puedes llegar a un lado que te vayan a asustar, pero también crecí en un Juárez que la raza es gente”. Sabe que los juarenses hemos pasado por muchos dolores, que la guerra nos dejó marcas que no han de irse nunca, pero que esas cicatrices son las muestras de lo que sobrevivimos, como las de su espalda y hombros por las quemaduras, los alambres de púas, los vidrios y las astillas de las mesas que ha roto con su humanidad. “Empecé a poner 656 desde que fui a Panamá de hecho, porque me sentía orgulloso y porque sentía que le habíamos chingado tanto todos los juarenses que vivimos aquí para aguantar tanta mamada, como para no estar orgullosos de donde somos”.

Cuando se decidió por el nombre lo hizo con la conciencia de que “los Paganos son aquellos que fueron satanizados… voy en contra de las buenas costumbres… en contra de lo establecido”. Para él, este rasgo es lo que le permite a Ciudad Juárez seguir sobreviviendo después del maremoto de infortunios, “aquí no existe malo y bueno, aquí todo está revuelto”. Lo anterior no es un planteamiento amoral, sino el entendimiento de que todos hemos sido parte de una manera u otra de los problemas por los que hemos pasado, pero también de los gozos que ofrece una vida abierta y cada vez más incluyente, menos juiciosa. Eso lo construyen los pueblos, no los proyectos de gobierno, y a Pagano que ha explotado esas libertades en su personaje, le queda claro.

“Yo creo que le dio miedo al gobierno mexicano ver lo del terremoto, porque la gente fue tan unida, se rompieron ahí todas las clases… cuando ya quiso entrar el gobierno la raza dijo: nosotros fuimos los que nos chingamos”. En Kalaka, la arena local que administra y donde se brindan las primeras oportunidades a los luchadores de la región, se llevó a cabo, como en casi toda República, un evento de beneficio para los afectados por el sismo.

IV

Aunque los vítores y los aplausos alimenten el alma de los artistas, el pago por ellos es alto. “A veces las luchas duran 15 o 20 minutos, pero tú estás cinco, seis horas en la carretera… es un trabajo muy difícil”. Se le suman las horas de cardio, de gimnasio, dietas de muchas calorías que condenan al cuerpo a la obesidad tras el retiro, adicciones a los analgésicos y los antinflamatorios sin los cuales es imposible dormir en muchas ocasiones. Como fans asistimos a los gimnasios municipales esperando ver siempre los lances más espectaculares, los agarres más dolorosos y los choques brutales que no dejen duda alguna de la habilidad de los que en el encordado se enfrentan. En muchas ocasiones, si esto no sucede, nos retiramos vociferando nuestro enojo al que poco le falta para convertirse en ingratitud. “Te lucho seis o siete veces a la semana, tenemos que administrarnos el cuerpo”. Eso es algo que pocas veces los aficionados nos detenemos a pensar. La lucha libre es un oficio con muchas aristas establecidas con la finalidad de mantener la secrecía necesaria para el buen funcionamiento de este espectáculo.

El grueso de los deportistas profesionales tiene que rendir cuentas a sus públicos con una exposición semanal a lo sumo; los luchadores no tienen esa oportunidad. Tampoco en el ámbito del dinero les va tan bien. Si miramos hacia el tope de la escalera en esa esfera, Cristiano Ronaldo registró ingresos de 87.5 millones de euros por su labor como futbolista en el último año. A ese nivel de popularidad e importancia para su empresa se encuentra John Cena de la WWE, aunque él sólo recibió menos de una décima parte, 8 millones de dólares. En el mundo de a pie, un luchador que apenas empieza a hacerse de fama y reputación en las arenas independientes debe enfrentarse a la vida con 100 pesos por función. Un reportaje de El Universal de marzo de 2015 asegura que aún los luchadores mejor pagados de las dos grandes empresas, la AAA y el CMLL, en las luchas estelares, no sacaban más de 7 mil pesos por noche.

“Las arenas chicas para mí son muy importantes… porque son las fábricas de sueños”, de ahí se arrancan las grandes carreras. En esto los mexicanos comparten la realidad de su oficio con los japoneses, los estadunidenses, los ingleses, los australianos, los samoanos, los irlandeses y con todas las pequeñas promociones que apenas ven la luz en países en los que todavía no existe un mercado laboral propicio para los que quieren dedicarse a la lucha libre. En Ciudad Juárez cuatro o cinco de estas arenas forman una especie de circuito independiente el cual comparte algunas funciones con las que se encuentran ubicadas en El Paso, Texas. Este intercambio confirma la realidad de las ciudades espejo, donde la codependencia y la cooperación trascienden los muros fronterizos y las políticas migratorias.

Como fronterizo, Pagano entiende las vicisitudes del intercambio binacional, pero también de la labor fundacional que tienen que emprender los visionarios. Como aquí en Juárez no encontró nada relacionado con la lucha extrema decidió crear una promoción llamada “MXW Mexican Xtreme Wrestling, fue antes de Kalaka… era una arena que se llamaba Ben-Hur”. En reminiscencia de esta arena, durante su entrada a Triplemania XXIV, portó una casco y escudo a la Charlton Heston. “Después agarré Kalaka, el rollo era difundir el talento de Juárez”. Lo está logrando y poco a poco la ciudad está tratando de retomar aquel nido de grandes figuras en el que se convirtió en los años ochenta y parte de los noventas.

V

“A mí me gusta la lucha libre, yo me vuelvo loco, ahorita fuimos a entrenar y me encanta sentir la lucha, los golpes, la lucha se siente, es lo chingón”. Es a lo que se dedica, su trabajo, pero también una pasión que comparte y comprende. Pagano ha construido a través de su imagen un personaje complejísimo; “sin querer hice mucho performance, Pagano trae muchas cosas simbólicas”. Los tatuajes de payasos, de risas, de fechas que se mezclan con las heridas cicatrizadas que hacen bordos sobre los brazos, el pecho y la espalda. El flequillo del semi mohawk que usa cuando trae cabello y el maquillaje le cubren un poco las marcas de los cortes en la frente. Es el sello característico de los luchadores. Cuando la edad lo obligue al retiro estas marcas lo ayudarán a recordar las muchas sonrisas que dibujó, los gritos de apoyo y los abucheos que generaron sus actuaciones; se las platicará a su hijo y le pasará, junto con su experiencia, seguramente, su amor por la ciudad.

Ser el Malandro 656 “era el contraste de es un luchador extremo, tatuado y que le gusta Juan Gabriel… es quitar esa línea divisoria de qué es lo bueno y qué es lo malo… es hacer un estilo propio, por eso dije Noa Noa Style”. Recupera con sus esfuerzos histriónicos, con su arrojo y con la alta intensidad con la que le gusta luchar la esencia de una ciudad que ha combatido tanto como él. Es entonces, un reflejo y a la vez uno de los crisoles a través del cual se puede configurar e interpretar a la frontera, a la ciudad de la noche larga, de la diversión y los excesos, pero también a la de la chamba ineludible, de los que son frontales y recios frente a las adversidades. “Como humano Pagano tiene muchos errores, o más bien José; pero José jala a Pagano y Pagano a José”; esperemos sus seguidores que lo siga haciendo, que profese en las arenas su amor por el arte de las llaves y las patadas voladoras de la mano del que tiene por su ciudad. Los que vivimos en ella se lo seguiremos agradeciendo.