Siendo alLímite una revista de acento fronterizo, no podría concebirse sin un espacio dedicado a retratar el aura de un personaje que, como Tin Tan, nos abre las puertas para entender procesos intrínsecos e invisibles dentro de la piel norteña. Pablo Martínez Coronado nos retrata, desde su ojo juarense, las pachuqueidades y desventuras de uno de los grandes cómicos del cine mexicano.

“Comprendimos desde hace mucho
que ya no era posible subvertir el mundo,
ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia delante.
Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio”.
Milan Kundera.

Idolo popular y figura trascendental del cine de oro mexicano, Germán Genaro Cipriano Valdez Castillo construyó un mito con su inimitable rebeldía. Interprete del caló chicano y traductor del sisma clasemediero del México de los cincuentas, su ingenio repleto de genio lo colocó como un personaje que fue más allá de las pantallas.

Lo mismo con el canto que con el baile, Germán Valdez conquistó corazones de niños, malandrines y señoritas. Con él, México conoció un producto norteño repleto de anécdotas, ritmos cadenciosos y ataques a la moral. Tin Tan, hábil desacralizador de los desiertos, fue, también, un diestro malabarista capaz de invertir el set y el glamour escritural de los papeles: el típico ladronzuelo de esquina se transforma en el héroe de sus propias aventuras humorísticas con el que cambia percepciones, mancha conciencias y mata a los espectadores de la risa en el proceso.

Tin Tan entendió la singularidad que su pachuquismo aportó al ámbito cinematográfico y se resistió al maquillaje que trataron de imponerle. El éxito de sus primeras películas se debe en parte gracias a la libertad actoral que se le dio. La confianza en sí mismo, su afinidad con la clase popular, la creación de un personaje con una identidad bien construida y su capacidad de improvisar, reinventar y modificar su propio lenguaje fueron solo algunos de los factores que lo catapultaron desde sus inicios en el cine.

Sin embargo, dentro del discurso hegemónico más conservador del cine de oro mexicano fue difícil aceptar, sino por el interés comercial, la irreverencia tintanesca. Las películas de Germán Valdez no fueron dramas cargados de nacionalismos desbocados y escenas ubicados en zonas rancheras, que privilegiaban la exaltación de las buenas costumbres y una moral concebida en contraposición al espacio urbano, estigmatizado de perverso y demoníaco. Eran los tiempos de regresar al agrarismo mexicano que exaltaba el papel de lo popular, olvidando así, al porfiriato afrancesado de élite.

A Tin Tan le sobraba estilacho, cuya calidad, para su mala suerte, fue relegada a un segundo plano por no constituir un discurso producido en el centro del país. El conflicto de Tin Tan con el cine mexicano es en cierta medida consecuencia de la incomprensión histórica entre la franja norteña y el resto de México. La solemnidad frente a la barbarie, la hipocresía frente al cinismo, las buenas costumbres frente al desparpajo.

Ni siquiera en estos tiempos se ha tratado el sincretismo de las fronteras desde la óptica de Tin Tan. Los largometrajes mexicanos estigmatizan al migrante en su primera etapa, como el jodido que huye de la cruda realidad del país para encontrar su propio sueño americano. Pero el pachuco es un mexicano ya asentado en Estados Unidos. Se enfrenta a la discriminación racial a la vez que crea una cultura propia. Es el migrante exiliado de su tierra. Aquél que se transfigura en un intento por encajar entre dos fuerzas que lo oprimen. Finalmente, sofocado, decide renunciar a las dos. Esta temática no se trata en nuestro cine porque en el sentado estricto de la palabra y hablando totalmente en serio los chicanos ya no son mexicanos.

Es incomprensible como uno de los mayores talentos cómicos de México, entró entonces en un período decadente durante 20 años. ¿Se acabó demasiado rápido la chispa de Tin Tan? Vérsatil, como lo era, en un momento frío de su faceta actoral, Germán Valdez optó por prestar su voz a dos inmortales personajes de Disney. El Oso Baloo del libro de la selva y el gato O´malley de los Aristogatos se resignificaron al ser apropiados por el genio tintanesco. El doblaje al español parece imprimirle mas fuerza a estos personajes, dando la impresión de ser concebidos a partir del pachuco y no adaptados para él. Baloo ciertamente parece más despreocupado y O´Malley mas pícaro con la voz del histrión mexicano en contraparte a sus alter ego americanos.

¿Entonces qué le pasó a Tin Tan en el cine mexicano? Caracterizado por José Vasconcelos como un vulgar pocho que ofrecía espectáculos mediocres, Germán aprendió muy pronto el costo de mostrar el tipo de sincretismos que son comunes en la frontera México-Estados Unidos. El cine mexicano exprimió al pachuco de oro y lo desechó cuando, acartonado frente a las presiones de directores y productores, Tin Tan fue dejando su pachequismo para tratar de embonar en la lógica melodramática de aquellos tiempos.

Salvador Novo le respondió a Vasconcelos argumentando que los detractores de Tin Tan yerran el tiro. En palabras del poeta mexicano Germán Valdez es un efecto, no una causa, de una corrupción más grave que la simplemente lingüística. Nos molesta porque mientras Cantinflas es la subconsciencia de México, Tin Tan es su incómoda conciencia.

Al igual que Cantinflas, Tin Tan muestra el lado mas común del pueblo, un pillo con finta desparpajada, a quien le importa poco su marginación social y haciendo del arte de la improvisación su mejor herramienta, manipula su entorno para hacerlo más apacible. Es un reflejo fiel de la descarnada realidad de los jodidos de siempre, maquillada con comedia atemporal y con diálogos que despiertan simpatía por los bandidos de poca monta.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre Mario Moreno y Germán Valdez. Mientras el primero refleja siempre su condición de peladito como producto de su entorno y con varios acentos moralinos, el segundo se enorgullece de su condición malandra. Los personajes de Tin Tan apelan siempre a la ignorancia, el cinismo y los jales chicanos para ganar simpatías. Mientras uno conquista al público con debates éticos intrínsecos, al otro le importa poco como lo vean y avienta su desmadre como va. Al final de cuentas Tin Tan vive bajo uno de los tantos dichos que la sapiencia popular ha creado: es mejor pedir perdón que pedir permiso.

En el uso del lenguaje, se entrevé otra diferencia, que pudiera ser abismal. Cantinflas deslumbra con la incoherencia producto de las limitaciones de su vocabulario y le da sentido al sinsentido de sus palabras con la improvisación de frases yuxtapuestas. Tin Tan, en cambio, aprovecha diversas formas de expresión que se funden en un abanico de posibilidades: mientras uno le da vueltas a las palabras, el otro las inventa y modifica según su conveniencia. Las dos son al fin y al acabo formas de construir una forma de expresión propia.

La ideas de Novo y de Vasconcelos son producto de su razonamiento centralista, y aunque Salvador Novo trata con mayor mesura el fenómeno de Tin Tan, no reconoce en sus palabras el efecto totalizante que la identidad mexicana centralista ha depositado en él. Mientras en el Distrito Federal se construye un molde de mexicano arbitrario para todos los puntos cardinales del país, sin reparar demasiado en las particularidades regionales, el norte de México se debate entre aceptar una identidad impuesta (la cual lo margina) o combinar los inevitables prestámos culturales que cruzan desde el norte del Río Bravo. Al igual que el pachuco y Tin Tan, las fronteras norteñas, también, sufren de una crisis de identidad.

A Vasconcelos se le atribuye la frase ”donde empieza la carne asada termina la cultura” y parece que esa misma caracterización es aplicada a Tin Tan, quien al no poder mantener su pacheco relajo se pierde tratando de cobijarse en un medio que no lo acepta. Lo mismo que los pachucos hacen al tratarse de acoplar al molde estadounidense que los repele. Germán Valdez es obligado a normalizar su imagen y partir de allí lentamente se le margina del gremio actoral.

Atrás quedaron los tiempos de risotadas junto a su carnal Marcelo, con boleros y sketches relajientos y frescos, llenos de una cursilería que al contrario de empalagar fascina. Esta época es remplazada por películas chiruleras, adaptaciones mal hechas de dramas gringos o de personajes literarios. Al ser un adelantado a su época, Germán Valdez fue incomprendido. Se exprimió al máximo el jugo de su brillantez sin entenderlo por completo. Se podría decir, con mucha seguridad, que se desperdició la mayor parte de su talento. Tin Tan lo definiría en pocas palabras: Caray como cuesta trabajo ser delincuente, la única vez que se me está haciendo una cosa buena… y tú me la echas a perder con tus consejos moralistas.

Es sólo después de su muerte, al pasar de los años, y sincronizados ya los tiempos histórico y tintanesco, cuando se hace una recuperación de su legado y se reconoce la verdadera dimensión de su talento. En el plano musical, desde Café Tacvuba hasta la Maldita Vecindad, pasando por los Fabulosos Cadillacs y el Gran Silencio, todos han aceptado la influencia determinante del pachuco en sus letras, melodías y estilos. La informalidad de Tin Tan calza perfectamente los zapatos roídos de los extravagantes rockeros, que imitando al caló chicano se apropian de varias voces para crear una propia. A eso que los críticos musicales les gusta llamarle Rock fusion.

Carlos Monsiváis se preocupó por rescatar el legado pachuquesco de Germán Valdéz. Alguna vez lo definió como el rigor de la improvisación. “Tin Tan sintetiza la vehemencia de quien para aprender otro idioma va marcando con señales su lengua nativa: Óyeme bato, ¿cómo se dice window en inglés?. Con Tin Tan todo es vacilón, todo es un gran reventón”. Para Monsiváis, Tin Tan es una fuerza incontenible que marca a una generación . Trasciende los scripts lamentables, democratiza la relación con el público, redime, con improvisaciones, escenas mal bosquejadas y da entrada al humor moderno.

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Influenciado por los pachucos, jóvenes mexico-americanos radicados en Estados Unidos —quienes a principios de la década de los veintes del siglo pasado empezaron a crear una subcultura a través de una vestimenta vistosa, un caló depurado y un ritmo de mambo a flor de piel—, Tin Tan estableció un  estilo propio que rescataba el pachuquismo del otro lado del río y lo combinaba hábilmente con una capacidad actoral que rompía paradigmas. El resultado: un desmadre total.

Impresionados por la huella que Tin Tan dejó en la sociedad mexicana, diversos intelectuales han tratado de hablar del pachuquismo sin caer en el pachequismo ¿Pero esto es posible? Con tantas referencias del propio cine tintanesco hacia la pachequería, no estarán su pachuco y el pacheco íntimamente conectados? En el Estados Unidos de la postguerra se caracterizaba con frecuencia al pachuco como vendedor de pacheca y exaltando su pachuquería generalmente andando bien pacheco ¿La voluntad pachecosa del pachuquismo es entonces infundada o es parte de su personalidad pachuca-pacheca? ¿Los pachucos podrían entonces pachuquear sin pachequear? ¿A chinga? no estábamos hablando de Tin Tan? ¿como caímos en el cantinflismo? ¿Mas mezcla maistro o le remojo los adobes?. En fin…

Octavio Paz señaló a los pachucos como incapaces de asimilar la civilización americana que los rechazaba. Según el Nobel de literatura, estos marginados al no encontrar más respuesta a la hostilidad en su contra, afirman sus diferencias, las subrayan y las procuran hacer notables. A través de un dandismo grotesco y de una conducta anárquica, señalan no tanto la injusticia o la incapacidad de una sociedad que no ha logrado asimilarlos, como su voluntad personal de seguir siendo distintos.

¿Pero serán los zoot suit, con pantalones holgados; ceñidos en la cintura y en los tobillos, sacos de solapas largas y hombros  acolchonados, acompañados por cadenas colgantes que parecían arrastrarse, sombreros estrafalarios con plumas y zapatos bicolores un dandismo grotesco? y si así lo son ¿cuál es el propósito?.

George Carpenter Baker establece la teoría mas aceptada sobre los orígenes del pachuco al posicionar su origen en el área Juárez-El Paso a principios de los años 30; donde se originó el caló que los distingue como una mezcla entre inglés, expresiones del español coloquial, palabras inventadas y otras tomadas y modificadas del Náhuatl. Una pandilla local conocida como 7-X se desplazó de El Paso a la ciudad de Los Angeles perseguida por la policía tejana. En California, por su particular forma de expresión y lo llamativo de sus atuendos, empieza a construir una identidad propia.

De ahí que la palabra pachuco tenga un origen poco claro. Se dice que su génesis proviene de la ciudad de Pachuca, otros más afirman que El Paso, o El chuco ( como se conoce popularmente a los Estados Unidos aquí en la frontera) es el responsable de tal nombre. Incluso el vocablo náhuatl pachoacan (lugar donde se gobierna) fue introducido como posible fuente de inspiración para la creación del término. Entre tantos padres putativos etimológicos, culturalmente al pachuco se le ha asignado un solo campo semántico: pillo, sin que hacer, lacra, ratero.

En la resaca de la segunda guerra mundial, se empezó a expandir en la nación vecina la idea xenofóbica que los Estados Unidos ha arrastrado durante décadas. Los pachucos empezaron a ser abiertamente discriminados por una sociedad en la que no encajaban. Reconocidos por su manera de hablar y su forma de vestir, estos jóvenes fueron víctimas de la represión policiaca y del racismo de la población y prensa anglosajona quien los caracterizaba como homogéneamente delictivos y altamente agresivos.

El punto cumbre de la hostilidad que enfrentó el pachuco fue los zoot suit riots. Administrando su particular forma de hacer justicia por propia mano, cientos de marines estadounidenses persiguieron en 1943 a cualquier chicano con “finta” de pachuco en los Angeles y otras ciudades estadounidenses.

El impulso que se niega a sí mismo y el nudo de contradicciones de los cuales hablaba Octavio Paz, entonces deben ser analizados como productos históricos de la marginación y el desarraigo y no desde una perspectiva estética arbitraria. Al no ser ni de aquí, ni de allá, los pachucos optaron por crear una identidad alterna. Al igual que las fronteras huérfanas de dos culturas contradictorias entre sí, el pachuquismo existe gracias a este choque paradigmático. Su caló establece no tanto la combinación de lenguas, como la creación de una propia a partir de diversas voces.

El dandismo grotesco que reflejan es parte de su voluntad de ser diferentes. El dandi a través del tiempo ha expresado la vanguardia de la moda, símbolo de la clase burguesa intrínseca en el centro del establishment actual. Una forma de renegar a la sociedad que los discrimina es ridiculizar este bastión de poder. Tomar la máxima expresión del anglosajón y modificarla, añadiéndole características que la vuelven transgresora. El atuendo del pachuco para sobresaltar en una sociedad que lo margina es un espejo satírico a la moral norteamericana. Al final de cuentas, les enseña el costo real del american dream.

Sin embargo, el pachuco tampoco quiere regresar a ser mexicano, sociedad que lo ve como un ser folklórico, quien renunció a su herencia castellana para tomar elementos importados desde los Estados Unidos. Un paria de dos culturas crea una propia para encajar.

Con la aparición de nuevas teorías sobre el estudio antropológico de lo “otro”, el movimiento pachuco dejó de ser un marginado cultural. Luis Valdez forma parte de la nueva corriente académica que pretende estudiar a este fenómeno desde una perspectiva de resignificación y revaloración. El problema es que se pretende posicionar al pachuco como un ciudadano ejemplar de Estados Unidos, en donde se ha adaptado, ha perdido su clásico caló para hablar en perfecto inglés y en donde sus ropas llamativas son ornamentales, folklóricas y objetos de nostalgia. ¿Esta adaptación significa su éxito o su extinción como agente provocador, rebelde y dinámico?

Para los años 60´s el fenómeno pachuco había desaparecido del horizonte cultural en los Estados Unidos, adoptando la cultura chicana o incorporandose al modus operandi gringo. Pareciera entonces que el otro nunca fue aceptado. Tuvo que renegar de su otredad para mezclarse dentro de la sociedad que históricamente lo marginó. Cambió eso que lo identificaba como tal, para abrazar al mundo que lo señaló y condenó históricamente. Su mexicanidad es ya un recuerdo extinto evocado cada 5 de mayo.

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Diseñada por José Villa Soberón, un escultor cubano a quien en las últimas dos décadas le ha dado por recrear personajes celebres que se mezclan con el ambiente específico en que se exhiben, la imagen de Tin Tan, ubicada en el centro de Ciudad Juárez, forma parte de este tipo de esculturas cotidianas. La mayor parte de las obras de Soberón están ubicadas en Cuba. Tenemos a Hemingway en un bar de la Habana ¿dónde más podríamos encontrarlo? A John Lennon, sentado, curioseando en un parque de la capital cubana. A Beny Moré con su desparpajo característico caminando por la avenida principal de la Ciudad Cienfuegos. La efigie de Moré se exhibe como si el cantante estuviera componiendo, con el ritmo de sus zapatos, alguno de sus memorables boleros.

Develada en agosto de 2005, la estatua que representa a uno de los histriones más emblemáticos del cine mexicano, parece haber sucumbido ante el arte de hacerse presente sin llamar la atención. En esta ciudad pocos se acuerdan de la estatua de Tin Tan. Sin embargo, nadie ignora su presencia. Se podría decir que la efigie existe para tomarse una foto, como un dato curioso en una conversación o para presumir la sapiencia sobre esta frontera. El Tin Tan de bronce deja de existir el resto del tiempo.

Sin reja que lo proteja y en la ausencia de un pedestal que lo eleve, el pachuco de oro vive despreocupado, sentado en la fuente central de la plaza, con un puro en la boca y un aire jovial. Los pedestales marcan una barrera entre la gente común y el inmortalizado. Su construcción obliga a las personas a verlo hacia arriba. Apreciarlo a la distancia, como algo intocable y ornamental. Las estatuas de Soberón, por el contrario, inspiran familiaridad. Permiten apelar a la imaginación y retornar a la niñez.

A pocos pasos de la Plaza de Armas se encuentra una segunda estatua de Tin Tan, develada 5 años antes que la de Villa Soberón e ignorada por un período de tiempo mayor. Obra de José Guadalupe Díaz Nieto, este otro Tin Tan pasó años en la calle de atrás del mercado Juárez bandalizado por malandros locales, quienes sin saberlo, rendían así culto a el Rey del Barrio, uno de los personajes más celebres de los largometrajes tintanescos ¿Qué mejor forma de honrar la memoria del malandro mayor que malandrear su recuerdo? ¿Si me explico o tiene que wacharlo usted mismo para cacharlo compa?.

Pero, ¿por qué las estatuas de uno de los pilares de identidad juarense e ídolo de al menos cuatro generaciones quedaron en el olvido? Para esto no existe una respuesta fácil. Intentarlo requiere andarse con tiento a cada paso para no dar respuestas apresuradas o erróneas. Como diría Tin Tan: “Calmélas y lo veredas Tropicales, ponga ojo chícharo y al tiro para que no lo chamaquen”.

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No pos la mera verdad los bolillos son los que nos obligaron a poner ojo chícharo y al tiro. Los cabrones encontraban una ranfla con las ventilas crasheadas o cualquier bato con un carrujo y decían que eran de nuestra clica. Nos traían echando cookie los pinches azulejos. Pero eso no importaba, nos la pelan de todos modos, cuando estaba morrillo me la pase en puras carcachitas de las buenas, low riders traídos desde East Los echando bironga. Bien águilas todos por si saltaba una jainita.

Así hablaba mi padre, confiesa Rodolfo Hernández, un juarense de mediana edad con la piel curtida por el sol, ojos profundos y expresión serena. Ataviado con una camisa a cuadros, pantalones de mezclilla, tenis deportivos y cachucha beisbolera, Hernández habla nostálgico. Mi padre, era un pachuco residente de El Paso, Texas. Falleció, dice, hace apenas 3 años.

El orgullo de mi padre fue haber sido pachuco, vivió todo el desmadre de las persecuciones de los rangers contra ellos, hablaba siempre como Chicano. Lo que mas recuerdo de él son sus trajes coloridos que vestía cada vez que había un evento importante o se reunía con sus amigos.

Cuando le pregunto porqué no siguió la tradición de su padre, Hernández me mira con un dejo de desprecio, pero me responde con calma:

Nadie habla así ya, desde hace 40 años no hay pachucos auténticos, de los meros chingones, en el DF hay viejitos que se visten y tratan de imitar a los pachucos pero allá fue pura moda, no resistieron el atosigamiento de los azulejos ni vivieron fuera de México, la neta no entienden que significa ser pachuco.

Hablamos frente a la catedral y al llegar a la plaza de armas, a uno pasos de la estatua de Tin Tan se apresura a dar su opinión, como si presintiera la pregunta.

A mi jefe le caía chido Tin Tan, porque dice que le enseñó a México que era ser pachuco, por eso lo odiaban los chilangos que siguen mamando a Cantinflas, y aunque nunca vivió en el chuco comprendía que querían los pachucos y que su forma de vestir no era de payasos, era una forma de vida.

¿A mi? ese wey siempre me cayó a toda madre, aunque solo la hacía de pachuco porque no sufrió todo lo que sufrió mi jefe quien si fue un pachuco de verdad. Tin Tan era bien cabrón. Y además siempre traía puras morritas de las chidas.

Al sentarnos en la fuente, a un costado del pachuco de oro (aunque no lo fuera tanto) Rodolfo mira la plaza, respira un momento y dice con un aire de fastidio:

Antes Juárez estaba chingón. Toda la raza siempre se pasaeaba por aquí y  estaba a reventar de gringas y paisas, ahora no viene ni el diablo.

¿Qué a qué se debe esto?, no pues a tanta pinche corrupción, los políticos se clavan toda la feria y no hay nadie que defienda al pueblo, antes la raza se organizaba, mi jefe y su clica armaron un buen desmadre en el Chuco, pero nunca los agarraron, siempre andaban peleando con bandas de bolillos y negros que se querían meter en su territorio, pero todos se la pelaron.

Con la noche encima y el frío empezando a hacer estragos, me decido a hacer la última pregunta:

¿Porqué las estatuas de Tin Tan están olvidadas en Ciudad Juárez?.

¿Cuál olvidadas? ¿pues entonces donde estamos sentados?, la gente no necesita estatuas para recordar lo chingón que fue Tin Tan, por eso la estatua del mercado Juárez siempre estuvo toda malandreada. A la gente le valen madres esas cosas, no se necesita una estatua para recordar a los pachucos y nadie olvida quienes fueron.

¿Entonces que las quiten?

No, tampoco estoy diciendo que las quiten, esta chido que Tin Tan este aquí, pero así como está ahorita, sentado con la raza, no en una pinche columna donde no se le puede ver bien. Los domingos se pierde entre los viejitos que se sientan en la fuente, cada quien hace lo que quiere, se toman fotos, lo miran o escriben artículos ojetes sobre él.

Al terminar de hablar, hace un pausa. Me mira con una sonrisa pícara.

Hernández, toma aire. Agrega:

El Tin Tan es demasiado raza para estar enjaulado, aquí donde esta es parte del centro, es parte de nuestra cotidianidad, vienes y todos los días lo ves ahí, y aunque no siempre te acercas a tomarte la foto con él, lo recuerdas y eso esta chido, para mí al Tin Tan le hubiera gustado estar así entre la people, con lo relajiento que era.

Cuando los historiadores se cansaron de hablar de los grandes hombres y fechas importantes, empezaron a analizar las pequeñas cosas que siempre están presentes, aunque la mayoría de las veces sean imperceptibles. A esto le llamaron: Historia de la vida cotidiana. El día a día que marca las particularidades definitorias de cada individuo, región y nación nos da un panorama más rico cuando queremos estudiar las coyunturas que marcaron la historia. Es un proceso dialéctico. Sin el estudio de las pequeñas cosas, los grandes acontecimientos no tendrían sentido. Y si dejamos fuera a estos magnos hechos, la cotidianidad sería un proceso insulso y mecánico.

La estatua de Tin Tan ubicada en la plaza de armas ha cumplido un proceso de simbiosis con su entorno. No es un elemento foráneo que destaque, y si bien no es una parada obligatoria cuando se recorre el centro de la ciudad, siempre estará presente en el imaginario juarense.

Su cotidianidad hace que no sobresalga, pero es la misma que lo mantiene presente. No es una moda pasajera que cumplirá su ciclo vital y saldrá sin pena ni gloria, Tin Tan ha logrado colarse en la cotidianidad juarense, ese espacio guardado para las cosas que tienden a quedarse. Trascendido el momento de sorpresa y asombro que viven todos los fenómenos que destacan por alguna u otra razón, Tin Tan se funde con el inconsciente juarense. El comediante brillante, el actor versátil, el incomprendido, el desmadroso, el pachuco es a final de cuentas un producto cultural fronterizo que solo puede entenderse a cabalidad desde este rincón del mundo.

 ¿Tonsqué?, ¿me va a  pichar las birrias que me dijo o es puro pájaro nalgón?…