Oswaldo Zavala es un escritor, ensayista y académico juarense que participó en Literatura en el Bravo del 9 al 12 de marzo en Ciudad Juárez, Chihuahua. Su trabajo académico se ha enfocado en la narrativa mexicana de los últimos veinte años. La construcción de imaginarios nacionalistas, el agotamiento de los discursos sobre la modernidad literaria latinoamericana y la representación y conceptualización de la frontera entre México y Estados Unidos. La siguiente es una entrevista que sostuve con él después de concluida su presentación en la mesa de debate Periodismo, Literatura y Frontera.

1.- Durante una de tus participaciones leíste uno de tus ensayos más destacados Crónicas neutralizadas Periodismo narrativo ante los discursos oficiales sobre el narco (Proceso, 2015) el cual produjo una discusión que a ti te interesaba generar en México sobre el periodismo narrativo y la manera en que el periodismo narrativo ha avanzado en un cierto imaginario nacionalista. En dicho ensayo te propones darnos a conocer cómo el Estado construyó toda una narrativa y un vocabulario para imponer su propia explicación sobre el comercio de drogas, donde, según la versión oficial, poderosos «cárteles» controlan violentamente el mercado de consumo nacional y el tráfico internacional de drogas, validando así, las acciones del gobierno. De esa narrativa oficial, el periodismo, el cine, la música, el arte conceptual y la literatura, enfatizo, han asimilado acríticamente el relato del Estado hasta el día de hoy. Me interesa destacar el papel activo que ha tenido la literatura en propagar ese discurso oficial del que hablas.

Cierta producción literaria ha tenido un papel relevante como objeto cultural que ha legitimado la narrativa oficial en torno al narco. Mis primeros acercamientos sobre la construcción de este imaginario fueron precisamente a propósito de algunas de las más significativas novelas de ficción. En la construcción del imaginario hegemónico sobre el narco, sin embargo, la narconarrativa ocupa un papel secundario al del periodismo, pues con frecuencia éste opera como la base epistemológica de aquélla. Es decir, el periodismo funciona como lo real sobre lo cual muchos escritores imaginan sus trabajos de ficción. Los más visibles periodistas de la última década (Anabel Hernández, Diego Osorno, Sergio González Rodríguez, Alejandro Almazán, entre otros), pese a su inteligencia y actitud crítica, reproducen en algunos de sus trabajos la narrativa oficial que afirma que las oleadas de violencia que vive el país deben explicarse principalmente como una constante guerra entre múltiples cárteles. En segunda instancia, numerosos novelistas naturalizan el trabajo de esos periodistas al significar culturalmente lo que ya se ha afirmado como supuesta realidad. El primero en lograr ese efecto de naturalización en el campo literario, en mi opinión, fue el escritor español Arturo Pérez Reverte con su novela La reina del sur (2002), que fue fundamental para lo que ahora conocemos como narconovela, pues fue el primer libro que incorporó de lleno el tema del narco como objeto de prestigio literario. Desde entonces, la gran mayoría de los novelistas que ha abordado el tema no ha hecho sino variaciones sobre la novela de Pérez Reverte y su muy atractiva jefa de jefas. Es lo que ha ocurrido esencialmente con las narconovelas más célebres de autores como Élmer Mendoza, Juan Pablo Villalobos, Orfa Alarcón y Bernardo Fernández BEF, entre muchos otros más. Salvo importantes excepciones como Contrabando (2008) de Víctor Hugo Rascón Banda, El lenguaje del juego (2012) de Daniel Sada, Cuatro muertos por capítulo (2013) de César López Cuadras o incluso 2666 (2004) de Roberto Bolaño, la mayoría de las narconovelas actuales son reiteraciones de la narrativa oficial promovida sobre todo a partir del sexenio del presidente Felipe Calderón y su supuesta “guerra” contra los “cárteles de la droga”. Mi acercamiento completo a este fenómeno puede leerse en el ensayo Imagining the US-Mexico Drug War: The Critical Limits of Narconarratives, publicado en la revista académica estadounidense Comparative Literature en 2014.

2.- Has reconocido la dificultad que presenta una crítica como la tuya, pues ese imaginario del narco domina hoy en día el campo literario como lo real. Su influencia desborda la estrategia política concebida por el Estado y ahora se expande como un habitus de lógica cultural independiente del poder oficial que condiciona a diario el trabajo de artistas conceptuales, músicos, cineastas, poetas, dramaturgos y un largo etcétera. De esto, me atrae descifrar una frase que me ha hecho ruido desde hace algunos años: Literatura del desierto, Literatura del norte y Narcoliteratura. Danos la definición de cada una y si tienen algún punto de encuentro.


Las tres etiquetas que mencionas, “Literatura del desierto”, “Literatura del norte” y “Narcoliteratura”, han sido formas de organizar el abundante corpus literario escrito sobre y desde el norte de México. En las últimas tres décadas se ha hecho un importante y brillante esfuerzo entre intelectuales mexicanos por comprender la vasta y riquísima producción literaria que emerge en torno a esta región del país. Es el caso de críticos y ensayistas imprescindibles como Federico Patán, Vicente Francisco Torres, Miguel Rodríguez Lozano, Willivaldo Delgadillo, Juan Carlos Ramírez-Pimienta, Geney Beltrán Félix, Heriberto Yépez, Eduardo Antonio Parra, Ignacio Sánchez Prado y Rafael Lemus, entre otros. Ahora bien, aunque “Literatura del desierto”, “Literatura del norte” y “Narcoliteratura” han servido como principios de ordenamiento de ese corpus, en mi opinión han también contribuido a la construcción de una mitología en torno al norte y a los intelectuales que surgen de la región. En nuestro volumen colectivo Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea (2012), mi colega Viviane Mahieux y yo argumentamos la necesidad de repensar el norte como un espacio privilegiado de significación geopolítica que desborda los imaginarios del narco, la inmigración, el feminicidio y la precariedad en general de las ciudades y comunidades norteñas. Al mismo tiempo, nos preocupaba la idea promovida por ciertos intelectuales de que sólo para los nacidos en los estados del norte fuera legítimo abordar la región como objeto de representación literaria. Lo que propusimos en ese libro, entonces, fue pensar no la “Literatura del norte” (es decir, escrita en el norte por norteños) sino el norte en la literatura mexicana. Es por eso, por ejemplo, que nosotros localizamos la temprana aparición del norte en nuestra tradición literaria en la novela Tomóchic (1893), un relato testimonial escrito por Heriberto Frías, un soldado que registra para nosotros la diferencia cultural, política, económica e incluso religiosa que opone la región del norte ante el violento nacionalismo de la modernidad porfiriana de finales del siglo XIX. El norte irrumpe en el imaginario nacional en el célebre episodio en el que las tropas federales, que asedian ese pequeño poblado insurrecto en el estado de Chihuahua, detonan el primer cañonazo con un grito de “¡Viva México!”, como si defendieran el territorio nacional de una fuerza invasora y en realidad no estuvieran allí para aniquilar a sus connacionales. Esta riqueza y complejidad del norte se vuelve con frecuencia monotemática y superficial cuando las etiquetas como “Literatura del desierto”, “Literatura del norte” y ciertamente “Narcoliteratura” enfatizan los fenómenos de precariedad y violencia como si el norte sólo pudiera pensarse como el reverso negativo de la modernidad mexicana, como si sólo en el norte se experimentara el fracaso de nuestro estado-nación. Finalmente, las tres etiquetas cumplen también con una obvia necesidad editorial que confiere cierto capital simbólico a quienes las defienden a ultranza como un eficaz distintivo estratégico para la venta de libros.

3.- Oswaldo, el discurso que reproduce el gobierno en turno extendiendo sus tentáculos hacia distintas disciplinas del arte y la cultura, de tal forma que permitan a ese discurso subsistir, dar forma al sujeto, a  los escritores y periodistas  que se benefician de dicho sistema, lo que tú has definido como una estrategia para legitimar las pretensiones de ciertos libros de periodismo narrativo: el uso de prólogos a cargo de escritores de ficción. Mi pregunta es ¿Qué tipo de imaginación se elabora en la literatura fronteriza-norteña? ¿Cómo se representa la frontera? ¿Existe alguna forma sana de imaginarla y narrarla que no realice un pacto voluntario o involuntario que obedezca a los intereses de Estado?

Me parece que nuestra clase intelectual tiene la obligación y el desafío de pensar por fuera de la supuesta crisis de seguridad nacional que nuestro gobierno insiste en promover entre nosotros para hacernos aceptar su política de militarización y disciplina policial. En ciudades como Juárez, esto es todavía más urgente y crucial, pues si continuamos aceptando la lógica oficial de que el narco está supuestamente en control de nuestros territorios, el sistema político tendrá el permiso tácito de la ciudadanía para violar los derechos civiles y la dignidad básica de todos nosotros una y otra vez. Con frecuencia escucho el reparo por parte de ciertos escritores que arguyen que el único compromiso de un escritor es “escribir bien”. Me parece que esa respuesta es una abdicación intelectual que neutraliza la capacidad crítica de la literatura. Todo proyecto literario que ha persistido en nuestra tradición ha asumido una dimensión crítica con su presente. La narrativa de Jorge Luis Borges censuró la aparición del fascismo, Octavio Paz condenó los excesos del totalitarismo, César Vallejo cantó la tragedia de la guerra civil española, Juan Rulfo condenó la traición de la revolución mexicana. Ninguno de ellos podría ser considerado como un autor de un realismo ramplón y sin embargo todos significaron críticamente su presente. En la era de Trump y de nuestra corroída clase gobernante, la literatura fronteriza tiene la doble obligación ética y política no de emprender una narrativa realista, sino de asumir una voluntad artística que piense su realidad inmediata con inteligencia y lucidez crítica. Independientemente del género literario que el autor desee ejercer, su proyecto puede y debe confrontar las presiones históricas que definen a la sociedad contemporánea.


4.- El entramado al que ha conducido la literatura del norte o literatura del narco, que en muchas ocasiones sus definiciones tienden a desdibujarse, ha provocado una discusión protagonizada por escritores y críticos que se posicionan desde distintas vertientes tratando de justificar o anular su existir como verdadera expresión literaria, con estética y forma. En el ensayo Dictadura de la forma perfecta. Crítica canónica, narrativa contemporánea y desautorización de lo narcoliterario en México, Heriberto Yépez se propone demostrar que en contraste con el ámbito académico global y de los lectores que se interesan por la narcoliteratura, ésta ha sido desautorizada por la crítica literaria mexicana. Para Yépez se han conjugado una serie de alteridades que pretenden deslegitimar la narcoliteratura: A pesar de esta política estética, apareció el corpus de la narcoliteratura. En este proceso particular de formación de lo literario (nacional-moderno) podemos constatar que los narcoliteratos no gozan de respeto por la crítica canónica o sus colegas mexicanos reconocidos. La narcoliteratura mexicana se escribe, publica y lee en un contexto de estigmatización, ironía, rechazo o desprecio, ya sea por considerarla mal hecha o mercantil. [] La narcoliteratura es rechazada de modo abstracto. Los nombres de los autores no son mencionados, las obras no son analizadas o descritas por la crítica literaria mexicana, que define a la narcoliteratura mediante generalidades y estereotipos. El otro convertido en espectro.” En pocas palabras, según Yépez, quieren silenciarnos, que no denunciemos, que no se realice una escritura que narre las crudas atrocidades perpetuadas por el gobierno.  Lo que trato de comprender es, ¿en dónde nos situamos los escritores emergentes, y los que no lo son tanto, en una narrativa que no nos interesa abordar? Las cuestiones del costumbrismo regional que involuntariamente pueden asomar, no significa que deseemos invocarla  ad nauseam en nuestra obra. Vernos condicionados a tener que escribir del desierto, los feminicidios, el narcotráfico, la violencia, las maquiladoras y las culturas híbridas si deseamos postularnos para una beca o ser materia publicable sólo sí y después sí. Estoy a favor de la libertad para elegir escribir de lo que conozco y me interesa  ¿En qué lugar situamos?  ¿Qué opciones nos quedan?

Heriberto Yépez es uno de los más brillantes e influyentes críticos de mi generación. Aunque con frecuencia estoy de acuerdo con mucho de su trabajo intelectual, mi reflexión sobre la literatura que se acerca al narcotráfico difiere sustancialmente. En mi opinión, lo que llamamos narcoliteratura ha gozado y sigue gozando de un enorme capital simbólico en el campo literario y entre la crítica cultural y académica dentro y fuera de México. La mayoría de los colegas que trabajan el tema, como Diana Palaversich, Gabriela Polit, Hermann Herlinghaus, Rogelio Guedea, e incluso críticos tan opuestos al trabajo de Yépez como Christopher Domínguez Michael, han esencialmente saludado la aparición de las principales narconovelas de los últimos veinte años.

Lo mismo ha pasado con los más dominantes sellos editoriales que publican libros de narcoliteratura, con los suplementos literarios, e incluso con los principales espacios de opinión pública en los periódicos más visibles del país (Yépez mismo tenía, hasta hace poco, una columna en el periódico de circulación nacional Milenio). En ese sentido, es comprensible que los nuevos narradores y poetas se sientan condicionados por este poderoso paradigma de representación. Pero independientemente del proyecto literario, como insistí en mi respuesta anterior, creo que todo escritor está obligado a pensar con inteligencia crítica su presente. Más allá de la recurrencia de los temas, me interesa una apuesta literaria consciente y dispuesta a romper los imaginarios hegemónicos. Entonces lo crucial no es cómo apartarse de los temas más recurrentes sino cómo aprender a deconstruirlos para articular un imaginario contrahegemónico, disidente, subversivo.

Creo que todo escritor está obligado a pensar con inteligencia crítica su presente. Más allá de la recurrencia de los temas, me interesa una apuesta literaria consciente y dispuesta a romper los imaginarios hegemónicos. Entonces lo crucial no es cómo apartarse de los temas más recurrentes sino cómo aprender a deconstruirlos para articular un imaginario contrahegemónico, disidente, subversivo.

5.- En un artículo de opinión escrito por ti  La amenaza de Trump, el Super Bowl y la despolitización de la sociedad mexicana (Proceso, 2017) expones la indiferencia que causó para los medios mexicanos la entrevista que el presidente Trump otorgó horas antes del Súper Bowl en la que el presentador de noticias Bill O´Reilly le preguntó si había amenazado al presidente Enrique Peña Nieto de enviar tropas estadounidenses como contención  al narcotráfico (situación de la que informara antes la periodista Dolia Estévez). Tú dilucidas dos puntos que pasaron inadvertidos para la prensa mexicana: primero, Trump en ningún momento negó haber mencionado la posibilidad de enviar soldados  para combatir al narcotráfico en México y tampoco disputó la veracidad de los dos reportes periodísticos que revelaron la amenaza. Segundo y más grave aún, la supuesta disposición de Peña Nieto para recibir ayuda del gobierno estadounidense y los nefastos alcances a los que puede conducirnos como nación. En tus ensayos has sostenido que durante la presidencia de Felipe Calderón el gobierno estadunidense ayudó” al mexicano en su combate al narco por medio de la Iniciativa Mérida, siendo uno de los medios que el gobierno estadounidense utilizó para ejercer su perniciosa dominación militarista en México (Drug War Capitalism, Dawn Paley, 2014). O, lo ocurrido durante el sexenio de Felipe Calderón cuando autorizó la intervención militar como parte de su estrategia contra el crimen organizado y solamente logró incrementar el índice de asesinatos en distintas regiones del país como ocurrió en Ciudad Juárez.  ¿Por qué es relevante no dejar pasar dicha propuesta?

Con la llegada de Donald Trump al poder muchos en nuestra clase intelectual han expresado su horror ante la legitimación política de discursos de racismo, xenofobia, nacionalismo de derecha extrema y supremacía blanca. Desde luego que esto es en extremo preocupante, pero creo que al mismo tiempo hemos obviado el terrible efecto de destrucción y precariedad que arrojaron en la región las presidencias supuestamente liberales de Bill Clinton y Barack Obama. No debemos olvidar que fue durante el gobierno de Clinton que se propulsó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte junto con una dura reforma migratoria que llevó al cierre de la frontera para la inmigración indocumentada con cientos de kilómetros de muro real o virtual y que desde entonces obliga a nuestros migrantes a cruzar por los desiertos más desolados y peligrosos de Estados Unidos en busca de una mejor vida. El saldo que dejó la presidencia de Obama no es mejor: fue durante su presidencia que se deportó a casi 3 millones de inmigrantes, una cifra sin precedentes en la historia de ese país. También fue Obama quien apoyó sin reparos la criminal estrategia de supuesto combate al narco del presidente Calderón que, como sabemos, produjo directa o indirectamente más de 121 mil asesinatos y más de 30 mil desapariciones forzadas, y eso según las conservadoras cifras oficiales. La entonces secretaria de Estado Hillary Clinton fue quien creó una oficina especial para presionar al gobierno mexicano para conducir la reforma energética y así poder explotar nuestros recursos naturales precisamente en las zonas donde supuestamente operan los “cárteles de la droga”. Y no podemos pasar por alto que fue la misma Clinton quien apoyó el golpe de estado en contra del presidente democráticamente electo de Honduras también para facilitar la explotación de recursos naturales. Trump, en ese sentido, llegó tarde al fin del mundo provocado por la geopolítica estadounidense. Debemos estar atentos a los desafíos de nuestro presente, pero sin perder de vista nuestro pasado inmediato.

Datos del entrevistado

Oswaldo Zavala (Ciudad Juárez, 1975), se desempeña como profesor de Literatura Latinoamericana en The College of State Island y en el Graduate Center, City University of New York (CUNY). Es autor del estudio La Modernidad insufrible, Roberto Bolaño en los límites de la literatura latinoamericana contemporánea (2015). De la novela Siembra de nubes (2011). Coeditor junto a José Ramón Ruiz Sánchez de Materias dispuestas, Juan Villoro ante la crítica (2011) y con Viviane Mahieux en Tierras de nadie: el norte en la narrativa americana contemporánea (2012). Ha publicado más de treinta artículos académicos sobre narrativa mexicana contemporánea, la construcción de imaginarios nacionalistas, el agotamiento de los discursos sobre la modernidad literaria latinoamericana y la representación y conceptualización de la frontera entre México y los Estados Unidos.