Omar Rosas reflexiona sobre la mercantilización del arte contemporáneo que se nutre de discursos y nomenclaturas insondables para justificar la banalidad presente en los grandes museos. A propósito de la última obra de Gabriel Orozco, uno de los artistas mexicanos más reconocidos en la escena mundial, Rosas clarifica y matiza, cuestiona y apunta sobre algunas de las claves para entender de mejor forma, las obras que se muestran en las grandilocuentes catedrales de lo que hoy se considera culto.

Gabriel Orozco, es uno de los artistas mexicanos más valorados – en sentido simbólico y financiero- en la escena del arte internacional desde su irrupción en los años noventa. Su producción oscila entre la conceptualidad (pos)minimalista y su inquebrantable certeza de usar la decepción como catarsis para lo pretenciosamente indescifrable. Su última obra, más inclinada a la decepción, la reproducción de un Oxxo dentro de la galería Kurimansutto. El “Oroxxo” consiste en la ya famosa tienda de conveniencia totalmente funcional con 300 objetos intervenidos. Los productos ordinarios no intervenidos pueden ser adquiridos con billetes peso/dólar que se regalan al entrar en la galería como pequeño souvenir. Antes de la inauguración -y esto es importante- se convocó a una rueda de prensa para dar a conocer el propósito de la misma. El pretexto: explicar y comentar la pieza antes de ser exhibida al público. Orozco afirma que su obra está enfocada a una reflexión en el mercado del arte y cómo los íconos y signos de lo cotidiano -en este caso, el OXXO – se resignifican.

Claro, muy ambiguo el discurso, él mismo ha referido que no le gusta discutir sus piezas, se lo deja a los expertos teóricos del arte -*ejem* Benjamin Buchloh- y curadores para que encuentren significado a lo que él no quiere enunciar. A pesar de la reticencia de adentrarse en sus reflexiones, habrá que otorgarle el beneficio de la duda. Ann Temkin, curadora del MOMA, menciona que “ésta es la vía que eligió Orozco, en parte para afirmar su convicción de que un acto estético se lleva a cabo en el encuentro y no en el objeto, la acción de entrar al Oxxo y reflexionar sobre cómo los objetos de bajo valor monetario en la tienda/galería fluctúan de precio por la lógica del capitalismo tardío en la que funciona el mercado del arte para pensar  en el panorama desolador del consumismo mientras se compra cerveza es, pues sí, decepcionante.  En este momento debemos preguntarnos: ¿El discurso enunciado por el artista se transfiere exitosamente a través de su obra? Es decir, ¿el Oxxo logra adentrarnos a la lógica del mercado del arte en simbiosis con la cotidianidad? probablemente no. A partir de aquí surgen nuevas dudas: ¿por qué el artista explica su pieza a priori? ¿Orozco trata de recuperar su voz secuestrada por teóricos y críticos del arte?, Lo dudo. Sin embargo, para tratar de entender y desarticular su discurso es necesario compararlo con algunos paralelismos en el arte.

Marcel Duchamp y sus ready-mades datan desde 1912, pero fue hasta el Armory Show de 1917, hace 100 años, con la pieza Fountain (1917), el urinario que cambió la historia del arte en una época pre y post Duchamp. En ese contexto histórico, el ready-made fue una estrategia que desaparece las barreras de la idea entre obra y autor, porque el artista no necesita producir para crear, el objeto ya está hecho, fabricado, lo único faltante es su sello de reconocimiento, la firma del autor para conocer que aunque el artista no lo haya hecho con sus manos, esa es su idea, su obra de arte. Además usa la provocación y el escándalo a manera de crítica contra la obra de arte como objeto fetiche. Con Warhol ocurre algo similar, Brillo box (1964), otro trabajo proveniente del ready made, implica la estetización y banalización de símbolos mass mediáticos estadounidenses, en este caso una caja de jabón, integrando así la vida ordinaria con el arte, dejando de lado la carga provocativa y nihilista de cuando surgió la vanguardia dada.

Bajo estos dos referentes observamos en la actualidad que Orozco reproduce una idea derivativa del ready-made a escala de tienda de conveniencia, otorga su autoría a través de los sellos circulares en objetos intervenidos. El lugar es removido de su tradicional rol como centro de intercambio y su símbolo ha desaparecido. Eugenio Garbuno Aviña define esto como estética del vacío. Tal noción estética se entiende como “la sensibilidad predominante en el arte contemporáneo y la desaparición del símbolo como su característica fundamental… el arte refleja el sinsentido de la cultura de masas y la sociedad de consumo del capitalismo tardío”, el sinsentido  en sí se vuelve el sentido de la pieza, señalando la condición histórica vivida, la condición posmoderna. Esto nos incita a volver a observar el Oxxo y reafirmar que ciertamente,  hay nada que ver.

Retomando la duda primordial ¿por qué el artista convocó a una rueda de prensa?, cuando los símbolos son banalizados, aún existe el valor de la imagen como mercancía, mercancía disfrazada de arte, o arte disfrazada de mercancía, da igual. La rueda de prensa es el antecedente que en la eventualidad será polémica, a su vez se transformará en espectáculo y especulación, ahí se exhibe la lógica del mercado del arte. El arte y la mercadotecnia se coluden para generar expectativa. Marca Oxxo, marca Orozco, da lo mismo.