Alfredo Piñón Valenzuela falleció el pasado 2 de abril a raíz de un paro respiratorio. Su deceso ocurrió en su casa ubicada en Mariano Samaniego 6347, en la colonia Josefa Ortiz de Domínguez. Piñon Valenzuela fue un destacado y valiente luchador contra el despojo de la tierra en Ciudad Juárez. Sus amigos, compañeros y familiares lo recuerdan como uno de los colonos de Lomas de Poleo que más resistencia opuso contra Pedro Zaragoza Fuentes, un empresario fronterizo que se apoderó de más de 450 hectáreas de tierras en el poniente de la ciudad, a principios de la década pasada.

Gracias a la lucha de hombres como don Alfredo, el mundo supo que en Ciudad Juárez, un lugar azotado durante varios años por la violencia del narcotráfico, a parte de narcos, coludidos con la policía, existía un empresario que había creado un apartheid en la frontera del norte mexicano.

En Lomas del Poleo, Zaragoza Fuentes actuó con total impunidad, gracias a sus relación con Renato Ascencio León, el ex obispo de Ciudad Juárez, y su cercanía con Felipe Calderón Hinojosa, ex presidente de México. Pedro Zaragoza logró expulsar a la mayor parte de los residentes de Lomas del Poleo, después de pagar sumas irrisorias de dinero por las tierras.

A  mediados de mayo de 2003, Zaragoza Fuentes envió guardias armados y fortificó Lomas de Poleo mediante un cerco de alambre de púas con el objetivo de presionar a los habitantes para que abandonaran sus casas. Junto a sus compañeros, don Alfredo Piñon Valenzuela acudió a tribunales agrarios, fortaleció la lucha política en las calles y denunció en ambos lados de la frontera el asedio del inversionista.

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Piñon Valenzuela fue uno de los pocos colonos que nunca aceptó ponerle precio a su tierra. Luchó hasta el final, a pesar de las enfermedades, producto de su edad avanzada. Visitó Chiapas y admiró la lucha zapatista. “Si nosotros nos hubiéramos organizado como ellos no nos hubieran chingado” me dijo unos días después de asistir al Festival de la Digna Rabia, organizado por el EZLN en diciembre del 2008.

Nacido en el sur del Estado, Alfredo Piñon nunca fue a una escuela. No le hizo falta. Su claridad y rectitud para enfrentar la vida le fueron suficientes para denunciar la avaricia de un empresario juarense, quien había impuesto su ley y secuestrado durante años la vida de más de 100 familias empobrecidas, a escasos metros de la linea divisoria entre México y Estados Unidos.

A don Alfredo se le rememora por su valentía. En noviembre de 2008 un escuadrón de soldados lo detuvo en su casa de Lomas del Poleo. Acusado de mantenerse armado, el día de su detención fue llevado por sus captores a un basurero de los suburbios de la ciudad. Allí, según su testimonio, rendido y enviado a la oficina central de Amnistía Internacional de Londres, Inglaterra, uno de los responsables del escuadrón militar le apuntó con una pistola a la cabeza. Don Alfredo lo conminó a que disparara: “Si no tienes pantalones, te los presto”, le dijo.

Ese era Alfredo Piñon Valenzuela.

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Un hombre de agallas pero sensible que un día lloró de digna rabia: lo que más me encabrona, me dijo una tarde de 2011, es mi Lila, un árbol frondoso que había plantado 30 años antes y que los hombres de Pedro Zaragoza Fuentes le había arrancado de tajo del patio de su casa.

En alguna tarde, Don Alfredo me invitó a unos tequilas. En el encierro abismal en que se había convertido su colonia, fumé de sus cigarrillos Raleigh. Medio en broma, medio en serio, le pregunté si tenía un cigarro de mota. Yo no le hago a esa chingadera, pero no me aguito, me dijo. Nos emborrachamos. Se puso nostálgico. Me contó su llegada a Lomas del Poleo cuarenta años atrás. Recordaba con ternura inaudita a su mujer, alcanzada por el cáncer en décadas pasadas. Hablaba de sus viajes por la ciudad montado en una motocicleta. En sus ojos se dibujaba la linea de un ocaso fosforescente. Migrante, como tantos, aprendió a querer el desierto. Su devoción por la vida no podía entenderse sin sus animales de crianza. Le fastidiaba el hígado que los pistoleros de Zaragoza Fuentes se hubieran quedado con ellos después de haberle destruido su vivienda. Las fotografías que ilustran esta nota las saqué en su casa en la parte alta de Lomas del Poleo. La imagen en blanco y negro le sorprendió a un gringo en una jornada de solidaridad con la lucha de los lomapolenenses en El Paso,Texas. Dio cien dólares por ella. Don Alfredo no tuvo inconveniente que el dinero se entregara para la lucha. Fueron muchas sus enseñanzas. Una de ella la de ser un hombre íntegro.

Descanse en paz, Don Alfredo.