Marlon Martínez incorpora la simbología de los monumentos, las identidades nacionales y el patrioterismo fronterizo para proponer desde la historia un análisis sobre las particularidades y mensajes secretos que hay detrás de la Plaza de la Mexicanidad y su centro ceremonial, la gigantesca equis, escultura que ha generado diversos discursos y polémicas desde su construcción.

En el futuro, si a esta Tierra en que vivimos no se la ha llevado el demonio, quizá un grupo de arqueólogos observará con curiosidad una inmensa X donde estuvo Ciudad Juárez y se preguntará si habría existido alguna palabra o frase de la cual sólo quedó esta letra, o si era ésta una tierra de gigantes que no conocían la escritura y consideraron que lo mejor era marcar su territorio con este signo, o si acaso se trataba del emblema de la Casa Bolton de unas crónicas que encontraron hace algunos años acerca de lo que sucedió cuando se congeló la tierra.gh Sin embargo, la realidad es más triste.

La grandeza de la espantosa X es proporcional a la ignominia que representa. De antiguo, la monumentalidad estuvo asociada a las deidades, a los tiranos y a la protección de los reinos; en el siglo XIX toman un giro para mostrarse como signos de las ciudades; finalmente, estos esfuerzos mayúsculos tienen como fin estrechar vínculos regionales y, a final de cuentas, humanos. Los ejemplos sobran: Athenea Parthenos, la estatua de oro del rey Nabucodonosor, la Muralla China, la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, el Puente Øresund sobre el mar que conecta dos países con dos culturas, lenguas y monedas distintas como son Suecia y Dinamarca, este último es la muestra sintomática de la disposición social contemporánea. Esto subraya la ridiculez del armatoste juarense.

Quiere justificarse la enorme aberración apelando a un nacionalismo trasnochado, por un lado, mediante los motivos aztecas, y por otro, llamando Plaza de la Mexicanidad al lugar donde se erige dicho esperpento. El primer asunto, durante el XIX en Hispanoamérica se tomó de base el orgullo criollo que después se afirmaba en la identidad mestiza y que poco a poco reconocía lo indígena. A inicios del XX, la Revolución Mexicana representa un quiebre y oportunidad para establecer la idea de nación de los ganadores en el periodo posrevolucionario, siempre con las miras puestas en el liberalismo juarista. Era algo necesario sin duda, luego de siglos de opresión, de conflictos internos y de una última década de guerras fratricidas que había desquiciado al país en la economía y la infraestructura, así como todos los problemas sociales ocasionados. A la distancia pueden evaluarse los aspectos positivos y negativos de las decisiones que se tomaron entonces.

Son comprensibles los esfuerzos por unificar una nación en torno a códigos, valores, símbolos, culturas, vestimenta y lengua para hacer viable el gobierno e integrar a la sociedad al trabajo de esta idea. El castellano, el traje charro, la china poblana, lo azteca, entre otros elementos, fungieron como principios cohesionadores de lo que era y es México. Funcionó en su momento, pero ya no estamos en las mismas condiciones para apelar a los viejos discursos.

Una plaza de la mexicanidad la entiendo en el contexto posrevolucionario, sobre todo en la frontera porque debe tomarse una postura firme frente a los riesgos que representa la vecindad con Estados Unidos. Sin embargo, pasada la primera década del siglo XXI, me parece que Ciudad Juárez está plenamente identificada con la República Mexicana, por lo tanto, es bastante ocioso, por no denominarlo anacrónico, bautizar un lugar de esta manera. A menos que haya un plan separatista y yo no lo sepa, entonces se justificaría semejante nombre.

En estas épocas y después de lo convulso que ha vivido la ciudad, una plaza no puede llamarse “de la mexicanidad”. No. Un espacio en Juárez, un lugar de tránsito y tierra maltratada, tendría que pensarse en otros valores: de la justicia, de la concordia, de la tolerancia, de la integración, del respeto, del diálogo, de la armonía, de la migración o de la trashumancia. No puede abanderarse el llamado de lo mexicano, no porque no lo seamos; al contrario, puesto que lo somos hay que ir más allá en la convivencia nacional y regional.

Segundo, no quiero ser malinterpretado; algunos aspectos de la cultura mexica me gustan, pero no me siento identificado por lo que representan en su totalidad. El imperio azteca mantuvo prácticas como todo imperio alrededor de unos 150 años, poco tiempo si se compara con otras que habitaron lo que hoy es el territorio nacional, como los mayas, que lo hicieron alrededor de mil. El hecho de que conozcamos más de lo concerniente a Tenochtitlan en relación con Teotihuacan y otros reinos circunvecinos, es porque los mexicas destruyeron, quemaron y arrasaron con lo anterior a su gobierno. Impusieron tributos muy exigentes para los pueblos sometidos, lengua y prácticas culturales. Eso es lo que hicieron los griegos, Alejandro Magno, Francia, Inglaterra, España y es lo que hace Estados Unidos en Medio Oriente desde hace más de treinta años. Como verán, no puedo estar de acuerdo, ni identificarme con una cultura cuya principal virtud fue la de las armas y no la de las artes. Se me podrá reclamar que todos los gobiernos han apostado por lo bélico, sí, aunque no siempre fue lo más importante o lo único. Verbigracia, el barroco proviene de un periodo de decadencia del imperio español.

Insisto, no quiero decir que lo mexica no tenga elementos rescatables como cultura; claro que los tiene. No obstante, si se piensa en un monumento que integre rasgos indígenas, puede intentarse algo más plural y pensar en lo olmeca, maya, zapoteca, mixteca, huichol, otomí o purépecha, por citar algunos. Simplemente en lo que hoy es el estado de Chihuahua existieron más de cien tribus. Si se quisiera buscar algo más regional, ahí está lo tarahumara, lo paquimé, los julimes, janos o samalayuca. Y no sólo eso, está el desierto, las montañas, las plantas endémicas. Pareciera que lo único que tenemos como referente antiguo sea lo mexica y no lo es, hay una posibilidad inmensa de recrear nuestros vínculos ancestrales, telúricos.

Vayamos, ahora, a las repercusiones colaterales de la monumental puntada. Por una parte, la inversión millonaria no se justifica porque Juárez tiene otras necesidades de mayor urgencia que la ornamentación de estas dimensiones. Esta ciudad necesita transporte público digno y eficaz, vías rápidas como los distribuidores viales de otras ciudades, un mejor sistema de drenaje, más áreas verdes y de esparcimiento, museos y centros culturales. Es decir, sus urgencias son otras. Además, el mantenimiento que supone este adefesio pantagruélico es de un presupuesto oneroso en el cual no estoy dispuesto a contribuir y que, insisto, antes debería cubrir otras demandas. Eso debe pensarse antes de iniciar las obras y no acogerse a máximas populares como «Áhi Seba…stián lo arreglará”. Otro asunto, es la perversa intención por minimizar y hacer invisibles aquellos memoriales que exigen justicia para mujeres asesinadas como el del campo algodonero.

Si la idea era construir un momento a la estulticia pues está muy bien; se consiguió. Igual de efectivo habría sido la edificación de la pierna gigante de Santa Anna que perdió en batalla o un espejo gigante, para honrar el saqueo, la opresión, el engaño, el abuso y el embaucamiento generalizado. Muchos están felices con la X, vayan disfruten; seguro que así lo estarán todos los descendientes mexicas, orgullosos de lo lejos que llegó su dominio. Quizá México siga siendo ese país de niños que dijo gobernar Su Alteza Serenísima; si así es, entonces todo está bien y yo soy un loco liberando galeotes.