Quizá en el desenfado habría que buscar la clave de las certezas con que Roberto González Castro construye su poesía. Lejos de la estridencia y los artilugios del lenguaje, este poeta lagunero, residente en Juárez desde hace más de 15 años, pareciera plantearse sólo un objetivo: encontrarse con el regocijo de pulir las paredes internas del alma. El Centro Latinoamericano de Pensamiento Critico (CELAPEC), coordinado en esta frontera por Rigoberto Martínez y Alejandra Torres publicó recientemente el poemario ¿Me olvidas?. En el CELAPEC el autor encontró refugio para sus musas y reconocimiento a su labor poética. alLímite publica tres poemas de este texto y saluda el esfuerzo editorial iniciado por nuestros apreciados amigos Rigo y Ale. Adelante  

 

Bienvenida

Buenas tardes, bienvenida…
desnúdate y vístete de lujuria;
Bienvenida a nuestra guarida,
ya huele a tabaco y a incienso,
sólo faltaba tu perfume y tus lunares.

Ven conmigo a este sillón
y acompáñame a escuchar el silencio;
fuma conmigo sin tocar mi cigarro;
qué bueno que traes tus manos
para alargar la linea de la vida,
la linea de tu vida.

¡Shhh!…no sé si escuchas a mi corazón
que late de contentamiento
al momento de entralazar mis dedos con los tuyos.

Fumo, y te susurro al oído palabras de humo:
te he buscado en las noches de luna,
allá en lo oscuro de la noche
y te he encontrado recostada sobre una estrella,
dormida, desnuda, sin mi.

No puedo, ni debo hablar más,
pues pones mi mano en mi barba y me besas,
cierras tus ojos y yo los míos,
como si nos conectáramos con nuestros labios,
con nuestras lenguas.

Y ta acaricio las piernas, tus pechos, y me pides,
puedo sentirlo;
el cigarro se consume
y se recuesta sobre una esquina del cenicero.
¿Cuánto tiempo pasó mientras nos besábamos?
¡No importa!
mi mano entre tus piernas,
mis dedos en tus labios húmedos,
mi lengua no quiere soltarte.

Agitada, perversa, sudando lujuria, ¡así me gustas!
me llevas a la cama donde mil almas han sonreído,
pones allí tu espalda y tocas mis brazos,
ahora estoy en tí;
húmeda, caliente te aferras a mis brazos,
a mi espalda, acaricias mi cabello.

Tus pechos y yo nos movemos suavemente,
de pronto me dices “te amo”;
mi alma y la tuya se abrazan;
mi espíritu te escucha,
el tuyo me abraza.

Que nunca termine este momento,
pero vienen nuestros gritos al mismo momento
y me recuesto sobre tí y no decimos nada,
nuestros corazones hablan por nosotros dos.

¿Me olvidas?

Elige,

Aviéntame a ese lugar donde olvidas todo,
Allí donde olvidas las promesas,
los “vemos”, los “después”, los “no tengo tiempo”.

Déjame sólo, allí en ese lugar,
allí juntitos a tus sueños olvidados,
al lado de tus libros empolvados,
a ese lugar donde nunca regresas.

¿Cómo ves? ¿Me olvidas?

O déjame permanecer allí: entre tu pecho,
en tu esperanza, en tu aliento;
déjame sobre tu corazón, debajo de tu brazo,
colgando en tu cuello, pegado en tus lunares.

Déjame si tu quieres en tu diario vivir,
entre tus colmillos, en lo ardiente de tus ganas,
en lo suave de tus manos, en tu insomnio cotidiano;
déjame entre tu bendita soledad.

¿Cómo ves? ¿Me quedo contigo?

O déjame entre tus miedos,
en tus complejos, en tus actos de mal juicio,
en tus glorias pasadas, en tus sueños guajiros.

Déjame si tu quieres
entre tus muertos,
entre tus santos sin fe
entre tu pueblo antiguo,
en la playa de Ixtapa
o debajo del Cristo de las Noas, al pie del reloj de Delicias;
Déjame si tu quieres como un perro callejero.

¿Cómo ves? ¿Me olvidas?

O déjame de ser parte de tu orgasmo añorado,
déjame de ser parte de tu presente lleno de fe,
de tu sudor vespertino, de tu frío nocturno,
de tus vientos de febrero y de tus lunas de octubre;
pero, si tu quieres,
déjame intentar ser el amor de tu vida.

Ruta Universitaria

¿Por qué las cosas no siempre son lo que parecen ser?
Sólo me dijo: “¡hola!” con una mirada llena de amabilidad
pues tenía unos ojos que te abrazan
con una mirada de bienvenida.
Le dije: “¡tuviste suerte! aquí esta un asiento para tí”,
y me dio una sonrisa deslizando suavemente sus labios
mostrando sus dientes tan blancos como sus intenciones.

Continuó el transporte su ruta tan aburrida
tan cansada, tan rutinaria;
el ambiente era el mismo de todos los días:
lleno de estrés, de cansancio,
obreros con ganas,
dos mujeres besándose,
chocolates de a peso y cacahuates de a cinco.

Pero se trataba de sólo bajar la mirada
y ver su nariz, su cabello, sus ojos
y la linea exacta que dividía sus pechos.

A pesar del viento tan contaminado
podía oler su perfume que se mezclaba con su sudor,
era un aroma que me recordaba
esa tumba transparente que conocí en Vallarta
donde enterré el recuerdo de algunas piernas.

Llegó la hora de pedir, sin ganas, mi inevitable descenso,
dejando en sus manos un montón de besos
e irme con otro tanto de onanismo mentales.
¿Por qué las cosas no son siempre lo que parecen ser?