“La ciudad es un paisaje, una atmósfera poderosa, pero también es el rostro de sus residentes, y sus historias particulares por las cuales definimos y apropiamos nuestro espacio”, dice Antonio Rubio Reyes en este texto escrito a propósito de la muestra fotográfica Las veinticuatro de Ana Iram, expuesta en la fotogalería del Centro Cultural de las Fronteras desde el pasado 29 de junio.

En mi opinión, existen dos libros centrales para comprender la representación imaginaria de la ciudad en la literatura: El Spleen de París, de Baudelaire, y Las ciudades invisibles, de Italo Calvino. El primero, por describir y quizá inventar la ciudad moderna desde la fragmentación de los elementos simbólicos, imaginarios y metafóricos de la misma bajo la perspectiva de un observador crítico: un caminante. Las ciudades se recorren, se transforman en nuestra experiencia, sus materiales nos comunican algo y nosotros asimismo nos transformamos en una forma de su lenguaje. El segundo, por re-imaginar, desde un pasado imposible, una serie de ciudades posibles. El recorrido de Marco Polo es el viaje de las mismas ciudades que a lo largo de su historia se descomponen al juicio del propio lenguaje emocional de Polo y Kublai Khan: signos, memoria, deseo, sutilidad, intercambios, nombres, muerte, escondite. Así, por medio de este relato, el cual el propio Calvino define como “un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades”, nosotros, lectores y caminantes, definimos quizá moralmente a estas ciudades invisibles.

En efecto, Calvino se ha vuelto una referencia obligada para todos aquellos que estudiamos la representación de las ciudades en el arte. No resulta sorprendente que sea el eje narrativo-visual de Las 24, de Mariana Hernández (Ana Iram) el cual responde a esa inquietud final de Calvino donde reflexionaba que su texto es el poema final a las urbes. Pienso que Calvino sabía que Las ciudades invisibles era un libro inclasificable porque se inspiraba en diversas posibilidades narrativas y visuales para descomponer los significados que él encontraba en la ciudad posmoderna. Así de compleja como ambiciosa me parece Las 24, quizá el poema visual definitivo sobre Juárez.

Las 24 reconoce esa fisura para poder describir en su absoluto a las urbes. Ana Iram observa que las ciudades no solo son elementos arquitectónicos, edificios y calles, sino que esta misma totalidad se descompone de distintas maneras narrativas y emocionales. Así pues, la ciudad es un paisaje, una atmósfera poderosa, pero también es el rostro de sus residentes, y sus historias particulares por las cuales definimos y apropiamos nuestro espacio y cómo estas formas del lenguaje nos comunican diferentes formas de la nostalgia. La ciudad nos habita, pero nosotros moldeamos la memoria de ella. Lo hacemos a través de los recuerdos, de nuestra intimidad. La ciudad se desborda de nosotros. Cada espacio que habitamos lo desbordamos con nuestra identidad. Así puedo, por ejemplo, identificar una casa habitada en Solidaridad como la cáscara deshabitada en Jardines de Roma: hay un espacio (re)significado por alguien que vive ahí. La casa se siente como un ser vivo que a pesar de rodearse de semejantes destaca por señas particulares: metafóricas y narrativas en el lenguaje visual de Las 24. En mi opinión esta es la más grande virtud de la obra de Ana Iram. Estos elementos están identificados y expuestos, casi al desnudo, para poder describir cada una de las 24 ciudades-colonias que son independientes una de sí como significativas: peligro, miedo, tristeza, amor, privilegios. Juárez, para Ana Iram, es una ciudad descompuesta y en crisis que solo puede permanecer unida gracias a estas metáforas que comprenden nuestra memoria e identidad.

Aunado al proyecto visual de Ana, también convive una propuesta narrativa fascinante. Ana comprende que las ciudades también son lo que nos cuentan de ella. En una ciudad tan definida por voces tanto interiores como exteriores, Ana decide descomponer asimismo las historias de los personajes que encontró en su recorrido. Así, conviven textos narrativos ya canónicos sobre la representación imaginaria de la ciudad en lo general, como el citado Calvino, como textos escritos desde Juárez (Carmen Amato, Arminé Arjona y Willivaldo Delgadillo) y fuera de la urbe (2666, la gran obra de Bolaño y para mí el mejor libro que se ha escrito sobre esta ciudad). Dentro de estos textos, Ana interviene con las historias de otros personajes: nosotros, los que habitamos estos espacios representados. Ahí converge otra forma de poesía que atañe a la descomposición ahora de nuestra memoria y del nombre. Por ello solo están ahí las iniciales. Las historias destacan no por ser escritas por estas figuras reconocibles, sino porque forman parte de un todo narrativo y poético: la literatura de los libros y la de las personas. Así pues, existe en esta obra de Ana la capacidad de identificar y jugar con las metáforas de los que caminan por estas calles y observan cómo los demás componen y personalizan su espacio, la posibilidad de reimaginar nuevas ciudades contenidas en la memoria espacial y el acto de escribir, recordar y resignificar sobre nuestro lugar aquí. Para mí, esta perspectiva estructural me parece de aplauso y quizá por ello considero que Las 24 es uno de mis textos favoritos sobre mi ciudad por su descomposición espacial y su honestidad poética.

*Las 24 de Ana Iram estará en el Centro Cultural de las Fronteras hasta el 13 de julio.

Fotografías Rebeca Ann