Una sola “conferencia de prensa” y ya no quedaban cuerpos para sepultar. Era la forma siniestra del poder para abrirle camino a la infamia, al carpetazo, al “usted disculpe, pero no hay más nada que hacer. Váyase a su casa, tenga estos cien mil pesos para hacer más llevadera la pena y dígale a sus otros hijos que se vayan al campo a doblar el lomo y tragarse la rabia, porque si se atreven a seguir los pasos de su hermano mayor, van a terminar en una bolsa convertidos en ceniza y basura. Váyase, que hay otros asuntos más importantes que atender, váyase, que estoy cansado, váyase, que tengo que abordar el avión”.

Buscábamos a 43 estudiantes desaparecidos y encontramos decenas, cientos, miles de muertos sin nombre, sin registro, sin huellas, sin rostro, sin brazos ni piernas, triturados y pulverizados en el abandono. La pregunta obligada fue ¿quién es toda esa gente sepultada, que en vida tuvieron familia y nombre?. La búsqueda de los estudiantes sacó a la luz decenas de fosas clandestinas, y descubrimos asombrados en lo que habían convertido el país quienes lo mal gobiernan: una inmensa narcofosa.

Los olvidados que sembró el poder en Ayotzinapa hoy repican las campanas del dolor y la rabia, gritan y exigen justicia para que acabemos de una vez con la impunidad de un Estado asesino y cómplice en esta guerra interminable contra el pueblo: si nos olvidan habremos muerto, nos gritan en silencio; y en respuesta, miles de voces salen a las calles, truena la indignación, se desborda el hartazgo. ¡Ayotzinapa somos todos!,es la frase que resuena en todos los rincones del país. El dolor y la rabia por tanto agravio acabó por tomar las calles, plazas, estaciones de radio, casetas, puentes, aeropuertos, y la indignación obligó en algunos momentos al repliegue de los granaderos.

La indignación pronto se extendió a otros sectores de la sociedad que hicieron suyo el reclamo de la presentación con vida de los jóvenes estudiantes y ríos de gente inundaron las calles para exigir un alto a la impunidad. Pero esto no fue lo que más preocupó al Estado, sino las voces del extranjero y el desprestigio internacional, que sobra decirlo, espanta las inversiones y no abona bien el terreno para las reformas estructurales que permiten la entrega de los recursos naturales a las transnacionales.

Con una frialdad macabra, a través de un show mediático al estilo de Televisa, anunciaron que nuestros jóvenes fueron asesinados, incinerados y triturados hasta casi desaparecer. La intención del Estado con este montaje burdo sólo fue ganar tiempo y facilitar la salida del títere al extranjero para cumplir con su “compromiso” de entregar la nación a las grandes empresas trasnacionales. Muy pronto cayó en descrédito la versión oficial, cuando los padres de los jóvenes visitaron el lugar donde se dijo que habían sido incinerados los normalistas y no encontraron evidencias de un hecho de tal magnitud.

Tampoco funcionaron los distractores mediáticos del Estado, que primero anunció la detención de un conocido narcotraficante (hoy prófugo), luego cancelación de la concesión del ferrocarril a Querétaro, y ya cuando la indignación se extendió por todo el país, la destitución del gobernador de Guerrero y la detención del alcalde de Iguala y su esposa. Otro montaje burdo. La entrevista de Peña Nieto tampoco logro apaciguar a los padres de los jóvenes y mostró con toda su crudeza la falta de credibilidad de un Estado en descomposición.

Sabemos que las cosas ya nos serán iguales luego del trágico suceso del 26 de septiembre. Los estudiantes desaparecidos seguramente fueron asesinados cobardemente por el Estado criminal que se niega a reconocerlo. El Gobierno prefiere que el tiempo apague las voces y desgaste el movimiento, para seguir con su sangrienta represión contra la resistencia. Y mientras pasa la tormenta, la rabia y la indignación, simula ser tolerante y abierto al diálogo. Cuando las aguas estén “tranquilas” y las cámaras se encuentren en otro lado, se volverá más sanguinario contra los inconformes. El fantasma del 68 tras la matanza de los estudiantes en Tlatelolco regresa hoy porque nunca se fue. Y volverá todas las veces que sea necesario mientras lo permitamos.

Vivimos en un país donde el Estado en alianza con el crimen organizado y el narcotráfico nos tiene secuestrados, donde el 72 por ciento de los indígenas viven en extrema pobreza, donde varias comunidades se vieron en la necesidad de armarse para defender a sus familias del narcotráfico, creando las autodefensas, que lograron reducir la criminalidad y la violencia en zonas atestadas de “zetas” y “Caballeros Templarios”. Vivimos en un México donde es más peligroso ser estudiante que narcotraficante.

El caso Ayotzinapa es sólo uno más en la larga lista de agravios. Las escuelas rurales son la piedra en el zapato del Estado. Durante años los normalistas han sido asediados y atacados. La reforma educativa pretende desaparecerlos para seguir con su proyecto de privatizar la educación. El terror en Guerrero no es un suceso aislado, pero tuvo la fuerza y el poder necesarios para hacer cimbrar a la sociedad.

Hoy hay voces que claman la destitución de Peña Nieto. Creemos que eso no solucionaría el problema, porque él solo es una marioneta que se mueve al antojo del imperialismo. Sin embargo, la renuncia del títere sería un primer paso. La propuesta es promulgar una Nueva Constituyente y convocar a elecciones libres y soberanas, para construir entre todos un nuevo proyecto de país.
Hoy todos somos Ayotzinapa y el clamor de nuestros jóvenes y de todas las víctimas del Estado criminal nos llaman a asumir un mayor compromiso por un cambio a fondo,  mediante la lucha en todas sus trincheras. Porque a medida que avanza el despojo y la entrega del país mediante las reformas estructurales, se volverá más feroz y encarnizada la lucha de la sociedad que se niega a ver la muerte, la desaparición y el asesinato implementados por el poder como un hecho inevitable y cotidiano.

Fotografía 

Enrique Rashide Serrato Frías