Cuando los descamisados exigen su derecho al buen espectáculo, las “buenas” conciencias los juzgan. El aficionado, pobre y marginado, es una mina de oro para el poder económico que rige los designios del fútbol. La élite romana rezaba: “al pueblo pan y circo”. La enajenación va incluida en el ticket. La emoción del jodido se desborda y la doble moral saca el garrote. Adentro del coloso, el fervor deja de ser rentable, salvo para el océano de cheves. No será por eso que Molotov le recuerde a Jorge Vergara: “no mezcles negocio con nuestra pasión”.

 

De la protección de los intereses comerciales, del enajene nacional y de cómo los descamisados son siempre los culpables

El 17 de mayo cuando se jugaba un partido de fútbol varios aficionados se enfrentaron a la policía e intentaron entrar a la cancha para reclamar y exigir a los jugadores del Atlas que le pusieran huevos. El equipo de los aireados hinchas perdía ante las Chivas. De inmediato los comentaristas de Televisa calificaron a los seguidores de los Zorros de payasos, Jorge Vergara dueño de las Chivas los llamó imbéciles porque echan a perder el espectáculo, y Ricardo Salinas propietario del Atlas, dijo que ese tipo de aficionados aprovechan la pasividad de las autoridades para joder a la pacífica mayoría.

Aparte de la retahíla de epítetos contra los aficionados, narradores y comentaristas se irguieron en jueces y sancionadores en los programas dizque de análisis. En la lista de las “indignadas” expresiones de los cronistas, se habló de erradicar a los cobardes que mañana saldrán de la cárcel y nada pasará; el consabido todo el peso de la ley; son inadaptados y son “auténticos delincuentes tapándose el rostro. Al calor de los sucesos que trataban de describir sin ningún contexto, los merolicos de Televisa culpaban a la policía de ineficiente e involucraban a la liga de fútbol, a los clubes y a los cuerpos represivos estatales y federales, en el problema. Todos tienen responsabilidad, menos la televisora, pues, dirán: “sólo promovemos el espectáculo y transmitimos la señal a tantos hogares ávidos de un deporte para disfrutarse en familia.”

Entre tanta elucubración, los locutores exageraban la situación planteando los prolegómenos de una tragedia. Insistieron en retirar a todos los inadaptados (lo que signifique). Hasta se refirieron al debate necesario respecto a la cultura y la educación en el país. Después se molestaron porque la gente apoyaba a los rijosos y no a la policía. Para estos comentaristas -cuyos nombres no son necesarios pues no alcanzarán el timbre de voz de un Fernando Luengas, la sapiencia futbolera de Fernando Marcos ni la pasión narrativa de Ángel Fernández-, lo único que importaba era la reanudación del juego. Así cuando continuó el partido, se olvidaron de que estaban a las puertas de una tragedia y la falta de garantías para que jugadores y cuerpo técnico del Atlas no sufriera agresiones. El espectáculo debía seguir.

De la situación referida conviene empezar a buscar que se esconde tras la frustrada irrupción de algunos aficionados para reclamar un mejor esfuerzo a los jugadores, porque ya lo había dicho Marx en la crítica a la economía política: la realidad es producto de múltiples determinaciones. Así, explicar los sucesos en el campo de fútbol como si fueran espontaneidades o personas con desequilibrios psicológicos, es aislar conductas y hechos del contexto social en qué se forman las personas. Descartan el papel que desempeñan los medios, el gobierno, la escuela y la familia, entre otros, en las acciones individuales. Además, del rol que juegan los empresarios en la mercantilización del deporte. Por último, si las penas y las sanciones económicas a propietarios y aficionados son la panacea para, más que evitar la violencia, garantice que el show debe continuar en favor de los negocios de las televisoras.

Fútbol: comercialización y política

De regreso a los hechos, no como punto de partida, sino de llegada, Wikipedia, con más credibilidad que López Dóriga, registra que el 22 de julio de 1959, Emilio Azcárraga Milmo dueño de Telesistema Mexicano, hoy Televisa compró al club América: “…porque nuestra meta es conseguir la sede para México del Mundial de 1970. Si no estamos dentro del fútbol no podremos hacerlo”. Es evidente la incursión del empresariado al fútbol mexicano por dividendos económicos y no por impulsar el deporte; por otro lado, ampliar su influencia ideológica y sus relaciones con el gobierno. Sus frases memorables no necesitan pie de página: “México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil”; o “soy soldado del PRI y del presidente”. Silvio Berlusconi es uno de los casos más emblemáticos del nexo futbol-política, magnate de las telecomunicaciones y propietario del Club AC Milán, fue primer ministro italiano.

Con el gusto de la gente por televisión, la denominada caja idiota por algunos intelectuales, comenzó la disputa de las cadenas por transmitir los juegos. Inmevisión, entidad pública difundía los partidos de la UNAM, otro entre público, pero por la popularidad alcanzada por los Pumas, Televisa pagó más dinero por los derechos de transmisión. Después vino la apropiación de la selección mexicana para su comercialización y la anunciada “debacle nacional” de 2014: si México no clasificaba al mundial de Brasil 2014 se perderían millones de pesos en publicidad y consumo, en espacial de bebidas alcohólicas. Ni que decir de los jugadores como escaparates publicitarios. Hay equipos que desde la camiseta hasta las calcetas no desperdician un milímetro, incluye la parte posterior del short, y anuncian los más variados productos y servicios: bancos, cervezas, jugos, telefonía, cajas de ahorro, lácteos, refrescos, minas, mueblerías, panes, galletas, supermercados y el gobierno de Chiapas. Así cumple la federación mexicana de fútbol su perfil de empresa socialmente responsable, invitado al consumo de chatarra y empresas explotadoras como Peñoles.

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Por otro lado, las fuerzas básicas se han convertido en un rentable negocio, donde se cobra por recibir formación futbolística con el lejano sueño de llegar a un equipo profesional. Quimera que depende del dinero y no necesariamente de la capacidad futbolera. Al respecto la película Rudo y Cursi, ilustra los tejemanejes de los representantes para multiplicar sus ganancias y la explotación de los incipientes jugadores profesionales. Es reveladora la escena donde los hacinan en una vecindad y en la base de la despensa son las sopas Maruchan. Ahora, por ejemplo, en Ciudad Juárez existen escuelas de fútbol de Chivas, Cruz Azul, América, Pumas, entre otros. De acuerdo a los tiempos neoliberales hay que “invertir” para ser futbolista profesional y obtener contratos millonarios.

De los equipos involucrados en el problema ocupa, Vergara adquirió en 2002 adquirió el 87 % de las acciones del Club Deportivo Guadalajara para convertir a las Chivas en una sociedad anónima, porque el 13 % de la Asociación Civil no vendió. Se generó un litigio y hasta hoy Vergara mantiene en medio de otra demanda legal contra su esposa Angélica Fuentes, se disputa la propiedad del equipo. Por su parte, Salinas Pliego magnate de TV Azteca compró al Atlético Morelia, hoy Monarcas y en 2013 a Atlas de Guadalajara, violando la ley del fútbol que prohíbe la posesión de más de un equipo en una liga. Ambos aprovecharon problemas en las finanzas de los dos clubes para adquirirlos, en el marco del neoliberalismo de acabar con las asociaciones civiles para comercializar al máximo un deporte que deja millones de dólares en ganancia. Además, Salina pelearía por los derechos de transmisión de la selección nacional. Y Vergara, ampliaría sus ingresos invirtiendo en el equipo más popular de México, pero no ha sido tan exitoso porque en lugar de ganar campeonatos en 2015 apenas se salvó del descenso.

Puede colegirse que el interés de los dueños de balón en México no tienen intereses deportivos, sino económicos. Si agregamos a Carlos Slim, segundo hombre más rico del mundo, que adquirió en 2012 el 30% de las acciones de Pachuca y León para diversificar su ámbito de lucro, y al Grupo Imagen de Olegario Vázquez Raña dueño del Hospital Ángeles, que compró al Querétaro, se reafirma la importancia del fútbol como fuente de lucro. Por su parte, los gobiernos de los tres niveles, universidades públicas y dependencias estatales apoyan a clubes de futbol en todas sus divisiones en 21 entidades y el DF. Siete equipos de la Liga MX obtienen beneficios y ayuda desde la operación total de la franquicia, pago de salarios, transporte, gasolina, préstamo de estadio, condonación de impuestos, comodatos de instalaciones, construcción de nuevos inmuebles. Algunos ejemplos: Puebla y León (remodelación de sus estadios, Xolos Tijuana (dación en pago), Gallos Blancos y Monarcas (comodato de sus estadios). A cada mexicano nos ha costado el futbol en los últimos cuatro años al menos 10.7 pesos, la entidad donde más se subsidia el futbol es Jalisco con ocho equipos (El economista 29-V-2015).

En Ciudad Juárez, dos gobernadores financiaron con 65 millones 980 mil pesos a los Indios de Juárez desde el 2006, equipo que fue un fracaso futbolístico pero que ayudó a levantar el ánimo de los juarenses, según declararon los funcionarios que aprobaron el presupuesto (El Diario, 11-V-2011). Basten los botones de muestra para concluir que el empresariado ingresa al fútbol como un ánimo de lucro y no de impulso al deporte; y al gobierno le conviene como fuente de distracción y control social a costa de nuestros impuestos. Por tanto, ninguna violencia detendrá el afán de ganancia.

Todo el peso de la ley para los rijosos e impunidad para los inversores

Cada vez que hay protestas en México y deriva en hechos de violencia, locutores, los autodenominados analistas y líderes de opinión, exigen aplicar todo el rigor de la ley a los descamisados. Sordos y ciegos como son, demandan la represión y la cárcel, o negarle de por vida la entrada al estadio a cualquier aficionado que invada la cancha de fútbol. Ignorantes los comentaristas de Televisa, se desgañitaban porque al siguiente día los aficionados de Atlas estarían libres el día de mañana, sin saber que existen modificaciones a la Ley General de Cultura Física y Deporte (LGCFD). Dicha legislación fue promovida por Gerardo Liceaga, diputado federal del PRI y ex empleado de Televisa Deportes, para castigar la violencia en los estadios. Como sucede en años recientes en México, la ley supuestamente la elaboraron integrantes de barras del futbol mexicano y de la Federación Mexicana de Futbol, y se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 9 de mayo de 2014. Un miembro más de la telebancada en el congreso para impulsar reglamentos y sanciones para continuar con el espectáculo.

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Lo que hoy causó tanta molestia en los dueños y las televisoras tiene su historia. Algunos datos: en 1985 tiraron la portería en el juego Zacatepec-Necaxa; en 2004, Cuauhtémoc Blanco provocó una gran bronca en el estadio Azteca cuando se enfrentaron América y San Caetano; en 2013, en el duelo Toluca- Cruz Azul hubo enfrentamientos; en 2014 en el partido Morelia-UNAM los aficionados invadieron la cancha; en el estadio Jalisco en 2010 y 2014 simpatizantes se pelearon, una de ellas contra Monterrey. Con el cambio a la ley, a los miembros de la Barra 51 del Atlas los pueden castigar con seis meses a tres años en prisión, y de cinco a 30 días de multa por agresiones o ingresar al terreno de juego sin autorización, El Artículo 154, II.

La sanción es posible porque la LGCFD se reformó para prevenir y erradicar la violencia en los eventos deportivos y se preserve la integridad de las personas y los bienes. El Artículo 41 bis, III y IX involucra a las autoridades municipales para garantizar la seguridad en las inmediaciones de las instalaciones deportivas. El Capítulo VII, señala infracciones, sanciones y delitos, del Artículo 152 en la fracción V, especifica que a los espectadores en general, en caso de reincidencia: a) Expulsión inmediata de las instalaciones deportivas; c) Multa de 10 a 90 días de salario mínimo general vigente; y d) Suspensión de uno a cinco años del acceso a eventos deportivos masivos o con fines de espectáculo. Otros motivos de castigo son: participación en riñas con hasta cuatro años de prisión; cause daños materiales en los bienes muebles o inmuebles del estadio, en sus instalaciones anexas o en las inmediaciones. Es claro que la ley se modificó para proteger los intereses del empresariado, pero se debería de incorporar el derecho de los aficionados a recibir un buen espectáculo. Convendría sancionar a entrenadores y empresarios que les ordenen a sus equipos empatar, porque, según declaran los mismos jugadores “lo importante es sumar”, aunque los aficionados no se diviertan.

No conformes con la ley a modo, el presidente del Atlas, Gustavo Guzmán, declaró: Lo que más nos interesa es que se pudran en la cárcel (La Jornada, 21-V-2015). Para que “aprendan” la fiscalía le imputa a los aficionados imputan lesiones a los policías, daños en los escudos y cascos (seguro con alguna cabeza se los abollaron), robo calificado de radio policial, pandillerismo y violencia en eventos deportivos. La directiva del Atlas solicitó reparación de daños, cuando no hubo mayores destrozos, con el fin que evitar la salida de la cárcel de los aficionados con una multa. Por cierto, ocho personas que fueron consignadas se encuentran en el penal estatal de Puente Grande, ahí donde estuvo el Chapo; aparte, el Juzgado Decimoprimero criminal en materia penal de Jalisco estableció una fianza de casi un millón de pesos a cada uno de los 12 implicados. Todas estas arbitrariedades apoyadas por el gobernador, Aristóteles Sandoval, para aplicar todo el rigor de la ley (La Jornada, 22-V-2015). Indignación que no se generó cuando en 2004 altermundistas que protestaban contra la tercera cumbre de América Latina y la Unión Europea, fueron reprimidos y encarcelados.

Por suerte, no encuentro otra palabra, nueve de los 10 detenidos fueron liberados porque no se comprobó que participaron actuaron en actos de violencia. Así, mientras todo el rigor de ley para quienes pagan por un espectáculo, a los dueños solo se les vetará el estadio por dos partidos y una multa de casi medio millón de pesos, que para la fortuna de Salinas Pliego es nada. Más le pagó la apuesta que perdió con Vergara de un millón de pesos. Antes en la misma liguilla, una persona invadió la cancha del Territorio Santos Modelo, alcanzó a darle un empujón al árbitro, salió bajo fianza tras haber calificado su acto como “delito no grave”. Bueno para el aficionado, pero el doble rasero en favor de los intereses comerciales, no se vetó el estadio porque Santos pasó a la liguilla, y Atlas ya estaba eliminado. De haber ganado el Atlas, el show hubiera continuado en la cancha del Jalisco.

Además, quienes piden aplicar la ley, como Ricardo Salinas Pliego, exhiben su impunidad y escaso respeto a las reglas. Por ejemplo, la toma de las instalaciones del canal 40 (el Chiquihuitazo); autoridades bursátiles de Estados Unidos (Securities and Exchange Commission) demandaron por la vía civil a Salina, por no informar debidamente sobre una presunta triangulación con una deuda de Unefon y la empresa canadiense Nortel. Al final pagó una multa de $7.5 millones de dólares y fue imposibilitado para ejercer cualquier cargo directivo con compañías públicas en aquel país durante cinco años. Después, el gobierno mexicano acusó penalmente Salinas, por el uso indebido de información privilegiada que constituye delitos financieros y se castiga con la cárcel. También la Comisión Nacional Bancaria y de Valores multó a TV Azteca por 27 millones de pesos por la compra con descuento en los mercados financieros deuda de la empresa de telefonía móvil Unefon, que revendieron a su monto original, ganando 109 millones de dólares (La Jornada, 30-IV-2005).

Así, sin respaldo moral porque Salinas Pliego sigue libre y cobrando lenoninos interés en sus tiendas Coppel, las mentes represivas del gobierno se aprestan a enmendar el reglamento para impedir que las barras ingresen a los estadios y reformar el código penal sancionar con penas más severas a quinees realicen actos vandálicos. El poder perpetúa su lógica de combatir las consecuencias, no las causas del problema. La historia registra abundantes ejemplos de que los castigos no inhiben las conductas delictivas. En Ciudad Juárez, ni la cadena perpetua para secuestradores y extorsionadores acabó con estos delitos.

De cómo los castigos y las leyes sirven para mantener el régimen de explotación

Conviene recordar los planteamientos de Michael Foucault en su libro Vigilar y Castigar, nacimiento de la prisión. Foucault relata que se pasó del suplicio como técnica de sufrimiento a la pérdida de un bien o de un derecho. Las medidas punitivas como mecanismo para reprimir, impedir y excluir se utilizaron para evitar delitos. Describe que las ejecuciones eran públicas para escarmiento del pueblo. Pero ni observan en vivo cómo se destazaba a ciertos criminales evitó el aumento de robos, asesinatos y la fabricación de moneda falsa, porque aumentó la riqueza y la población. Se hizo necesario controlar con un código las prácticas ilícitas Las leyes se perfeccionaron para proteger la propiedad comercial e industrial y el castigo para quienes trasgredían las reglas y asegurar la circulación económica usando las normas de acuerdo al interés de la burguesía, como ahora para beneplácito de empresariado y gobernantes.

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Continuando con Foucault, señala que en las ejecuciones públicas el condenado se veía como un héroe por sus fechorías contra la ley, los ricos, los poderosos, los magistrados, la gendarmería o la ronda, los recaudadores de impuestos. Cuando pedía perdón a Dios y a los hombres moría purificado, como un santo. Toda proporción guardada, así sucedió en el enfrentamiento de la Barra 51 contra la policía. Desconcertados los inefables locutores de Televisa no entendían el apoyo del público a los rijosos. En su mirada que no rebasa el micrófono y el monitor para ver la repetición de las jugadas, no se les ocurre que los vieron como quijotes que les dan una sopa de su propio chocolate a los peones del poder. ¿Cuántas afrentas y abusos no hemos sufrido de la policía? Ya sea en la calle, manejando un auto, participando en una protesta o, como el sello del sexenio de Peña Nieto, simplemente por pasar por el lugar y en el momento equivocado.

Como no sentir simpatía, sin exaltar la violencia, por descamisados que con sus puños y algún palo, desafiaron a los agentes con sus escudos, macanas y cascos. Los dislocados locutores vociferaban que podría suscitarse una tragedia (en el fondo la deseaban para así estigmatizar a los aficionados), pero imposible sin armas y sin deseos de agredir a la propia gente. La lucha se enfocó contra la policía, luego de que el primer aficionado fue repelido por a patadas el jugador Venegas, manifestaron su enojo e indignación por el escaso esfuerzo del equipo Atlas. El reclamo era al técnico Tomás Boy por salir a jugar con un esquema defensivo y no emocionar a las tribunas con cada jugada. Y no se desató la tragedia, porque los aficionados no traían armas y los agentes, incapaces como siempre, sólo debían contener el acceso a la cancha. La instrucción era clara: el partido debería terminar. Así fue porque la violencia contra lo que se cree viene del Estado y sus fuerzas del orden.

De la cultura y la educación televisiva, y sin respuesta sobre el origen de la violencia

Entre tanta verborrea uno de los comentaristas de Televisa se refirió al necesario debate respecto a la cultura y la educación. Si ligamos ambos conceptos, de entrada la televisora que les paga no es un ejemplo de promoción de la cultura de la no violencia, ni de una educación que forme la mentalidad analítica y crítica. Hay quienes creen que los medios conforman mentalidades y son capaces de inducir al voto, pero como diría Roland Barthes, la televisión, en este caso, solo refuerza la vida social. Baste un ejemplo, ¿qué fue primero el narcotráfico o el narcocorrido? Es claro que lo primero. Igual, ¿primero fue la violencia o el fútbol? Pero hay un consenso en que los medios moldean conciencias. Sin asumir esta postura, porque no es único factor, pero en el terreno de las suposiciones puedo afirmar: Televisa no contribuye a impulsar una cultura de no a la violencia y educa para la ideologización.

Desgloso. En el Canal 5 de proyección nacional, 56 local, abundan las películas donde los conocidos héroes que luchan contra los narcos colombianos, los agresores rusos, los malvados árabes son vencidos por un solo hombre. Como se llame el superhombre, las tramas se reducen a escenas de bombazos, asesinatos (mejor si se usa un cuchillo para cortar el cuello para no alertar al enemigo) y golpizas. Como si fueran figuritas de tiro al blanco en las ferias tradicionales mexicanas, caen uno tras otro los enemigos de Estados Unidos y, por ende, de la humanidad. Ni que decir de los programas de como Primer Impacto y la misma señorita Laura que naturalizan la violencia. De las caricaturas, hasta Tom y Jerry o el pobre Coyote, son víctimas de la violencia.

Referente a la educación, las telenovelas, los programas cómicos y sus noticieros son el botón de muestra de la educación que “imparte” Televisa. En las primeras, la riqueza, la mujer como objeto sexual, el machismo y la discriminación de clase son el eje de las historias; si agregamos la trama de odios, venganza y asesinatos, observaremos lo “educativo”, por ejemplo, de los ricos también lloran. De los segundos, el albur y las mujeres despampanantes, más el humor fácil de Eugenio Derbez, “nos llenan de conciencia”. De lo tercero, Televisa y TV Azteca usan sus espacios para denostar contra sus enemigos políticos. En el asunto de la casa blanca de Peña Nieto, se caracterizaron por ocultar la información, porque afecta sus nexos con el gobierno.

Respecto a la violencia, no tengo respuesta. La sociología y la psicología social, entre otros, se han encargado de explicar las causas de la violencia. En el debate podemos encontrar que la desigualdad, la represión y la insatisfacción material originan violencia. Otros, dirán que es cómo te educaron en la familia. Algunos, algunas los mensajes de los medios de difusión. Muchas, muchos a que la escuela no cumple con su misión. En el caso del fútbol, diré que porque no es un deporte para la cultura física y la salud, sino un sistema de competencia para el ascenso económico. Responsabilidad de los empresarios que toleraron las barras; de los comentaristas que una semana antes encienden los ánimos de la afición y hacen del triunfo o la derrota un asunto personal; de quienes ensalzan los campeonatos de quienes no arriesgan en el juego, pero obtienen los resultados.

A fin de cuentas no sé las causas de la violencia. En abril escuché a una persona disertar sobre la violencia en Ciudad Juárez desde una visión multidisciplinaria, pero concluía que la ésta se ubica en el lóbulo derecho del cerebro. No lo creo. Hasta donde entiendo, la violencia que hoy padecemos va de la mano de la propiedad privada. En el ámbito deportivo, la insatisfacción de su vida parece desfogarse en lo cada juego. Estoy convencido de que no es una cuestión individual, sino que se relaciona con las estructuras sociales y la cotidianidad de cada sociedad. En Cuba, donde el deporte no es profesional, no se sabe de peleas y destrozos después de un juego. Habrá otros países sin estos problemas, pero una variable es el comercialismo que ha alcanzado el fútbol.

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El intento es presentar un breve panorama de lo que rodea al reciente enfrentamiento entre la Barra 51 del Atlas con la policía. El hecho no pasó a mayores. Un primer aficionado entró a la cancha como tantos otros espontáneos les llaman, para vivir su minuto de fama en la televisión, o con justa indignación. La señal del aficionado les indicó a los jugadores de los Zorros “pónganle huevos”. En buen español, desquiten el sueldo. Luego aficionados molestos con la policía desafiaron al cuerpo represivo. Hasta ahí el asunto. No hubo muertos ni heridos de gravedad. Locutores y autoridades culpan a los descamisados y piden todo el peso de la ley para quienes pagan por ver el fútbol y son defraudados por esquemas timoratos.

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El fútbol se volvió de resultados y eso importa. El juego bonito, arriesgar para beneplácito de la afición y jugar como nunca y perder como siempre, no cabe en los intereses de los dueños del balón. Los entrenadores declaran con naturalidad, “siempre tengo las maletas listas sin no consigo los objetivos propuestos”. En tiempos neoliberales ahora se vive el fútbol así, no cuando la bolsa de valores ordenaba nuestras vidas. Antes se desplegaba la pasión por el fútbol, no se cambiaba de diseño de playera ni de patrocinador cada semestre, había lo que se llamó amor a la camiseta.

Por eso no me uno al escarnio de un aficionado que violó “el sacrosanto pasto” del estadio Jalisco, destinado solo a los jugadores para exigir mayor entrega. Tampoco a aplicar todo el peso de la ley a personas sometidas al escarnio de la imagen televisa encadenados a unas rejas, como si estuviéramos en el siglo XVII. No estoy a favor de la violencia, pero tampoco de las explicaciones fáciles. Mientras los poderosos manejan la ley a su antojo, los descamisados son estigmatizados porque entorpecen el espectáculo. Los empresarios en su afán de negocio ocultan los amaños de partidos, como la acusación contra Javier Aguirre, y la corrupción en la FIFA. Sin el mayor rubor exigen para sus aficionados aplicarse la ley, pero no para los patrocinadores del mundial que no respetan los derechos laborales.

En su doble moral, Vergara y Salinas “adornan” las camisetas de sus equipos con cervezas que garantizan una cirrosis a largo plazo y el logotipo de empresas deportivas que explotan la mano de obra infantil. En México además se evaden impuestos. Vergara cuando adquirió a las Chivas, declaró que “había que limpiar la camiseta para darle identidad a los jugadores”. Aguantó dos años, ahora publicita a Bimbo que vende grasas y azúcares que dañan la salud de la población. ¿Quién será más imbécil? ¿Quién interrumpe un partido de fútbol o quién difunde productos que afectan a la gente?

Pero en algo estoy de acuerdo con Ricardo Salinas, empresario del deporte: “La violencia como la de hoy siempre es de unos pocos” (sitio de mediotiempo.com). De pocos que como él tienen el poder y el dinero para enviar “un comando armado de unas 30 personas encapuchadas, de guardia privada de Tv Azteca” para ocupar las instalaciones de CNI en el cerro del Chiquihuite y “…desalojó a los trabajadores con uso de violencia, amenazas e insultos… maltratadas y esposadas. Les dijeron que si hablaban iban a ir sobre sus familias y, pistola en mano, los obligaron a firmar un acta de entrega de las instalaciones”. (La Jornada 28-XII-2002).

P. D. No uso la expresión descamisados en la idea del peronismo, ni de Francia, sino porque algunos de los aficionados andaban sin camisa, pero siguen representando a los pobres.