Los retenes han participado de forma activa en la vida nocturna juarense… para acabarla claro esta. Temor de los tomadores sociales y azote de los borrachos consumados, estos puntos de control recaudan miles de pesos para el erario público con la manda de exorcizar a Ciudad Juárez y quitarle su fama de Gomorra del siglo XXI. Rodolfo Ortiz Díaz, siguiendo la línea del periodismo Gonzo describe desde adentro las 12 horas que pasan los conductores intoxicados cuando son “levantados” por la policía.

La noche había sido igual de maravillosa que todas aquellas en las que se juntan en un mismo lugar buenos amigos y nuevos conocidos, música afable de esa que inspira a recordar la esencia norteño-chihuahuense y exquisita carne asada acompañada de salsas, y embriagantes bebidas que revitalizaban a mi esforzado cuerpo. La selección cumplió sus obligaciones con los acérrimos enemigos de la CONCACAF y logró el pase a la Copa Confederaciones, aunque con tantas que son y con aquello de que ya todas las televisan no si es importante o no. El caso es que la felicidad, la algarabía y “el mermullo”, como dice un amigo, se hicieron presentes toda la noche. Era además perfecto, pues en la mañana las redes sociales avisaban que las H. Autoridades no estarían actuando de manera inconstitucional, como cada noche de fin de semana, y los retenes se ausentarían para festejar al Comandante en su cumpleaños. Farsa maldita, el retén estaba ahí y ya era demasiado tarde para rodearlo.

Aliento alcohólico en esta ciudad, Juárez, equivale a Primer Grado de ebriedad y la suculenta caguama que se deslizó con elegante proceder por mi gaznate me iba a costar el equivalente a casi doscientas de ellas. El oficial me preguntó si había ingerido bebidas alcohólicas, yo le contesté con toda la veracidad que me fue inculcada en la escuela que nomás una; me pasó con la médico, soplé en el aparatejo y éste dio constancia de que nomás una me había tomado. “Vas pa’rriba”, dijo en fluido  juarense el oficial de tránsito y en menos de cinco minutos me vi firmando hojas de detención y un mal hecho inventario de una grúa (servicio que será atendido en la segunda entrega de estos apuntes). Mi más que bella acompañante fue escoltada puntualmente al camellón y se le indicó que procediera a beneplácito con el resto de su velada, porque yo la mía la transcurriría por las siguientes doce horas tras las seguras rejas de la Estación Babícora.

Eran alrededor de las dos de la mañana cuando el pueril oficial que manejaba la unidad de tránsito corría a grandes velocidades por la Avenida de Las Torres, con la música a todo volumen y pasándose los semáforos en una franca afrenta al bello color del Comunismo. Yo y mis dos acompañantes éramos simples encargos a depositar. Así lo hizo, nos entregó en la estación y nos colocó en la fila con la clara indicación de que ahí nos quedáramos, como si alguien hubiera escapado de prisión alguna en México. La fila era larga y los grados de ebriedad de los detenidos también variaban. Estaban los que llegaron “sin lima”, es decir, desnudos del torso y los que con sus bellos zapatitos hubieran preferido haberse estacionado en alguno de esos cómodos moteles que abundan en nuestra, al parecer por la oferta, muy activa sexualmente ciudad.

Llegado mi turno me coloqué frente a la que me aseguraron era una jueza con todas las de la ley, aunque no portaba peluca ni ennegrecida toga, y me dijo que por el delito de manejar en estado inconveniente debía pagar (primera y nada recaudatoria opción) una cantidad cercana a los dos mil pesos o quedarme detenido por doce horas en la estación. Sabiendo que tendría que desembolsar por recuperar el coche casi seis mil pesos más, decidí optar por el alojamiento pos-farra. Firmé y me pasaron pasillo adentro, donde una oficial chaparrona me pidió que le diera todas mis pertenencias y cosas de valor. Como la ya mencionada grata compañía del auto se había llevado mi cartera y mi celular, sólo traía tres pesos en la bolsa, los cuales no volví a ver porque un oficial se los quedó. Me pidieron las cintas de mis tenis y el cinturón y un oficial me guio hacia la celda número 2 en la que se hallaban descansando, pues eran ya casi las cuatro de la mañana, otros conciudadanos igual de felones que yo. Me dieron una frazada que para mi suerte no olía mal y me metieron a la celda.

El lugar goza de detalles de arquitectura minimalista, es decir, hay dos sanitarios metálicos que en respeto al discurso estético de la celda no tienen manija para descargar lo que ahí se acumula, ni puerta, ni papel, ni el cómodo y acolchonado arito que cubre a la taza en mi hogar. Para economizar y cuidar el demacrado presupuesto de nuestra ciudad la celda, que está partida en dos secciones, tiene un estructura de cemento pegada a las orillas de la pared que hace las veces de cama, sillón, asiento, templete para recibir instrucciones, banquillo de acusado, confesionario de compañeros y sobretodo en mi caso, área de franca camaradería. Cuando entré todos dormían o intentaban hacerlo, pues el lugar era frío como el corazón de un iceberg antropomorfo, así que usé mis cómodos tenis Converse como almohada y me dispuse a visitar a Morfeo. Había escuchado terribles historias de gente a la que golpearon, orinaron, vituperaron y violaron en la prisión, así que decidí que si algo iba a pasarme era mejor que me agarrara dormido.

Mi dignidad e integridad física se mantuvieron intactas y a las seis de la mañana en punto, según nos dijo el oficial porque nadie tenía cómo saber la hora ahí dentro, se nos pidió que entregáramos “las cuiltras” y que nos trepáramos a la que hacía cosa de un minuto fuera nuestra cama. El oficial, un morenazo regordete de acento foráneo, nos dijo: “A ver cabrones, ‘tan todos aquí por pinches pedotes y ahí irán saliendo conforme les toque; a mí me gusta llevar la fiesta calmada, pero si se ponen pendejos yo sí me pongo culo y los gaseo”. Eso me hizo despertar ipso facto, porque siempre me han dicho que tengo ojos muy hermosos, nada más, y la idea de que me quedaran como de rendija enmohecida no me agradó ni un poquito. El oficial salió de la celda y pudimos regresar a nuestros auto-asignados espacios. Ya no me pude dormir, no sé si por la preocupación o porque la carne asada ya se había metabolizado y quería abandonarme, así es que me senté en una de las esquinas y me di cuenta que había otros de los reclusos en un estado similar al mío. Me acerqué al más chaparro de la celda, pensando en mi integridad física y le dije: “’Ta gacho el frío”, contestó afablemente que “simón”. Eso me bastó para iniciar la plática, fuimos detenidos en el mismo retén y el hecho nos dio para comenzar una charla de unos veinte minutos, cuando ya nos quedábamos sin argumentos para proseguir se unió un tercer amigo que dijo que lo detuvieron en el mismo lugar. Oh sorpresa, más de la mitad de los que estábamos ahí habíamos sufrido la misma suerte.

El tiempo pasó rápido, y la que fuera plática de dos rápidamente se convirtió en grata bulla de varios, que se vio sesgada por la visita por ahí de las nueve de la mañana, de “los hermanos”, un grupo de hombres cristianos que nos hicieron ver amablemente que nuestro proceder “alcohólico y drogadicto” nos iba a llevar derechito al averno. La mayoría hizo caso omiso a sus señalamientos, no así a los burritos de frijoles y la infusión de canela que nos dejaron. Consumirlos fue en mi caso una mala idea, porque sólo abonaron a mi atiborrada agenda digestiva. Se fueron y regresamos a la bella historia de uno de mis compañeros con “pinta de cholo viejo” que se quejaba tristemente porque ya había “trampado dos morritas” y en el camino a “su chante”, que los para “la chota”. “Me quedé bien trabadote porque ya me veía cachungueando a las dos morritas”, nos explicó y soltamos la carcajada en franco entendimiento de su frustración, pues la mayoría podíamos plantear una escena similar.

Un par de horas después llegaron los de alcohólicos anónimos y volvieron a interrumpir la sana convivencia. Nos platicaron sus historias y nos recomendaron que nos uniéramos a un grupo para que no destruyéramos nuestras vidas, a nuestras familias y nuestro patrimonio. Otra vez los ignoramos y en cuanto se fueron alguien verbalizó con pudor “Pos ahí ustedes disculpen lo que van a oir y oler vedá, pero hay que cagar”, acto seguido cumplió con su palabra mientras los demás nos aterrorizábamos y carcajeábamos a la vez, dándole la sana indicación de que le echara un cerillo y pidiéndole que “cuando comas chota, quítale la macana”.

Pasado el escatológico evento, uno de los miembros del grupo al que le apodaban el Veracruz nos comentó algo, pero por su tono apresurado y el rítmico sonsonete de su voz de pito nada pudimos entender, así es que alguien contestó, “no pos sí”, y nos reímos nuevamente hasta que por el esfuerzo alguien liberó el espíritu de un frijol caído en batalla con peculiar sonoridad, lo que nos obligó a reír aún más y con un volumen lo suficientemente alto como para que el oficial en turno viniera a la celda, nos pidiera que nos arrinconáramos, se pusiera los guantes y nos amenazara con gasearnos “si no le bajan a su desvergue”. Tomamos nota y así lo hicimos.

Finalmente se había llegado el mediodía y los primeros de los recluidos comenzaron a ser liberados, lo que deshizo el grupo y me obligó a pasar el resto de mi tiempo en prisión en franco aburrimiento. Fui liberado a las dos y media de la tarde, se me entregaron mis cintas de los tenis y mi cinturón y se me encaminó a la salida donde pude probar nuevamente las glorias de la libertad. Fueron doce de las horas más entretenidas que he vivido.