Rodolfo Ortiz viajó recientemente a la Ciudad de México y desde allí trajo esta postal  en su maleta. Un intercambio de miradas entre un juaritos irremediable y una urbe muy alejada de Trump.

El viaje de nosotros los provincianos a la capital de la República es obligatorio. Pretender presencia profesional en México guarda resabios de siglos anteriores, uno de ellos; la imprescindible visita al renombrado, porque ahora se llama CuDuMuX, Distrito Federal. Allá va uno a completar negocios, a signar acuerdos, a buscar apoyos. Se educa gente en sus universidades y centros de investigación, además de buscar la inalcanzable vida cultural que en tierras de la carne asada nos elude. Se siente la presencia del gobierno federal en los muchos pisos de los edificios que ocupan sus secretarías. Su nutrida burocracia pareciera perfumar los tacos con doble tortilla a los que les ponen papas o nopales. Por una combinación de los citados motivos fue que, la semana pasada, me tuve que trepar al vuelo semi matutino de la compañía con “los aviones más nuevos de México”.

Despegar de la bella y heroica Juaritos es cosa si no complicada, por lo menos turbulenta. El viento le dice adiós a los tripulantes de los camiones alados, y los que sentados esperamos no se caiga sentimos los estragos de la combinación de tecnología y gravedad. Alcanzados los pies de altura y las velocidades convenidas entre la bocina que lo anuncia y los viajantes, el resto del transcurso se vuelve cuando menos tolerable. Dos horas y media suspendidos a no mediana altura lo hacen a uno arribar a la capital del país. A mi llegada, el comité de bienvenida me avisó que todavía no había llegado, pero que lo harían. Espero sentado en una esquina de la sala A, debajo de una pantalla que dice “arrivals”, aunque después me doy cuenta que también dice “llegadas”. Me coloco los audífonos y para no oír el ruido del aeropuerto opto por algo más chilango, pongo a Chava Flores. Me anticipo con mi selección al posible futuro y escucho Voy en el metro aunque no concuerden las líneas amarilla y azul. Le sigue bado Distrito Federal y entre lo que mi mente discurre que ya no se puede pagar con cheques de rebote en las cantinas y que en ninguna Casa de Empeño me recibirían mi palangana llegan los muchachos, alumnos de la UAM Iztapalapa, que me iban a recoger. Me avisan que hay que viajar por metro y me piden mis maletas para cargarlas en franca actitud tameme. Me niego, aludiendo que vine a darles un curso sobre Antonio Gramsci, marxismo, justicia social y la lucha de clases y que me parece, por ende, discordante. Me arrepentí al primer trasborde. Viajamos de Terminal Aérea a Consulado y cambiamos de línea; seguimos hasta Santa Anita y después de subir lo que yo sentí como el Monte Everest en escalones nos trepamos al último vagón naranja que nos llevaría hasta la estación UAM-I.

A la salida el desfase horario, aunque pequeño, me confundió y me hizo solicitar comida cuando en verdad lo que quería eran cervezas. Prestos y serviciales, los estudiantes me encaminaron hacia una fonda. Cada quien pidió a su conveniencia, aunque con diverja geográfica, yo tacos de surtida y maciza y ellos hamburguesas. Acompañamos a la comida, que no era buena ni mala, con brebajes de cebada. Me regresaron al hotel unas horas más tarde y me propuse dormir. No lo logré. Yo arribé solo, pero los del cuarto adyacente llegaron en dupla y se la pasaron fusionándose con estrépito y faramalla toda la noche, cuál si estuvieran haciendo audición para las películas de muchas equis que parodian a las de ninguna. A la mañana siguiente solicité mi cambio de habitación aduciendo el mal estado de la cama. Me creyeron y me cambiaron un piso más arriba. Ya no supe si los inquilinos de junto siguieron ahí o si los habían contratado, ni me importó.

Para llegar a la UAM-I desde el hotel había que caminar. Nosotros, los que estamos acostumbrados a movernos sobre algo motorizado tomamos este ejercicio como ritual físico. Esto lo digo, no porque sea yo pudiente sino porque nuestra hermosa ciudad fronteriza no da cabida a los peatones. Era un camino recto que me permitía ver tiendas en ambos lados de la calle y un mercado más delante. Pollos que no eran rosas ni blancos sino amarillos se ofertaban a la venta. Mameyes, que son como kiwis grandes por fuera pero como papayas rosáceas por dentro y tomates que no se llamaban así a menos de que hubieran cambiado de color, adornaban las rejas de las señoras que los vendían y las bolsas de las que los compraban. Sobre la acera de la izquierda, un parque, corredor y centro comunitario. Ya casi llegando a la universidad se avista un vivero con una que otra rata-ardilla.

Era de mañana, así que no había mejor opción de desayuno que una guajolota (torta de tamal) acompañada de atole. Menos de treinta pesos gasté y ayudé al flujo intestinal de mi ahíto cuerpo. Hablé en mi curso y conferencia del pensador italiano, de su pensamiento, la filosofía de la praxis, de la pobreza y de los retos que malamente enfrenta nuestro vituperado gobierno pero que peor sobrevivimos el pueblo. Hubo rondas de preguntas y de aplausos, pero eso es poco atractivo para este relato.

Estaba en Iztapalapa así que quería combis y cumbias. Busqué a los desmangados de nombre triunfante, a los espíritus celestes de dicho color o ya siquiera a los hípsters felones ansiosos de una púber callada, tímida e inocente. No hallé a ninguno. Lo que sí encontré fueron los aromas a aceite reusado en los puestos metálicos de tortas que abundan por toda la ciudad, ahí hice una parada técnica y me comí una que llevaba por nombre toluqueña, grata combinación de milanesa, chorizo y quesillo que acompañé con un boing de guayaba. Seguí mi camino por Calzada Ermita.

Recibí un mensaje de texto con una invitación que no decía así pero que en mi cabeza así sonó; Rodolfo, yo el escritor consagrado te invito a que me acompañes a una tertulia nocturna en una reconocida pulquería en Insurgentes Sur entre Durango y Colima. Siete de la noche, no faltes. Corrí al hotel como quinceañera, me embutí una nueva camisa y tomé un taxi. Fue un viaje de cuarenta y cinco minutos, ciento cincuenta pesos y una semi parada para que el chofer, quien me dijo era diabético, orinara en una botella de plástico que para eso traía en su puerta.

Llegamos al lugar y el escritor ahí estaba. Nos conocimos cuando vino a dar un curso en la UACJ y tuvimos la oportunidad de dar el rol por un par de bares emblemáticos de la Avenida Juárez y de que se comiera sendos burros de chicharrón y chile relleno. Platicamos y quedamos pendientes de más alcohol a fecha futura. Jamás imaginé que pasara en verdad. Cuando entré estaba de espalda, en una mesa chica con otras tres o cuatro personas. Me acerqué y le puse la mano sobre el hombro izquierdo, giró y dijo: “Rodolfo”, yo contesté con la fundida enjundia del famoso fan de Menudo y mi norteña gallardía: “Enrique”. Recuperado mi centro emocional pasamos una buena velada. Nos acompañaba un editor de una revista con el que me comprometí a trabajar un número sobre nuestra ciudad, el dueño del bar que traía una muy buena borrachera lo que lo hacía un interlocutor asiduo, un grupo de muchachos que se enfrascaron en su plática y otros que llegaron al poco rato y de manera intermitente. Hablamos de Trump, de la soberanía nacional, de las posibilidades de una guerra. Todos consternados y ofendidos, con acucioso deseo de que chinguen a su madre los dos Jefes de Estado y sus compinches, nadie al grado de ponerse a cantar el himno nacional. Iban a inaugurar una exposición de dibujos de escritores y escritoras latinoamericanos, pero no me quedé. Me despedí de abrazo de Enrique y una guapa que estaba ahí y tomé el taxi de regreso.

Mensaje dos al celular que así leyó mi mente: ¡¡¡Profe-cheve-banda-fiesta!!!. No se diga más. La noche era joven todavía y mi vuelo salía hasta las nueve de la mañana. Próxima parada, la dirección que me dieron pero que ya olvidé. El mensaje tampoco desilusionó, me recibieron en la puerta del estanquillo, la organizadora del evento y un par de los que fueran mis alumnos temporales. Adentro sonaban cumbias que no eran de la Skandalo ni de Los Chicos de Barrio, pensé que con suerte la Mariana de Amar te duele estaba adentro. Fallaron mis cálculos otra vez. Sí encontré camaradería con aroma a sudor adolescente, tabaco y otras yerbas inflamables, cerveza de gran envase y la segunda vuelta a la plática de Trump y sus idioteces. Concordamos nuevamente en torno a las autoridades, nos despedimos y me fui al hotel.

Desperté a buena hora, me bañé, pedí un Uber y me dijo la aplicación que no aceptaba pago en efectivo. Taxi otra vez. Llegué al aeropuerto, tomé mi vuelo y mientras despegaba di gracias por no haber sentido actividad telúrica alguna. Soporté con agrado los chistes del piloto que nos dijo que las sobrecargo, azafatas o staff de vuelo (ya no sé cómo se llaman, me pasa lo mismo que con las secretarias) eran ninjas y que tenían licencia para matar. De súbito ya estaba de regreso “en la frontera donde debe vivir Dios”. El viaje me hizo pensar que siempre puede ser grata la vida, aún en lo ineludible, si no lo proponemos.