La irrupción del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional sacudió al mundo. Su fuerza telúrica provenía del sótano de la historia. Cumplidos 502 años del avasallamiento de España a América, cientos de seres embozados emergieron de la niebla y revelaron la enorme deuda contraída con los indios del continente. Después de su aparición, el 1 de enero de 1994, el EZLN obligó al gobierno mexicano sentarse a una mesa de negociación. Icónico y sin precedentes, el hecho marcó el pulso entre dos poderes: entre el poder de los de arriba y el poder de los de abajo. El gobierno no cumplió su palabra y los indigenas no se rindieron. Indispensable para explicar la tensión de aquellos días, alLímite reproduce hoy la voz Ricardo Robles “El Ronco, sacerdote jesuita, fallecido en 2010 y asesor del EZLN en la mesa de diálogo de San Andrés Sakamach’en de los Pobres.

Escribo esta palabra con esperanza, pese a que la tormenta ya va avanzando para arrasar a los pueblos, para aniquilar a las culturas, para doblegar a los indios que quieran seguir siéndolo. Escribo para dar testimonio de la verdad, de lo que vimos y oímos, lo que vivimos en las negociaciones buscándole caminos a la paz. Ahí fuimos conociendo a los actores de los Diálogos, ahí nos fue quedando bien claro quién era quién, en las actitudes, en las tácticas, en los hechos.

Sí tuve la oportunidad de estar ahí dentro, en los Diálogos de San Andrés. Trabajamos en la Primera Mesa sobre Derechos y Cultura Indígena hasta la firma de los Acuerdos. Todo el trabajo era a contracorriente para el EZLN. No se veía voluntad política de parte del gobierno.

Hablábamos en un clima de guerra psicológica, de desgaste provocado, de racismo que despreciaba a los indios. Contrastaba muy fuertemente la calidad humana de las partes, de los indígenas y del gobierno. No fue posible nunca un clima de apertura y confianza. Era imposible. Por eso en el día mismo de las firmas, los zapatistas decidieron hacerlo en privado. Lo dejaron claro a todos, a los pueblos y gobiernos del mundo. El Comandante David nos dijo: “Es una señal que el gobierno nos ha lastimado y que esa herida que nos ha hecho no se ha curado… Vamos a ver si ahora cumple, porque el gobierno siempre nos ha mentido, nos ha engañado, nos ha humillado”. Y en la declaración oficial de la Comandancia General del EZLN, el Comandante Tacho leyó: “Sin embargo (los acuerdos) siguen siendo sólo en papel, pero con el Foro Nacional Indígena es posible crear un movimiento que exija que se cumplan los acuerdos”.

No obstante, parecía entonces que, pese a todo, se iban dando pasos hacia una paz con justicia y dignidad. Se creyó que el gobierno mexicano cumpliría su palabra firmada, aunque tratara luego de achicarla con candados legales o administrativos. Los zapatistas, al firmar, no se engañaron. Veían venir, con toda claridad, lo que sucedería. Desde la historia, desde la vida, descifraban ya los signos de tormenta de una guerra genocida.

Desde entonces quedamos convencidos de quién es quién. Sin duda alguna los indígenas pusieron la calidad humana, la dignidad, la rectitud, el honor, su palabra verdadera. La contraparte puso tropiezos, oscuridad, engaños, trampas, dobles lenguajes.

Continuamos buscando la paz en la Segunda Mesa sobre Democracia y Justicia. El gobierno guardó un silencio inesperado, discriminatorio. No se pudo llegar a acuerdo alguno. Las comunidades indígenas zapatistas dieron orden a su Comandancia General para que no volviera a hablar con el gobierno hasta que éste cumpliera lo ya firmado en la Primera Mesa. Con la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa) y la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), no ya con el gobierno, los zapatistas siguieron buscando caminos. Fue el tiempo de las reuniones que se llamaron tripartitas. La Cocopa propuso un texto de reformas constitucionales. Nuevamente, cada uno fue el que es. El EZLN aceptó ese texto, tolerando que dejara de largo algunos de los compromisos firmados, con tal de lograr algo para todos los pueblos indios de México y avanzar así hacia la paz. El gobierno mexicano volvió al doble lenguaje, con mensajes de sí y de no. Finalmente hizo una contrapropuesta de ley en la que renegó de su firma. El diálogo posible, la paz posible, entraron en agonía.

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Vinieron luego tiempos electorales y con ellos el silencio de las dos partes. No fue un clima propicio para los caminos de la paz. Sí fue un tiempo de calma muy tensa que anunciaba tormentas por venir, todavía más furiosas.

Fueron de nuevo los zapatistas los que buscaron romper ese silencio. Enviaron delegaciones a España y a Venecia. Buscaron, una vez más, a la sociedad civil en la capital del país. Fue el mayor movimiento indígena en toda la historia de México, la marcha de los mil 111 zapatistas y del Congreso Nacional indígena.

Los indios de todo el país se identificaron en las mismas causas en esa movilización conjunta con el EZLN. Convocaron multitudes, llenaron el Zócalo, denunciaron y exigieron cumplir la palabra empeñada. Y nuevamente, con displicencia, con desprecio a todo ello y a todos ellos, el gobierno los ignoró en silencio. Para él, nada relevante había ocurrido.

Acteal pudo despertarnos. La matanza monstruosa, los escuadrones paramilitares de la muerte, las mentiras oficiales ofertadas con mercadotecnia, el terrorismo de Estado que sí es guerra, y no de “baja intensidad”, todo ello y más pudo despertarnos para ver la verdad.

Acteal fue advertencia y amenaza para los indios y la sociedad toda. Quiso sembrar temor y sumisión. Pretendió obligarnos a no pensar ya por cuenta propia, a convencernos de que no es posible disentir ante el poder. Sí, quiso anunciarnos lo que vendría luego. Las muertes se han repetido y prometen seguirse repitiendo.

El ejecutivo, como en un frío cálculo, aprovechó Acteal como pretexto para militarizar más. El ejército sitió a las comunidades cercándolas de temor, de hambre, de muerte. Dijo que iba a controlar la violencia de los paramilitares pero no fue a buscarlos a sus territorios, fue más bien a las zonas de los zapatistas en las que aún no estaba. A esos fue a sitiar. Ahí quiso descabezar la lucha armada y de nuevo fracasó.

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El presidente mandó entonces a las Cámaras su iniciativa de ley, proclamando que con eso cumplía, que los zapatistas guardaban un silencio criminal, que él quería la paz y el diálogo, que era compasivo y bueno, que todos mentían menos él. Se olvidaba así de la ley para el diálogo que su propio gobierno acuñó, de los procedimientos que acordó con los zapatistas, de lo que firmaron sus representantes.

Se olvidaba de su silencio de un par de años y reclamaba el de un par de meses a los indígenas. Lo hizo con racismo, porque los indígenas y los zapatistas siguieron declarando, hubo comunicados oficiales de los Comandantes, pero esas voces no existieron para el gobierno, nunca les prestó atención verdadera. Sólo aceptaba hablar con los no indígenas, con Marcos, con los que él supuso que son los dirigentes.

Al parecer, para el gobierno mexicanos los indígenas son incapaces de pensar, optar, reclamar lo suyo y luchar por sus derechos. Al parecer se siente dueño de los indios y pretende otorgarles derechos, como si no fueran suyos ya, o ellos no fueran gente.

La Conai, como instancia de mediación, debía advertir a cualquiera de las partes cuando se apartara de lo acordado. Lo hizo con honor, con valor, sabiendo lo que vendría. Detalló en un comunicado los incumplimientos del gobierno con precisión y objetividad. Entonces fue acusada de parcialidad, como si ser imparcial fuera lo mismo que ser servil ante el Ejecutivo.

Los ataques a la diócesis de San Cristóbal de las Casas y a don Samuel Ruiz fueron continuos, calumniosos, ofensivos. La desmedida presencia del gobierno dándose baños de pureza en todos los medios de comunicación, justificándose, rechazó con ira, con mentiras, con rencor, cualquier voz disidente que tuviera presencia nacional. A las demás las ignoró como ignoró a los indios.

Don Samuel Ruiz tuvo que renunciar a la presidencia de Conai, y ésta decidió disolverse, para no crear falsas espectativas en torno a una paz ya imposible. Una de las partes, la gubernamental, estaba ya decidida a la guerra, a la masacre en grande, al estilo de Acteal. Lo hemos ido viendo en los hechos.

Sigue asesinando a su propio pueblo y contándonos patrañas, como cuando Acteal. Sigue queriendo sembrar pánico entre todos, repartiendo favores y muertes a conveniencia, aplicando selectivamente las leyes. El modelo es Acteal.

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En esta pavorosa realidad mexicana, que es hoy la nuestra, resulta necesario conocer lo acordado en San Andrés y las leyes ignoradas, desechadas, por el ejecutivo. Ver la verdad en limpio.

La historia que nos ha tocado vivir, la única nuestra, no deja escapatorias. Nadie puede desentenderse de la tormenta, de esta masacre en curso, como ajeno a ella. Todos somos responsables ya, lo queramos o no. Pasaremos por la historia y por la vida bendiciendo o maldiciendo, amando u odiando, fieles o perjuros ante los hombres y ante Dios.

Termino, así, este testimonio con esperanza, pese a la despiadada tempestad que vivimos, pese a sus estragos de muerte injusta. Los indígenas nos han traído palabras buenas a este mundo que las había olvidado. Nos proponen un mundo en justicia: “para todos todo, nada para nosotros”; en libertad: “un mundo donde todos podamos caber, donde quepan muchos mundos”; en democracia: “mandar obedeciendo”.

Son voces de sus antiguas sabidurías, las de los más antiguos abuelos, pensamientos venidos desde nuestras mejores raíces mexicanas. Con pueblos que así saben, así dicen y así nos obsequian esperanza, es imposible perderla.

Los gobernantes pasarán y perderán. Nos seguirá acosando el fantasma del becerro de oro desde sus adoradores, con más o menos fuerza. Permanecerán los indios, sobre esta tierra suya, con su palabra verdadera para todos, con su regalo de luz para la historia, con su utopía de fraternidad, desde su hoy sangrante dignidad en flor.

Este texto sirvió de prólogo a San Andrés, razón y corazón indígena en el nacimiento del milenio, Juan Pablos y Centro de Reflexión Teológica, México, 1998, volumen que recoje los principales documentos del proceso. Ricardo Robles fue testigo y actor de aquellos diálogos, como asesor del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.