Quienes piensan que la participación del zapatismo en el proceso electoral constituye una especie de claudicación de su ideario político y un juego que permite la prevalecencia de las peores atrocidades del capitalismo, ignoran los procesos de autogestión y la estratagema antineoliberal que desarrollan las comunidades zapatistas desde su refundación a partir de 1994. César Silva Montes destaca en este artículo la lucha y resistencia de los pueblos zapatistas en contra de la globalización y explica que desde la perspectiva del Consejo Indígena de Gobierno se entiende que “la coyuntura electoral no es un fin, sino un medio para invitar a la gente a organizarse”. En su texto, además, Silva Montes ajusta cuentas con “el irreverente”, como identifica al autor de un artículo publicado recientemente en alLimite que critica —de manera procaz— la irrupción del zapatismo y la participación de su vocera, Marichuy, en el actual proceso comicial.  

Me siguen causando hilaridad las campañas políticas. Para que llorar o derramar bilis ante las promesas de siempre, el gasto en propaganda que no sirve para mitigar la pobreza y el lodazal de calificaciones. Como las elecciones no son serias, aunque alguien piense que está en juego el futuro del país, me dio mucha risa cuando el Bronco le cambió el nombre a Morena por ‘prieta’. Luego desde el PRI se hizo eco y a Ochoa Reza se le ocurrió hacer un juego de palabras que resultó albur: “A los prietos de Morena les vamos a demostrar que son prietos, pero ya no aprietan”. De inmediato vino el linchamiento lingüístico: racista, sexista, alburero, insensible. Después, AMLO llamó “conservador con apariencia de liberal” a Jesús Silva-Herzog y llegó el linchamiento de intolerante, descalificador y apareció el síndrome de la chachalaca (como nombró a Fox) que le costó algunos votos. Ambos se disculparon.

Pragmáticos como son, no pudieron sostener algo tan sencillo en la guerra de propaganda. ¿Carece de sentido decir que con tantos ex priistas, incluyendo a López Obrador, Morena ahora es Prieta? ¿Cuál racismo? ¿En dónde está el insulto? Iracundo, como en recientes tiempos, John Ackerman escribió en La Jornada, que les dicen morenacos. Luego lo ligó con las declaraciones de Ochoa Reza en un video “frente a un grupo de acarreados priístas” (Eso no es clasista, aunque una buena parte de los asistentes son obligados y pobres bajo amenaza de perder su empleo o ayudas materiales). Agregó que no es igual el uso peyorativo del término prieto y las declaraciones de AMLO de los fifi o los pirrurris. Justificó apoyado en un antropólogo y un profesor que el primero “…es superior a ti… y Prieto… tú eres inferior a mí”. Decir prieto “es una ofensa a las clases trabajadoras” y los pirruris utilizan su jerarquía económica y son presuntuosos, altaneros y racistas. (Esto tampoco es clasismo, es la neta).

La banalidad a todo lo que da en las campañas políticas. A la próxima, le recomendaré a Ackerman a un lingüista que si sabe para que haga un análisis más fundamentado del uso de las palabras: el Dr. Arzate. El contexto de la expresión es claro: es PRIeta porque se llenó de tránsfugas del PRI. Lo de no aprietan, les hubiera dicho el belicoso de Ochoa Reza que se refirió a la pérdida de la ideología y que no son una fuerza para ganarles la elección. Sin embargo, en México sonó a albur y a recular (sinónimo de retroceder, desandar, según el diccionario de Word, aclaro) por no expresar lo políticamente correcto. Pero el linchamiento lingüístico está en muchas esferas de la sociedad: ni se te ocurra enunciar que no haya cuotas de género, sino que ganen sus espacios las mujeres, porque eres machista; en educación, no quiero evaluarme, porque algo ocultas; ni critiques a AMLO, porque estás contra él.

Recordé a los cronistas deportivos, lectores de noticias, funcionarios y demás figuras públicas renunciando a sus puestos por no decir lo políticamente incorrecto. Seguía en el Internet buscando más linchamientos, cuando me encontré con el título de un artículo: Los zapatistas le ensucian los testículos al capitalismo. Imbuido por el “espíritu” de estos días pensé: machista, debería agregar ovarios; racista, como que los blancos no le manchan los genitales al libre mercado; clasista, le dice boba a una indígena. De pronto me pareció que leía la versión digital del PM (Puras Mermas, según el dicho popular). Así como en las caricaturas cuando un animalito frota sus ojos para ver con claridad, verifiqué que si era alLímite. Luego me pregunté: ¿quién osó cuestionar la “sacrosanta” autoridad ganada por el movimiento zapatista con su práctica y nueva forma de hacer política?

Leí la firma, y me dije, “el nombre del ‘irreverente’ no importa, sino lo que escribe”. Después de la risa que me causaron los chistes y albures de las campañas, sin incluir a Marichuy desde luego, escudriñé, con “la máxima seriedad”, el texto del “insolente”. Al leer sobre las pelotas que debía sostener el marido al próximo violador de su esposa, me recordó a las crónicas de Alarma y Alerta: viólola, mátola, destrózolala. Me pregunté: ¿Era necesario mencionar un acto de terror, así sea del multicitado Slovajov Zizek, para afirmar que la candidata indígena termina fortaleciendo al capitalismo? El “irreverente” justifica las dos citas textuales para sustentar que Marichuy no desafía al capitalismo y es una boba. Pensé de quien escribe libros, según se observa en su semblanza, elaboraría argumentos para criticar a la vocera del Consejo Indígena de Gobierno (CIG), sobre todo desmenuzando los 20 años de lucha indígena.

Ante insustancial artículo, habría que optar por ignorarlo. Pero prefiero debatir con el “insolente”, quien no aceptó platicar sobre sus diferencias en esta fase la lucha zapatista e indígena. En principio no puede ser chiste la violación de una mujer y la humillación de un esposo. Cada cual su analogía, pero es desproporcionada en su nexo con Marichuy. La versión mexicana al respecto sí parece un chiste de homosexuales, pero la obviaré por ramplona y homofóbica. En su interpretación, el “irreverente” repite a Zizek y equipara ensuciarle los güevos (palabra más propia para el tono del artículo, hasta los futbolistas declaran que perdieron un partido por falta de ellos) al abusivo tártaro con la campaña del CIG: “El mensaje implícito (es)… “¡al final de cuentas el capitalismo no es tan malo!, nos permite recorrer el país… sin peligro… con un discurso completamente anticapitalista”.

Nada que ver, o sea, diría algún fresa o alguna fresa. (Recuérdese que ya John Ackerman me eximió de cualquier connotación clasista). Con la cultura política del “insolente”, así le nombran a quienes a saben de los asuntos públicos, sabría que partidos como el Partido Revolucionario de las y los Trabajadores en su momento participó en las elecciones. No con ingenuidad y sin renunciar a su retórica anticapitalista, entendiendo que con su presencia legitimarían al gobierno, pero no se plantearon alcanzar el poder por el voto. Sabían que una condición necesaria, pero no suficiente para terminar con el capitalismo, es la organización de sindicatos, barriadas, campesinado, magisterio y calle por calle de la gente. Empezar procesos de autogestión en cada espacio de la vida urbana y rural. Desde hace mucho tiempo se entiende que sólo desde abajo y a la izquierda es posible acabar con el libre mercado.

Como los zapatistas se definen por su práctica, ya viven experiencias de autogestión en sus comunidades. Así, los que “le ensucian las pelotas al sistema capitalista” (el “irreverente”, dixit) ya no conciben a la educación como mercancía. Según corroboré en la Escuelita Zapatista (asistí en enero de 2014), y mi convivencia en la comunidad de Acteal, la enseñanza es gratuita. La niñez no paga colegiatura y los promotores y promotoras de educación no reciben salario. Entonces la docencia se ejerce por el compromiso de consolidar la autonomía y la autogestión zapatista. No se otorgan títulos que jerarquizan a las personas, ni alientan el sueño capitalista de ser un profesionista para ganar más dinero y “ser alguien en la vida”. ¿Habrá una escuela en la ciudad que no responda a esta lógica? Y todavía se pagan impuestos y derechos al Estado para comercializar la educación. Hasta hacen graduaciones.

Pero la experiencia zapatista abarca que la medicina no sea mercancía, no se recibe salario por gobernar, en las Juntas de Buen Gobierno el mandato es rotativo y son elegidos desde cada comunidad. Tiene su ejército, sus medios de comunicación, su propias leyes y no saquean sus territorios. ¿Se necesitan más evidencias para dudar de la senda anticapitalista del zapatismo y de Marichuy como vocera del CIG? La explicación de la participación electoral fue clara: la represión sobre nuestras comunidades no cesa, tendremos que ir al espacio de confort de la clase política. Fue una decisión de asambleas, no por una encuesta de opinión ni dedazo. Al contrario, si hicieran la encuesta proliferaría el racismo y las descalificaciones como la del “insolente”. Tampoco creo en la vía electoral para transformar al capitalismo, pero si apoyo la iniciativa del movimiento zapatista y el CNI.

Podemos diferir de la táctica, pero también deducir que la coyuntura electoral no es un fin, sino un medio para invitar a la gente a organizarse. El zapatismo no se volcó en la campaña de Marichuy, sigue con sus iniciativas: Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan; ConCiencias por la Humanidad; la edición cibernética del CompArte “Contra el Capital y sus muros, todas las artes”. El CIG no recorre el país con recursos del Estado ni haciendo promesas. Propuesta que no entendió el “irreverente”, afirmó: “esperaba que el movimiento zapatista le cercenara de un tajo los testículos al capitalismo. Tal parece que me quedaré esperando”. Sin albur, que espere sentado, porque, siguiendo con su analogía psiocoanalítica del capitalismo machista, extirparle los güevos será una tarea colectiva, no sólo de quienes “se los ensucian”.