Es imposible vivir sin las etiquetas que se acumulan a lo largo de la vida. Las palabras acarrean los torpes intentos por armonizar identidades contratantes. Vecinos incomodos que nunca llegarán a conciliar sus diferencias. Marlon Martínez nos propone el desacato fundamental, desandar las veredas del ser para hacer una crítica breve pero contundente. El problema ya no es querer leer o no, es mas grave, ya no sabemos como hacerlo. 

Debo dejar claro que este texto no lo escribo como estudiante del Doctorado en Literatura Hispánica de El Colegio de San Luis, tampoco lo hago como Maestro en Estudios Literarios por parte de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), de ninguna manera mi postura es como Licenciado en Historia de México por la UACJ. Agregaré que no me comunico como preparatoriano de El Colegio de Bachilleres (Cobach) plantel número 7, ni como egresado de la Secundaria Técnica número 60. Mi postura no es como estudiante de la primaria Hortensia Solís Ontiveros, ni de la primaria Antonio Caso del primer año que cursé ahí. Esto no tiene nada que ver con los tres meses que pasé en un jardín de niños en el puerto de Veracruz.

Es importante subrayar que no hablo como profesor de preparatoria de Filosofía e Historia de México por parte del Tec Milenio, tampoco como profesor de Lectura y redacción de la UACJ, no me expreso como profesor de Filosofía y Metodología de la Investigación del Cobach. Tampoco hablo como editor de la Subdirección de Publicaciones de la UACJ, así como de ninguna forma lo hago como editor de la sección de Nacional e Internacional y Opinión del Periódico Norte, no lo hago como corrector, ni como vendedor de suscripciones del mismo periódico. No me comunico como operador de maquiladora de RCA Thompson, Río Bravo XX, Contec, Antec, Electrocomponentes de Juárez. No me comunico como auxiliar contable de Cal-TV, ni como empleado del archivo muerto en la misma empresa. No me comunico como encargado de hornear pizzas en Peter Pipper Pizza ni como efímero trabajador del KFC. No hablo como cajero del turno nocturno de Wal-Mart, tampoco como despachador de telas de Soriana ni como empleado de piso en el área de blancos de la misma tienda. Mi postura no es como cerillo del Futurama ni como coordinador de cerillos de la misma tienda. En esta ocasión no me expreso como ayudante de mecánico ni como ayudante de carpintero ni de albañil. Tampoco como ayudante de vendedora de artículos de segunda mano. Tampoco me expreso como vendedor de libros en el mercado.

No hablo como escritor de artículos, ensayos y relatos, ni como novelista que no ha publicado, ni como poeta que rompió sus primeros trabajos. Tampoco hablo como futbolista amateur. No me expreso como vocalista de un grupo de metal. Tampoco como alguien que trajo perforaciones en las orejas y la nariz. No me expreso como alguien que usó el cabello largo, ni que se lo tiñó de diversos colores o se hizo cortes extravagantes. No hablo como cholo de la More 13.

No hablo como heterosexual. Tampoco como padre de familia. Mucho menos como esposo. No hablo como hijo, ni como hermano, tampoco como nieto ni bisnieto ni tataranieto ni todo lo que siga hacia atrás.

No hablo como colono de la Azteca ni de la colonia el Granjero ni como juarense ni como jarocho ni como juarocho. Tampoco como norteño ni como mexicano ni como americano ni como ciudadano del mundo. No hablo como alguien nacido hacia finales del siglo XX y que vive en el siglo XXI. No me expreso como cristiano evangélico, ni como ateo ni como católico tradicional ni como supersticioso. No hablo como humano, ni como especie animal ni como organismo vivo. No lo hago como ser ni como ente ni como voz.

Contrario a la postura de Angela Davis, para quien era importante asumirse como mujer, afroamericana y de cierta clase social, en este momento es necesario despojarse de toda formación de todo bagaje cultural, socioeconómico, político. Tendríamos que quitarnos todo lo que en términos de Bourdieu son los distintos capitales, así como los habitus. Tenemos que descontextualizarnos, deshistorizarnos, deconstruirnos en todos los discursos de los que formamos parte, tenemos que volvernos una especie de cosa que no piensa, no siente, no vive para poder decir algo aceptado por la gran comunidad censora y autocensura de las redes sociales.

Sin embargo, hay que volver a Sócrates y su diálogo con Fedro porque la mayoría no sabe leer, no cuenta con las competencias necesarias para entender un texto en un contexto, literario, alegórico, o un manual y todo lo lee igual. Para este lector, que denominaremos masificado le parece lo mismo leer una receta de cocina, un post de Facebook, un pasaje del Príncipe de Maquiavelo o una octava del Polifemo de Góngora. Lo preocupante es que no se trata del lector borgeano o borgesiano, como señala Ricardo Piglia, es decir, aquel que lee todo como ficción; éste, el lector actual, está incapacitado para esos procesamientos, su lectura es de un consumismo salvaje y vertiginoso, fast-read o lectura chatarra.

Ahora, sí esto sucede con la lectura, se vuelve más complicado el asunto de la escritura. No hay claridad, no hay argumentación. Sin embargo, ¿nos interesa que nos escuchen, nos interesa comunicarnos? Parece que no. Nuestra capacidad y necesidad de socializar actualmente está basada en el egoísmo, el individualismo extremo, la hipocresía y lo “políticamente correcto”. Esto lo digo yo.