Las narconovelas son un producto cultural altamente redituable en sociedades atrapadas bajo la vorágine que el tráfico de drogas deja a su paso. Los narcodramas muestran la ostentosa vida de los capos y su estilo de vida violento. Estos melodramas cumplen con un doble papel: presentar un espejo que refleja algunas aristas de la idiosincracia del narco y exportar la cultura popular en un mundo globalizado.

El 4 de junio de 2008 se transmitió el primer capítulo del Cártel de los Sapos por Caracol Televisión en Colombia. En Ciudad Juárez, era el año en que aumentaba la violencia derivada del narcotráfico. De enero de 2008 a noviembre de 2011 hubo 9 mil 17 homicidios en el municipio, estadística que desplazó la visión idílica de Juan Gabriel de la “frontera más fabulosa y más bella del mundo”, por la ciudad más violenta del planeta (1). En la cotidianidad todos los crímenes se relacionaron con la guerra entre carteles de la droga y la ofensiva militar emprendida por Felipe Calderón.

Entonces, quienes vivimos en la renombrada histórica Ciudad Juárez en 2011 para atraer turistas, sufrimos golpizas, robos y extorsiones del crimen organizado, de los militares y de los policías locales y foráneos. Los policías federales entraban en casas sin orden judicial y hurtaron hasta comida de las viviendas. Las ejecuciones se realizaron (y persisten) en cualquier lugar de la ciudad: restaurantes, bares, tiendas de autoservicio, estacionamientos, talleres, farmacias, puestos de comidas, hospitales, en las calles, hasta en el atrio de una iglesia o en el cruce internacional a Estados Unidos. En muchas colonias las rejas y las puertas eléctricas con guardias de seguridad privados, más avenidas cerradas con llantas, tambos y piedras, dieron un nuevo rostro a la frontera e invalidanron los generosos adjetivos que le prodigó Juan Gabriel, como el lugar para “encontrar el amor”.

A ello se agregaron los retenes de todo tipo en busca de narcotraficantes y sicarios: militares, de la policía federal y municipal, más los de vialidad para detectar personas manejando con aliento alcohólico. El ambiente se volvió de temor a los delincuentes y policías y las calles por la noche lucieron vacías. Aquella ciudad de la vida nocturna para bailar en el Noa-Noa quedó sepultada. Muertes, extorsiones, torturas, miles de emigrados y una política fallida para combatir el narcotráfico son el saldo de la guerra entre el Chapo y la Línea, por ganar la plaza de Ciudad Juárez.

En este contexto, no puedo establecer un paralelismo entre la situación de violencia en este municipio y el incremento de la emisión de telenovelas sobre narcotraficantes en los canales locales. Pero si es un pretexto para expresar algunas ideas sobre el contenido de las telenovelas, su aceptación en el público fronterizo y comentar si su difusión induce a la juventud a emplearse en actividades ilícitas. De entrada, puedo afirmar que los finales de las teleseries no son una exaltación a los señores del narco, porque siempre mueren o llegan a las cárceles los “malos”. El problema de que la juventud haga suya la sentencia “prefiero vivir tres meses de rey, que 30 años de buey”, no se limita a leer el libro o ver Sin tetas no hay Paraíso, sino entender el marco económico, político y social del México actual.

Una pizca de teoría

José Luis Gutiérrez Espíndola, en el libro Las redes de Televisa, escribe un capítulo que retoma la critica a las telenovelas por su baja calidad, los valores que difunde y refuerza. Pero establece que el gusto del público mexicano por esta diversión trasciende el espacio de la comunicación. Cita a Carlos Monsiváis quien matiza la idea de que los contenidos de la televisión por sí solos puedan manipular a las personas, pues: “…su éxito depende de condiciones previas: el trabajo mecánico y deshumanizado, la desigualdad como requisito fundador de la vida social, el desempleo… la falta de vida democrática como parte ineludible de la cultura nacional… El gran instrumento de manipulación de la burguesía sigue siendo la existencia del sistema capitalista” (p. 77).

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Aquí se encuentra el primer factor de la aceptación de los melodramas, el capital cultural (diría Pierre Bourdieu) para interpretar el discurso y, por otro lado, la ideología pro-capitalista de la población. Para que las telenovelas tengan éxito en la difusión de sus valores, estereotipos y maneras de entender el mundo, omiten aspectos de la realidad como la condición económica, social y laboral de los personajes. Por tanto, terminan en resoluciones falsas, fantasiosas e idílicas (p. 79). Gutiérrez cita a Simone de Beauvoir, como base del melodrama, porque los seres felices no tienen historia, por eso se presentan situaciones límite y conductas polarizadas, ese el conflicto y la tragedia de la vida cotidiana. Es una aparente recopilación de los personajes y de situaciones de la vida real. Misma noción que aplicaría en las narco-novelas, porque igual que en las telenovelas tradicionales los buenos son premiados, los malos castigados.

Respecto a las mujeres aunque son parte del mundo del trabajo, siguen como personajes puramente emocionales y dependientes. Un ejemplo, es la agente Villalobos que en el Señor de los Cielos muestra sus habilidades policiacas y su honestidad, pero en las situaciones donde está en riesgo su vida, se observa su miedo y angustia. En cambio, los hombres en las escenas más apremiantes muestran temple y calma. Aún priva el papel de las mujeres que son positivas cuando son pasivas, y se asocia con valores negativos si su personaje es activo. Al menos en las telenovelas colombianas y de narcotráfico las mujeres se alejan de los valores tradicionales de la familia, del amor romántico, el matrimonio como aspiración suprema de la mujer, la pobreza como prueba. La infidelidad es común y la virginidad es un asunto del pasado. Respecto a la moral sexual, en cada novela existe un personaje homosexual y, en general, son aceptados.

En suma, los mensajes de los melodramas no son suficientes para seguir sus valores o ingresar al narcotráfico. En todo caso son reforzadores de lo que existe. No debe sorprender que alguien después de un trabajo enajenante y con tiempo extra busque escapar de la realidad. Los finales felices, el castigo a los malos y el éxito más allá del trabajo, porque se sabe que con un salario mínimo no se puede comprar un combo de Wendy’s, se convierten en un remanso. Este es el mejor caldo de cultivo para incorporarse al narcotráfico.

La descripción de las tramas y contenidos

En los últimos años los canales de televisión en Ciudad Juárez difunden telenovelas relacionadas con el narcotráfico. En junio de 2015 Gala TV (canal 5), transmite La Diosa Coronada y El Señor de los Cielos, y Telemundo (canal 48) El Señor de los Cielos 3. Recién terminó la retransmisión del Cartel de los Sapos, probablemente la serie con más éxito por las notables caracterizaciones del Cabo y Guadaña. En el contexto de la violencia en México, abundaron las series sobre los narcos: Sin tetas no hay paraíso (sin senos en la versión de Telemundo), La Reina del sur, El Capo, Rosario Tijeras, Las Muñecas de la Mafia, La Mariposa, Tiro de Gracia, El Mexicano y Escobar, el Patrón del Mal. Pareciera que los melodramas donde la Cenicienta encuentra en el hombre rico la felicidad y la realización de su papel histórico de casarse y ser madre, fueron superados por el éxito de las telenovelas de narcotraficantes.

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Esto lo reafirmo la alianza de Televisa con Caracol de Colombia para filmar Tiro de Gracia. Con su origen colombiano, los programas sobre narcotráfico han encontrado un nicho en las cadenas estadounidenses y luego se transmiten en México. En tiempos globales, El Señor de los cielos, como supone la expansión de los carteles en el mundo, es una coproducción colombo-estadounidense por Telemundo y Caracol Televisión Internacional y distribuida internacionalmente por Argos Comunicación. O El Capo, producida por Fox Telecolombia para el canal RCN y Mundo FOX. Así, los libretos de las narco-novelas en general se basan en historias reales más la ficción de las andanzas de los líderes de los carteles del narcotráfico en México y Colombia.

Las constantes en los argumentos de las narco-novelas son: la relación Colombia-México-Estados Unidos, equivalente a la producción, la distribución y el consumo de estupefacientes; la corrupción de las autoridades; políticos involucrados en el narcotráfico para facilitar el movimiento de la droga y la rebaja de castigo cuando el delincuente colabora con la “justicia”; la intervención sin cortapisas de la agencia estadounidense para el control de drogas, conocida como DEA, en Colombia; lo placentero que es vivir utilizando el poder del dinero para comprar propiedades, personas y disfrutar de los bacanales de alcohol, comida, droga y sexo, resguardados por su equipo de seguridad.

Del otro lado de la trama se encuentran los policías y presidentes honestos que nunca se corrompen; las trabajadoras sociales o defensoras de los derechos humanos que arriesgan su vida cuando protegen a hombres y mujeres comunes, víctimas del abuso de los capos y se atreven a denunciarlos. Un personaje que destaca es el periodista comprometido con la verdad, que hurga entre documentos y las pandillas para descubrir la corrupción policial y de los narcos. Sus pesquisas son fundamentales para descubrir a poderosos narcos como Gonzalo Rodríguez Gacha, en la serie Alias el mexicano.

También se agrega la nota sensible del guion con personajes que sin experiencia en el manejo de armas y de buen corazón, por azares del destino deben enfrentar a los despiadados narcotraficantes. El caso más ilustrativo es Tiro de Gracia, con Salvador Chaparro un actor de teatro desconocido es secuestrado y sometido a una cirugía plástica para hacer el papel del capo Vicente Vallejo. Luego se encuentra con Esmeralda, una joven que se infiltra en la organización de Vallejo para vengar la muerte de su hermana. Ambos sortean situaciones inverosímiles para escaparse del capo y al final denunciarlo y con la intervención de la policía es atrapado.

Otros contenidos de las narco-novelas, son las figuras de los sicarios, el fiel “mano derecha” y las torturas a los enemigos. Los sicarios en general son jóvenes que buscan dinero y el gozo por el poder de matar. Montados en motocicleta, uno conduce y otro ejecuta, generalmente cumplen su cometido. El guardaespaldas es capaz de ofrendar su vida por su patrón. Y las torturas muestran el sadismo, la insensibilidad y el terror: golpizas, corte de uñas y dedos, colgados y choques eléctricos, asfixia, quebrar parte del cuerpo y las llamadas telefónicas a los familiares con gritos desgarradores para mermar la resistencia del torturado.

Respecto al lenguaje, es el adecuado de personajes nacidos en los barrios marginales de Colombia. Además, si se cree que la escasa escolarización provoca la pobreza en el uso del lenguaje, no debe sorprender las expresiones coloquiales; tampoco el “no me joda”, el “hijo de puta”, “gran pendejo”, “la cagué”. Voces que se escuchan en las televisoras colombiana Caracol y RCN En México, en la producción de la Ruta Blanca, y El Señor de los Cielos, donde participo Argos, el “hijo de la chingada y vete a la ídem”, el “pendejo” y “esa puta”, son parte de los diálogos. No obstante, en las emisiones de los canales mexicanos y de Estados Unidos en español, se censuran estas expresiones. Así mutilan conversaciones entre delincuentes y políticos que, hasta donde se sabe con las llamadas telefónicas interceptadas, usan en su vida cotidiana. Es el florido lenguaje de la realidad, ya no aquel “buen español” de las películas da cabaret protagonizadas por David Silva y Antonio Badú.

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Por último, sin intención de agotar los contenidos de las narco-novelas, con relación a los momentos sexuales, son pródigos en Rosario Tijeras y La Reina del Sur. Son comunes en todos los melodramas las escenas entre sabanas, el recorrido de las manos por los cuerpos y las tomas en ropa interior. La voluptuosidad de las mujeres como en Las Muñecas de la Mafia muestran cómo pueden acceder a bienes materiales con su cuerpo. A diferencia de las telenovelas tipo la Rosa de Guadalupe, aquí la virginidad es obsoleta, las mujeres resaltan su sensualidad y muestran libertad sexual. También persisten los prototipos de mujeres conservadoras y con una moral sexual tradicional, quienes resisten la seducción-compra de los capos.

Resulta paradójico que en los canales mexicanos y estadounidenses para el público latino, corten el lenguaje propio del crimen organizado y las escenas de sexo y tortura se transmitan sin censura. No creo en la influencia directa entre mensaje y acción sin contexto, pero en la lógica de que la televisión educa e induce a ciertos comportamientos: ¿qué es más nocivo un “pinche” o un “cabrón” que una persona sufriendo la mutilación de su mano? No sigo el razonamiento de la mojigatería, pero ¿una palabra altisonante es más perniciosa que Aurelio Casillas haciendo el amor con erotismo a casi cada mujer que participa en la trama del Señor de los Cielos? En el Canal 44-2 no hay censura en el lenguaje, porque es propio de los narcos. Además, le sirvió para su lema de promoción como canal no restringido: “La televisión más abierta que nunca”.

El recuento sucinto de los contenidos de las narco-novelas muestra la complicidad delincuentes-gobierno de los países que producen, distribuyen y consumen. Se retrata la crueldad de los capos y la traición como ascenso al control de territorios. La violencia, la tortura y la muerte, extraída de la realidad y complementada con la ficción, son parte nodal de la trama. Jóvenes que eligen el ámbito del crimen organizado buscando el bienestar material de por vida, encuentran la muerte, la cárcel y el abandono. Los capos son muertos o extraditados a Estados Unidos. Claro que también se difunde el hedonismo del consumo, la vida alegre en las grandes fincas y del poder del dinero. ¿Entonces por qué, si es cierta la influencia de las narco-novelas, se opta por lo segundo?

Una breve discusión sobre los efectos de las narco-novelas

La versión clásica de los medios de difusión como aparato ideológico del Estado la acuñó Louis Althusser. Luego Adorno y Horkheimer llamaron industria cultural a la producción de bienes culturales del capitalismo, entre ellos el entretenimiento como la televisión. Con sus diferencias, señalaron la difusión de la ideología capitalista para alienar a la población y una vía de ganancia económica. Recuerdo que en los setenta a la televisión se le decía “la caja idiota”. Entonces los noticieros eran totalmente oficialista, de melodramas de la vida en rosa, de programas musicales y deportes. Con la rebelión zapatista de 1994 se aceleró la apertura de la televisión a noticieros más imparciales hacia el gobierno, programas de crítica y espacios para voces disidentes. Con la creación del Canal 22 en México, se consideró que la televisión también es cultura, capaz de divulgar contenidos alternativos a la simple diversión y un espacio donde opinan los televidentes.

En otros momentos, se declaró que la Secretaría de Educación Pública se ubicaba en la avenida Chapultepec, sede de Televisa. Era la manifestación más clara de la influencia de la televisión. En el debate, Gimeno Sacristán asevera que la escuela perdió el monopolio de la educación, pues la iglesia, la familia, los medios, son agentes de socialización. Acepto, sin conceder, que la televisión educa, pero conviene incorporar las condiciones materiales de las personas, su capital cultural y su manera de entender el mundo. Roland Barthes, sostenía que los medios de difusión solo fortalecen lo existente. En este caso son las narco-novelas producidas como una innovación en los contenidos y temáticas televisivas cuando se agotan los guiones tipo Cenicienta, o cuando un país como Colombia considera que es parte de su realidad.

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En México, el narcotráfico es una parte de la situación del país desde que Felipe Calderón en busca de legitimidad política emprendió a guerra contra el narcotráfico, y en Ciudad Juárez una vivencia desde 2008. No afirmo que el narcotráfico no existiera antes, sino que se convirtió en un entretenimiento televisivo. Sabemos que las series de combate a la delincuencia y las películas de mafias son, valga la expresión, ancestrales, pero ahora parecen ser un elemento más de la cotidianidad. Por tanto, la televisión solo aprovecha lo que está de moda y le agrega mujeres voluptuosas para captar audiencia. En suma, la televisión no se plantea educar en el sentido de sacar el potencial de cada persona, sino reproducir sus valores e intereses económicos. Tampoco las telenovelas pueden enseñar el mal, ni prevenir de los males sociales, pero si promueven identidades.

Partiendo del sentido común, de creer que si fomentamos buenas costumbres, respeto a la autoridad y enseñamos valores, las personas no ingresarán a la delincuencia, llegaremos a la conclusión de que esto es insuficiente si se descarta el contexto. Así encontré en la red un sugerente artículo “A falta de héroes: Narco telenovelas”(2). El planteamiento de la autora es: “Las narco telenovelas surgen de la necesidad de los jóvenes por seguir patrones de conductas, por la falta de valores morales y éticos y la necesidad de creer en algún “héroe”. Enseguida, destaca que las telenovelas colombianas son apologías del narcotráfico. Elegí ahora que está de moda la Internet para darme una idea de la visión sobre las narco-novelas.

No pretendo decir si alguien expresa juicios equivocados sobre las narco-novelas, pero sí trascender el análisis descontextualizado de las apologías y la difusión de valores como si no hubiera un referente en quienes asumen éstos, como hoy de la competitividad. Aporto dos ejemplos. En Las muñecas de la mafia, Braulio Bermúdez usa su dinero para comprar mujeres guapas y ambiciosas. En Rosario Tijeras es patente la prostitución y convertirse en sicario como una vía “fácil” para obtener dinero. ¿Si hay apología, qué ideología provoca que la juventud siga este camino? En el texto se cuestiona porqué a los policías o soldados no se les componen corridos. Será porque en México y en específico en Ciudad Juárez, tales personajes no defienden a la gente, sino que se identifican como parte del problema de corrupción. No es un percepción, como dijo Felipe Calderón, es una realidad.

La discusión es qué hay detrás de cada persona para fascinarse con las narco-novelas y, se supone, ingresar al mundo del crimen organizado. Si tomo como ejemplo historia de Sin tetas no hay paraíso, nadie debería optar por la delincuencia. Catalina, una joven de un barrio y su hermano, deciden abandonar el colegio porque no los proveerá de dinero. La madre, los exhorta a continuar estudiando en la lógica de la movilidad social. Más educación, menos ingresos. Ambos le manifiestan que personas que estudiaron no viven en la opulencia. Por tanto, Catalina busca operarse los senos para ser contratada como prostituta por los traquetos (narcos) y su hermano se convierte en sicario. Éste muere en una misión fallida y Catalina, en su desesperación por agrandar sus senos, se le implantas unas tetas usadas que le causan problemas de salud. Al final, ella muere y la moraleja es: quien mal anda, mal acaba.

Epílogo

Las telenovelas sobre narcotráfico y narcotraficantes por sí mismas no pueden inducir a la de la juventud a ingresar a las filas del crimen organizado. Aquí el dilema no plantea si primero nació el huevo o la gallina. Es evidente que las telenovelas y los narcocorridos surgieron después de la existencia del trasiego de droga y la proliferación del secuestro, la extorsión y la muerte por encargo. En última instancia, las telenovelas funcionan como reforzadores lo que se vive en una determinada sociedad. Las tramas muestran el glamour de una vida donde abunda el dinero. Son prolijas las escenas de las fastuosas fiestas en donde el consumo sin límite de alcohol, de droga y la comida gourmet, en un ambiente de lujosas mansiones con albercas, en enormes jardines y elegantes recámaras, pareciera que el disfrute es la vida cotidiana. Al final de la fiesta, las mujeres contratadas por los narcos reciben miles de pesos o dólares por sus buenos oficios.

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Pero el otro lado, del libreto son las traiciones, la venganza con la familia, las muertes y la tortura. Las mujeres que aceptan una relación con un narco restringen su libertad a complacer a su esposo o amante. Se relata la compra de políticos, policías y hasta al presidente de la república. La muerte o la cárcel es el fin de la mayoría de los capos. Y son asesinados por las denuncias de sus propios aliados o por los servicios de inteligencia policíaca asesorada por miembros de la agencia antinarcóticos de Estados Unidos. Ya lo había mencionado Gustavo Bolívar, escritor, no se trata de ensalzar a los narcos o a la juventud que se arropa en el narcotráfico, pues siempre las historias no terminan con impunidad. El ejemplo más ilustrativo es Catalina de Sin senos no hay Paraíso.

Si se agrega la violencia recrudecida desde 2008 en este municipio por la guerra entre narcotraficantes y los bajos salarios, no extraña su entrada a la delincuencia. Los denominados fríos números dejan poco espacio a la especulación: quien terminó la primaria gana mensualmente, en promedio, 3 mil 314 pesos, y quien egresa del bachillerato 3 mil 975. Parece ironía, pero no lo es, pues el crimen organizado: “cumple funciones sociales y simbólicas que el Estado no ofrece, como dar empleo, arreglar una escuela o hacerse cargo de la educación de jóvenes que coopta para que sirvan a sus intereses”.(3)

Casualmente en el fin de semana que escribí este artículo, se asesinaron a 13 personas en seis días. Como en los tiempos de extrema violencia en la ciudad, los homicidios fueron variados: un miembro de la comunidad Tarahumara, probablemente ultimado por agentes municipales; una mujer abandonada en un vehículo en el Camino Real, hija de un policía; dos hombres muertos en una habitación de un motel en la avenidas Vicente Guerrero y Paseo Triunfo de la República. Es la realidad en la que se basan algunas telenovelas, por eso los melodramas con el apoyo de la ficción recrean y tergiversan en ocasiones, el México de hoy. Para que censurar o limitar los contenidos sin cambiar la vida cotidiana de violencia en el país. Sin reforma económico-social no es posible la modificación de los contenidos de las telenovelas, porque es evidente que con novelas rosas con finales felices y el merecido castigo a los “malos” el crimen organizado goza de cabal salud.

Entonces porque extraña que las telenovelas más vistas describan al narcotráfico. Pablo Escobar fue parlamentario en Colombia y en sus campañas, lavando dinero, dio créditos de vivienda. Si algo tienen los capos es ser generosos y repartir los frutos de su delincuencia. En contraparte, los políticos como el azadón solo buscan la ganancia. En el México del 2015, los héroes no se identifican en el gobierno o la policía, sino en su gente. Desde la idea de que los narcos tienen más güevos para enfrentar a la DEA y los políticos se agachan ante los requerimientos de Estados Unidos, hasta quien les da bienes materiales no por el voto, sino por su silencio. Las preguntas siguen: ¿si las narco-novelas representan el castigo de sicarios y capos, se insiste en qué hacen apología del crimen? ¿Por qué si son tan nefastos sus mensajes las televisoras locales las difunden? ¿Por qué un narco es más popular y querido que un político? Estas son las telenovelas de los tiempos violentos de Juárez.’

Referencias

1. Fuente: http://www.proceso.com.mx/?p=289826.

2. Escrito por Elizabeth Luna en: http://contextodedurango.com.mx/noticias/2012/03/17/a-falta-de-heroes-narco-telenovelas/

3. Comentarios de Alfredo Nateras, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana. http://www.jornada.unam.mx/2010/01/12/index. php?section=sociedad&article=033n1soc. (Consulta: 12 de enero de 2010).