Su querencia por las telenovelas colombianas llevan a César Silva Montes a escribir esta breve historia a cerca de lo que ese genero ha producido en los últimos años en sudamérica. Crítico implacable de las telenovelas mexicanas, Silva Montes pondera la calidad argumentativa de algunos teledramas colombianos frente “a la banalidad de Televisa y TV Azteca”, cuyos “libretos siguen enfocados en las historias de la Cenicienta”. En el siguiente artículo, los lectores encontrarán el análisis concienzudo sobre un tema que de acuerdo al machismo, al atraso y a los prejuicios entre algunos círculos de la academia mexicana representa una discusión insustancial, relegada al ámbito de las mujeres.

En una de tantas tertulias Ciro me dijo con énfasis: “A ti te gustan las telenovelas, por eso ves el Señor de los Cielos.” Me embelesen o no, para opinar sobre ellas y sentir que no fue inútil mi paso por la licenciatura en ciencias de la comunicación, necesito verlas. No le convenció mi réplica. Al menos te comento que el argumento de este teleculebrón es pésimo (la tercera temporada) y resultaba muy sencillo para Argos escribir el guión: les bastaba escuchar la comedia nacional hecha política y cambiarles los apellidos a los personajes. Mi respuesta aumentó su escepticismo. Trataré de explicarme, le dije. Te aclaro que no vi todos los capítulos completos. Gracias a Youtube y Netflix, me saltó las escenas de arrumacos, de balazos, las torturas, de alguien que está en peligro de muerte y se salva, las orgías organizadas por los narcos y los sepelios. Escenas que abundan.

Descartando los tríos que acostumbra hacer Aurelio Casillas, las absurdas tomas en que los personajes centrales se escapan de morir y el corte de la mano al Turco por robar al jefe de jefes, ¿qué nos queda? Rivero, el incorruptible secretario de seguridad, cabal y todos los adjetivos y sinónimos relacionados, se enamora de Rutila Casillas, la hija del narco mayor, aun sabiendo de sus negocios en la venta anfetaminas. Leonor Ballesteros, una policía colombiana especialista en narcotráfico, integra, tan honesta que mandó a la cárcel a su marido porque formó escuadrones de la muerte, se enamora de Aurelio Casillas. Hasta recurre a la psicóloga para resolver la incongruencia de que la sedujera el narco a quien deseaba de extraditarlo a Estados Unidos. Y Rutila, por despecho se relaciona con el Chema Venegas, tiene un hijo y terminan aliándose Aurelio y el Chema. Mónica Robles no dejó de amar a Casillas a pesar de que en la primera temporada intentó matarla.

Para continuar la saga, en la tercera temporada Casillas negocia con la DEA volverse informante y entregar narcos. La conexión abarca a Venezuela, los negocios en Panamá, las autodefensas michoacanas, la prima narca del presidente de la república, la tragedia de Ayotzinapa con estudiantes de medicina, la Gordillo como Gallardo poderosa y manipuladora sindicalista. Los generales asociados al crimen organizados perdonados e incorporados por debajo de la mesa en el gabinete porque conocen como trafican. Nada nuevo aporta la telenovela: corrupción, crimen, sexo, torturas, mujeres voluptuosas y lo que dicen los noticieros convertidos en capítulos de una hora. El guion se mueve entre el absurdo de las relaciones amorosas y el drama o comedia de la llamada realidad nacional. Ciro no me creyó, así que aprovecho para reseñar algunas telenovelas hechas en Colombia.

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La variedad de temáticas, argumentos y estereotipos es prolija. Café con Aroma de Mujer muestra la importancia del producto de exportación. Los Infiltrados y Comando Elite, retratan los servicios de inteligencia colombianos para combatir al narcotráfico, la guerrilla y la delincuencia común. Las telenovelas sobre la vida de los principales capos, aunque con sus constantes, varían sus contenidos: El Cartel de los Sapos es la historia de traiciones entre los traficantes de drogas; Escobar el Patrón del Mal, se refiere a cómo Pablo creó su imperio de poder, se infiltró en el senado y ayudaba a la gente pobre; Las Muñecas de la Mafia retratan la vida de las mujeres que venden su belleza a los capos para vivir en la opulencia, y éstos disfrutan de sus dólares en un ambiente de orgías. Sin Tetas no hay Paraíso muestra la “necesidad” de agrandarse los senos para lograr más servicios sexuales.

Telenovelas recientes abordan los problemas del tráfico de órganos (Contra el Tiempo), la incorporación de los adultos que fueron reclutados por la guerrilla en su niñez (La Niña) o el abuso infantil (Alicia en su laberinto). Sobre la comunidad y los problemas de la juventud (A Mano Limpia), respecto a una educación desde una perspectiva más liberal (Francisco el Matemático) y la delincuencia en los barrios (Rosario Tijeras). O comedias sin mayor transcendencia como Amo de Casa de un esforzado desempleado que sale avante vendiendo galletas, Hasta que la Plata nos separe, de un humilde vendedor de autos que debe pagar una deuda debido a un choque, o Pecados Capitales, donde varias familias deben hacer méritos para recibir una herencia. No obstante, se desarrollan diálogos sobre la revolución socialista de un profesor marxista, la explotación del proletariado desde el discurso de la Generala y las críticas al neoliberalismo salvaje del Mago Kandú.

En cuanto a los estereotipos, en la mayoría intervienen homosexuales y lesbianas. En los últimos tiempos las mujeres se besan. Las féminas no tienen prejuicios sobre la sexualidad, acostumbran tomar un guaro (aguardiente) o cerveza con la mayor naturalidad. En ocasiones terminan en borrachera y en la maña sufren el guayabo. También son ejecutivas, con iniciativa o de “armas tomar.” En general, a los hombres los presentan menos machistas, abundan las escenas de cama, las mujeres coquetas, desinhibidas y vampiresas. Las infidelidades, los triángulos amorosos, los hombres casados o con novias, igual las mujeres, complican la trama, pero también la llevan al absurdo. La mayoría terminan en finales felices, tratan de mover las fibras sensibles y algunas de contenido social, como la crudeza del tráfico de órganos, los paramilitares y los asesinatos, la desigualdad social; por otro lado la reivindicación de la policía, ejército y jueces colombianos como incorruptibles.

Un ejemplo de telenovelas con la trama y los estereotipos es En Esmeraldas, el color de la ambición, ambientada en Boyacá en 1957.

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Se trata de la recolección de la piedra preciosa en las minas. La historia muestra al cacique, la explotación de los trabajadores, la corrupción del presidente municipal y la represión a quienes se rebelan contra la injusticia. La trama se refiere a un honrado administrador del banco que financia la mina y cuestiona el estado de cosas. Incluso se refieren a los inversores canadienses que emprenden la minería a cielo abierto. Se retratan los nexos de las minas con el trasiego de esmeraldas y el narcotráfico, en contubernio con la guerrilla. La figura de las mujeres, como es una constante en las televisoras Caracol y RCN, se escapan del estereotipo. Reina es una empresaria minera. Olga, es una joven que llegó de Bogotá y, ahora, se clasificaría de feminista. Se preocupa por enseñar a leer y a escribir a las mujeres pobres de la región.

Para que “sea telenovela”, el hijo del hombre recto se cautivará con la hija del cacique, Olga del cura del pueblo, abundan las infidelidades y las muertes. Aún más enredos amorosos. Eduardo obliga a Esmeralda a casarse con ella, cuando estaba prendada de su hermano Enrique y procrean a Octavio. Quique se compromete con Esperanza, a punto de casarse regresa Esmeralda y realiza su matrimonio cuando le renació su antiguo amor. Lalo seduce a Esperanza y la embaraza. Cuando nace Alejandro, Esperanza decide matar a Eduardo y ella es acribillada por su guardaespaldas. Muerto el villano, Esperanza y Ricardo se juntan y cuidan a Alejandro como si fuera su hijo. Diez años después regresa Verónica, la exnovia de Octavio, casada con un narco. Ambos se encuentran, les renace la pasión, tienen relaciones y Verónica termina muerta de un balazo por su marido.

Así de trágica y de melodramática es la trama para que sea telenovela. El aporte de la corrupción, la liga guerrilla-narcotráfico y la crítica a la minería abierta que intenta desarrollar un inversor canadiense, se obnubilan. De los paisajes de Boyacá, Victoria y Tunja, ningún pero. Tampoco de la plaza principal, la iglesia, las calles empedradas, el vestuario, los autos, en suma, la ambientación de los 50, parece impecable. Lo otro son los múltiples asesinatos por los ajustes de cuentas, por encima de la lucha de mejores salarios para los mineros, la imagen de las mujeres educadoras, con capacidad de explotar una mina o con posturas feministas. Si se eliminarán los “triángulos” amorosos, los hijos o hijas adoptados, los rencores entre personas o familiares, más las escenas de cama, serían aburridas. O tal vez perderían las características de los también llamados tele-culebrones.

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En suma, las telenovelas en su contenido son pésimas en su mayoría. Observé en la mirada de Ciro que no me creyó. No me quedó más que decirle que el formato se usa para competir en el mercado televisivo telenovelero que satura la programación desde la mañana hasta la noche los canales locales. Es para la disputa entre las almibaradas teledramas de Televisa contra las producciones colombianas de RCN y Caracol, un poco más “realista”. En la guerra por el auditorio va ganando Colombia. Ello se observa en el Canal 65-2 donde transmiten Contra el Tiempo y La Ronca de Oro o Azúcar, Canal 11 difundió Anónima. Y el canal 62-2 basa su programación en las telenovelas colombianas  y las turcas. Por el momento, Televisa seguirá copiando y distorsionando los guiones cafeteros como Hasta que el dinero nos separe, Destilando Amor y La Hija del Mariachi. Copias de Hasta que la Plata nos Separe, Café con Aroma de Mujer y Que Bonito Amor.

Ciro mantuvo su escepticismo. Cuando menos concédeme que son una alternativa a la banalidad de Televisa y TV Azteca. En México los libretos siguen enfocados en las historias de la Cenicienta. Aunque para mantenerse en la competencia empiezan a introducir más escenas de cama (porque no me parecen eróticas), la palabra güey adquirió naturalidad e incorporaron personajes homosexuales. La excepción son las telenovelas de Cadena Tres con Las Aparicio, Infames, Bienvenida Realidad, Las Trampas del Deseo, con argumentos sobre las problemáticas nacionales, la corrupción y la política mexicana desde la perspectiva de los periodistas Carlos Payán y Epigmenio Ibarra. Pero es motivo de otro artículo. Además, pasar de la descripción de las telenovelas colombianas a un análisis detallado.

Por el momento, si de ver telenovelas se trata, las de la tierra de Gabriel García Márquez se salen de lo ordinario y su leguaje es bastante florido: no jodás, no diga pendejadas, gran pendejo, la cagué, culicagada, mal parido, si tienes huevas. Así nos acercan a las expresiones propias de la tierra del vallenato.