A Alexander Mora Venancio le quedó un dulce sabor de boca la última vez que estuvo en casa. En esa visita, le pidió a su tía Joaquina que le preparara calabaza enmielada y atole blanco. Disfrutando ese antojo, es justo como lo recuerda ella el fin de semana del puente de fiestas patrias.

Algo debió presentir el normalista de 19 años, porque el día que regresaba a Ayotzinapa, en dos ocasiones volvió a la casa desde la parada del camión por cosas que olvidó. Después de intentarlo por segunda vez, Alexander ingresó en agosto de 2014 a la Normal rural de Ayotzinapa para convertirse en maestro.

El 26 de septiembre policías municipales de Iguala se llevaron a Alexander junto con 42 de sus compañeros después de perseguirlos por la ciudad, y los desaparecieron. El 5 de diciembre, los antropólogos argentinos, a quienes los padres les confiaron los estudios de los restos de Cocula que la PGR aduce que son de los normalistas, le informaron a don Ezequiel Mora que un hueso analizado en Austria arrojó la identidad de su hijo.

Pero la duda en torno a la hipótesis de la PGR de que los normalistas fueron asesinados y cremados en el basurero de Cocula se diluye ante el estudio realizado por científicos de la UNAM y la UAM: para cremar 43 cadáveres en el basurero se requiere más de 33 toneladas de troncos secos y 995 llantas.

Desde el 6 de diciembre, en la pequeña casa azul de paredes curtidas y techo de asbesto, de El Pericón, en Tecoanapa, velan la fotografía de Alexander Mora Venancio. La fotografía es una tamaño infantil que ocupó para tramites de la Normal, y que igual que la de sus otros 42 compañeros, recorren el mundo. Es lo único que queda de él en casa, todo cuanto tenía cupo en su mochila y se lo llevó a Ayotzinapa el día que lo aceptaron.

Para el altar de velación, su familia ocupó una playera amarilla prestada del equipo de futbol local Juventus, deporte al que Venancio le encontró el gusto desde los 12 años, platica su padre sentado afuera de la casa. Su hermana Saena, la menor de los ocho hijos de don Cheque, solo después de Alexander. El 7 de diciembre en la mañana, ya trae en las manos la playera rosa mexicano con el número 12 del equipo de futbol que usaba el normalista. De no ser porque Jesús, amigo de su hermano, que se la llevó la noche anterior, no tendría cómo darle peso físico a su recuerdo.

En el altar, la foto del normalista está junto a la de su madre, Delia Venancio, muerta hace cuatro años. Su padre pide únicamente algunos días para aliviar la pena y comenzar la lucha por justicia: “Tengo que seguir allá (en Ayotzinapa); no me queda de otra. ¡Justicia!”, dice a una maestra que acudió a su casa a darle el pésame el día 7 por la tarde.

La PGR difundió hace un par de semanas que los normalistas pudieron tener un final en fosas de Cocula, cerca del tiradero municipal. Esto según la versión de los policías y sicarios detenidos por el caso Iguala, los mismos que dieron la pista falsa en fosas de Cerro Gordo, Iguala.

Don Cheque se niega a aceptar que se trate de su hijo, se pregunta por los otros 42. Pero su vez, se resigna: “Por lo menos me lo hubieran matado en la carretera, donde la gente lo viera, y yo lo fuera a levantar”.

Lirio Mora es una de las primas, y mientras descuartizan el pollo para el caldo que repartieron durante la velación de cuerpo ausente –los restos, un pedazo de hueso y una muela, llevara un tiempo que lleguen de Austria– recuerda que vio a Alexander por última vez el 15 de septiembre. Salía de su casa vestido con mezclilla, tenis y mochila en la espalda. Regresaba a Ayotzinapa.

La casa de Alexander es fácil de ubicar en El Pericón –en este pueblo, el año pasado la gente se armó y se sumaron a la autodefensa de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), en contra de la delincuencia organizada, los mismos que hoy buscan a desaparecidos en las fosas de Iguala–: un módulo de policías ciudadanos marcan el camino.

El corazón de la vivienda es un rectángulo de cuatro por dos metros, de tabicón, teja y lámina. Tiene un corredor de techo de teja y piso alto, a la usanza costeña, que le agrega, si acaso, un metro y medio más de espacio. Atrás, un caído de teja, horcones y adobe que funciona entre cocina y habitación, el lugar en el que don Cheque se refugió durante ese día que velaron su recuerdo, cada vez que no aguantaba el llanto.

Sus primas describen a Alexander como un deportista. La cancha del pueblo, ubicada a un costado de su casa, es el lugar que más visitaba. Allí estaban todos sus recuerdos, al menos es el primer lugar que su hermana Saena recorre con cuanto reportero le pide les hable de su hermano.

El presidente Enrique Peña Nieto, en su visita del jueves 5 de diciembre a Acapulco, declaró que llegaba el momento de superar el dolor de Ayotzinapa.

El dolor para don Cheque inició al día siguiente por la noche, en el momento que los peritos argentinos le dijeron por teléfono, que los restos más palpables levantados por la PGR cerca del basurero de Cocula correspondían a su hijo.

“Exigimos justicia para este caso; porque es cierto: lo van a dejar impune, como siempre lo ha hecho el gobierno. Y eso no se vale, ¿verdad? Si no hace justicia, quiere decir que él (Peña Nieto) está de acuerdo con lo que hagan contra la ciudadanía”, advierte el padre después de guardarse unos minutos en su habitación de adobe y madera para reponerse del último pésame que recibió.

Sigue: “Nosotros como campesinos no podemos manifestarnos contra él porque nos están matando, nos tortura; no es un gobierno para apoyar a la gente, es un gobierno corrupto y delincuente, porque ellos son,  han sido, los que matan a todos los luchadores sociales. No los mata otra gente, los mata el mismo gobierno. Y además, estoy de acuerdo que el gobierno está mezclado con la delincuencia”.

“(…) ¡Es mi hijo! Me está doliendo la cabeza”, exclama para explicarle cómo se sentía, antes de llorar y retirarse abruptamente del altar.

Publicado originalmente en Trinchera Política y Cultura

http://www.trinchera-politicaycultura.com/ediciones/776/info-03.html