El teatro de la barbarie es uno de los más extremos de entre todos los géneros histriónicos conocidos por la humanidad. Los luchadores apuestan la vida en un lance mal elaborado o en una caída con la parte equivocada del cuerpo. Pocos han muerto en el ring, pero todos han pagado la factura que esta exhibición te exige para convertirte en un gladiador, dice Pablo Martínez Coronado en este texto que alLímite publica semanas antes de que este medio de a conocer un vigoroso perfil sobre la vida y hazañas del Pagano, el luchador juarense de meteórico ascenso, a quien Rodolfo Ortíz Díaz entrevistó a finales de 2017.

En el principio fue la brutalidad del Vampiro. Con el tiempo, el salvajismo de los golpes dejó de pesar y las espectaculares patadas de Octagón comenzaron a resultar fascinantes. Las transmisiones de la AAA —Asistencia, Asesoría y Administración— eran atendidas como si se tratarán de ceremonias solemnes. Durante años, mi obsesión infantil transformó a los botes vacíos y las piedras pequeñas en luchadores que combatían a contrarreloj las veinticuatro horas del día, las ciento sesenta y ocho horas de la semana, y los doce meses del año.

La lucha libre no es, por supuesto, un evento deportivo. Es, como el teatro, un contrato social. Ambos utilizan la complicidad del espectador para inventar un mundo que reniega de la realidad. Es la búsqueda de las verdades universales. Los combates dentro del cuadrilátero representan la confrontación de los arquetipos. El Cobarde enfrenta sus miedos y le aplica un tirabuzón al Huracán Ramírez. Blue Demon le tuerce el brazo al Santo y lo aleja de la tierra prometida, mientras El Doctor Wagner recorre veredas infinitas en busca de curar la esquizofrenia de los Pshyco Clowns que pueblan el mundo.

La ferocidad representada en el pancracio desnuda las contradicciones inherentes a cualquier tipo de violencia. Cuando el luchador técnico, el bueno, va ganando, la fanaticada lo apoya porque éste representa una forma de belicosidad “moralmente aceptable”. En cambio, apenas el rudo, el malo, toma el control del combate, el público le reprocha su salvajismo. Esta forma de hipocresía colectiva se manifiesta cada par de siglos bajo distintos nombres: “Ataque preventivo”, “Violencia Necesaria”, o la monumental, “Guerra Santa”. Dentro de un ring, como en cualquiera de las refriegas en las que la humanidad se ha visto envuelta, el dolor y la muerte son siempre razonables cuando le tocan al otro.

La lucha libre profesional comparte raíces con el estilo de lucha griega antigua, el pankratos romano, y el catch europeo. Sin embargo, fueron los espectáculos circenses en las ferias francesas de la década de los 30´s del siglo XIX, y las escaramuzas de los marinos irlandeses y alemanes que llegaron a las costas americanas a principios del siglo XX, los que le aportaron la teatralidad, con la cual, poco a poco, la lucha libre se fue diferenciando de otras competencias hasta convertirse en lo que es hoy: la escenificación de los más salvajes instintos humanos, que combina a la perfección la crudeza del mejor drama de Eurípides con las hipérboles sobre la ridiculez de la violencia presentes en las comedias de Aristófanes.

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En su novela 1984 , George Orwell acuñó los conceptos doublethink  —la facultad de sostener dos opiniones contradictorias al mismo tiempo—, y blackwhite —asegurar que lo negro es blanco y lo blanco es negro—. Estas dos definiciones orwellianas acentúan la ambigüedad de la realidad. De la misma manera, el termino anglosajón Suspension of disbelief ha reafirmado el compromiso histórico de la lucha libre con el surrealismo, después de todo habría que preguntarse: ¿Dónde comienza la verdad y dónde termina la ficción?. Mi abuelo solía decir: Más vale un buen mentiroso, que un millón de engañados.

Los fanáticos de la lucha libre hemos decidido poner nuestra fe en uno de los tantos teatros que la humanidad ha concebido para ahuyentar a la realidad. La diferencia en todo caso sería que nosotros, los seguidores del wrestling tenemos la decencia de no intentar pretender ser dueños de la verdad ajena, al fin de cuentas, cada quien le reza al Santo, —o al Blue Demon, o a la Parka— que mejor le convenga, o en este caso, que mejor le entretenga.

La entelequia del pancracio nació a raíz de las apuestas clandestinas. En los muelles norteamericanos, con los grandes buques de vapor como fondo, o en los viejos galerones de Nueva York, decenas de marinos europeos entretenían a la vida enfrascándose en combates sensacionales donde se jugaban sus escuetos ahorros. Estos peleadores improvisados se dieron cuenta de que al “dulcificar” los golpes que se daban entre sí, podían “luchar” cada semana, manipular el sistema de apuestas, y engrosar sus bolsillos con el dinero ajeno, al brindar un espectáculo brutal, pero sin la necesidad de romperse la cabeza en el proceso. Es aquí donde surge el gimmick, que es el nombre con el que se conoce al conjunto de características —máscaras, cabelleras, actitudes, atuendos y movimientos— que construyen la personalidad ficticia de los luchadores.

En México la fuerza del gimmick reside en la máscara. En el momento en el que se esconden el rostro, los gladiadores que suben al ring crean una personalidad alterna, lo que les posibilita el acceso al tipo de libertad que sólo el anonimato puede proveer. La vida mundana se queda guardada en los vestidores, junto a las ropas cotidianas, y los problemas del hombre mortal. Cuando los luchadores cubren su cara transitan el puente que separa el mundo real del imaginario. En el teatro clásico griego se acuñaba el concepto hypocrytés para definir a quién vive y habla a través de una máscara; la fuerza creadora detrás del personaje histriónico. En la lucha libre mexicana ocurre lo contrario. La máscara se ha constituido como uno de los símbolos inalienables de la lucha, es un elemento que seduce el imaginario del público y trasciende al individuo para convertirse en mito. Mil Máscaras sigue luchando con 75 años a sus espaldas. Porque los humanos mueren, pero las leyendas permanecen.

Desde los diseños clásicos como los de Black Shadow y el Solitario, hasta los más folklóricos como los de Averno y Dos Caras, las máscaras de los luchadores mexicanos cubren varios de los rubros principales en el imaginario popular. Están las de apariencia escalofriante, cuyo mejor ejemplo serían las de El Espectro y La Momia, o las que usaron Canek y Fishman que han sido abaladas por su belleza estética. Las hay minimalistas como la del Rayo de Jalisco, y barrocas, como la que usa Sangre Azteca. Inclusive existen máscaras con diseños enigmáticos que resaltan el aura de misterio de gladiadores de la talla de Tinieblas y Psicodélico.

Es por esto que la lucha de apuestas en México, donde se desenmascara al perdedor, son las más atrayentes. Al finalizar la contienda, la arena se transforma en un patíbulo, y el ganador del combate en el verdugo que completa el sacrificio ritual donde muere el símbolo y surge el hombre detrás de la máscara. Es una ceremonia de renacimiento. El tiempo se detiene un instante mientras el último trazo de tela se termina por desprender de la carne mortal que la ata. Ya libre de toda impureza, la máscara y el símbolo pueden ascender juntos al paraíso de las leyendas, dejándonos a nosotros, los espectadores, en el purgatorio de los berrinches y las nostalgias.

Durante años he escuchado a todo tipo de personas afirmar que la lucha libre es pura mentira. Sin embargo, hasta el día de hoy, no recuerdo haber llorado lágrimas más sinceras, que las que derrame aquella fatídica noche, cuando Atlantis desenmascaró al Villano III. Cierro los ojos y todavía escucho la primera palmada del réferi azotar la lona y marcar el principio del fin de mi niñez.

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Un día de verano en que Rodolfo llegó a mi casa, con su acento de poeta trasnochado y su vocación de mesías de la decadencia, me recomendó echarle un ojo al Pagano, el luchador juarense que de la noche a la mañana se convirtió en una estrella de la AAA. Me bastó ver sólo una lucha de él, aquella donde junto a Nicho el Millonario —que en los años noventas se popularizó bajo el personaje de Psycosis— se dedican, durante cuarenta y cinco minutos, a reventarse la madre mutuamente para entender que la estética refinada que ofrecen los llaveos a ras de lona, quedan en segundo plano cuando los gladiadores están dispuestos a sacrificar su integridad física, con tal de ofrecer al público, el lado más hardcore de la lucha libre.

 

 

Porque una cosa es que “juegues a las luchas”, y otra muy diferente que seas un buen luchador. El teatro de la barbarie es uno de los más duros de entre todos los géneros histriónicos conocidos por la humanidad. Los luchadores apuestan la vida en un lance mal elaborado, o en una caída con la parte equivocada del cuerpo. Pocos han muerto en el ring, pero todos en este negocio han pagado la factura que esta exhibición te exige para convertirte en un gladiador de sueños, en un combatiente de las fantasías: costillas rotas, frentes que parecen de papel estraza después de tantas cortadas, espaldas marcadas por una imbricada orografía de cicatrices, huesos rotos, ligamentos pulverizados, dientes perdidos en alguna arena periférica, ojos tuertos, dedos chuecos, orejas mochadas; o de coliflor, cuellos de hule, vertebras reconstruidas, y eso sin contar todas las heridas psicológicas inherentes a la guerra y al teatro. Para ser luchador, como una vez me dijo el Pagano, a uno le tienen que gustar los chingadazos.

Detrás de cada Power bomb bien aplicado, hay miles de horas en un gimnasio solitario, practicando ese movimiento hasta el hartazgo, detrás de cada tope mortal, hay cuatro o cinco costillas pulverizadas de aterrizajes mal logrados, detrás de cada soberbio German Suplex, hay un sinfín de lesiones en el cuello y la espalda que chocan violentamente contra la lona, detrás de cada Catapult, que proyecta al adversario contra la barricada de metal y provoca una oleada de aplausos desaforados del público, hay una historia repleta de dolor, sacrificios, sueños, y esperanzas todavía por cumplir.

A los luchadores les aplaudimos con fervor porque los fanáticos de éste deporte somos empáticos con el sacrificio y la pasión necesaria para dejar todo, e ir en busca de ofrecer el mejor espectáculo en un oficio que no te asegura ser famoso, o tener un futuro económico prometedor; una disciplina mal pagada donde se arriesga la vida en cada esquina y en cada caída. Es ese atrevimiento lo que convierte a los luchadores en héroes, al fin de cuentas, ellos se atrevieron a transformarse en lo que todo niño algún día quiso ser: ídolo de los cuadriláteros.

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En mi último año de escuela secundaria me enteré de la existencia del kayfabe, que es como se le llama comúnmente al mundo de fantasía de la lucha libre, y sufrí de una de las decepciones más amargas de mi vida. Me alejé de las luchas durante el siguiente par de años. Como a todas las personas les ocurre en algún momento, me fue difícil aceptar que estaba viviendo una mentira aberrante, o lo que es lo mismo, una realidad inventada.

No fue hasta Wrestlemania 21, en el 2005, cuando regresé al mundo de la lucha libre con la misma facilidad que un fumador retoma el cigarro tras diez años de abstinencia. Algunos vicios nunca se olvidan. La WWEWorld Wrestling Entretainment —por sus siglas en inglés, y el estilo de lucha gabacha abrió nuevos horizontes en mi conciencia como aficionado. Con los gringos, todo eran más golpes y menos llaveo, más músculos y menos mortales, más parafernalia, pero menos máscaras.

La producción y el cuidado de los detalles en la lucha americana parecían sacados de cualquier estudio hollywoodense. En medio de este vertiginoso circo me fue fácil olvidar el valor semiótico de la ridiculez como elemento teatral que le aprendí a la Lucha Libre Mexicana. Empecé a comprar el discurso del wrestling gringo, quien todavía en estos tiempos modernos sigue pregonando la idea de que los combates dentro del cuadrilátero no están arreglados, ni que son parte de una coreografía bien estructurada.

Tiempo después, cuando la WWE finalizó su “Ruthless Agression Era”, que es la nomencaltura para denominar al período de tiempo donde en esta compañía, tanto los gimmicks, como los story-lines, estaban enfocados a un público adulto, y se encaminó a la comedia sin gracia de la “PG Era”, focalizada para entretener a una audiencia más familiar, decidí cortar con el tedio que la lucha norteamericana me venía provocando desde hacía ya algún tiempo. Pasé el siguiente par de años escudriñando entre las aguas turbias del internet, siempre en busca de más y mejor lucha.

Mi exploración me llevó a la NJWP—New Japan Pro Wrestling— y al descubrimiento del puroresu, pero también a los circuitos independientes donde se forman las estrellas que habrían de ocupar las grandes carteleras del mañana. De todos los estilos que se manifiestan dentro de un ring, las promociones independientes y japonesas se han destacado por su alto nivel de realismo y brutalidad. Han entendido que el enfoque de los espectáculos luchísticos deben apegarse a lo que sucede dentro del entarimado, y no fuera de él. Estas compañías de wrestling reniegan de los artificios burlesques de los que han dependido las grandes promociones, como la WWE, para no perder popularidad, al menos en el último cuarto de siglo.

A pesar de que Japón tiene una larga tradición de lucha libre, las promociones  luchísticas que dominan la escena en el país nipón no comparten los códigos de sus contrapartes occidentales. En la tierra del sol naciente, el puroresu es un deporte por autonomasia, donde el strong style, palabra occidental que se usa  para definir el estilo de lucha japonés, con llaves a ras de lona y golpes con remembranzas artemarcialistas, constituyen la mayoría del espectáculo.

El circuito independiente, en cambio, es el lugar donde los luchadores entregan todo dentro del ring , y no esperan a un pago por evento para dar una pelea decente. En las luchas indies no hay “luchadores intocables” que pelean muy poco porque el kayfabe y sus guionistas han establecido que son demasiado talentosos para pelear con la mayoría del roster.

Las rivalidades que se crean entre los gladiadores son, en estas compañías, un aderezo, no el espectáculo en sí. Se rescata la habilidad de los luchadores para contar una historia a base de golpes, sin ningún artificio que entorpezca la destreza atlética de los combatientes. Hay espacio para esa violencia esencial que hace a la sangre hervir, para los lances hacia fuera del cuadrilátero que ponen a todo el público de pie con las manos en la cabeza, y para los movimientos contundentes que arrancan un suspiro cargado de drama, acompañado del más estruendoso de los aplausos cuando la cuenta del réferi se interrumpe a pesar de que todos pensaban que el combate ya estaba terminado.

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Es sábado por la mañana y Bruno le pide a su madre que le prepare una bolsa de palomitas. Adriana, que siempre ha tenido un sentido de la responsabilidad demasiado rígido, para no decir punitivo, se lo cambia por un vaso de jugo de mango y una manzana. Bruno grita con su voz infantil, me pide que apure el término del desayuno para así poder seguir viendo las luchas, tradición que hemos construido entre él y yo, en un intento por consolidar la siempre difícil relación entre padres e hijos.

Aún no termino de masticar el último bocado de huevo a la mexicana cuando, con un solo movimiento, me levanto abrupto de la mesa, dejo a Adriana plantada en medio del desayuno, con el último sorbo de café caliente todavía en la taza, y un “te amo”, que le grito al subir la escalera, en espera de que esas palabras sirvan para disipar su enojo. Me siento en la cama, agarró el Ipad, que está conectado a la televisión a través del Bluetooth —santas tecnologías posmodernas—, y con el dedo índice aplastó el botón de play en la pantalla de la tableta para resumir el combate que Bruno y yo estábamos viendo más temprano, y que fue interrumpido de pronto cuando su madre nos recordó que la comida también es importante, y que no sólo de luchas vive el hombre, mentira descomunal que sólo podría proferir una mujer que no ha estado cercana a la magia del pancracio.

La lucha que Bruno y yo disfrutamos en la televisión es una repetición del combate estilo Tables, Ladders, and Chairs (TLC), que se llevó a cabo en el Reliant Astrodome de Houston, Texas, dentro de la cartelera de Wrestlemania X-Seven, allá por el año del 2001, cuando el equipo de Edge y Christian derrotaron a los Hardy Boyz y, a los Dudley Boyz, en un verdadero festín de sangre, mesas astilladas y cuerpos desparramados. Bruno no se anda con rodeos, a él le gustan los combates hardcore, en donde los bates envueltos en púas son la norma, y los baños de sangre la ley.

En sus ojos puedo ver la misma emoción vital que yo sentía a su edad, y a través de sus gritos de emoción desbordada recuerdo la primera vez que observe a Jeff Hardy lanzarse al vacío desde lo más alto de una gigantesca escalera, y aplicarle su movimiento de firma, el Swanton Bomb, a los cuerpos inertes de Rhino y Spike Dudley, que lo esperan con paciencia salomónica sobre dos mesas de madera que se habrán de reventar cuando el luchador, convertido en un bólido, aterrice sobre ellos.

Mis recuerdos se pierden en el tiempo. Escuchó la voz de aquel niño de melena abundante y sueños imposibles, el mismo que creía en la inmortalidad del Vampiro Canadiense. Me veo con cuatro años, como en los retratos guardados en los álbumes de fotos que mi papá todavía conserva enterrados en un viejo baúl de pino michoacano. Estoy celebrando con una sonrisa triunfal. Mi madre me ha comprado por fin ese ring de madera en miniatura, con muñecos pintados con mano rústica, pero que eran infinitamente mejor que las piedras extraviadas y las monedas brillantes.

Ahora que puedo presumir de conocer las nuevas tendencias de lucha japonesa, que he devorado con pasión horas de Impact Wrestling, Ring of Honor, la CMLL, la AAA, el WWE, dos temporadas de Lucha Underground en Netflix, y centenares de videos en línea donde sigo a las compañías independientes, me doy cuenta de que, si se olvida la pasión infantil, uno puede saber mucho, pero no entender nada, algo así como convertirse en un erudito de la ignorancia.

A pesar de que ahora veo la lucha con más información, y un mejor entendimiento para discernir entre lo que es un buen y un mal combate, todavía me gusta poner en el Youtube videos de Octagón, y del Vampiro Canadiense, para recordar épocas más sencillas, cuando solo sabía que la lucha, como la vida misma, se gana a punta de chingadazos. Volteó hacia mi hombro izquierdo y observo con detenimiento a Bruno, que sigue al lado mío, absorto en el combate máscara contra cabellera que disputaron Pagano y Psyco Clown, en el Triplemanía XXIV. Le envidio esa inocencia con la que aprecia la lucha Libre. 

Sin quererlo, es más, incluso sin intentarlo, Bruno, con sus cinco años recién cumplidos, me dio la mejor lección que un niño le puede obsequiar a cualquier adulto: sin la magia de la ficción, éste mundo no vale la pena. Porque con la lucha libre, como con todas las cosas buenas de la vida, lo importante no es saber cómo explicar su funcionamiento, sino poder saborear sus extraordinarias virtudes, o tal vez sea como alguna vez dijo Gabriel García Márquez: Vivir para contarla.

Como ahora que Bruno se arrebata en furia y lanza el control del televisor, que se estrella contra la pared de su cuarto en el momento en que el Hijo del Tirantes, el réferi de este combate, termina la cuenta, después de que Psyco Clown, con un doble spear, logró que los cuerpos de Pagano y el Doctor Wagner atravesarán una mesa, que iluminaba con fuegos incandescentes la obscuridad sobria del coliseo sin luces. La pelea terminó, pero la guerra de la vida seguirá después de las tres palmadas.

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