En su primera edición del 20 noviembre de 2014, alLímite publicó como uno de sus textos principales Golem: la música que despierta en el desierto, un artículo que en muchos sentidos reconocía el valor de los jóvenes fronterizos que desde el arte habían resistido la violencia en los peores años de la guerra contra el narcotráfico. En las semanas siguientes el perfil se publicó en España. Tres años después, en su aniversario, alLímite reproduce el texto revisado por su autor.

Golem sabe a poesía y a creencias talmúdicas. Su raíz proviene de atmósferas remotas e intuiciones profundas. Pero más allá de todas las genealogías, Golem es una banda de rock que cuando toca se salta la barda e inspira una luz extraña en una ciudad rodeada de sombras.

Hace algunos años, en los días en que la guerra amainó y el olfato de los juarenses recuperó el olor de sus antiguas calles, algunos músicos supieron que cinco jóvenes compositores se reunían en la casa de Teresa Margolles para fraguar una tempestad quizá mas letal que las balas. Desde la trinchera de la Margolles, una artista visual de Culiacán, Sinaloa, Golem daba sentido al misterio de cocinar una música inédita y lejana para el abollado tímpano de la frontera.

En La Maldita, bautizada así su primera casa de ensayos por estar ubicada en una calle llamada Primavera, Yuriav Montañez, Omar Rosas, Isaac Galarza, Clara Gallardo y Roberto Ortega emprendieron el reto de crear un ritmo muy local pero a la vez muy forastero que inevitablemente aludía la composición híbrida de una región de claroscuros que traspasaban los linderos.

Para sorpresa de los expertos en desanudar la historia, interpretar el mundo y pegar etiquetas a mediados de 2012 Golem empezaba a crear una inacabada sinfonía que echaba raíces en caminos cruzados y cuya mayor presea era precisamente su enigma.

¿Qué interpreta Golem? era la pregunta que asaltaba por esos días entre los que empezaron a ponerle atención a la banda.

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Fotografía: Enrique Gutierrez

¿Una guía oscura que lleva a tierras libérrimas? ¿una geografía ignota por donde Alvar Nuñez Cabeza de Vaca caminó sin ropa? ¿una ruta extraviada en la brújula de miles de migrantes? ¿una brisa azul soplando en el mar antiguo de Samalayuca? ¿alguien esperando la rutera bajo el sol ardiente después de la maquila? ¿un bisturí que corta con sosegada paciencia el terciopelo de la arena? ¿una paz sospechosa después de muchos disparos? ¿un desierto sin luna alumbrado por la sangre de tantos?

Todo eso y más podría ser Golem. Sin embargo, entre algunos oráculos existía ya una certeza: Golem era una de las nuevas caras de la frontera que sin proponérselo resucitaba arboles caídos y exorcizaba fantasmas a través de un ritmo canónigo, a veces muy suave, a veces muy triste, a veces pasional e ingobernable. Todo ejecutado bajo el soplo de un rock atemporal, como si sus integrantes hubieran caído de un monasterio rebelde ubicado en alguna vía intergaláctica.

Desde un principio, la singularidad de la banda residió en plasmar una acuarela de notas ocres e intimistas. En muchos sentidos, su mayor atributo radicaba en la idea de inventar una música que repensara la realidad desde esta otra esquina del mundo. Profano de origen, su ejercicio seguía siendo épico en una sociedad diseñada para el consumo donde el valor de lo humano había cedido paso al valor del dinero.

II

En la calle Titán 7415, Yuriav Montañez está sentado en el porche de su casa. Lo acompaña Susana, su novia. Ella es una chica delgada y de ojos grandes. Tiene una mirada suspicaz y escrutadora. Yuriav es un buen conversador. Nuca deja de pensar lo que dice. Los que no lo conocen no creerían que tras este joven de complexión menuda y mirada llana se esconde uno de los mejores y más complejos bateristas de Cuidad Juárez.

Son las seis de la tarde. A un lado de la casa de Yuriav ladran los perros y él dice que la de Golem es una música inclasificable. Su afirmación no suena presuntuosa. Solo explica que desde un principio la banda se propuso partir de cero, componer sin ningún prejuicio, digamos sin ninguna cuerda que lo atara a la pata de la mesa.

Ese es el origen de Golem, una mezcla de rock inédito que ha asombrado a sus seguidores en medio de una escena local marcada por los covers y la vacuidad del gusto televisivo.

Lo que hace distinto al grupo es su ejercicio anudado a las influencias musicales de sus integrantes y a una necesidad impostergable: la de “romper con nosotros mismos”, me dice Yuriav en horas en que Satélite, su barrio, un barrio obrero al oriente de Juárez duerme la modorra del desierto en semanas previas que explosione el verano.

Antes de conversar con Yuriav me parqueo en un Del Río. Compro cerveza y cigarros. Desde los ventanales de la tienda se observan las rutas que circulan a toda velocidad apiñadas con obreros provenientes de la maquila. Rumbo a Zaragoza transitan los autos de oriente a poniente y viceversa. La calle estuviera más desolada sino fuera por dos malabaristas ganándose unos penis bajo el sol en el crucero. A esas horas, Satélite parece una acuarela de colores intensos traspasada por los rayos del poniente.  Sus calles se asemejan a un mapa erizado de negocios en cuyas paredes son localizables las huellas inconfundibles de la globalización.

Rumbo a la casa de Yuriav hay pocos árboles, pero en su patio hay un moro frondoso. Su sombra parece la de una sombrilla extendida a un lado de un viejo eucalipto. El árbol seco y sin ramas proyecta su propia sombra: la de un cuerpo humano durmiendo de cabeza, mutilado de las piernas.

Abajo y desde ese fresco, Yuriav hablará de su historia.

Descendiente de una familia de músicos virtuosos, las huellas de Montañez en la música habría que buscarlas en la devoción espartana de su madre por Neil Peart, el baterista de Rush, la banda canadiense de rock progresivo que irrumpió a la fama en la mitad de los setentas y consolidó su estrellato con Tom Sawyer, una canción inspirada en el personaje de la novela de Mark Twain, el afamado escritor norteamericano del siglo XVIII.

De su arribo a la música, Yuriav recuerda la tarde en que por vez primera asaltó a una batería, la del Borja, y le desmadró la tarola. En la memoria de su pasión por las percusiones está, además, la imagen de sus primeras baquetas compradas cuando apenas tenía 12 años. Y, claro, en la conversa, no puede faltar  el pad, un cuadro de caucho negro que le regaló su prima Laura para que se ejercitara.

En este punto, Yuriav respira. Aspira aire de iniciados. Por lo regular el Pad es elástico y rebota las baquetas al momento de su contacto, cuenta. Pero con el que se inició era distinto. Era un pedazo de caucho duro sobre lo que nada vibraba sobre su superficie.

No hay duda de que su destreza en la batería proviene de ese ejercicio sistemático y de su oído cultivado desde niño en los parties familiares. Jamás olvidará, dice, la tarde en que escuchó Fire de Jimmy Hendrix, interpretada por la banda de rock integrada en su colonia por (David, Daniel y Juan) su padre y dos de sus tíos, respectivamente.

Apetente insaciable de las brumas, Yuriav ha atravesado los cirros hasta encontrar la luz en el instrumento que más venera: la batería. Después de trabajar muy duro reparando aparatos de aire en los techos de casas vecinas juntó un poco de dinero para comprar su primera pila. Siempre estuvo allí, dice,el apoyo de su padre.

—Era un yonkesote recuerda, pero finalmente tuve lo que más quería.

 

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Fotografía: Lorenzo Ortiz

Este es el Yuriav Montañez. Un compa paciente y cálido, dicen algunos de sus amigos, que cuando ríe pareciera estar iluminando algún punto oscuro del mundo. Esta tarde de mayo habla de Golem. Define a la banda como una abstracción capaz de crear una identidad propia. Se refiere a un concepto de música independiente en donde la ira, la pasión, el duelo, el júbilo subyace como emoción presente y posible en las profundidades de una atmósfera etérea.

Alguien que lo escuche con atención pensará que a la amalgama a la que se refiere el músico será necesario confeccionarle un traje con mucha atención en los detalles. Esos que permitan alcanzar, in crescendo, ese algo indescifrable que abraza la memoria de una ciudad industrial nacida y crecida a lado del imperio.

En sosiego, el timbre de Golem es el del ave fénix. La garganta del animal sacia su sed mientras remonta el vuelo y deja atrás las cenizas de un sitio extremo golpeado por la guerra.

—En algún momento la violencia nos tocó a todos y por eso su huella está presente en el subconsciente de la banda  —dice Yuriav, este músico de 27 años, estudiante de los últimos semestres de la licenciatura en Música, con especialidad en percusiones que ofrece la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

Y como no creerle, si Satélite, su barrio, uno de los más antiguos de la frontera sufrió en carne propia el disparo corrosivo de la violencia del narco, la policía y los militares. En sus calles hubo un sinnúmero de ejecuciones espeluznantes y secuestros sin nombre que mantuvieron en vilo la vida de sus habitantes. Eran los años entre 2008 y 2011 en que la ciudad era descrita por los mass media como uno de los lugares más peligrosos del mundo.

Fue en ese entonces en que Yuriav se convirtió en noticia nacional. Pero no como músico, sino como víctima. En el mes de noviembre de 2008 fue brutalmente golpeado en la cabeza hasta quedar inconsciente. En horas de la madrugada cuatro hombres fuertemente armados y abordo de una motocicleta lo interceptaron en las cercanías de la colonia Los Nogales. Los tipos, sin decir agua va, se ensañaron contra él y balearon a su novia. Finalmente Yuriav fue recogido de la calle e internado en un hospital en calidad de detenido. Una semana después fue dado de alta y liberado sin una disculpa ni una investigación que mediara por parte de la unidad investigadora.

III

En los peores años, el hartazgo de vivir en Juárez operó de manera inversa entre grandes sectores de la sociedad. Obligó a muchos a no huir y a no vencerse. El reto no era para menos. Consistía no sólo en salvar el pellejo sino repensar la construcción de una comunidad distinta que se sobrepusisiera y derrotara sus peores instintos. Esa fue el camino por el que optaron cientos de jóvenes, entre ellos agrupaciones como Golem, que en medio del vendaval y los escenarios más pesimistas no dejaron de tocar en otras bandas mientras continuaban construyendo la propia.

El Freds es un bar legendario entre los amantes del rock de este lado del río Bravo. Fue de los pocos lugares que no cerró sus puertas ante el incendio de las calles. Allí tocó Golem y otros grupos que resistieron la zozobra y la falta de espacios en medio de una escena musical resquebrajada.

Bajo este clima de incertidumbre y regresión económica (más de 80 mil empleos se habían perdido en la gran la ola recesiva de la primera década del nuevo milenio) muchos púberes se juntaron para encontrarle sentido a la vida. Se reunían en algunos bares, casas particulares y armaban toquines de corte clandestino. En esos meses Golem vivía su etapa embrionaria. Quería reconstruir algo que no estaba en la cabeza de nadie ni siquiera en la de ellos.

“Para eso tuvimos muchas platicas. La idea era respetar todo, viniera de donde viniera, incluso, aunque no llegara del rock. No queríamos casarnos con un género. Y fue interesante llegar a los ensayos sin saber qué íbamos a tocar, sin ninguna idea preconcebida”, me dice Isaac Galarza, el bajista de la banda. Con Isaac me encuentro un domingo soleado de junio en su casa de la calle Zacatecas, en la colonia Satélite, esa otra república fronteriza donde se reconfigura el ser juarense como en otros tantos barrios bravos al sur del río Bravo.

Así fue ensamblándose algo que dejó de ser rock progresivo para ser otra cosa, dice Isaac, este músico de 26 años quien como muchos jóvenes juarenses estudia y trabaja en El Paso, Texas, mientras vive de este lado del gabacho.

En esa línea, Yuriav recuerda cómo Omar Rosas, el guitarrista del grupo, empezó a sacar cosas que no tenían nada que ver con lo que hacía antes. Las canciones que empezamos a componer eran medio electrónicas, medio progre, medio jazz, medio rock. Podía parecerse a todo eso, no lo sabíamos, pero de lo que si estábamos seguros era que no nos estábamos casando con nada. Algo distinto nos acicateaba por dentro, dice.

—La locura siempre nos lleva a otra parte —advierte Yuriav mientras abre su segunda cerveza oscura y su novia, apoyada en su hombro, describe a Golem como una banda muy pasional, entreverada en el hard rock, una corriente musical heredera del rock and roll, surgida en Europa y Estados Unidos en los años sesenta y cuyos grupos más representativos fueron Deep Purple, Black Sabbath y Led Zeppelin.

Yuriav tiene razón. La locura siempre llevará a jóvenes y viejos a otros mundos. Para confirmar esta regla asistí una noche de junio a una de sus presentaciones y puse especial atención en la primera melodía compuesta por el grupo y la última con que regularmente cierra sus audiciones.

Golem, se llama.

Es una canción imprescindible en el repertorio de alguien que compone desde el paredón de los desesperados. Representa algo así como el estetoscopio en manos de un médico que descubre con precisión dónde y cómo andan los latidos del enfermo. La melodía simboliza la esencia y expresa con mayor crudeza el estado de animo de sus integrantes. Precedida de una quietud insondable, la canción extrapola notas y abre espacio al espíritu para que contraataque y acuchille la génesis del mundo. Cuando suena Golem, el corazón está en peligro de caerse en pedazos. Toda la luz, todo el dolor, condensados en una canción inspirada hace miles de años. Después de escucharse, regresará el sosiego, pero nada será igual. Los más sensibles alcanzarán a intuir que Golem, una pieza de ocho minutos, es la articulación casi perfecta entre el susurro de una voz deslumbrante y la rabia de una música interpretada con estruendosa finura.

Es el espacio en que cada uno de los cinco crea y vive su propio mundo. En esta canción somos cada uno y todos a la vez. Y desde allí sacamos todo lo que traemos adentro, me dice Clara Gallardo, una chica de ojos luminosos, que llegó al grupo después de que Omar, el guitarrista, la invitara a una de las primeras audiciones.

Bajo la penumbra del Anexo, una bodega de hormigón recientemente acondicionada como centro rockero en el segundo piso de los Tres García, una cantina mítica en el centro de Juárez, Clara parece ser una pieza clave en el tablero de Golem. Su voz, de matices sacrílegos y pinceladas recónditas ha incorporado a la banda una pasión desconocida con la que ha hecho click un público joven que se arremolina alrededor del escenario.

Clara, tiene 24 años y desde los seis supo que nació para el canto. Su padre, quien falleció cuando ella tenía 16, tocó las percusiones en grupos locales.

Egresada de la licenciatura en Comunicación por el Tecnológico de Monterrey, Clara llegó allí por sus buenas notas y una beca que le permitió terminar la carrera. Cuando canta hay algo de esa entereza que se trasmina. Inteligente, sabe medir el calidoscopio de su voz, pero es incapaz de controlar el vaivén de su cabello que acaba agotado en medio un torbellino de vientos que soplan sobre el entablado.

IV

Es junio. Un mes de cielo despejado. El verano apenas empieza a despuntar. La ciudad estrena asadores y en los patios se escucha conversaciones entre amigos con una cerveza en las manos. visito a Clara y a su madre en el departamento que ambas habitan en el noroeste de Juárez. La cantante lleva el cabello suelto, recién lavado. Viste unos jeans y una blusa oscura de tela suave y estampada. En el interior del piso la atmósfera es fresca. Ese día, le sacamos la vuelta a la carne asada. Comemos pescado zarandeado estilo Sinaloa, ensalada verde con uvas, y una guarnición de champiñones fritos con aceite de oliva, ajo y cebolla. Hay en la mesa, además, una ensalada de nopales. El agua de pepino que Clara sirve, me da idea del mundo natural en que ha sido creada

Lucinda, su madre, es una mujer fronteriza. Devota de las hierbas y la vida naturista, esa tarde luce el cabello recogido. Trae un vestido blanco de manta con flores encendidas, parecidas a la de los paisajes del sur mexicano. Su platica es ágil y diversa. Hablamos de todo: de la violencia reciente en Juárez y su huella de terror escenográfico que aún perdura; del futuro desolador que espera a miles de jóvenes que perdieron a sus padres en la guerra del narco; de la voz de Clara y sus raíces familiares; de Nueva York y su glamour cosmopolita; de Oaxaca y sus misterios étnicos; de las y los chihuahuitas que aquí en Juárez algunos caen gordos por hipócritas y mojigatos. En fin…

En casa de Clara recuerdo lo que un grupo de amigos hemos conversado hace algunos meses en un pueblo de Oaxaca: una de las gratitudes de esta frontera consiste en sentarse a la mesa entre extraños sin que sean necesarios la aparición de parlamentos pomposos. Uno llega y el trato parece el mismo que se dispensa entre antiguos camaradas. La franqueza genera un aire de distensión entre huéspedes y anfitriones. La camaradería relaja el aire, y si un mamón asalta la mesa, entonces se le da carrilla, una pócima de ingenio norteño cargada de ironía contra las ínfulas de santos, papas y reyes.

Después de la comida, la charla se prolonga. Mientras Lucinda prepara café, Clara extrae de una maleta de cuero una fotografía tomada junto a sus padres cuando aún era niña. En la foto ella tiene tres años y unos ojos tristes que otean la atmósfera de una recamara en penumbras. Entre la cantante de hoy y la niña de la foto median los años, los amores,los azares, los traslados, las ilusiones. Entonces uno se da cuenta que atrás del semblante firme y hermético de la cantante late un corazón de porcelana.

A Clara le gustan los gatos. Los tres suyos pertenecen a los Manx, una extraña raza de mininos nacidos sin cola o sólo con un muñón, debido a una mutación en su cuerpo. La característica principal en estos animales es su aguda inteligencia. La percepción de la realidad los orilla a definir su propio espacio. Leen con precisión, casi milimétrica, el estado de animo de las personas. Originarios de las islas británicas de Man, de allí su nombre, estos gatos saben cuando estar cerca y cuando ganarle.

Dentro y fuera del escenario, quizá, este sea otro de los dotes en Clara: sabe medir los tiempos. Nos despedimos. Antes de cerrar la puerta de su casa, la cantante escruta la calle. En sus ojos grandes hay una luz profunda, como la de un barco que navega alerta para no perderse entre la bruma de un mar lejano. Afuera, el sol incandescente tortura la tarde sedienta de agua.

V

Roberto Ortega conduce una motocicleta Itálica AT110 por las calles de una colonia de clase media. Yo lo sigo en mi carro por lugares donde hace apenas unos años el temor cortaba la respiración. El trayecto es corto. Roberto es el tecladista de la banda. Vive en un fraccionamiento cerrado. En la entrada hay una caseta de vigilancia, como muchas otras construidas en la ciudad después de que sus habitantes cayeron en la cuenta que el Estado los había abandonado. Nos apeamos para hablar en una plaza desierta. El pasto verde y los arboles de hojas oscuras marcan el adiós de una primavera breve en una ciudad caliente.

—Lo visceral de nuestra música es reflejo de la realidad que vivimos. Golem puede ser la explosión de nuestro hartazgo.

Robert se ha bajado de la moto. Tiene su casco azul a un lado. Me ve y seguramente no se explica el interés de que la entrevista se haga frente a su casa.

–Nuestras voces de desanimo o de rabia vienen de algo muy profundo –dice. A la luz de la historia reciente, las palabras de Ortega tienen sentido. Golem no sería la amalgama musical que es si no fuera producto de su propia memoria.

Apenas abríamos los ojos a la vida y la violencia nos golpeó en la cara. Eran los tiempos del fuego cruzado a plena luz del día. Entonces yo tenía18 años. Es imposible que el subconsciente no atrape ni refleje esas historias, reitera este músico que toca el piano de oído y cuyo ingenio llevó un día a sus compañeros a componer The Rob Legacy, una especie de homenaje a su aporte, después de que el músico se ausentó un largo tiempo de la banda.

Roberto Ortega se define asimismo como un joven sensible. Puede llegar a las lagrimas, dice, frente a cualquier injusticia. Rob ve a los ojos cuando habla. Su mirada parece la de una generación varada en la ficción de los sueños.

Aunque Rob trae el son montuno en la sangre, cuenta que poco a poco se ha ido acercando al rock progresivo. Ahora se declara ferviente seguidor de Keith Emerson, un artesano del piano capaz de violentar las puertas del cielo sin descomponerse tantito el pañuelo de la solapa.

Hay que escuchar a es vato, me recomienda, mientras vuelve a su moto. La echa a andar y se pierde   atrás de una hilera de casas construidas de hormigón y tabique. Después de la entrevista, la mañana recobra su ritmo. En el carro no traigo nada de Emerson, pero suena muy chido Lo mejor de papaito, un son montuno que ilumina con mejor sabor un six pack que me extiende una empleada de manos blancas y alargadas por una de las ventanillas de un Oxxo recién abierto en la Pedro Rosales.

VI

En el tema de la construcción musical de Golem, Omar Rojas, su guitarrista, coincide con Rob y con sus demás compañeros, pero desde un enfoque distinto. Piensa en la decadencia como una herramienta interpretativa y, porqué no, como un punto de partida del arte. Su planteamiento surge de la historia ciclotímica de la ciudad donde vive.

Inspirador de las letras de buena parte de las canciones del grupo y quizá su integrante más conceptual, Omar es un joven de anteojos de aros ovalados desde donde se asoma una ciudad ligada a la fiesta. Para Rojas la prosperidad local tuvo su primer punto de quiebre en 1987, año en que Fernando Baeza Melendez decretó el recorte del horario en la operación de cantinas y bares.

La ordenanza del gobernador de extracción priísta, quien ahora disfruta en Costa Rica una enorme fortuna amasada gracias a la corrupción imperante en su mandato, envió señales contradictorias en una frontera acostumbrada a vivir en medio de un interminable jolgorio. La decisión no logró disminuir el consumo de embriagantes, señala Rojas, ni encarriló a los juarenses a la vida recatada. Al músico no le falta razón. En los años sucesivos no sólo se incrementó exponencialmente la venta de bebidas alcohólicas fuera de horario regulado sino los clanes del narcotráfico configuraron su rostro en la medida que consolidaban sus operaciones a un lado de una frontera porosa.

La tesis de la decadencia carecería de certezas si su reflexión no se hiciera desde el esplendor en que alguna vez se insertó la cotidianidad juarense. Las claves de la prosperidad sin duda hay que buscarlas atrás de los fardos de comercio ilegal que desde tiempos inmemoriales han atravesado atajos y cruzado límites con el beneplácito de las autoridades americanas. Tras aprobada la célebre Prohibición en 1919, era obvio que el trasiego de alcohol hacia Estados Unidos acrecentaría las ganancias de este lado del río y multiplicaría el enriquecimiento de los clanes locales.

En los meses siguientes de aprobada la Ley Seca, como también se denominó a este marco de reglas prohibitorias, Filadelfia, Nueva York y Chicago, entre otras ciudades, se bañaron en sangre. Una década bastó para que los estadounidenses comprobaran que la prohibición sólo había potenciado al crimen e incrementado los niveles de corrupción policiaca en las calles. Presionados por la irritación ciudadana y los escasos resultados, el gobierno estadounidense dio marcha atrás a la medida y la economía en las frontera mexicana entró en un ciclo de agudo retroceso.

Después de anulada la prohibición, la penuria se instaló de este lado del río y su lastre duró casi una década. La salvación de la economía fronteriza llegó entonces de la mano de la decisión del presidente Roosevelt de enviar a Estados Unidos a la guerra. El 7 de diciembre de 1941, de manera sorpresiva, el mundo supo que Japón había decidido atacar a Estados Unidos mediante un primer bombardeo a Pearl Harbor. Nadie se explicaba el ataque, salvo quienes lo habían planeado. Estados Unidos estaba en crisis y sus dirigentes sabían del valor vital que significaba atizar las hostilidades para que su país consolidara el poderío de su industria en el mundo. Vecino dependiente de un monstruo poderoso, Juárez le entró a la cosecha. Ese año, la ciudad mutó su rostro. Los buenos tiempos retornaron con nuevos brillos. Con el arribó de miles de soldados a Fort Bliss a la ciudad le regresó el color a la cara y su calle principal volvió a inundarse de dólares.

Hasta los bares y cabarets locales los americanos arribaron a puñados. Los santuarios del alcohol se llenaban de gente nueva. Todo volvía a ser una chulada. Para los forasteros el sexo era bueno y las drogas eran de calidad y baratas. Juarez, una vez más, se convertía en la big store donde se podía encontrar todo lo que la doble moral negaba atrás del río Bravo.

En los años siguientes, la frontera logró consolidarse como una zona estratégica y una área idónea para la instalación de ambiciosos negocios. El desarrollo se orientó bajo el cobijo del Programa Bracero. El objetivo del modelo consistía en facilitar el traslado de mano de obra barata al otro lado del río, plan que se convertiría en uno de los pilares de la economía norteamericana en tiempos de guerra.

Las sucesivos ciclos de crecimiento económico los marcó la implementación de un variado proyecto de programas federales que incluyó la apertura de la frontera al capital maquilador. Este plan trajo empleo mal pagado y enriqueció a un reducido grupo de juarenses dedicados al rentismo y a la especulación inmobiliaria. Los grupos incipientes del crimen, también hicieron sus planes. Lograron construir un puente alterno por donde el cruce de drogas, personas y toda clase de mercancías ilegales se convertiría en una actividad cada día más invisible entre los cuerpos policiales encargados de guardar el orden.

En este escenario con olor a viejo hemos nacido y crecido, dice Omar Rojas. Sin embargo, la decadencia no es algo que te impida a ser feliz, admite este músico que sin saberlo pudiera estar acuñando algunas frases postreras.

La ruina es también una oportunidad, es algo así como una esperanza, un punto de partida para crear otras cosas y poder cambiar el modelo, apunta este joven músico estudiante de la carrera de Teoría Crítica del Arte en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y de la licenciatura en Comunicación y Medios Digitales en el Tecnológico de Monterrey.

El perfil de Omar Rojas es la de ser un critico irremediable. Cuando habla arrastra las palabras como lo hacen sus dedos cuando rascan la guitarra. Rojas es un joven, además, apacible. Sus padres llegaron del sur. Su ADN migrante quizá lo haya convertido en el tipo que es: una persona capaz de localizar claves que sólo los ojos de afuera pueden desenterrar. Como muchos jóvenes vive alejado de los estereotipos. Le gusta llevar el cabello largo y parece importarle un bledo la indumentaria que viste.

Gracias a su hermano mayor aprendió a tocar la guitarra. El instrumento le conquistó el oído de inmediato. Por dedicarle tanto tiempo, hace algunos años, abandonó las tareas escolares. Entonces las consecuencias no tardaron en llegar, cuenta. Lo corrieron de la prepa del Chami, una escuela pública de educación media famosa en otros tiempos por el férreo control y disciplina sobre sus estudiantes.

Desde muy joven Omar recorrió el centro de la ciudad. De esos tiempos se recuerda entre un grupo de amigos a las puertas de salones de baile sobornando guardias para que lo dejaran entrar a tocar.

Blanco favorito de la maledicencia, el centro y sus alrededores ha sido siempre una zona poblada de fantasmas procedentes de las periferias del insomnio. Sin regateos, sus sombras entregan el cuerpo a los placeres de la gran noche concupiscente. Cuando Omar cumplió quince años la era de los cabaret se había marchado, pero aún así, este joven músico descubrió que la creolina es quizá el único aroma que en este lugar sobrevive a la herrumbre.

VII

En los años en que las balas sonaban en las calles como goterones de una granizada sobre una casa de lámina, los integrantes de Golem no dejaron de conducir por la ciudad a pesar de que camionetas sospechosas y carros de la policía se les aparejaban para intimidarlos. Muchas veces lograron esquivar a sicarios, policías y tránsitos. Escucharon disparos y se encontraron con personas desfallecidas en su camino. No se sabe si fue este paisaje aterrador el que en vez de amedrentarlos los proveyó de suficiente sangre fría para que racionalizaran el esquema de inseguridad en que se debatía la frontera. Lo cierto es que el crimen no les ganó la partida. Sus ganas de vivir le arrebataban a la oscuridad pedazos enteros de un territorio perdido. Con estos mancebos un brillo nuevo se asomaba en Juárez de donde a los viejos el miedo hacía tiempo había echado del mundo.

Obligado a vivir el drama de una ciudad desestructurada, la violencia de esos años no ha impedido a Golem en los últimos tiempos cantarle al amor mediante el filtro de la tortura, la confrontación y la agonía eterna. Juego de dos, una de sus más recientes canciones, quizá sea la ruta más corta para entender la cicatriz abierta que dejan las roturas.

De la nada vengo, dice una de sus canciones surgida de un mapa lastimero. Tras un duelo entre opulencia y miseria, se sospecha la existencia de la vanidad que le corta alas al amor sin saber que la concupiscencia es la madre de todos los engaños. Juego de dos ¿entre quiénes? ¿entre la vida y la muerte? ¿entre la guerra y la paz? en una ciudad absorbida por el deseo.

En la danza de las metáforas, Yuriaf, uno de los compositores, no deja de aludir a un mundo primitivo, inclinado a los silencios, a la traición y la maldita obsequencia.

Sin abordar de fondo la policromía y la textura del contenido musical de la banda, Isaac Galarza dice que Golem es el resultado de de echar a la licuadora todos los sentimientos e influencias de sus integrantes. En este punto asume que la melancolía es un elemento adicional que recorre la vía sanguínea del grupo.

El día de la entrevista, Isaac está sentado en el comedor de su casa, a un lado de la cocina. Viste unos vaqueros y una playera azul desteñida. A sus 26 años, es incapaz de ocultar su rostro de niño. De entrada parece un joven mesurado. Cuando habla sorprende. De manera llana conjuga lo cerebral con lo afectivo. Si alguna vez Eduardo Galeano lo hubiera conocido quizá dijera de él que es un sentipensante. Su inclinación por abrir puertas y encontrarle al mundo otras cavidades lo ha llevado a aficionarse a Magma, una agrupación francesa que ha creado su propio lenguaje para expresar lo que par muchos es inexpresable.

Al escuchar a Magma en el patio de la casa de Pablo Montalvo, un melómano juarense que vive rodeado de cactus que han sobrevivido los últimos glaciales, pienso que para desafío de las paradojas el misterio mayor de Magma no es su sintaxis pagana, en todo caso es su soterrada letanía sobre la que cabalgan todos los desterrados.

En sentido estricto, Magma nació en 1969, pero su rito es atemporal. Fundada por Christian Vander, bajo un estilo inédito de rock denominado Zeuhl, Magma no nació para la carne. Desde su primer disco su mejor platillo sigue cocinándose al vapor en el fogón de los sentidos.

Desde esas espesuras, Isaac Galarza se refiere a la inspiración como algo muy chido, cuando todos están a tono, algo así como conectados, dice.

Reflexiono acerca de lo que Isaac me dice. En ese momento la luz de las paredes adquieren otros tonos, otras texturas. Traduzco: Cuando se encuentran los cinco músicos en el ensayo llega el momento en que las musas acuden para amancebarse con los insurrectos del oído. El arrebato es brevísimo, como el parpadeo de una luz que retrata la mirada entre dos amantes que se poseen. Para los miembros de Golem podría ser la nostalgia que ha arribado de un país tan lejano llamado Oniromancia, para los que escuchamos estas ejecuciones constituyen la certeza de que el arte es una evocación que sobrevivirá a lo cognoscitivo.

De la mano de sus influencias más decisivas, Golem disfruta enormemente la confección de sus canciones. Todos en la banda parecen dispuestos a jugarse el pellejo por su música y sus letras, heróica actitud en un lugar hostil y cavernario.

Todos sus arreglos son originales, salvo La Llorona, una versión sui generis, salpimentada de rock y huapango.

Golem reconoce a por lo menos siete voces de las que ha abrevado: King Crimson, Beach House, Can, Steven Wilson, Mike Patton, Chet Faker. Con excepción de Clara y Rob, los demás han sido bebedores consuetudinarios de rock progresivo. Desde muy temprano sus vidas crecieron vinculadas, algunas más que otras, al hard rock, el heavy metal, al Jazz y al Blues, ritmos con carta de ciudadanía en estas tierras desde que las primeras notas que llegaron procedentes del norte fueron las de Stairway to Heaven, esa conspiración tersa escrita para derrotar la tirantez del silencio.

Rica su vena, Golem no viene sólo de las coincidencias. En esa linea, Clara y Rob, y quizá, también, un poco Omar, llegados de otros aires, aportan a la mezcla un sabor que define su hibridismo.

Decididos a pagar el costo de habitar al margen de la estupidez de un mundo uniforme, finalmente estos músicos parecen dispuestos a seguir construyendo una región de signos y latidos distintos.

Indeclinables, hasta ahora, saben que el corazón no sangraría si no existiera tras la exclusión asfixiante el hálito de una flor que al final del camino embalsamará sus heridas.

Va por ellos.

VIII

Post scriptum

Atrapados por el heroismo de la vida cotidiana, los integrantes de Golem decidieron hace algunos meses darse una tregua para seguir repensándose como músicos. Aunque sus presentaciones en vivo  ya no son tan frecuentes como antes, algunos integrantes de Golem siguen reuniéndose para ensayar y afinar algunas de sus composiciones. Además, músicos como Yuriaf Montañez sigue escribiendo y haciendo arreglos con un músico amigo de la ciudad de Chihuahua, Por su parte, Omar Rosas se ocupa de algunos asuntos culturales en Juárez. Isaac Galarza y Roberto Ortega continúan con su vida de trabajo y estudios en El Paso, Texas, mientras que Clara Gallardo, la cantante, vive las mieles de sus primeros meses de mujer casada.

En septiembre pasado, Golem lanzó su segundo disco, Ciudadela, grabado por Electric Monshine Studios. El disco fue producido y mezclado por Ivan Almanza en Madriguera Studio de la Ciudad de México y masterizado Por Udi Koomran en Tel-Aviv. El lanzamiento incluye cuatro canciones, digamos de largo aliento: Delphos, Juego de dos, Contumaz y Golem. Todas, por supuesto, una chingonada.

 


Las fotografías para este texto fueron tomadas por Enrique Gutiérrez y Lorenzo Ortíz