Con peores salarios, más carga doméstica y tiranizadas por unos estándares de belleza en parte autoimpuestos, las mujeres sufren más estrés y viven la vida con menos calma, señala Belén Barreiro en este artículo bien escrito que ofrece, además, cifras sobre el empleo en Europa de acuerdo al género.

Es innegable que las mujeres hemos ido conquistando espacios crecientes de libertad, que nos permiten, por lo general, elegir la orientación que le queremos dar a nuestra vida profesional, de qué manera preferimos organizar nuestra vida sentimental y sexual o el tipo de hogar en el que queremos vivir. Incluso cuando la gestión de nuestra propia libertad se torna compleja, porque cuesta tomar decisiones, nuestras vidas son infinitamente más libres de lo que fueron las de nuestras abuelas y nuestras madres. Hoy en día, además, al menos en las democracias avanzadas, las mujeres también decidimos a qué partido queremos votar, qué medios de comunicación seguir y qué causas deseamos apoyar.

La vida de la mujer en el siglo XXI, sin embargo, no resulta nada fácil. Cargamos, al menos, con tres servidumbres: las que se derivan de nuestros trabajos, las que se generan en nuestros hogares y las que, por presión social, nos creamos nosotras mismas.

Las servidumbres laborales. Las mujeres tenemos más dificultades que los hombres para encontrar trabajo: salvo en el período de crisis, en el que las tasas de desempleo para los dos sexos se igualaron, el paro siempre ha tenido más rostro de mujer. Ganamos menos que los hombres y, según se observa en el cuadro 1, la educación no elimina las diferencias salariales: una mujer que no ha finalizado la primaria gana 5.500 euros menos al año que un hombre con los mismos estudios, mientras que las licenciadas o doctoras cobran 9.500 euros menos que los hombres con estudios superiores. Tampoco la antigüedad laboral previene la desigualdad salarial: las mujeres con menos de un año en su puesto de trabajo tienen un salario medio anual de algo más de 4.000  euros menos que los hombres en su misma situación. La diferencia entre los que tienen un contrato desde hace 30 años o más es de 5.000 euros, tal y como refleja el cuadro 2.

Las servidumbres del hogar. Las labores domésticas son en mucha mayor medida asumidas por las mujeres que por los hombres: en la convivencia en pareja, ellas son sobre todo las que deciden qué se compra, las que hacen la gran compra, las que cocinan, las que limpian y hacen la colada, las que adquieren la ropa, las que organizan las actividades de ocio y las que llevan las cuentas del hogar. Los hombres sólo asumen tres de las diez tareas por las que se pregunta en Mikroscopia, un estudio de MyWord: ellos se ocupan más de las pequeñas reparaciones, de las gestiones bancarias y de la compra de aparatos tecnológicos, actividades, todas ellas, que no se realizan diariamente. Resulta muy llamativo comprobar que entre las parejas jóvenes, aunque las desigualdades se reducen, son ellas las que asumen en mayor medida más trabajo doméstico y también el más tedioso (cuadro 3).

Las servidumbres con nosotras mismas. Las mujeres invertimos más en nuestro cuidado personal: prestamos más atención a nuestro aspecto, realizamos más hábitos de belleza, le damos más importancia al vestir, estamos más al tanto de la moda y seguimos también más dietas. Cierto es que nada de ello lo hacemos por imperativo legal, pero hay una clara presión social para que la mujer preste más atención a su físico y a su apariencia. De nuevo, entre las nuevas generaciones las diferencias se mitigan pero en absoluto desaparecen: la mujer joven también es más tirana con ella misma de lo que lo es el hombre. Lamentablemente, los esfuerzos en cuidarnos no nos sirven para sentirnos más satisfechas con nuestro físico: de hecho, en satisfacción con nuestra apariencia estamos a unos 5 puntos porcentuales por debajo de los hombres. Tampoco cuidarnos nos hace confiar más en nosotras mismas.

Con peores salarios, las mujeres sufrimos más estrés y vivimos la vida con menos calma. En felicidad, sin embargo, puntuamos igual que los hombres: quizás, porque el contacto con los otros, nuestra mayor sociabilidad, compense las servidumbres a las que estamos sujetas.

Publicado originalmente en: Espacio de información realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”.