Escritas por Pablo Martínez Coronado, editor adjunto de alLímite, estas son una serie de estampas sobre Juan Gabriel, el músico de abajo que con su talento cautivó al mundo. Martinez Coronado, un irremediable fronterizo, usa la memoria y el sentimiento como recursos para esbozar una breve historia sobre este icono de la música popular mexicana.

Sábado 27 de agosto. La noche veraniega quedó a merced de los fuertes vientos. El cielo es un embrollo de nubes y truenos. En Juárez, esta tarde, todo es lluvia. El granizo completa la pertinaz tormenta. Los antipáticos y esotéricos culpan a Miguel Bosé. El cantante español ni siquiera ha pisado la plaza de la mexicanidad. Su concierto anunciado con bombo y platillo como la clausura oficial del Festival Internacional Chihuahua se ha cancelado minutos antes de su arranque. Nadie lo sabe aún, pero el cielo fronterizo llora ya el inminente deceso de su divo. Menos de veinte horas después, la noticia conmociona a la ciudad, al país y al mundo: Juan Gabriel ha muerto.

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No debo tener más de doce o trece años cuando por fin prestó atención a una de las composiciones de Juan Gabriel. El automóvil corre veloz sobre el asfalto fronterizo. Mi madre canta con ganas. No ha parado desde hace media hora. Las melodías se suceden una tras otra, ruidosamente. El sol adormece mi cabeza. En un instante todo cambia. Ella calla. Se hace una pausa larga que pareciera no terminar. Lentamente sube el volumen. Con voz zalamera, dice, esta es mi canción favorita. Suenan los primeros acordes y mi atención, siempre tan dispersa, se enfoca de inmediato. Una voz con tonos filenos arranca de manera contundente: Aunque malgastes el tiempo sin mi cariño, y aunque no quieras este amor que yo te ofrezco…

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La afirmación de que la música de Juanga es regional y encapsulada raya en lo absurdo. A pesar de que Alberto Aguilera compuso con base a sus experiencias personales, la universalidad de sus letras es lo que lo posicionó como uno de los mejores cantautores del país. Ya lo dijo Leon Tolstoi: “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Las obras que cautivan y quedan en la imaginación de la humanidad son aquellas de carácter ecuménico. Juan Gabriel retrata Juárez sin perder lo cosmopolita.

Sólo los genios van más allá de lo aparente y le roban su esencia a la realidad circundante para poder explicar el mundo de manera íntegra. El artista, si es lo suficientemente sensible, traspasa el muro de la banalidad y retrata verdades atemporales. Las postales mas cotidianas explican los secretos del universo; un acercamiento a lo eterno ¿si saben cómo?… Voy por la calle, de la mano, platicando con mi amor, y voy, recordando, cosas serias que me pueden suceder.

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Definitivamente el 2016 no ha sido el año de César Duarte Jáquez, gobernador del estado de Chihuahua. Corruptelas al descubierto, odio generalizado de los chihuahuenses, voto de castigo, entrevistas chapuceras al más puro estilo Elba Esther Gordillo. Parece que su escandaloso enriquecimiento es, al final, a él a quien ha de pasar factura. Y como si hiciera falta en el anuario de sus desgracias personales, llega, sin anunciar, la muerte de Juan Gabriel, amigo personal y ocasional válvula de escape que maquillaba los vicios del gobernador.

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El juarense tiene una manera muy particular de ver al mundo. Aquí operamos bajo la premisa de que todos tenemos el derecho de ser como queramos. No hay fijón. Es como dice Juanga: la gente no se mete en lo que no le importa, todos respetan. Cada quien su vida. Con su música, Juan Gabriel pretendió llevar esta lógica norteña a todo el país. Triunfar en espacios donde Tin-Tan se quedó corto, es algo así como establecer una parte de la idiosincracia fronteriza a nivel nacional. Con base a su constancia y talento, empezó a mover paulatinamente los cimientos del imaginario mexicano. El mundo le dio predilección al talentoso cantautor y dejo atrás las muchas especulaciones sobre la orientación sexual de éste.

La homosexualidad ha sido un constante recordatorio del gigantesco atraso que vivimos en México. Lo irracional de rechazar lo que no se conoce. La condenación y el ostracismo que obliga al diferente a esconderse. El absurdo apego al modelo de la “familia tradicional” ha elevado a la hipocresía como la virtud imprescindible para la convivencia social. Juan Gabriel rompió barreras del conservadurismo nacional con sus movimientos amanerados, voz afeminada y respuestas controvertidas.

Juan gabriel 1

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Desde aquél lejano paseo en automóvil, hace algunos veranos atrás, Juan Gabriel pasó a constituir un papel importante en mi universo musical. Sin embargo, años después, ya entrado en líos amorosos, las letras de Juanga cobraron una nueva dimensión. Intuí los desamores. Me emborraché ante las decepciones. Llegué a preguntar desaforadamente, envalentonado por la inconfundible euforia etílica y desde la cantina más sórdida de nuestra frontera ¿Por qué me haces llorar?

A pesar de ser un apasionado de la música y fanático confeso de Juan Gabriel reconozco sin pena alguna que ignoro la mayoría de su catálogo musical (más de 1,500 composiciones). En todo caso, de todas las canciones que si conozco de Juanga, La diferencia se ha destacado siempre como mi preferida. Al escucharla, recuerdos fugaces se empalman como en un collage apresuradamente terminado. Tengo 16 años y me estoy tomando la primera cerveza junto a mis padres, aunque algo nervioso, los acompaño a coro. Y aunque no quieras pronunciar mi humilde nombre, de cualquier modo yo te seguiré queriendo.

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Con más de cien millones de copias vendidas, Juan Gabriel alcanzó la nada envidiable etiqueta de  “artista latinoamericano mas vendido de todos los tiempos”. Sus humildes orígenes se hicieron cada vez más difusos entre los aviones privados, las mansiones en Miami y los millones que le quedó debiendo a Hacienda. Sin embargo, el cantante michoacano tuvo la prudencia de no romper con su alterego; el jovencito provinciano que no tenía para comer y pasaba días enteros buscando espacio para exponer su talento.

El pueblo nunca le rendirá culto a los poderosos; esa es una máxima y regla fundamental del desclasado. Sin embargo, cuando millones y millones corean las canciones de Juan Gabriel no le están rindiendo pleitesía al cantautor exitoso y acaudalado. El sentimiento mas profundo siempre es para el joven aspirante a artista que no tiene dinero ni nada que dar. Después de todo el dinero no es la vida ¿no les parece? Que caray…

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La simbiosis Juárez-Juanga es indisoluble y tiene sentido. Tanto Juan Gabriel ha marcado a juaritos como la frontera lo marcó a él. Todo en él destiló el ser norteño. La valentía para plantarse tal como es sin importarle el que dirán. Lo desfachatado de su carácter. La capacidad de reírse de sí mismo y hacer burla a costa de sus propias costillas. Destaca en él la pasión iracunda de quien siempre trae los sentimientos a flor de piel. Todos recordamos que meses después de su estrepitosa caída en Houston espetó sin reparos en un concierto en San Luis Potosí “si me caigo me cogen”, que en el modo en que lo dijo pudo sonar a muchas cosas distintas.

Juan Gabriel es profeta en su tierra. El michoacano, adoptado por Ciudad Juárez desde tierna edad, es un referente indiscutible en esta frontera. Depositario de una devoción casi guadalupana, su voz  escuchará siempre en fiestas en reuniones de diversa índole. La algarabía que provoca es digna de un estudio sociológico.Todas las facetas del cantautor son recordadas con emoción; desde el jovencito Adán Luna que interpretaba a Manzanero en el Noa Noa por cinco dólares la noche, hasta el divo consagrado que abarrotó dos veces Bellas Artes e inaugura monumentos y plazas.

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La conciencia política en México ha avanzado de manera acelerada. Esa es la razón por la que el PRI ha tenido que refinar sus medios para mantenerse en el poder. César Duarte lo entendió muy bien y su administración buscó cobijarse bajo el frondoso árbol que representaba la fama de Juan Gabriel. Ahí esta el detalle, diría Cantinflas. Siendo un grande de la canción, el divo de Juárez no necesitaba a los políticos para que le proveyeran de espacios artísticos, contratos o remuneraciones económicas. Juanga no era un “vendido” como se dice comúnmente cuando se le asocia con el priísmo. El era un creyente de las promesas inconclusas de la revolución institucionalizada; tanto así que le dejó una carta al presidente Enrique Peña Nieto donde le aseguró que tanto él como el PRI nunca se irían.

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—¿Juan Gabriel es gay? —el periodista lanza una mirada pícara. Piensa que acaba de acorralar al cantante. Juanga respira tranquilo y responde —¿A usted le interesa mucho?. —Yo solo pregunto balbucea el entrevistador. El divo contraataca y sentencia: —Lo que se ve no se pregunta mijo.

Debelan placa de Juan Gabriel en la calle Juarez Foto Raul Lodoza El Diario 29/03/2015

 

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El cielo es negro azabache, algunas luces lo salpican con su fina estela, asemejándose a decrépitos focos que luchan por destacarse en la profundidad de la noche. El césped se extiende como una infinidad de diminutas púas endurecidas por los gélidos vientos del septiembre juarense. Las ventanas de la casa retumban a causa de la música que choca contra ellas. Adentro, la fiesta esta alcanzando su punto de ebullición. Nada importa, el recuerdo de ella todavía me sacude la cabeza, atrás quedaron las flores que le compré. Ni siquiera me miró al despreciar mi invitación.

La puerta se abre de golpe y el sobresalto me saca del letargo. Mi madre asoma la cabeza y pregunta despreocupada —¿qué te pasa? Le respondo a botepronto —nada en absoluto, sentí calor y salí a tomar aire. A través del portal se filtra una melodía conocida, la voz de Juanga resuena a lo lejos “Que daño puedo hacerte con quererte, si no me quieres tú, yo te comprendo

Apago el cigarro y sigo a mi madre al interior de la casa. El desprecio que sentí aquella gélida noche se evaporó al llegar fondo de la botella de tequila. Por fin lo comprendí. Alguna vez Juan Gabriel sintió lo que yo sentí aquel septiembre. La diferencia entre él y yo sería, en todo caso, el talento para expresarlo.

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Miles de juarenses se aglutinaron en diversos puntos de la ciudad para darle el último adiós a Juan Gabriel. El ánimo general de la frontera decayó está última semana. El divo esta presente en en la radio, la televisión y las conversaciones cotidianas. Juanga esta con nosotros en ausencia. El fervor que despierta es envidiado por los políticos priístas. Un soldado del PRI con la capacidad de encantar a multitudinarias masas pareciera la más poderosa arma enajenante ¿no es así?

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La ambiguedad es por definición un espacio neutral. Emplazamiento para lo retruécano y esquivo, sitio que invita a tomar un paso atrás, agarrar aire y pensar en un contraataque. Sin embargo, en este caso específico la respuesta de Juan Gabriel cuando lo cuestionan sobre su sexualidad tiene que ver mucho más con el sarcasmo que con eludir una pregunta incómoda.

En muchas latitudes del país la ironía norteña no es siempre bien recibida por la sutileza con la que se practica. El nivel de refinamiento es tal que uno puede estar burlándose del otro sin que éste se de cuenta de lo que esta pasando. En este sentido, cuando Juan Gabriel responde: lo que se ve no se pregunta, realmente quiere decir “que le valga madre pinche metiche”.

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Un charco de cerveza derramada sobe la barra refleja la etiqueta roja y blanca de la caguama frente a mí. Son casi las once y el Club 15 luce sólo. El miércoles nunca ha sido un buen día para los bares. Mi padre ordena una última ronda de tequilas para aderezar la conversación que tenemos sobre la superioridad de José Alfredo Jiménez frente a Juan Gabriel, cuyas canciones desde hace una hora suena en la vieja rocola. Un parroquiano escucha nuestro alegato en su paso hacia el baño. Intempestivamente se une al debate con una frase contundente —no mamen compitas, Juanga es chingón y ustedes lo saben, el puto de José Alfredo se la pela quinientas veces. —a ver a ver compa, siéntese  y explíquese con calma. Le dice mi papá en tono amistoso. El nuevo acompañante es un hombre alto, de acento juarense, piel cobriza y ojos penetrantes.

Las “tres o cuatro cervezas” que íbamos a tomarnos derivaron en borrachera épica. Alcohol, cigarros bajo la lluvia, tequila y por supuesto Juan Gabriel. Cuarenta minutos después no había discusión sobre quien era el mejor compositor. Los tres cantábamos a coro, desafinados y ruidosos los éxitos del divo de Juárez. A la hora del cierre, la encargada del local dice que podemos poner una última canción. Me adelanto a mis acompañantes y, tambaleando rumbo a la rocola, trató de aclarar mi mente lo suficiente para seleccionar la última de la noche, la definitiva. —Aquí les va la rola más chingona del Juanga, le grito a mi jefe y al compa.

Casi cuatro minutos después rematamos el final de la canción a todo pulmón… la diferencia entre tú y yo sería corazón, que yo en tu lugar, que yo en tu lugar. Si, si te amaría. —No mame compita, neta que esa rolita si es la mas chingona del Juanga ¿cómo es que le gusta tanto?. Respondo con una sonrisa chusca. –Eso me enseñó mamá, eso y muchas cosas más. La carcajada nos acompaño hasta la salida del bar.

Decenas de personas se dan cita en la Plaza Garibaldi, para despedir con una misa a Juan Gabriel, el 30 de agosto del 2016. Roberto Garcia Ortiz / La Jornada

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La tarde se ve gris, no ha parado de llover en una semana. El cielo de Juárez sigue llorando a cántaros a su máximo divo. El sentimiento desbordado poco a poco se va asentando. Lo cierto es que se fue un grande. El heredero del rancherismo aguadientoso de José Alfredo y la exquisita narrativa de Agustín Lara. En la frontera se le extraña de forma especial, los lugares representativos para la memoria de Juan Gabriel están ahora llenos de afligidos peregrinos que cantan sus canciones como pidiéndole que regrese.

Juan Gabriel lo mismo arreglaba y cantaba rancheras sensibles que baladas hirientes. Se presentaba en palenques terrosos y en el Palacio de Bellas Artes. Era un ídolo de todo a todo. De él solo nos queda su música, el recuerdo de quien desafió los estereotipos del mariachi. Brilló por su voz particular y sus composiciones exitosas escritas para una larga lista de interpretes. De Lucha Villa a Lupita D’Alessio, de Lola Beltrán a Rocío Dúrcal, de Vicente Fernández a Cornelio Reyna.

El único consuelo que nos queda es agradecer el legado incomparable que dejaste. Adiós, hasta siempre Juanga. Creo que todos en Ciudad Juárez, la frontera mas fabulosa y bella del mundo, te vamos a extrañar.