Con los comicios electorales del primero de Julio a la vuelta de la esquina, Rodolfo Ortiz resalta la importancia de respetar la voluntad popular en las urnas. Ante la inminente victoria de Andrés Manuel López Obrador, amplio favorito según la mayoría de las casa encuestadoras de México, Ortiz toma una distancia prudente, y señala que si bien es necesaria la alternancia en la silla presidencial, esta no representará un cambio en la situación del país hasta que sea acompañada por un auténtico movimiento de reestructuración ––que no es lo mismo que regeneración–– nacional.

Intro ad hoc

El 27 de junio del 2018, con la derrota de la Selección Nacional me di cuenta de algo que es muy notorio en nuestro país: amamos la Nación, pero despreciamos al Estado. Con el afán mundialista a flor de piel e impulsados por dos buenas actuaciones que opacaron un par de años de desgracias, ridículos y sinsabores futboleros, los mexicanos nos pusimos la verde por la mañana. ¿Quién no lo haría? Un gol a Alemania, campeona del mundo en el primer partido y luego un par de “pirulos” a los coreanos (benditos sean) nos aseguraban el pase y la Copa; cosa de trámite, de verdad así lo creíamos. Hasta ese día. Ahí chocamos contra la otra cara de la realidad. Un equipo que sabía hacer las cosas bien y que las hizo, vino y le metió dos goles a otro que se cayó a pedazos; el tercero se lo metieron ellos solos, a descuente de Álvarez, que al final lloraba como virgen desolada. Salieron entonces las expresiones que teníamos guardadas en la desesperanza fincada en los resultados de siempre y la cosa se polarizó, pero en especial, creo, comenzó a sumarle al desinterés. Pocos creen que el lunes se le pueda ganar a Brasil. Pues bien, me atrevo a decir que lo mismo ha sucedido con las campañas para la presidencia de la República.

La desesperanza de México

Lo diré como lo siento. Andrés Manuel López Obrador va a ser, y debe ser, el siguiente presidente de la República. Que no se le apueste en las casas que a eso se dedican en Las Vegas a lo contrario. Un número muy importante de mexicanos así lo han decidido y debemos respetar esa elección. No hacerlo provocaría en efecto desatar a un tigre, una pantera o un diablo contra el que no hay defensas. El arroz está cocido, pero no se coció en el fuego apresurado de estas campañas. AMLO tiene doce años haciendo su chamba, perdió la primera vez, le robaron la segunda y ahora ganará esta, no hay más. Lo digo con estas palabras que pudieran sonar lapidarias porque así lo son. Aunque no nos confundamos, la tumba, que hoy parece ser de grava y piedra comunes, es en verdad de finísimo marfil. La prepararon las élites mexicanas, las de las transformaciones a las que el mismo AMLO apela. Pablo Martínez lo decía en su artículo Los Claroscuros de Andrés Manuel, la cuarta transformación a la que invita el candidato es más de lo mismo. La Independencia la ganó Agustín de Iturbide; la Reforma, aunque útil, sólo creó más engorrosos trámites que no aseguran la salvaguarda del alma de los creyentes, obligándolos a una doble tributación; la Revolución nos dejó con una Constitución de 136 artículos y 19 transitorios de los cuales sólo se nos enseña en la educación pública tres, con la idea de que son los únicos anhelos de los que en la bola se metieron al movimiento. ¿Qué nos promete esta cuarta etapa de la mexicanidad? Nada.

No concuerdo con las posturas de derecha y de centro-derecha asociadas a partidos como el PRI y el PAN porque son las que nos han traído a donde estamos. Mucha gente cree que, porque el PRI tuvo durante años el control hegemónico de la federación y no hubo “mayores” sobresaltos durante el siglo XX, debiera repetir por siempre su lugar en la presidencia. Es una idea equívoca que se basa en el imaginario de que el gobierno nos da cosas. Ni siquiera a los que están por debajo de la línea mínima de bienestar, a los más pobres, les regala nada, eso debe quedarnos claro por igual, a aquellos que reciben una despensa, una beca o un apoyo, que a los que piensan que quienes los tienen son unos mantenidos. Así de polarizada está la cosa. Lo cierto es que esas dádivas imaginarias salen del erario nacional y ahí, con nuestras aportaciones le metemos todos: unos en efectivo, otros en descuentos sobre la raya, los demás con su vida. AMLO no va a cambiar eso. La cantidad de programas de asistencialismo en México son casi equiparables en gasto a lo que se le condona a las grandes empresas mexicanas y extranjeras. Yo no he visto a Carlos Salinas Pliego, ni a Carlos Slim, ni a Emilio Azcarraga Jean, propietarios del circo electoral, salir a posicionarse en contra del Peje.

En López Obrador se han fincado esperanzas de un México más abierto, pero no hay que olvidar que uno de los partidos que lo respaldan es Encuentro Social, muestra del poderío actual de las verdaderas derechas en México y el mundo. Uno de los porqués llegó Trump a la presidencia de los Estados Unidos fueron los evangélicos. NO habrá legalización del aborto, ni matrimonios entre parejas del mismo sexo, ni un gran impulso a las agendas reformista-progresistas; pero no es culpa de los partidos, esto recae en el grueso de la población que sigue metiendo discusiones metafísicas en el plano de la política, que antepone la realidad de la sociedad que somos a la que debiéramos ser.

Aquellos que ven en Andrés Manuel una agenda de corte socialista están todavía más perdidos, y los que lo tachan de populista habrán de entender que TODOS los candidatos lo son. El Bronco juega al norteño bravío de los corridos, Meade al priísmo de bases y el clientelismo electoral, Anaya al imaginario millenial de que la tecnología y la preparación académica en el extranjero dan oportunidades iguales para todos. AMLO tiene en efecto una postura mesiánica, enarbolada por un grupo de gente que busca y cree de verdad en un proyecto alterno y, un séquito parasitario que sólo tiene vida dentro de la administración pública. Cuando asuma la presidencia lo hará con mayorías en ambas cámaras y con cierto control sobre los gobiernos estatales y locales. Ahí comenzarán a despedazarse las caras contrarias de la misma moneda que es Morena. Con mucha pena, y entendiendo la historia de los funcionarios mexicanos, el grueso de los buenos elementos se separará de sus cargos por ser incapaces de convivir con la rapacidad de los otros.

Los gobiernos de las potencias europeas y asiáticas y los inversionistas extranjeros sin bandera, esperan. Sus asesores les han dicho que es poco probable una catástrofe económica como la que auguran panistas, príistas y sus seguidores. Su tranquilidad sólo puede significar una cosa, las pejenomics les parecen falacias. El incremento salarial probablemente supere a los que se han tenido en los últimos veinte años, pero eso no subsanará la brecha gigantesca que hay en el país entre ricos y pobres. Además, la élite empresarial mediana, la que cree que se codea con el dinero de verdad, sumados a un grupo muy importante de gente fiel al discurso neoliberal y su agenda de mercado, esa que enseña que el cambio está en uno y que superarse implica tener más cosas guardadas cada vez con más y mejores candados y aseguranzas, se volcará con un discurso crítico, rencoroso y de mayores marcas sociales, agudizando la ya tan frágil tolerancia que existe en el país. Los que ya no se entienden entre ellos, llegarán a odiarse.

Veo en todos los candidatos el mismo discurso conciliador, cuando debería estarse apelando a uno de verdadera ruptura. Nadie habla de redistribución de la riqueza, de freno al entreguismo económico, de revalorización de la vida campesina, de apreciación por el obrero. Estas campañas se han dedicado a decirle a la pobreza mexicana que son el obstáculo por superar, panistas y priístas lo hacen a diario con sus chairos y sus pejebots, tachando de imbécil y arganudo a los que ven en los apoyos que ofrece la campaña de Morena un descanso al cargado yugo del salario mínimo y las horas extras, éstas, sólo posibles en las partes de México en las que el empleo formal existe.

Algo es cierto, a pesar de la poca confianza que tengo en la transformación radical de la que habla el candidato y los que lo apoyan con suma fehaciencia, no hay nadie más en esta campaña al que valga siquiera la pena voltear a ver. Viene un momento de obligada madurez para los mexicanos, las campañas acabaron, la elección está dada. Cuando el primero de diciembre la banda oficial de Presidente de la República esté en el pecho de Andrés Manuel López Obrador, habrá que iniciar el verdadero cambio, desde lo local, desde las particularidades y apelando a la obligación moral de la que se ha hecho deudor alguien que ha querido devolverle la esperanza a un país que no tiene en qué fincarla.