Kau Sirenio Pioquinto escribe esta crónica sobre la graduación de setenta y tres estudiantes de la Escuela Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero. En esta ceremonia faltan cuarenta y tres, los mismos cuarenta y tres estudiantes que desparecieron en Septiembre del 2014 en Iguala, los mismos cuarenta y tres jóvenes cuya tragedia dejó una marca de dolor imborrable en sus familias y una dura lección para nuestro país: México es una democracia en la que el Estado puede desaparecer cuarenta y tres estudiantes, y no pasa nada.

En los pasillos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Aytozinapa, las emociones del gentío se entrecruzan, se confunden. Unos, irradian júbilo; otros, denotan tristeza. El viernes 13 de julio, 73 estudiantes de los 140 que ingresaron a esta escuela en 2014, se graduaron sin saber qué pasó con 43 de sus compañeros.

Ese dolor de casi cuatro años revivió más intenso en los egresados de ese día con el mensaje desgarrador de la canción que se ha convertido en el himno de la lucha por la presentación con vida de los estudiantes desaparecidos por la policía municipal de Iguala en septiembre de 2014.

Trece días antes de cumplirse 46 meses de la desaparición forzada que marcó a una generación de maestros rurales, los sobrevivientes del ataque concluyeron sus estudios para ser maestros en una de las zonas más pobres del país, con una espina clavada porque tres de sus compañeros fueron asesinados, uno más quedó en estado vegetativo y 43 fueron secuestrados y desaparecidos.

Después de ese ataque, otros 20 compañeros desertaron, de uno por uno fueron abandonando su vocación por el magisterio, por el temor de ser asesinados o desaparecidos.

Como un homenaje a esos 47 que no estuvieron entre los egresados, decidieron llamar a la generación saliente «26 de septiembre, 3 semillas, 43 esperanzas».

A un lado del monumento en memoria de Gabriel Echeverría de Jesús y Jorge Alexis Herrera Pino –asesinados por el Estado el 12 de diciembre de 2011–, el trío venido de San Luis Acatlán entona «Ahora soy 43», interpretada con voz entrecortada por Miguel Ángel Carrillo Figueroa: «Todo comienza en un sueño/ por quererse superar./ Madre, ya me voy de casa,/ me voy para la ciudad…».

Los cientos de rostros fusionados en la explanada de Normal, enmudecieron y se transfiguraron en un rictus de pesar, por el nudo en la garganta que provocó que varios dejaran rodar las lágrimas libres por las mejillas, bajo el influjo de la letra dolorosa de esa canción.

Así transcurrió la clausura de una generación que llegó a su semana de prueba a la Normal de Ayotzinapa el 20 de julio de 2014. Semana de bienvenida, en la que el comité estudiantil les habló a los novatos de las represiones que les ha tocado en su estancia. Sin imaginar lo que vendría dos meses después, los de nuevo ingreso gritaron: «Vamos a defender la Normal con nuestra vida»

«Paisa, ustedes leyeron nuestra consigna en la puerta principal de nuestra Normal: que es la Cuna de la conciencia social, así que deben de saber que siempre lucharemos por las mejores causas, porque le debemos al pueblo», soltó un integrante del comité.

 

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La satisfacción de ese día soleado y radiante de graduación no pudo ser compartido por todos por igual. 46 familias no pudieron ver esa sonrisa de sus hijos al momento de graduarse. Por eso optaron por no estar ahí. Si no están sus hijos para abrazarlos con su diploma en las manos era mejor no vivirlo.

Horas antes de la ceremonia, don Celso Gaspar Tecuapa, bajó sigiloso a la cancha de basquetbol, caminó entre las 43 butacas vacías que permanecen allí desde hace casi cuatro años como símbolo de la esperanza. Llegó hasta la butaca de su hijo Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, tomó la foto que descansa en el respaldo y la acarició en su pecho. Se retiró sin decir palabra.

En la explanada de la Normal, los familiares de los muchachos esperaban el inicio de la ceremonia de clausura. La espera no tardó mucho. El maestro de ceremonia anunció el inicio del programa. Vinieron los honores a la bandera y cambio de escolta con el acompañamiento de la banda de guerra Los Halcones de la Normal de Ayotzinapa. Vinieron después la música y la entrega de la documentación a los egresados.

El director de la escuela, Víctor Gerardo Díaz, habló de todo, presumió la alberca, la panadería, la lavandería industrial, pero nunca se refirió a los 43 normalistas desaparecidos ni los tres asesinados, ni a Aldo Gutiérrez Solano y menos a la lucha que libran los padres de familia por encontrar a sus hijos y acceso a la justicia.

En nombre de los padres de los normalistas asesinados y desaparecidos, habló Cuitláhuac Mondragón, tío de Julio César Mondragón Fontes, y cerró su discurso encendido con un gritó potente con la consigna del movimiento: «¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!».

Casi al final de la ceremonia hablaron tres normalistas, dos en tu’un savi (mixteco): «El 26 de septiembre (traducción), fuimos atacados por la policía en Iguala; ahí, 43 compañeros fueron desaparecidos y tres murieron. Han pasado casi cuatros años y no sabemos de ellos, les pedimos que nos ayuden a no olvidarlos».

Para muchos estudiantes indígenas, Ayotzinapa es quizá la única opción para continuar con sus estudios. Aquí encuentran de todo. Aunque unos dicen que les hubiera gustado que desde un principio contar con una licenciatura bilingüe indígena para que de esta forma no tan sólo estudiar la pedagogía, sino también la lectoescritura de su lengua materna.

En español lo hizo Octavio Castillo Carillo, quien dijo: «Estoy alegre y triste, siento un vacío, porque pensábamos que íbamos a salir juntos, pero no se pudo. Trato de ocultar que me siento deprimido, no puedo sacar el dolor que siento por dentro. Pero los vamos a encontrar… tenemos un cúmulo de sentimientos encontrados… si nos miran tristes y mirando al suelo no malinterpreten: el peso nos hace doblarnos. Por suerte, nuestros pies y dignidad están bien firmes».

El toque final fue la Rondalla Romance con el himno a la Normal: «Ayotzinapa, eres la luz de un sol radiante/ nunca hacen falta aves que no duermen/ unas llegan y otras van/ Ayotzinapa siempre tan colorido de belleza y tradición/ Ayotzinapa siempre tan sonriente, pero sabes del dolor».