Casi veinticinco años después de los primeros viajes del Compás, Humberto González, el Sabio, reanuda la travesía de esta columna sobre rock, que dejó huella entre los amantes de ese genero musical en la frontera de los años ochentas, marcados por la caída del muro de Berlín, la aparición del neoliberalismo y lo estrafalario del Glam rock.

¿Cómo te dijera?…

Es como dejarte llevar por el sonido, soltándote y como si aquí no pasase nada. Sientes el sonido como si fuera un collar de perlas que se deslizan dentro de tu oído, una por una a la vez o todas en conjunto. Sientes un escalofrío recorriendo tu columna y si acaso eres primerizo, otras veces sientes como si te bañaras en una cascada de sonido, donde cada nota es como una gota de agua que atraviesa tu cuerpo, como si fuese un cedazo, cuando termina de pasar la última gota la disfrutas pero de repente se suelta un fuerte viento que acarrea muchas cosas, sonidos que alguna vez escuchaste en sueños cuando eras niño. Otros sonidos son nuevos, no estas acostumbrado a ellos. Relájate, suéltate y disfruta. La melodía viene dando saltitos como cuando haces patitas en aguas quietas. Me tallo los ojos y me digo esto lo he escuchado antes y de repente todo esto se venía rodando hacía mí como una rodadora impulsada por el viento. Se detiene y me propongo seguirla hacia donde se dirija. Se esponja como pavo silvestre y sigue su camino, y yo me quedo quieto esperando otras sorpresas que no tardan en aparecer. Me toman de la mano, me pasean por lugares que yo nunca hubiera imaginado que existieran, me mueven a una colina cubierta de flores moradas pero lo más impactante de todo es el perfume. ¿A que huele? huele a juventud combinada con la brisa que llega del oeste y anima la llama que continua iluminando lo que queda de las sombras. Yo me suelto de mi mismo y me dispongo a escuchar con atención cuando en eso llega una ola de viento alucinado que golpea y acaricia, te llama y te ignora, te jala y te suelta cuando todo parece querer hacer sentido.

Escucho que me llaman por un nombre que no recuerdo haberlo llevado alguna vez. Hace que me ponga de rodillas, pero no vencido sino en guardia, como esperando sorpresas. Veo rayos de colores, signos y formas. Algunas me parecen conocidas como las que sonaré para olvidarlas. Viene la calma que me inunda con su pesadez. Viene acompañada de un grito, un grito que yo había escuchado. Esto ya lo había vivido ¿Donde está la conciencia?…luego… ¿la he perdido?. Tal vez si, tal vez no, pero también he comprendido que dejarla volar es divertido como cometa jugueteando con el viento en una tarde ya cayendo de verano, buscando un lugar donde anidar, donde pasar la noche y cantar de nuevo en la mañana… Golem… ¿Pos qué me distes?