Desde que se propaló la “Leyenda negra” sobre Ciudad Juárez, los fronterizos le declaramos la guerra a los estereotipos. No obstante, el hecho de estar a la defensiva durante décadas, provocó que los juarenses, imitando a Pacho Villa, concibiéramos una “Leyenda Blanca”  como cota de malla contra las malas lenguas extranjeras. Con este afán redentor, buscamos justificar atrocidades insólitas, con un torrente de argumentos en su mayoría desafortunados.

Cuando se comienza un escrito, cualquiera que éste sea, con la frase: “El tema de los feminicidios en Juárez ha dañado nuestra imagen como ciudad, por décadas” es síntoma de que nuestra escala de valores, “como ciudad” anda patas pa’ arriba. La violencia, desaparición forzada y homicidios cometidos contra las mujeres fronterizas no es una cuestión de marketing, es una desgarradora realidad que refleja la descomposición del tejido social juarense. El viernes 14 de Julio, el Diario de Juárez publicó un artículo de opinión firmado por Francisco Ortiz Bello titulado Mujeres desaparecidas ¿Realidad que lacera o mito que daña?

Apoyándose en el uso de estadísticas, Ortiz Bello busca matizar el estigma violento de Juárez. El autor pretende redimir la mala fama de nuestra ciudad con el argumento de que las cifras de mujeres desaparecidas aquí, es menor al que acontece en otros países y otras urbes. Si tomamos ésta premisa cómo válida, y nos sumamos a la interpretación de la realidad desde un esquema cuantitativo, podemos caer en el error de creer que la violencia es cosa del pasado. Entonces dejáremos atrás el “caso del campo algodonero”, ocurrido en el 2009, y en donde se encontraron los cuerpos de ocho jovencitas enterradas, para aplaudirle al “Protocolo Alba” que resolvió 349 casos, de los 360 reportes de mujeres desaparecidas en lo que va del año. Ahora sólo nos faltan 11.

Después del dolor de las madres ante la desaparición de sus hijas, de Maricela Escobedo y su digna rabia, de los miles de gritos de impotencia que todavía se escuchan como ecos incómodos en el desierto ¿no será ignominioso preguntar si los feminicidios son un mito desproporcionado?

 

Hay ciertas consideraciones que deberían tomarse en cuenta si nuestra intención es hablar de la mala fama de Juárez, de los feminicidios, o de la relación entre ambos. No podemos seguir auto recetándonos atole con el dedo. Sufrimos los efectos de una profunda desarticulación social. Pagamos el costo de asumirnos como punta de lanza en el modelo de desarrollo maquilador, en donde todos se preguntan cómo hacer más dinero, pero casi nadie reflexiona sobre el cómo se vive mejor.

Los feminicidios, epítome de la barbarie, nos muestran la dolorosa realidad que no queremos ver. Son la síntesis de todo lo que anda mal en Ciudad Juárez. Hemos errado en enclaustrar esos asesinatos a una cuestión exclusiva de género; desde donde los más avispados lavan sus culpas con la pregunta capciosa ¿porqué los asesinatos de las mujeres si tienen repercusión mediática, y los de hombres y niños no se toman en cuenta? ¿Cuántas horas se han perdido en responder esta interrogante estéril?

Todos los asesinatos son infames. Ninguna vida tiene más valor que otra. Sin embargo, “Las muertas de Juárez” se han constituido como un símbolo, una dolorosa lección que la mayoría preferimos no mirar. El calvario que estas jovencitas y sus familias sufrieron, y es casi seguro de que seguirán sufriendo, podría ser el parteaguas desde donde se empiece a enderezar el rumbo. Nunca ha sido así. Hemos preferido negar la realidad bajo falsos esquemas teóricos, nos embrollamos en complicados discursos que empantanan el camino hacia las posibles soluciones.

El problema de las desapariciones de mujeres en Juárez va más allá de las aberrantes violaciones sexuales y los infames cementerios clandestinos. Es un problema estructural. La mayoría de las jovencitas que desaparecen viven en situaciones de pobreza. Su entorno es violento. Es eso lo que las convierte en mujeres vulnerables. Trabajan el turno nocturno en cualquier maquiladora. Caminan distancias insalvables debido al deficiente sistema de transporte público. Deambulan en altas horas de la noche a obscuras porque las líneas del alumbrado público no llegan hasta sus hogares, ubicados en los cinturones de miseria a orillas de la ciudad. Se alimentan a medias con un sueldo que apenas alcanza para sobrevivir. Están expuestas a no saber en quien confiar. Son las primeras víctimas del machismo que no sabe aceptar las negativas de una mujer ¿o vamos a negar que en Ciudad Juárez somos machos?

Francisco Barrio, gobernador chihuahuense en el período 1992-1998, etapa en el que los feminicidios tomaron la categoría de problema endémico, sugirió que las mujeres que se mataban en Juárez eran, en su mayoría, prostitutas, o niñas descuidadas por sus padres. A las clases privilegiadas se nos ha hecho costumbre juzgar a la periferia desde el confort, así como a Barrio se le hizo fácil declarar que el problema de las desapariciones de mujeres se resolvería si éstas dejarán de usar minifaldas.

Porque más allá de que los padres de las mujeres desaparecidas renuncien a su doble turno en la maquila y así tener el tiempo de cuidar a sus “retoños”, o decidan empeñar un riñón para acabalar cualquier casa en un barrio más seguro sin venderle su alma al INFONAVIT, o se decanten por cambiarle las minifaldas a sus hijas por sotanas, el problema seguirá ahí. Los feminicidios nunca han sido una cuestión de moral ni de buenas costumbres. Son una reacción de causa y efecto a la pobreza que reina en las zonas periféricas de la ciudad. Todos los juarenses debemos de tomar nuestra parte de la culpa por estas desapariciones. Decidimos mirar hacia otro lado. Le damos preferencia al despilfarro de los sueldos en las tiendas paseñas. Cerramos los ojos ante la pobreza; siempre tan cruda, descarnada e incómoda para las buenas conciencias que se persignan todos los domingos, o memorizan citas de León Trotsky para gritar en las marchas.

Somos una urbe que avanza hacia el progreso soñado que la maquiladora nos viene debiendo desde hace 40 años. Limpiamos nuestra conciencia cuando donamos dinero a alguna campaña asistencialista, remiendo ineficaz, similar a los los parches de carpeta asfáltica que los gobiernos municipales ponen cada tres años para justificar el presupuesto de obras públicas. Los dos, en todo caso sirven para lo mismo: poco menos que para nada. A nadie se le ocurrió considerar que los cinturones de miseria son una consecuencia inevitable de las ciudades industriales. El lado feo del desarrollo. Los trabajadores de la linea en la maquila son como los olvidados de Buñuel que terminan por pagar los platos rotos que exige el “progreso” de éste pueblo.

A ellas se les ha robado todo, inclusive su derecho a soñar. Bajo esta realidad, las mujeres anhelan alguna salida a su aplastante cotidianidad. Buscan, como nosotros, un rato de esparcimiento en los salones de baile. Sin embargo, son a ellas las que se desaparecen al amparo de la madrugada y bajo la omisión de los responsables de la seguridad municipal. Porque los derechos fundamentales no son privilegios que uno adquiere al nacer. La dignidad, como la supervivencia, en nuestra sociedad burguesa, tiene que ser comprada. Tras ser violadas, descuartizadas y sembradas en cualquier páramo marchito, la sociedad condena su memoria a través de conceptos moralinos y trasnochados. Esque las matan por putas.

Al contrario de lo que piensa el señor Ortiz Bello, los feminicidios no nos dan una mala imagen ante la opinión pública internacional. Se limitan a retratar la depauperada realidad juarense. Porque por mucho que lo neguemos, o queramos esconderlo detrás de campañas publicitarias engañosas, por más que pongamos en un pedestal a los burritos, las margaritas y a Juan Gabriel. Sin importar cuanto queramos maquillarlo, Ciudad Juárez sigue siendo la ciudad de los 15,000 muertos de la guerra contra el narcotráfico. Somos la ciudad de los más de quinientos feminicidios.