Empezaré por una anécdota…

Cuando tenía 10 años aproximadamente, conocí la poesía a través de mi madre; ferviente lectora de León Felipe. Ella tenía la esperanza de inculcarme el gusto por las metáforas, la sensibilidad y la elocuencia con la cual los poetas nos muestran su mundo. Desafortunadamente para mí, la obsesión materna por introducirme en las artes líricas me provocó miedo a intentar construir poesía.

Cinco años mas tarde, escuché por primera vez La poesía es un arma cargada de futuro. Adapatación lírica de Paco Ibañez al poema homónimo de Gabriel Celaya, poeta español de la posguerra y uno de los máximos exponentes de la también llamada poesía social.

Maldigo la poesía concebida como un lujo, cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Escuchar esas palabras, a mi edad, cambió mi manera de ver la poética. No se trataba de escribir bellos versos de estilística refinada; un método sin abolladuras, sostenía. La poesía es una de las armas mas poderosas de las que echamos mano para cuestionar y finalmente transformar nuestra realidad. Celaya lo definiría en palabras concretas:

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Cada vez que encuentro un poeta con tales principios, como aquellos que usan su ingeniosa pluma para desacralizar el mundo que lo rodea, mi recuerdo despierta y me llena de ganas por devorar esas palabras, aquellas bellas al oído, funcionales al cerebro e indispensables para el alma. Carlos Macías es uno de ellos.

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Entre la poesía y la crítica social.

Pocos libros empiezan con una frase tan contundente, tomada del subcomandante Marcos. El texto nos recibe con una sentencia que pareciera desoladora pero pretende ser un rayo de esperanza: El mundo que conocemos ahora será destruido. Con esto surge una pregunta, ¿cómo moldearemos al mundo que nos suplantará? Después de todo, el proceso destructivo es también, al fin y al cabo, un espacio para mejorar.

Escribir con luz nos presenta un mundo descarnado por el exceso de avaricia y la poca contemplación de nuestro entorno. Un espacio decadente, caldo de cultivo para la desigualdad social y la maldad humana.

Parece que el origen de las desgracias tiene un común denominador: la indiferencia. ¿Si no escuchamos el fuego que consume a otros mundos en guerra, seremos capaces de reconocer el nuestro cuando entre en crisis?. Si esto es cierto, ¿no estaremos ya en guerra sin darnos cuenta?. Con referencias metafóricas y partes que deben ser leídas literalmente, Macías describe los crímenes terribles que pasamos por alto. Matanzas desfrenadas, voces acalladas, desesperación interminable.

Escribo en medio de radares, de tanques, de balas que dictan el silencio.

Tendrá remedio este tic tac, revienta tímpanos, este descubrir casquillos en las calles,
tendrá remedio ese tic tac de las ametralladoras.

He caminado el dolor, bajo la luz de los tristes ojos de quien

de quien solo olemos su ausencia.

buscamos,

He visto a cientos de jóvenes romper el silencio con lágrimas, los he visto jugar rudo con la muerte, la misma muerte se ha roto en lágrimas,

Yo escribo desde su silencio.

No es posible retratar el amor si no lo has experimentado, así como no es posible explicar la desolación sin vivir en ella. La realidad circunvalante le da su fuerza a la denuncia. La poesía escrita en una ciudad tan golpeada como la nuestra no puede darse el lujo de evitar describir el deterioro propio. En este caso, el poeta, con pluma en mano, y actitud critica, desanuda los finos hilos de una realidad aplastante.

Primero se comprende y después se transforma, pero hay un tercer proceso intrínseco que se rescata constantemente a través de Escribir con luz: la resistencia. Es inegable que para intentar cambiar, como primer paso se tienen que resistir a las fuerzas conservadoras que lo constriñen. Sin embargo, no se toma en cuenta que la resistencia es también un vehículo transgresor mediante el cual se comienza la construcción de un mundo nuevo.

De nada sirven las cuatro monedas que traigo en el bolsillo. De nada.

Por dentro me está matando este cáncer llamado abandono, lento avanza día con día.

El aire de los árboles eléctricos me desesperanza.

A veces resisto,
reviento dentro de mí al ver a mis padres, negarse al abandono.

Fuera de las notas periodísticas y su amarillismo, de los archivos que matan a los no iniciados de aburrimiento, a las incontables crónicas, blogs, twitters y facebokazos. Cuando un futuro historiador se interese por comprender el panorama juarense de la postguerra contra el narcotráfico, el texto de Macías quedará como una fuente de primera mano para retratar a través de los ojos del poeta, el desparpajo, el cinismo, y la belleza intrínseca de Juárez.