Quince días antes de la visita del Papa Francisco a Ciudad Juárez, el padre Alejandro Solalinde estuvo en la frontera. A diferencia del máximo jerarca de la iglesia católica en el mundo, Solalinde habló fuerte en el desierto. Acusó a Enrique Peña Nieto de doble y simulador en el tema de la migración centroamericana. En una entrevista exclusiva concedida a Pablo Martínez Coronado, uno de los editores de alLímite, el sacerdote de los migrantes, como se le conoce, se refirió a la fe, a la política y a otros temas que afectan a la sociedad mexicana

El padre Alejandro Solalinde sonríe cálidamente. Acomoda sus lentes con un movimiento rápido y pregunta:

—¿Para dónde muchachos?

Las actividades del primer día de encuentro en el Colegio de la Frontera Norte (COLEF) están por concluir. A pesar de haber estado activo durante toda la mañana ninguno de sus ademanes expresa fastidio. Un hálito de buen humor acompaña a cada una de sus respuestas. Nos internamos en una pequeña sala de conferencias improvisada como habitación de entrevistas y buscamos asiento. La charla comienza de inmediato.

El discurso del padre tiene su acento. Desde la fe, el cura entiende al mundo que lo rodea. No acepta matices que reduzcan su manera de pensar. Vive lejos de la retórica, aquella que maquilla y adapta el discurso dependiendo del contexto específico donde éste se ofrece.

“El Espíritu Santo nos va a dar la fortaleza para prevalecer”.

—Yo me atrevo a hablar del Espíritu Santo en espacios académicos porque estamos todos dentro de la historia y estamos dentro del aula de Dios —dice.

Solalinde conversa sin cortapisas. Sus argumentos son claros. Prefiere los conceptos llanos y sin rodeos, aunque las metáforas y referencias bíblicas estarán presentes en la charla. Cuando se le pregunta acerca del Plan Frontera Sur su respuesta es como un dardo que apunta, sin prolegómenos, al centro del poder: “Este Programa de la Frontera Sur significa una nueva exhibición del presidente Enrique Peña Nieto para no cumplir su palabra, es una nueva oportunidad para ver lo insincero, lo doble y lo simulador que es”.

Solalinde es un sacerdote consagrado a la misión con los pobres a través de la experiencia con la realidad. Sus años de trabajo con las comunidades mixtecas le enseñaron que su vida como párroco cómodo debía quedar atrás. Si a San Agustín un fragmento de la Biblia le cambió la vida, a Solalinde fue la práctica con los desterrados quien lo inspiró: los migrantes en los límites sur de nuestro país son su campo de acción.

El 7 de Julio de 2014 arrancó el Plan Frontera Sur con el objetivo de proteger a los migrantes centroamericanos indocumentados que transitan México rumbo a los Estados Unidos, según el anuncio oficial, en un sólo un año el número de deportaciones creció en un 72%.

Un arco de seguridad se extendió sobre los estados de Campeche, Veracruz, Tabasco, Chiapas y Oaxaca cerrándole el paso a los migrantes, que ante la imposibilidad de subirse a La bestia (el tren de carga que tradicionalmente habían usado como medio de transporte) ahora se arriesgan a recorrer a pie un camino inseguro en donde los asaltos, las violaciones, las extorsiones y los secuestros son el pan de cada día.

El padre Solalinde describe al Plan Frontera Sur como una estrategia en contra de la migración y los derechos humanos, una simulación a todas luces. El teatro montado por las autoridades y auspiciado por las grandes cadenas que monopolizan la información en México ha tomado los elementos más cínicos de la comedia griega y los ha incorporado al debate nacional.

El uso y sentido que el “Nuevo PRI” le ha da a los medios de comunicación desde su arribo a la silla presidencial es una de sus más refinadas formas de perpetuación en el poder. El gobierno de Enrique Peña Nieto se ha caracterizado por su fuerte presencia en los noticieros. Hemos llegado a tal grado que empezamos a sufrir de un efecto parecido al de Alicia en el país de las maravillas: no sabemos si apenas vamos o ya nos traen de regreso.

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Las balsas de plástico que navegan el Río Suchiate, frontera natural entre México y Guatemala, marcan el inicio de la travesía de los migrantes centroamericanos hacia los Estados Unidos.

Los migrantes son personas que no le importan al gobierno mexicano porque no pagan impuestos ni son borregos a los que se arrastre a las carteras electorales. No le importan a la Iglesia que exige su habitual limosna dominical para sostener la vida de príncipes que se dan las autoridades eclesiásticas. No importan ante los ojos xenófobos mexicanos que voltean la vista hacia aquel foráneo, siempre que éste sea alto y güero: aquel que nos recuerda nuestra condición de pueblo colonizado.

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A los únicos que parecen importarle los migrantes son a las organizaciones no gubernamentales que han encontrado en la pobreza su mina de oro. Les importan a las bandas delincuenciales que actúan con total impunidad disponiendo de la vida y la dignidad de los centroamericanos. Los migrantes importan si podemos llenarnos la boca de un falso altruismo y pretender que todavía nos queda un ápice de humanidad.

En cada escala del camino los migrantes parecen pagar —con su dinero penosamente ahorrado—, el derecho de piso para transitar un país que los rechaza o en el mejor de los casos los ignora. Las “agencias de viaje” establecidas en los primeros metros de suelo mexicano de este lado del Río Suchiate son la primera escala del desfalco. Cientos de “guías” les aseguran su salvoconducto hasta la frontera norte con un módico precio que ronda entre los quinientos y los dos mil pesos.

Hasta hace unos años el caluroso pueblo de Arriaga, Chiapas, era el lugar donde miles de migrantes se montaban en La bestia, que los llevaba hasta la Ciudad de México donde continuaban “montados” en alguno de los convoyes del ferrocarril central con destino hacia el otro lado de la frontera con Estados Unidos.

La bestia, también llamado “el tren de la muerte” cobra miles de vidas cada año que sucumben ante el riesgo de perseguir, abordar y transbordar trenes en movimiento. El ferrocarril, acento “modernizador” del gobierno porfiriano, arrastra toneladas de mercancías, junto con el grito ahogado de cientos de voces que se apilan sobre sus vagones.

Es inconcebible que un país tan devotamente católico como lo es México se muestre tan indiferente a una de las mayores crisis humanitarias de nuestra historia reciente. Esperamos diez horas bajo el sol calcinante para ver pasar como estrella fugaz al Papa Francisco en su visita a México, buscamos a Jesús en los templos suntuosos y las majestuosas catedrales, usamos paleativos para sosegar nuestra conciencia aportando doscientos pesos para el TELETON en fechas decembrinas, pero siempre nos seguirá importando un carajo las crueldades cometidas en contra de los seres más vulnerables y humildes.

“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres”. Los centroamericanos que huyen de la violencia y la pobreza en sus países son maltratados, humillados y ninguneados a cada milla de un recorrido infernal. Aguantan infinidad de desgracias y albergan en su mirada la promesa de la luz al final del túnel de sus infortunios. Ellos son los nadies de Galeano, los migrantes que no importan de Óscar Martínez.

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Los últimos rayos anaranjados se desvanecen en el poniente para dar paso a una noche juarense particularmente cálida, en medio de un crudo invierno. La puerta de una casa clasemediera se abre de golpe. En la cocina hierve el pozole. El rostro sereno contrasta con la mirada penetrante que se esconde inquieta tras unos anteojos circulares. La frente amplia corona la imagen. El hombre de atuendo blanco levanta la cara y esboza una sonrisa marullera: ¡Te pareces mucho a Iñarritu! exclama a la vez que me extiende la mano. Con un gesto más bien nervioso le regreso el saludo al padre Alejandro Solalinde y le replicó: “ya quisiera yo padre”.

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La luz tenue ilumina su rostro. La pequeña cruz café que cuelga a la altura de su pecho se torna amarillenta bajo el efecto luminoso. Recién bajado del avión, el padre Solalinde se muestra sonriente. Una cena previa al primer encuentro internacional “Migraciones, Migrantes, Muros y Fronteras” se realiza en casa de una de las organizadoras del evento. Un día después iniciarán las actividades en el Colegio de la frontera Norte (COLEF) campus Ciudad Juárez.

No es raro que el padre Solalinde lleve ya unos años bajo los reflectores públicos. Su trabajo a favor de los migrantes le han hecho fama más allá de las fronteras mexicanas. En Centroamérica se le conoce como “el Romero mexicano”, en alusión al arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado por la dictadura de su país en 1980.

Hace nueve años se fundó el albergue “Hermanos en el camino”. Con menos de 30,000 habitantes y ubicado en el sureste del estado de Oaxaca, el poblado de Ixtepec ha sido el hogar de este proyecto gracias a su ubicación estratégica como paso obligado de los miles de migrantes centroamericanos en su aflictivo peregrinar hacia los Estados Unidos. Más de 20,000 personas han encontrado refugio temporal en este pequeño recinto de vocación evangélica.

El camino recorrido tanto por el albergue como por su fundador ha sido siempre cuesta arriba. Las denuncias en contra de los grupos delictivos que lucran con los migrantes y la postura xenófoba mexicana se suman al desprecio del gobierno ante esta emergencia humanitaria. Los centroamericanos transeúntes en México han sido un negocio redondo. Sus vidas están contabilizadas en dólares.

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El cabello entrecano es acicalado constantemente bajo la ávida dirección de sus dedos atezados. Parece más un gesto de hábito que de genuina preocupación por su arreglo personal. Tras una larga pausa el padre Alejandro resume la incongruencia entre el discurso gubernamental y la realidad del Plan Frontera Sur.

Dice:

Él (Enrique Peña Nieto) dijo que este programa se funda para el desarrollo de la frontera sur, pero que también implicaba el respeto y la promoción de los derechos humanos”.

La solución que el gobierno mexicano le dio al problema que representaban las muertes de miles de personas en el lomo de La bestia muestra su falta de humanidad. Una extensa red de seguridad policial ha obligado a los migrantes a buscar nuevas y más peligrosas rutas para sortear la inmensa coladera que México ha impuesto para impedir el paso de los flujos migratorios.

La cuenca de Papaloapan y la sierra sur de Oaxaca se suman a La Arrocera como los trayectos que los migrantes tienen que transitar a pie ahora que El tren de la muerte dejó de ser una opción viable. Estos caminos están dominados por organizaciones delictivas que se frotan las manos ante la inmensa oleada de migrantes expuestos a sus redes de tráfico de personas, secuestros exprés y robos a diversas escalas.

Embarcaciones que recorren rutas desde el Salvador y Guatemala hasta las costas de Huatulco y Puerto Ángel, bordeando la gigante red fronteriza del Plan Frontera Sur, son parte del traslado de los migrantes, que viajan asfixiados como sardinas en cajas de trailers. Esta pudiera ser la síntesis de la iniciativa de apoyo a los migrantes centroamericanos que ofrece el programa policiaco fronterizo mexicano inaugurado en 2014.

La asfixia y claustrofobia son sólo dos de los tantos padecimientos que asechan a los migrantes. El Plan Frontera Sur los ha expuesto como nunca. Los centroamericanos no sólo tienen que eludir a los zetas, polleros y criminales de diversa cepa, sino que, ahora, bajo el amparo de un absurdo programa que pretende, al menos en el discurso, auxiliarlos; policías municipales, autoridades federales y agentes del Instituto nacional de Migración (INM) hinchan sus bolsillos gracias al prolífico negocio producto de este cruce.

Las cuentas del padre Solalinde con respecto al Plan Frontera Sur son claras: “Antes del 7 de julio de 2014 los migrantes tenían entre cinco y diez por ciento de posibilidades de que cometieran delitos contra ellos, pero a partir del 7 de Julio esta cifra aumentó en un 90 por ciento. Nueve de cada diez migrantes se convirtieron en víctimas de abusos. Los que llegan a nuestro albergue son víctimas de delitos.”

El nombramiento de Humberto Mayans Caballero como coordinador para la Atención Integral de Migración en la Frontera Sur parece ser una pieza más del engorroso melodrama que el gobierno mexicano ha montado sobre el problema migrante.

Meses después de su nombramiento, Humberto Mayans fue reconvenido por el gobierno federal. La razón aparente fue el hecho de contactar al padre Solalinde para reunirse y discutir sobre política migratoria. El tono derechohumanista del Plan fue rápidamente remplazado por un una agenda policiaca a cargo de Ardelio Vargas Rosado, comisionado de policía.

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La civilización eurocéntrica opera bajo la premisa de que todo es urgente. Esta quizá sea una de las razones por las que las cadenas de comida rápida son hoy altamente redituables. La era moderna nos ha despojado de nuestra espiritualidad para convertirnos en consumidores y mercancías. La inspiración es enemiga del pragmatismo que rige a Occidente desde hace más de cuatro siglos. La razón y la ciencia son las vedettes del siglo XXI. La contemplación, medio para acercarse a lo eterno, es un lastre en nuestra carrera por alcanzar el confort, sinónimo de felicidad en nuestros tiempos.

A migrant runs to catch a train in Chacamax, Chiapas state, Mexico, on June 21, 2015. Hundreds of Central American migrants arrive in Mexico on their way to the United States. AFP PHOTO / ALFREDO ESTRELLA (Photo credit should read ALFREDO ESTRELLA/AFP/Getty Images)

AFP PHOTO / ALFREDO ESTRELLA (Photo credit should read ALFREDO ESTRELLA/AFP/Getty Images)

Alcanzar lo sublime a través del altruismo más puro basado en la vida de Jesús, es inconcebible en la sociedad de la inmediatez. Muchos llevamos al prójimo en la boca pero nuestra práctica nos contradice. Es por ello que jamás comprenderemos el gozo de aquellos que han decidido entregar su vida a los demás. En el contexto de ese abandono del espíritu, el padre Alejandro Solalinde sostiene: 

“Mi referente definitivamente es Jesús, una persona extraordinaria, un joven increíblemente comprometido. Analizando la época en que vivió, fue sin duda un visionario que nos vino a ofrecer el reino de Dios”.

Con gran serenidad que armoniza sus explicaciones y actos, el cura añade:

“Una persona que no le interesa el dinero porque su amor es la gente no tiene porque estar recibiendo ni esperando nada, una persona que siente la injusticia y reconoce la impunidad no puede estar cambiando la justicia por cosas”.

La tolerancia y la aceptación de las diferencias son conceptos que se confunden. Se enseña a “aguantar” al diferente, pero pocas se tiene la capacidad de establecer un diálogo con ese Otro.

El intercambio de ideas es sustituido por el desinterés, una de las formas mas sutiles de la negación; “te acepto pero no comparto contigo”. Cuando las diferencias llegan a extremos irreconciliables se recurre a la intolerancia como última línea de defensa. En plena edad de la “democracia y el respeto hacia las ideas ajenas” que tanto se presume, los debates entre religiosos y ateos son todavía diálogos de sordos.

Las etiquetas impuestas han sustituido a la complejidad que significa la convivencia de distintas identidades en un mismo cuerpo. En cierto sentido es más sencillo apegarse a discursos excluyentes que justifiquen la falta de acción; que formalizar un compromiso con una causa que clarifique la casi siempre abismal distancia entre lo que se dice y se hace. Mientras se incurra en la terquedad de condenar al que piensa diferente, seguirán las discusiones maratónicas sobre como cambiar al mundo mientras éste se sigue cayendo a pedazos.

Un hombre dedicado a una causa divina, que habita por por encima de las intenciones humanas, mundanas y efímeras. El cura que en su pick up recorre las vías de Ixtepec para regalar comida, agua y aliento a los miles de migrantes montados al lomo de la Bestia. El coordinador de la Pastoral de Movilidad Humana Pacífico Sur del Episcopado Mexicano que habla en foros nacionales e internacionales para prestar su voz a las miles de almas anónimas que sufren el destierro de su patria. El activista social que ha sido calificado de chicharronero, impertinente y ridículo por su constante denuncia. Él que le pidió perdón público a los padres de Ayotzinapa por haber hablado muy temprano. La última línea de defensa en contra de los Zetas para que estos no lucren con el dolor ajeno. Todo esto es el padre Alejandro Solalinde.

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Un esquimal negocia la compra del terreno número 60 ubicada en la Avenida del Ferrocarril Poniente. El padre Alejandro Solalinde usa ropas invernales a pesar del inmenso calor en Ixtepec. Pareciera que en México uno necesita esconderse, ampararse en la clandestinidad para no incomodar a los poderes fácticos que deciden sobre la vida. En efecto, el disfraz del cura pretendía desviar los focos públicos y hacer asequible la compra del predio donde quedará el recordatorio de una mala política gubernamental: un albergue para migrantes indocumentados.

Gabino Guzmán, presidente municipal de Ixtepec encabeza uno de esos días una turba enardecida que se dirige a quemar lo que es para ellos un refugio de maleantes, drogadictos y malvivientes: el albergue Hermanos en el camino. Un extraño llamado a las “buenas conciencias” de aquel pueblo oaxaqueño se ha difundido esa misma mañana para concitar a la toma de justicia por propia mano. Se busca desaparecer de un soplido el corazón de las tinieblas ixtepequeñas. La imagen, inconfundible, recuerda nuestra condición de pueblo mágico. Paradigmático. Una autoridad “democrática” incitando a la anarquía.

Para Solalinde este fenómeno corresponde a la complacencia que México siempre ha mostrado frente a los intereses extranjeros en nuestra nación:

“Yo veo dos proyectos, uno humano y un proyecto de Dios. Yo el proyecto humano lo identifico con el sistema neoliberal capitalista, con todo lo que significan los poderes fácticos del capital financiero pero también de su ala ejecutora que son los gobiernos, en el caso de México: Enrique Peña Nieto. Hay una estrategia de complacencias para el sistema capitalista y tratándose de inmigración va el plan humano a agradar a quien le paga, en este caso Estados Unidos”.

MONTERREY, NUEVO LEÓN, 17DICIEMBRE2014.- El comedor "nuevo corazón" abrió sus puertas para atener a Migrantes que llegan de paso por la ciudad, ofrienciéndoles además de alimentos, ropa y corte de pelo, talleres que les puedan ser útiles para el trabajo como computación, panadería, electricidad, cristianismo, entre otras. Ubicada al norte de la ciudad, el comedor tiene lugar frente a las vías del tren por donde suelen deambular migrantes e indigentes. FOTO: GABRIELA PÉREZ MONTIEL /CUARTOSCURO.COM

FOTO: GABRIELA PÉREZ MONTIEL /CUARTOSCURO.COM

El 11 de enero de 2007 la prensa nacional reportó un secuestro perpetrado por policías estatales contra cuatro menores, tres mujeres y cinco hombres migrantes, quienes serían entregados a un grupo delictivo. La reacción de una numerosa cuadrilla de indocumentados contra la captura de sus coetáneos captó la atención de los medios informativos.

Los migrantes armados con palos y piedras rastrearon la casa de seguridad donde tenían cautivos a sus compañeros. Un padre católico mexicano los acompañaba al lugar donde no encontraron rastro de captores ni capturados. El duro brazo de la ley mexicana, representada por un equipo de policías municipales, cayó con todo su peso contra los justicieros anónimos acusados de cometer uno de los actos más criminalizados en nuestro país: la violencia de los de abajo, el desquite de los desclasados, la revancha de los nadies…

Imágenes de los detenidos en la cárcel municipal compaginaban con otras de un vídeo clandestino de una mujer ixtepequeña que no dejaba lugar a dudas: los policías golpearon brutalmente a los migrantes y los arrestaron sin más autoridad que el de la impunidad en despoblado. Un hombre de baja estatura y calvicie pronunciada, ataviado con vestiduras blancas y una cruz café colgando de su pecho destacaba entre el grupo. Desde ese momento el padre Alejandro Solalinde cobraría interés en el debate diario de los infortunios presentes en México.

Son múltiples las historias sobre las amenazas que los zetas han lanzado en contra del cura. El terror propiciado por la administración calderonista en su “guerra contra el narcotráfico” logró encerrar a la población mexicana. Aquí en Ciudad Juárez hubo meses donde salir después de las nueve de la noche significaba una afrenta contra los grupos delincuenciales que controlaban la plaza y en donde los autoproclamados “valientes” se murieron de miedo; prefirieron padecer claustrofobia a intoxicación por pólvora. Alejandro Solalinde, un padre de setenta años en pleno ojo del huracán, en cambio, enfrentó la desmesura del narcotráfico.

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La democracia, en especial la representativa, y la Iglesia son ejemplos claros de las contradicciones de la jerarquía. La división del trabajo se erige como la génesis de las clases sociales. La malentendida conciencia de clase profundizó esa hendidura. En vez de aglomerar a la sociedad alrededor de un objetivo común se han ahondado las diferencias. Desde la propia parroquia se juzga al mundo. Sin límites, la ignorancia robustecida con las últimas tecnologías de la información, funciona como altoparlante de la intolerancia colectiva. Gracias a esas herramientas diariamente aportamos nuestro granito de arena a la incomprensión de la realidad.

La era de la información nos agobia mostrándonos una suma incontable de datos, análisis y estudios sobre una enorme variedad de asuntos. El libre acceso y difusión de la comunicación encontró su cúspide en estos últimos años. Sin embargo se han negado los utensilios para decodificar las fuentes que construyen imaginariamente al mundo que se conoce. La crítica y reflexión han sido coptadas por una élite intelectual y política. La mayoría de los humanos viven y mueren sin cuestionamientos o reflexiones sobre la propia realidad. Se ha privado del derecho al entendimiento y la búsqueda de la sabiduría.

Solalinde hace un relato sobre la vida de Jesús para rescatar el valor profundo de la democratización del conocimiento. Aclara que no es lo mismo dar a conocer información que compartir claves para el entendimiento. En ese tenor, dice:

“Un día estaba Jesús de cara a sus discípulos, (como que eran “tapaditos” sus discípulos), Jesús les estaba hablando del reino de Dios y ellos no entendían nada. Jesús dio media vuelta entendiendo que su mensaje no era comprendido y les dijo: Yo me voy pero les envío al espíritu santo que les enseñará todo lo que yo les he mandado. La prioridad es la construcción del reino de Dios y la justicia. Pero resulta que esa primera piedra, ese mensaje no lo entendemos y es el Espíritu Santo el que a través del tiempo nos enseñó lo que nos mandó Jesús. A él no lo pueden matar, crucificar, ni poner plazo como a Jesús.

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Yo al espíritu santo le digo mi amigo. Jesús en una ocasión, ya cuando lo andaban traicionando se juntó con sus discípulos y les dijo: con el mismo amor que el padre me ha amado a mi, yo los amo a ustedes. Yo de aquí en adelante no los llamaré ciervos, ni servidores, los voy a llamar amigos, porque el ciervo no sabe lo que hace su señor, el amigo sí. Yo los voy a llamar así porque les he enseñado todo lo que me ha dado mi padre. El espíritu santo nos da el conocimiento. ¡Fijáte que tipazo!”

La horizontalidad de la información es la primera muestra de respeto hacia lo colectivo. Al contrario de lo que pensó la vanguardia que pretendía cambiar al mundo desde el socialismo en los años sesentas, la verticalidad de una clase dirigente vulnera la estructura interna del movimiento y crea un muro infranqueable entre la base social y sus líderes, quienes no comparten los detalles puntuales de sus planes a futuro por ir más allá del entendimiento de la prole. Aquí es donde Marx y Bakunin nunca se entendieron, la ininteligibilidad entre el socialismo científico y el anarquismo.

Afirma Solalinde:

“El Espíritu Santo es quien inspiró al “Che”, es el que inspira a todas las personas que luchan por la igualdad y la justicia. No importa la nacionalidad ni la época, cualquier persona, hombre o mujer estamos alentados por él y lo más importante: el Espíritu Santo nos da su gracia”.

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El 2014, año de la crisis humanitaria de los menores no acompañados, se presentó como una bisagra para observar los obscuros giros de la política migratoria mexicana. Solalinde agrega: “el gobierno de México se ve entre dos autoridades. Una la del Vaticano, una autoridad moral, o la otra que era escuchar a los Estados Unidos. Obama le encargó al gobierno mexicano, junto con sus homólogos centroamericanos buscar una solución”.

Solalinde se rasca la parte de atrás de la cabeza, exhala el aire contenido en los pulmones y con un tono sosegado continúa:

“Creo yo que Peña Nieto firmó desde que entró a la presidencia el Programa Especial de Migración (PEM) que se gestó en el gobierno de Calderón, con 90 organizaciones de la sociedad civil después de intensos debates sobre los derechos humanos, el principio pro-persona, el bien superior de la niñez e integración familiar”.

Al PEM se le dio carácter obligatorio delegando para su supervisión a las secretarias de Gobernación y de la Función Pública. Ante la clara tendencia del gobierno peñanietista por mostrar la mejor cara de México al mundo aunque la realidad nacional denote lo contrario, le hubiera caído como anillo al dedo la llegada de Pietro Parolin, enviado especial del papa Francisco, para mostrar un trabajo que se había iniciado en la administración anterior.

Dice Solalinde que el gobierno mexicano “Pudo haberse parado el cuello con un programa a la medida de la situación de la crisis humanitaria con una respuesta humanitaria. Lo que vino fue este Programa de Frontera Sur con toda su gente, sin embargo se rechazó darle continuidad al primer plan (PEM).”

La incongruencia con las que procedieron las autoridades mexicanas es uno de los síntomas mas claros de la incompetencia burocrática por un lado, y por el otro, significa el profundo desinterés de los funcionarios por los proyectos políticos que dejó el partido de la oposición; “borrón y cuenta nueva”. Una demostración más que prueba la inmadurez de nuestra democracia, donde parece que el único acuerdo tácito entre los partidos políticos tiene un tinte gandalla: nomás se juntan pa’ chingar.

El maniqueismo es un concepto en desuso. La posmodernidad ha enseñado a tomar en cuenta la relatividad de las cosas. Dicta una escala de grises que en teoría no permiten un abierto conflicto entre opuestos. Se caracteriza como arcaica la idea de calificar a algo como totalmente bueno, y al contrario como totalmente malo, sin embargo, el realismo mágico latinoamericano le exenta de percepciones tan racionales.

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En México, paraíso de los surrealistas, donde las desgracias toman proporciones apocalípticas, sus habitantes se acercan a la realidad a través de frases catárticas. La semiótica y el misticismo son elementos imperdibles para explicar un país tan contradictorio. Aquí se vale decir, tal como lo dice Alejandro Solalinde: “entre escuchar a Dios y escuchar al diablo, el gobierno mexicano prefirió escuchar al diablo, y accedió a las demandas estadounidenses”.

A pesar de que los mexicanos que emigran a los Estados Unidos son tratados con la punta del zapato xenófobo, los gobiernos príistas y panistas han actuado en contuberrio con las autoridades americanas para hacer el trabajo sucio de los gringos. México le facilita a “la migra”, el terreno para perseguir latinoamericanos en su territorio sin importar la nacionalidad. Se golpea con el dorso del desprecio a los migrantes, en una alianza con un poder que desprecia por igual a todo lo que huela a maíz, plátano y frijol.

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En Ixtepec existe un gigante entramado que trabaja con los grupos delincuenciales para atraer, secuestrar, robar y desaparecer migrantes. Desde taxistas, dueños de tienditas, hasta actores que se hacen pasar por indocumentados para servir como imán de centroamericanos, todos sirven por igual al negocio delincuencial. Alejandro Solalinde instaló una red informal de contrainteligencia que actúa como contrapeso del abuso de los poderosos. Lo mismo sirve para anticipar retenes migratorios que para levantar denuncias y juntar las voces que pugnan por un trato mas humano hacia los hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que cruzan diariamente la frontera mexicana.

La fiereza del padre para enfrentar a sus detractores es legendaria. Cientos de historias sobre sus conversaciones temerarias con los Zetas y su digna rabia al demandar justicia a las autoridades se esparcen y acrecentan su figura. Oscar Martínez hace un relato de su primer encuentro con el cura:

“Llegamos y Chivela se veía como Ixtepec: oscuro, enmontañado, partido por dos rieles de acero. “¡Ahí están!”, anunció el cura, cuando ya unos ocho policías encañonaban el auto con sus M–16. Un agente nos obligó a bajar del carro y a poner las manos sobre un muro, mientras otros nos iluminaban con sus lámparas sin dejar de apuntarnos. En unos segundos el sacerdote saltó del coche: “¡Cómo que contra la pared! Soy Alejandro Solalinde, y ellos son periodistas”, gritó apartando cañones. La cara del subdelegado cambió, y el “regístrenlos” se convirtió en un “perdón, padre, no lo habíamos visto”.

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Este arrojo ha llevado al albergue Hermanos en el camino, a nueve años de su fundación, a posicionarse como un santuario de refugio para “los desdichados que tienen que marchar a vivir una cultura diferente” como decía León Gieco a finales de los años setentas. En una lucha que parece nunca terminará, un segundo albergue abrió sus puertas el año pasado para los miles de menores no acompañados que realizan la travesía de migrar desde sus pueblos hasta los Estados Unidos.

“Se le puso el nombre del Centro de Protección Internacional de Adolescentes Centroamericanos (CEPEYAC), único centro con estas características en México. Hay albergues del gobierno pero este centro es libre, de puertas abiertas y también de tener que interactuar con los migrantes como están, con los jóvenes como lleguen sin importar su pasado con la violencia o las pandillas”.

El padre Solalinde destaca que a pesar de los obstáculos, la solidaridad es la piedra angular que permitirá el funcionamiento de estos albergues:

“Hay voluntarios y voluntarias, así como está la delincuencia organizada, funcionarios públicos, corporaciones policiacas corruptas. Pero hay también gente que se esta solidarizando, gente muy valiosa, creo que tenemos la oportunidad de lograr un albergue libre, de puertas abiertas pero con la organización y la coordinación. Las instituciones son buenas, es el uso el que esta malogrando sus esfuerzos. Creo que este albergue tiene mucho futuro, apenas tenemos cinco meses de haberlo abierto. Empezamos con veinte jóvenes, de estos al menos a diez ya se les dio papeles o estatus de refugiados”.

El trabajo nunca termina, pero alguien tiene que hacerlo.

“Recuerdo la película La lista de Schindler donde el protagonista creía haberlo dado todo y de repente repara en el anillo de diamantes que carga y le duele. Él reflexiona: esto lo pude haber aprovechado y salvado quizás dos vidas y no lo hice. El gobierno es así, no ocupa todos los recursos para la gente mas pobre; porque es dinero del pueblo, el gobierno no tiene dinero, es administrador de los bienes de la nación”.

A los sesenta y nueve años, con guardaespaldas asignados por el propio estado mexicano debido las constantes amenazas contra su persona y la carga de emprender una lucha a favor de los migrantes, uno se pregunta de dónde saca fuerzas el padre Alejandro Solalinde para afrontar tantos retos.

Con la tranquilidad de saberse un instrumento para propósitos más grandes, el sacerdote de los migrantes afirma recibir su fuerza del mismo ente que le encomendó su misión:

“La gracia sobrenatural existe. Si solo fuera luchar con nuestra capacidad no la haríamos, porque renunciaríamos, o nos vendiéramos. Nos dejaríamos seducir por la tentación porque todos tenemos un talón de Aquiles. El Espíritu Santo nos da su gracia para fortalecer nuestra condición tan débil, tan inestable tan inconsistente, tan traidora. Existen héroes por la gracia del Espíritu Santo. Imaginen a un flaquito que tú le dotes de una coraza inteligente tan fuerte que se pueda defender, pero tan práctica que uno no pierda la movilidad, el Espíritu Santo te da la gracia para que te fortalezcas y no te vendas ni te rajes.”

El día de su arresto en febrero de 2007, Alejandro Solalinde con su desenvoltura habitual enmarcó las constantes contradicciones a las que se enfrenta un hombre en su posición: “No sólo siento rabia, sino encabronamiento profundo. Dan ganas de traer guardias blancas, de irles a romper toda su madre. Pero no los odio, los amo”.

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Dias antes de la primera visita del Papa Francisco a México, a mediados de febrero, Solalinde accedió a esta entrevista. En este clima, millones de mexicanos respiraban una pasión embriagante. El padre Alejanro expone los inconvenientes de la promoción del mesianismo como forma de enajenación social:

“No basta con que se conmuevan ahora que venga el Papa, no basta con que digan ya quiero ser bueno, porque el siguiente día no van a saber cómo. Claro, mucha emoción pero no van a saber cómo, porque nadie les ha enseñado. Es como los adolescentes que no saben que hacer”. Solalinde compara este tipo de exaltaciones con la realidad que viven los jóvenes centroamericanos que han encontrado refugio en su albergue.

—“¿Te gusta esta vida que tienes?

—No,

—¿quieres cambiarla?

—Sí. Pero no saben cómo.”

El problema para Solalinde reside en la educación, en el abandono al proyecto de Dios. Para expresarlo en un lenguaje más laico: el rechazo a un mundo en el que la justicia y la armonía rijan las relaciones humanas.

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“Una de las cosas que más agradezco a Dios es que me bendijera con el don de ver a la gente detrás de su coraza, el don de verme a mi mismo como soy. Tengo la oportunidad de ver a los gobernantes y no sentir respetillo. Respeto a la autoridad sí, pero veo la parte del ser humano y veo también al religioso, al creyente. Ellos no serían quienes son si los hubieran criado realmente en la fe, ellos son víctimas de una mala evangelización, del abandono de la iglesia”.

Para Solalinde México padece una crisis social y política profunda. Ante ello, señala que “a la sociedad abría que decirle que así como están las cosas el gobierno está a gusto. Le conviene una sociedad ignorante y desinformada para poderla manipular, comprar sus votos. Una población amedrentada, con miedo; que puedan manejar a su antojo. Una comunidad que no lee ni se informa, que se abstrae en las telenovelas. También le conviene una feligresía que no asocia su fe con los compromisos sociales”.

En los próximos minutos, el padre Solinde se integrará a una de las ultimas mesas del encuentro sobre migración. Sobre la mesa del pequeño cubículo del Colegio de la Frontera Norte, quedan sus últimas palabras:

“Yo no sé si en el 2018 la gente se va a poner las pilas y en las urnas vayan a votar por los que sean menos corruptos, no sé si vayan a haber candidatos independientes, yo no sé que vaya a ser el pueblo de México, pero tendrán que desplazar a este gobierno infiel y traidor a la Constitución; poner un gobierno que responda a los intereses del pueblo, pero también a los de la población migrante y los derechos humanos por extensión obvia”.