A través de la figura del Viejo Anselmo, Rodolfo Elías nos acerca al Juárez de ayer; a la ciudad construida a partir de las leyendas negras, los mitos fundacionales y el desfile incalculable de gringos “famosos” que fueron atraídos por el encanto místico que encierra esta frontera. Con este texto Elías evidencia que lo real maravilloso y el realismo mágico se funden en la imaginación de los habitantes de ésta urbe, por donde siguen circulando historias tan abundantes como para revitalizar el raquítico cauce del Río Bravo.

Me acerqué a la Funeraria Ríos cuando salía Charly, del grupo Night Twister, quien me saludó con un movimiento vertical de cabeza, mientras caminaba hacia un carro que estaba estacionado junto al cordón. Lo hizo por cortesía, porque él no sabía quién era yo.Eran casi las seis de la tarde cuando entré. Mundo y Bandido, pintores fronterizos, estaban parados junto a la puerta. Había sido Bandido quien me notificó de la muerte del viejo Anselmo. A Mundo hacía años que no lo veía. Intercambiamos saludos, abrazos y las expresiones propias de los reencuentros.

Bandido dijo que no tardaría en llegar Humberto, el Sabio, y me señaló a un hombre parado solo en un rincón, diciendo que era Beto Valtierra, el de los Seventeen. Yo recordé que mi hermano me había dicho que a Beto se le había visto en Los Angeles, California, y se los comenté. Pero, si era él, el hecho que personajes tan variados y distinguidos de la comunidad juarense estuvieran reunidos para despedir al viejo Anselmo, decía mucho de él.

Mundo me indicó que el cuerpo del difunto se encontraba en la planta alta del lugar. Le agradecí y mientras me dirigía hacia arriba le aseguré que en un rato bajaba a convivir con él. Un instante de desazón me previno de subir las escaleras. Mi cuerpo se quedó indeciso entre el impulso de tomar la barandilla con la mano derecha para empezar la ascensión y el recuerdo de Anselmo Galindo, ahí en el Bombín, donde lo encontré por primera vez cuando yo tenía dieciocho años.

Estaba yo solo, sentado en la barra, saboreando una Negra Modelo que me sirvieron bien fría. Me levanté a echarle unas monedas a la rocola. Mi último fracaso, con los Tres Ases sonó, y el hombre que estaba sentado junto a mí en la barra volteó a verme. Me guiñó un ojo en señal de aprobación. Llamó mi atención su tipo de juarense de la vieja guardia y su parecido —coincidentemente— con Héctor González, el de los Tres Ases.

Una larga plática, que duraría varios años, se desprendió de aquél encuentro. Después de elogiar el hecho que a mi edad me gustara esa música, el hombre se puso a contarme que tenía un puesto de “chucherías para turistas”, ahí en la Avenida Juárez. Yo le pregunté si era originario de Ciudad Juárez y él contestó que había nacido en Parral. “Pero me crié en Juaritos, ahí en el Arroyo Colorado”, puntualizó con orgullo.

Después de platicar generalidades por un rato, me contó que él prácticamente había hecho su vida en la Avenida Juárez, ya que desde muy chico empezó ahí boleando y vendiendo cigarros. Después fue taxista por muchos años, transportando gringos y turistas de El Paso. Ese día, en El Bombín, comenzó una aventura que me llevaría a explorar aspectos de Juárez y del alma humana que nunca imaginé.

Al llegar a la planta alta, me sorprendí al ver tanta gente alrededor del féretro que contenía los restos del gran Anselmo. Me paré en un rincón para esperar mi turno de poder acercarme, y seguí con mis reminiscencias. La segunda vez que me encontré con el viejo Anselmo fue en el Club 15, bar al que entraba yo por primera vez llevado por mi curiosidad de conocer nuevos lugares. Eran apenas las doce del medio día. De pronto entró el viejo Anselmo y se dirigió a donde yo estaba, pidiendo una cerveza al sentarse. “Para hacer hambre”, dijo. Dos parroquianos se emocionaron bastante con la entrada de Anselmo y lo colmaron de saludos y abrazos hasta su silla.

El Club 15 era entonces, como sigue siendo ahora, un bar angosto, con espacio apenas suficiente para la barra y algunas mesitas de dos sillas replegadas contra la pared posterior. Atraía a los románticos, en gran parte, por su memorabilia de pósters y souvenirs de la cultura pop americana y Hollywood. Las paredes estaban tapizadas con los rostros de Marilyn Monroe, Marlon Brando, James Dean y las “conejitas” de Playboy. Eso y la película que en ese momento proyectaba Canal 5, donde aparecía Louis Armstrong haciéndole el amor a su trompeta, con esa pasión que sólo él proyectaba.

Fue esa tarde, enmarcada por la peculiaridad del Club 15, donde se sentaron las bases para la amistad que sostendríamos el viejo Anselmo y yo por varios años.

A él le extrañó el hecho que yo estuviera tomando tan temprano. Recién había yo leído No One Here Gets Out Alive, y de alguna forma quería emular las hazañas de Jim Morrison; acaso sólo en la cuestión de las borracheras escandalosas y los actos extremos de insensatez y absurdo. Así que, a mis dieciocho años ya me perfilaba como un alcohólico prematuro. Y cuento esto, porque a esa edad uno es impresionable por naturaleza y donde quiera hay alguien a quien oír; como en éste caso a Anselmo, que tenía mucho que añadir a esa lectura.

En una vida consagrada a deambular por la Avenida Juárez, que era la epítome de la realidad fronteriza, al viejo Anselmo le sobraban historias y anécdotas que yo escuché absorto durante los siguientes cuatro años en los muchos encuentros casuales —y no tan casuales—, casi todos ellos en cantinas y bebederos de la ciudad.

La conversación en el Club 15 transcurrió como si fuera una entrevista. El viejo Anselmo abrió con una sentencia que quizá estaba diseñada para enaltecer su papel de cronista improvisado de la Avenida Juárez:

“Para empezar, te diré que trabajé como taxista por treinta años. Y llegué a conocer muchas de las celebridades internacionales que estuvieron aquí en Juárez, encargándose de diferentes asuntos”.

“¿Cuáles son algunas de las máximas celebridades que ha conocido, o las que más recuerda?”, pregunté yo, ansioso por llegar al meollo del asunto.

Entonces vino la declaración por la que yo le entregaría mi admiración y lealtad al viejo desahogado:

“En el año cuarentainueve comenzaron mis correrías —cabe mencionar que entonces yo no lo sabía—, al conocer a un personaje que se convertiría en una leyenda: Jack Kerouac. No sé si hayas oído hablar de él”.

Jack Kerouac era el ídolo de Morrison quien, sobra decir, para entonces era ya también como un ídolo mío y de una generación entera; rendida ante su vocación de showman extravagante y sensual. Fingí no conmoverme ante su declaración, porque quería ver hasta donde llegaba —o pretendía llegar— Anselmo con su historia, en caso de que sólo fuera tomadura de pelo. Yo personalmente no había leído a Kerouac, y lo que él me platicó ese día tuvo un gran impacto en mí. Sobre todo al comprobar algunos datos de su narración un par de años más tarde.

“Tenía yo veintiún años, y no hacía mucho había empezado a trabajar detrás del volante. Esa vez me tocó llevar un gringo a la estación del Greyhound, ahí por la Santa Fe y Mills…”.

“¿Y cómo consiguió hacerse taxista?”, interrumpí.

“Mi tío tenía un taxi que compró con un dinero que se sacó en la lotería. Y como yo había aprendido inglés en El Paso…”.

“Todo como planeado, ¿verdad?”.

“Claro, tales son los designios de Dios… En fin, después de dejar al cliente en el Greyhound, me fijé en otro gringo que se bajó de un carro que estaba estacionado en el callejón, sonajeando un cambio que traía entre las manos, como si fueran dados. Cuando me vio pasar, me hizo señas que me parara. Me preguntó qué tanto tiempo se hacía a Juárez, ida y vuelta, y cuánto le cobraría por llevarlo. Le di la tarifa y le dije que el tiempo dependía en lo que quisiera hacer en Juárez. Se sonrió y me dijo: ‘You don’t wanna know’. Entonces me dio la mano y añadió: ‘Next time. Because I’m coming back to El Paso. Gimme your number, so I can call ya’ to drive me around’.

“Dijo que estaba esperando a su amigo, que se había ido a tomar una cerveza por ahí. Venían manejando desde Nueva York e iban rumbo a San Francisco. Le di el número y nos despedimos”.

“Entonces, ¿ese era Jack Kerouac?”.

“Así es. Eso fue en mil novecientos cuarenta y nueve”.

“¿Cómo era?”.

“Era moreno, no muy alto, con unos ojos azul acuífero, de triste mirar… Pero aun hay más. Una noche de invierno, por a’i por el cincuentaiuno, recibí una llamada a la estación; ¿quién crees que era…? Kerouac, que me saludaba desde la ciudad de México. Fue, de hecho, cuando supe que era escritor. Me contó que había publicado un libro y que andaba conociendo éste país que tanto tenía para él. Dijo que tal vez en unos días se daba una vuelta por acá y, si no, conforme siguiera publicando, alguna vez tendría que visitar Juárez; y que yo sería su anfitrión. Nomás quedó en proyecto.

“Tú no has leído nada de él, ¿verdad?”.

“No” contesté tímido. “Apenas estoy conociendo a los beatniks, a través de Jim Morrison”.

“Está bien, no te agüites. Estas chavo y ya tendrás mucho tiempo para todo eso”.

Me hizo pensar en la canción Time, de Pink Floyd:

You are young and life is long

And there is time to kill today…

 And then one day you find

Ten years have got behind you

Pude haberle mentido y decirle que ya había leído a Kerouac, Ginsberg y Burroughs, la trinidad beatnik, porque había leído algo acerca de ellos. De hecho, en ese tiempo yo no creía que Anselmo los hubiera leído tampoco. Pero para que mentir, si incluso a Morrison apenas lo estaba yo conociendo musicalmente, por medio de un casete que tenía del disco doble de éxitos. El Sabio me lo había vendido y me dijo que prácticamente esa era la obra máxima de The Doors. “Lo demás es tedioso y monótono, carajo”, sentenció el Sabio con fastidio.

“A propósito de Jim Morrison”, añadió Anselmo, “fue ahí en el ‘Rainbow Fred’s Sandwiches Bar’, no muy lejos de aquí, donde el pelafustán éste estuvo platicando con una de las pirujas del lugar”. Lo dijo con un talante y con un tono tan ipso facto, que no me dio tiempo de sorprenderme o de preguntar más; yo también había leído algo similar en la biografía del cantante.

“¿Qué más le tocó vivir en la Juárez? ¿Qué más gente conoció?”, pregunté ávido por escuchar más leyendas de la Avenida Juárez.

“Hay un músico de jazz bien pesado, el mejor de los jazzistas blancos, pienso yo: se llama Stan Getz. A mí me tocó llevarlo ahí al registro civil, a que se divorciara de una de sus esposas, una tal Beverly. Eso fue en el cincuentaiséis o cincuentaisiete; no me acuerdo exactamente cuándo. Pero fue unos meses antes o después de la muerte de Pedro Infante. Esa es una de mis anécdotas más preciadas. Salió bien contento de allí y quería celebrar. Luego se veía que ese matrimonio le pesaba mucho. Lo anduve paseando un buen rato, nomás que después se aburrió porque quería darse un filerazo de chiva; y como no andaba apercibido, lo tuve que llevar al chuco”.

Identifiqué al tal Stan Getz porque, curiosamente, en esos días mi amigo Pablo Montalvo, el del radio, me había prestado dos discos con pura música del jazzista; unas selecciones donde lo acompañaban con cuerdas, además de la consabida Bossa Nova.

El viejo lobo en verdad me estaba trayendo la crónica de una gran parte de la vida nocturna juarense; al menos lo que comprendía el lado salvaje, como alguien llamó a la Avenida Juárez. Yo, por mi parte, estaba admirando a éste sujeto. Con el sólo hecho de platicar con Anselmo, y por su magia al hablar, yo mismo me sentía parte de la historia de la Avenida Juárez. Para mí él personificaba toda esa historia.

“Pero mi anécdota más triste fue en el sesentaicinco, cuando torcieron a Johnny Cash ahí en el aeropuerto del chuco; por contrabandear píldoras”.

“¿A poco usted también tuvo parte en eso?”, pregunté, ésta vez más que incrédulo.

“Pos no me lo creas”, contestó Anselmo con su acento juarense, que a la vez era enérgico y casual.

“¿Usted andaba con él?”

“No. Pero yo se lo envarillé al Negro, el taxista que lo llevó a conectar las pastillas y luego al aeropuerto. De hecho, el vato a mí se me hizo conocido, pero no fue hasta al otro día que leí en el papiro que era Johnny Cash: The Man in Black. Iba bien abastecido de píldoras, ‘pa’ todo el año’, como dijo José Alfredo. En verdad lo sentí mucho”.

“¿Y cómo era Johnny Cash?”.

“Un pelado grandote, de piel obscura, con una vozarrón de ultratumba. Ni parecía gringo; más bien parecía una mezcla entre irlandés e indio americano. Traía un pantalón y un saco negros, con camisa blanca. Muy amable; como que le intrigábamos mucho los mexicanos. El Negro dice que hasta le pidió su número para la otra vez que volviera; de seguro se le perdió durante el jaleo del torzón”.

“¿Y el mentado Negro? ¿Qué fue de él?”.

“Murió hace cinco años, de cirrosis hepática. Se hizo wino y pos, pago su precio…”.

“Entonces ni a quien preguntarle los detalles, ¿verdad?”.

“Pos yo te dije lo que sé”.

Desde el rincón donde me encontraba pude ver, entre las penumbras, a una anciana acompañada por un hombre de algunos sesenta años de edad. No decían nada. Ecuánimes y callados, observaban a los demás dolientes y acompañantes del difunto. Después supe que eran la única familia del viejo Anselmo: un hijo y una de las ex esposas.

El silencio fue interrumpido por una mujer de no más de cuarenta años, que empezó a llorar desconsoladamente. Un hombre se acercó a consolarla y le frotaba el hombro de una forma paternal, mientras la exhortaba:

“Sí m’ija, desahóguese, pero recuerde que es natural y que pa’ lla vamos todos”.

“¡Mi viejito! ¡Mi viejito!”, clamaba la mujer.

La señora de las penumbras no decía nada. Con una expresión de lástima y desgano meneó la cabeza. Al hijo parecía darle lo mismo, porque sólo miraba, apacible, sin gravedad aparente. El hombre que asistía a la Magdalena fue jalándola poco a poco, hasta que consiguió convencerla de salir afuera, a que le diera un poco el aire.

Cuando por fin me acerqué, lo primero que vi fueron las dos fotos sobre la tapa del sarcófago: en una estaba Anselmo solo, allá por los cuarentas, vestido de pachuco; y en la otra estaba con el Loco Valdés, el día que develaron la estatua de Tin Tan, ahí en el Mercado Juárez. En esa foto también aparecía Wolf Rubinskis.

Al voltear a ver al viejo Anselmo, inmediatamente reconocí el saco azul que tenía puesto; aun antes de fijarme en su rostro. Era el mismo saco que vestía aquella noche en que Charly el Mercader, Bandido y yo estábamos parados allí afuera de la plaza de toros Alberto Balderas. Sin saber a dónde ir, sin dinero y tratando de pensar en alguien que nos patrocinara el resto de la borrachera. Eran alrededor de las once de la noche, y alguien mencionó el nombre de Anselmo de manera casual, cuando apareció, como invocado. Antes que nadie dijera nada, se adelantó a decirnos:

“Sí, les picho unos pistos ahí en el Don Félix; pero con la condición de que no me pregunten de donde vengo, o que andaba haciendo”.

Hoy frente a su ataúd estaba reviviendo ese enigma. ¿De dónde vendría él aquella noche? Esa vez había yo conocido a otro Anselmo Galindo.

Lo seguimos todos al Don Félix, dóciles, y a la luz de los faroles de la calle notamos lo estilizado del saco azul que traía puesto. Le hicimos un cumplido y él pareció no darle mucha importancia.

El Don Félix, bar estilo americano, cuya clientela habitual incluía gringos que entraban ahí de manera natural. Tenía una mesa de billar, para los hombres de acción, y después también le agregaron una pista de baile. La rocola tenía el encanto de tener bastante música en inglés; The Beatles y Sam Cooke, son los primeros que me vienen a la mente. Como botana se servía un caldo de camarón muy reconstituyente, sobre todo para la cruda; de pronto, algún suertudo encontraba un que otro camaroncillo seco extraviado en su vaso.

Al entrar Anselmo saludó a Marcos, uno de los cantineros, con familiaridad y hasta cierto afecto. Cuando Rubén, el otro cantinero, salió del baño, increpó a Anselmo de manera juguetona:

“Ya andas otra vez en tus aguas, viejo zángano”.

“¡Uy, todavía no te pido fiado y ya me estas negando el saludo!”.

Los dos se carcajearon de buena gana. Después de intercambiar albureadas, Anselmo pidió su habitual Jack Daniel’s doble, en las rocas, y les dijo que nos sirvieran a todos. Marcos, como siempre, oía, servía y callaba.

Los dos primeros whiskys los apuró Anselmo de una forma voraz, como si estuviera muy sediento. Antes de inaugurar el tercer trago se quitó el saco, con gran prestancia y clase, y se lo entregó a Marcos para que se lo guardara detrás del mostrador. La imagen de ese acto se me representaba ahora con una intensidad indescriptible; no sólo por el estilo con que lo había hecho, sino por el cuidado que tuvo al quitárselo tan delicadamente y dárselo a Marcos. Ahora lo tenía puesto para siempre y no se lo podría quitar para hacer un despliegue más de clase o para protegerlo del deterioro de la tumba.

Me acerqué más y estuve frente a frente con Anselmo; la primera vez en trece años y también la última. Antes de estudiar su rostro, y ver si era el mismo rostro de rasgos finos y expresión despreocupada que yo conocí, quise recuperar en mi memoria sus expresiones faciales más intensas. No pude evitar volver a aquel día de la ruptura, en que todo cambió para siempre en nuestra amistad.

Esa vez pasé a saludarlo al local que tenía en el pasaje que había entre la Avenida Juárez y la calle Mariscal. Para entonces yo ya había convivido bastante con él, en diferentes libaciones que tuvieron lugar en algunos de los lugares más representativos y sórdidos de Juárez. Y se podía hablar de una verdadera amistad entre él y yo, a pesar de la diferencia de edades. Quién iba a olvidar las comidas en La Sevillana, a donde el viejo Anselmo nos invitaba para convidarnos la paella, que constituía uno de sus platillos predilectos.

Llegué en el justo momento en que José Ángel Mantequilla Nápoles salía del lugar. En sus manos llevaba un cuadro de la pintura clásica de la Avenida Juárez: el Elvis de Las Vegas, con la lagrima rodándole por la mejilla; seguramente al cantar It’s Now or Never. Mantequilla Nápoles volteo a verme y me saludó con simpatía:

“¿Cómo estás, vato?”, dijo con un acento que era una rara mezcla de cubano, chilango y norteño.

Después de confirmar la hora y el lugar para encontrarse con el viejo Anselmo, Nápoles se despidió risueño.

Era la hora de la comida y Anselmo me invitó “a comer”. Encargándole el negocio a su ayudante, con las instrucciones que si no volvía a determinada hora, cerrara y se fuera a su casa. Mi amigo quería tomarse un trago y nos dirigimos a El Sarape, que estaba a unos cuantos pasos de su negocio. Esa vez Anselmo no tenía ganas de caminar mucho, y en cambio le pareció buena idea ver a Rosa, la guapa cantinera del lugar.

Al llegar, nos encontramos con Jerry y el Churras, los zares de los discos en las segundas de la Revolución. Iban de salida, pero no se fueron sin antes tomarse un trago a la salud de Anselmo. En lugar de su acostumbrado sombrero de taco, el Churras ahora traía una gorra azul de mezclilla, a la Curtis Mayfield. Mientras paladeaba su cerveza, platicaba a gritos con Anselmo acerca del Southern Rock. Jerry los escuchaba y sonreía con su cara de niño malvado. Ahí acabé de comprobar el gancho que el viejo Anselmo tenía con la gente, lo que daba sentido a sus historias y su reclamo de dueño de la noche en la Avenida Juárez.

Después que los otros dos se fueron, Anselmo le pidió cambio a Rosa, para ponerle a la rocola, preguntándole de pasada cuál canción quería; a lo que ella contestó: “Ya sabe cual don Anselmo”. Hilos de plata, interpretada por Vicente Fernández, sonó por lo menos tres veces en el lugar.

Para entonces, ya tenía yo tiempo conociendo a Anselmo, y acababa de releer On the Road, de Kerouac. Además, leí el capítulo de su aventura en México en el libro Desolation Angels. En los intervalos de la lectura, muchas ideas y dudas empezaron a inundar mi cabeza. Todo lo que me platicó el viejo Anselmo sonaba tan real, pero también muy parecido a algunos pasajes en los libros de Kerouac. Pensé con malicia: ¿En verdad conocería Anselmo a Kerouac, o sería una invención su encuentro con él? Era como si todo encajara en un libreto. ¿Me contaría mentiras también acerca de sus otras vivencias en la Avenida Juárez? No sé que tanto fuera cierto de lo que me platicó, o si todo fue mentira. Pero lo que me intrigaba más era saber cuál era el propósito de todo eso. Anselmo era una criatura de la Avenida Juárez, porque ésta le dio de comer y lo forjó como individuo de sociedad. ¿Acaso pretendiera erigirse como una especie de patrono de ese espacio que él tanto amaba, porque sabía que un día iba a acabar todo y no quedaría más que el recuerdo? Porque, ahora que pensaba, era mucha casualidad que hubiera sido participe de tantos sucesos significativos de la Juárez. O quién sabe; hay gente que sabe estar en el lugar y a la hora precisos.

Después de unos cuatro o cinco tragos, Anselmo quiso ir El Bombín. Mientras caminábamos rumbo al lugar me señaló el edificio que albergaba al Cosmos Discotheque, en la Avenida Juárez.

“Ahí era el Palacio Chino antes; lugar donde Tin Tan hizo algunas de sus presentaciones. También fue ahí donde lo oí cantar Bonita por primera vez”.

Luego empezó a hablar de la poesía de Antonio Machado y de cómo tenía veinte años cuando leyó Bajo el volcán, libro que, según él, lo había marcado para siempre. Era la primera vez que lo oía hablar de literatura de esa forma.

Llegamos al Bombín y Anselmo pidió un Cuervo blanco con una cerveza Negra Modelo. A la hora ya estaba un poco más que a medios chiles, y empezaba a mezclar inglés con español. Nunca lo había visto así.

Para entonces yo también estaba inquieto y, sin más, ni más lo encaré:

“Usted lee, ¿verdad?”.

Se me quedó mirando un instante y contestó:

“Sí, pero no más que tú”.

Por alguna razón no estaba yo dispuesto a ser paciente, tal vez por los efectos del alcohol.

“Usted me ha contado cómo Bajo el volcán lo marcó para siempre. ¿Qué tal, On the Road?”

“¿Qué quieres decir? ¿What’s the matter?”.

“A la mejor, después de todo, usted vivió sólo en su mente ese encuentro con Kerouac… y quién sabe si todos los demás”.

“¿Qué pensarías si te dijera que yo quise ser escritor?”, preguntó el viejo, con voz lánguida. Los ojos se le humedecieron. “Pero no tuve con qué; I just didn’t have it in me”.

En vez de compadecerme, la escena se me hizo patética. Estaba decepcionado y confundido a la vez. Yo le había platicado a todo el que me oía que yo tenía parte indirecta en la historia de Jack Kerouac en Juárez, por el sólo hecho de conocer a Anselmo; ahora el tinglado se me venía encima. Recuerdo también que ese mismo día me había estado platicando —a manera de corolario, tal vez— de Tom Thumb’s Blues, la canción que Bob Dylan escribió acerca de una supuesta aventura en Juárez, y de la posibilidad de un encuentro con el bardo judío. Nada más que en ésta ocasión, en vez de la Avenida Juárez, el escenario habría sido la calle Mariscal.

Inundado de rabia, saqué un puñado de monedas y billetes de las bolsas delanteras de mi pantalón, y las aventé en la barra, al mismo tiempo que me levantaba para irme. Anselmo se paró y me dijo, casi en tono de súplica:

“Perate carnal, ¿a dónde vas? Vamos a seguir platicando; déjame te explico”.

“¿Explicarme qué? ¿Cuánto fue verdad y cuánto fue puro cuento? Mejor a’i que quede”.

Me salí. Y como todavía no oscurecía, me dio por caminar por la ciudad para procesar mis sensaciones de vejación y despojo. En el viejo Anselmo quería yo al hombre mundano, y no a un delicado lector de libros y tratados. Lo imaginé sentado en la quietud de su hogar con sus antiparras puestas, hojeando libros muy educadamente. Me dieron nauseas.

El escritor y crítico de cine, José de la Colina, contó que una vez, durante una borrachera en la casa de Luís Buñuel, tuvo una discusión ideológica con éste, que se tornó agria, al punto que el cineasta le pidió que abandonara su casa. Ofendido, de la Colina salió a la calle. Cuando iba a dar vuelta a la esquina, Buñuel lo alcanzó para aclarar malos entendidos y lo invitó a tomar otra copa. Pero de la Colina, que en ese momento pensaba en el testimonio de Buñuel como algo adulterado, sólo dijo: “Lo siento don Luís, pero usted me ha decepcionado”, y hasta ahí llegó la velada. Así me sentía yo.

Al día siguiente fui a buscar al Sabio ahí con Armando, el de los discos del pasaje. Quería reclamarle el hecho que nunca me hubiera dicho quien era en verdad el viejo Anselmo. Como no lo encontré, y además casi me había quedado sin dinero el día anterior, me llevé unos discos fiados que nunca escuché; porque ese día, como ya era mi costumbre, me puse perfectamente borracho y los perdí.

Un par de meses después alguien me confirmó que, en efecto, el viejo Anselmo era un hombre muy leído y que hasta había atendido un taller de literatura, hacía algunos años, en el que también estuvo el poeta Jorge Humberto Chávez.

Pasados unos días, pensé muy seriamente la cosa y llegué a la conclusión que no tenía caso guardar rencillas contra un soñador que —quizá— simplemente había reescrito su propia historia; y de pasada la de Juárez. Aunque, es difícil para un joven —también soñador— de veintidós años hallar consuelo después que siente sus ídolos derribados.

Aún así, unos días después fui a hacer las paces con Anselmo. Pero ya no volví a buscarlo como antes y lo perdí de vista; tal vez inconscientemente a propósito.

Volví a contemplar el rostro inexpresivo del viejo Anselmo. Los maquillistas hicieron un buen trabajo. El olor a formol y la palidez eran los únicos recordatorios de la muerte. Parecía que no había envejecido mucho; casi lucía como la última vez que lo vi con vida, allá por el noventaisiete. Esa vez llegué a la cantina El Paraíso cuando Anselmo se estaba despidiendo del Enano Santanón, quien estaba sentado en su acostumbrada mesa, junto a la puerta que daba hacía el privado. No pudo quedarse a tomar una copa conmigo, porque esta vez tenía que ir a cerrar el changarro personalmente. Yo ya traía media daga adentro, y del gusto que me dio verlo se me olvidó pedirle que me presentara a Santanón, al cual nunca tuve el valor de acercarme yo solo. Seguramente a él Anselmo sí lo conoció antes de ser famoso.

Mucha gente vino a despedir al viejo Anselmo; varios del otro lado del Rio Bravo.

Había gente esperando a que me moviera para acercarse a verlo, y de repente me sentí como un intruso. Porque, después de todo, mi amistad con él no había sido incondicional, ya que exigió la gloria de los hombres. Le di un último vistazo, y reparé en su saco azul una vez más; adiós para siempre, a ambos.

Cuando salí de la funeraria, Bandido y Mundo cruzaban la calle, rumbo a la licorería de enfrente. El Sabio todavía no llegaba. Y si llegó, se había ido sin subir a ver a su amigo. Yo me escabullí antes que llegaran más conocidos, porque ya no quería hablar con nadie. En ese momento quería estar a solas con mi recuerdo del viejo Anselmo.

Me fui caminando como si fuera rumbo al centro, pero doblé la primera esquina y caminé una cuadra hacia la calle Vicente Guerrero. Crucé la calle, le hice la parada a un camión y me subí. En otras circunstancias me hubiera ido caminando hasta el centro, pero no ahora. Porque la muerte no se había quedado en la funeraria donde estaba el cuerpo inerte de mi amigo; la muerte y el recuerdo del viejo Anselmo estarán conmigo siempre, mientras yo permanezca en Ciudad Juárez.