Un aclamado músico estadounidense se refugia de la nieve mientras se dirige al Gran Cañón del Colorado, donde pretende investigar a las tribus locales. Irrumpe en una cafetería de Albuquerque, Nuevo México, y lee una revista que lo incita a conocer la sierra Tarahumara. Allí terminará apadrinando a un niño que, con el paso de los años, se convertirá en concertista de talla mundial. De esta manera los editores de la revista Newsweek presentaron este texto en su edición de diciembre de 2017. Por su calidad y acuciosidad periodística, alLímite lo publica con autorización de su autor.

Conmovido, quizá por el matiz melancólico de Los recuerdos de la Alhambra, el público se pone de pie y continúa la ovación para Romeyno, en el auditorio Fox Fine Arts de la Universidad de Texas, en El Paso. Ha escuchado al primer pianista profesional de la milenaria historia rarámuri, cuyos extraordinarios conciertos tienen el poder de transportar tanto a la Granada musulmana de la Edad Media o al Romanticismo musical del siglo XIX, como a las celebraciones tarahumaras en la Sierra Madre Occidental.

Ataviado con un traje de gala: napacha colorida (camisa), isibula (taparrabo), pula (faja) y huaraches, Romeyno hace una reverencia de agradecimiento, al lado de un Stanway & Sons, color negro, de unos 2.7 metros de longitud.

“Matetara-ba” (gracias), dice en rarámuri en el micrófono, mientras la gente sigue aplaudiendo.

La del pianista Romeyno Gutiérrez Luna, de 31 años, es una historia tan especial que bien podría haber sido escrita en un guion cinematográfico. La cuerda que le uniera al piano se venía tejiendo desde antes de que él naciera.

Un día de 1980, el pianista californiano Romayne Wheeler, egresado de la Universidad de Música de Viena, se quedó varado por el mal tiempo cerca del Gran Cañón del Colorado. Había viajado hasta ese lugar como parte de sus investigaciones sobre la cultura, música y danza de las tribus hopis y navajos, antiguos habitantes de la meseta central de Estados Unidos, muchos de los cuales viven en lo que ahora se conoce como Arizona.

En su camino para encontrarse con los hopi, una tormenta de nieve lo orilló a refugiarse en un café de la estación de autobuses en Albuquerque, Nuevo México, donde, en un ejemplar de la revista National Geographic, encontró una historia que lo movió a conocer la sierra Tarahumara y a sus milenarios habitantes. Era un tema sobre los corredores de la tribu, que incluía una serie de majestuosas imágenes, tomadas por el misionero Luis Verplanken.

Durante sus primeras visitas a la sierra, Wheeler conoció a un hombre que tocaba el violín, llamado Juanito Gutiérrez, quien más tarde iba a ser uno de sus primeros amigos, luego su vecino. Años después, Juanito tuvo su primer hijo y le pidió bautizarlo con el nombre de Romeyno, en su honor. Luis Verplanken fue el sacerdote que ofició la ceremonia.

“El padre Verplanken tomó mis primeras fotografías (de su bautizo) al lado del piano de mi padrino (Romayne Wheeler)”, dice Romeyno a Newsweek en Español, en el restaurante del hotel Chulavista de Ciudad Juárez, mientras desayuna unos huevos a la mexicana sin cebolla. Para la entrevista lleva una camiseta tipo polo, unos tenis Nike y un pantalón de mezclilla, parecido a como viste en Chihuahua.

Narra que, en esas fotos, se encontraba un Romeyno de poco más de un año, sostenido de una esquina del piano de cola Steinway & Sons, que tocaba el estadounidense.

Además de padrino, y enredado en los cordones del azar, Romayne Wheeler se iba a convertir en el maestro de piano de Romeyno, instrumento de 88 teclas que llevaría más tarde al tarahumara a un mundo desconocido, moderno y eurocentrista, que existía paralelo al rarámuri, pero a siglos de distancia.

El piano (suave en italiano), inventado en Europa a principios del siglo XVIII, durante los años en que el municipio de Batopilas, Chihuahua, el más cercano a Retosachi, donde naciera Romeyno, fuera fundado por un explorador español —luego de descubrir una rica mina de plata—, ha sido para él una especie de vehículo con el que ha podido fundir su mundo y el de los grandes maestros europeos.

En sus conciertos, el repertorio se divide en dos partes. En la primera toca música tradicional rarámuri, adaptada al piano, y en la segunda, piezas de Mozart, Chopin, Liszt o Schuman.

En su presentación del 4 de noviembre, en El Paso, Texas, incluyó Chumari Awiame (La danza del venado), así como el Nocturno Op. Póstumo, de Chopin, y la Sonata No. 11 (Alla Turca) de Mozart. Los conciertos los cierra con Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega, igual que su padrino, en honor a que fue esta pieza española la que motivó a Wheeler a dedicarse a la música. Por eso su padrino la adaptó al piano.

Romeyno creció entre acantilados, arroyos y montañas en la sierra Tarahumara; ligero, igual que los rarámuri. Apartado de las comodidades y acumulación de cosas del mundo moderno.

Durante su infancia, Romeyno prefería jugar como cualquier niño, en lugar de realizar las tareas familiares, tales como subir al monte para arrear las chivas. Además, al ahora pianista le generaba desasosiego que azotara la tormenta.

“Allá dicen que cuando hay relámpagos no debes correr, ni tampoco al lado de un perro o una chiva, ni pararte debajo de un pino, porque puede caer un rayo”, dice el pianista, quien conserva los consejos y el sincretismo religioso de los rarámuri.

Cuenta que entre los ríos de la sierra se ha escuchado “el bramido del toro”, y que incluso hay personas que lo han visto.

“Es algo como un cuento, pero dicen que sí es verdad, y cuando lo alimentas, dicen que tienes que alimentarlo con queso, con azúcar. Dicen que el ajo lo asusta”, menciona antes del darle un sorbo al café.

Los tarahumaras creen que un espíritu del agua puede “jalar y enfermar” a un bebé, porque es más débil que un adulto. “Por eso cuando pasas por un río grande, donde es algo desconocido, tienes que echarle ajo, para alejarlo, y que no llegue al cuerpo del bebé”, asegura.

En su memoria, Romeyno aún guarda retazos difusos de una tarde, cuando él tendría unos dos o tres años, en que su familia se mudaba a un lugar a donde se había establecido su padrino.

Aquel día, su madre lo cargaba en la espalda mientras cruzaba un río caudaloso para regresar de Batopilas a otro lugar de la sierra.

“Yo sentía cómo me iba mojando yo también cuando estaba en la espalda. Y a mi papá se le hace muy raro. ‘Cómo es que te acuerdas si estabas muy niño’”, dice.

Romeyno, cuya lengua materna es la rarámuri, la cual forma parte de la familia Yuto-Azteca, soltó sus primeras palabras en español como a los cinco años de edad. Fue un día en que su abuela le pidió que hablara con un hombre que se había aproximado a su casa a caballo, con una carga al lado, en el lomo de un burro. Y al ver que el burro pastaba en los sembradíos de su familia, la abuela le dijo a Romeyno, a manera de broma, que fuera a decirle que esa cosecha no era para que comiera el burro.

“Háblale, tú eres el hombre”, le decía su abuela con cierto tono de sorna. Entre risas, el pianista cuenta ahora que tanto él como su abuela se sorprendieron cuando, como pudo, se comunicó en español con el mestizo.

LAS LECCIONES DEL PADRINO

Romeyno tenía unos cuatro años cuando espiaba por horas los ensayos de su padrino, quien, para entonces, había decidido quedarse a residir entre los tarahumaras.

Wheeler notó que el niño tenía un excelente oído musical y comenzó a darle clases. Con su ahijado y alumno, Romayne se comunicaba en el español que había aprendido. Fue así como a la edad de entre cinco y seis años Romeyno empezó a intercalar sus clases de piano con las de la escuela primaria, la que se ubicaba a cuatro horas a pie desde su casa.

La primera ocasión en que tocó el piano para un pequeño público fue un día cuando él tenía unos siete años. Su padrino le pidió que tocara lo que había aprendido a un grupo de políticos que había llegado a su comunidad durante una campaña electoral.

“Mi padrino ya tenía su cabaña, y su piano de concierto ahí. Y siempre tocaba para los visitantes. Pero de paso me pidió a mí que tocara lo que sabía. A mí me daba mucha pena tocarlo, pero mi padrino lo hacía para que yo me fuera acostumbrando”, dice.

No fue sino hasta que tenía 18 años, durante el último año de preparatoria (en Guacochi), cuando decidió que se dedicaría a la música y seguiría los pasos de su padrino.

“A esa edad ya tenía mi propio piano y ya había dado varios conciertos”, dice Romeyno, quien aún conserva el Weinbach de cuarto de cola que su padrino le compró en Guadalajara.

Hasta que llegó a la sierra Romayne Wheeler, los tarahumaras no conocían el piano. Los instrumentos que conocían eran el tambor, la flauta, la guitarra y los violines. Y el sonido limpio del piano ha gustado mucho y se suele asociar a la musicalidad del agua cuando fluye.

“Me dicen que lo toque para que llueva”, menciona el también compositor.

La música de Mozart les resulta familiar a los tarahumaras. “Es muy alegre, se parece a la música nuestra”, dice.

El favorito de Romeyno, cuya música siente como “agua limpia de manantial”, es el virtuoso compositor polaco, y uno de los más representativos de la historia del piano, Frédéric Chopin. El argentino Daniel Barenboim es el pianista vivo que más admira. “Quiero conocerlo”, dice.

Para Romeyno, como para los tarahumaras, la música es una maravillosa expresión para alabar al Creador, al Oronúame (padre y madre), y ciertos instrumentos, por motivos espirituales, se tocan en determinadas épocas del año.

En su libro La vida ante los ojos de un rarámuri, Romayne Wheeler dice que cuando Onorúame creó el mundo, lo hizo cantando y bailando. “El latido de nuestra madre, la Tierra, fue el tambor que lo acompañó. Sentimos su latido cuando descansamos en el seno de la tierra y cuando el yúmari se canta, oímos el pulso de la vida, valor y confianza en nuestro Creador”.

Romeyno dice que ese respeto y carácter sagrado no suele reflejarse en la experiencia de la música en las zonas urbanizadas.

“Muchos músicos piensan que siempre tienen que vivir compitiendo”, menciona.

Esa condición en los músicos y artistas es un reflejo de los valores de las sociedades citadinas (occidentales), donde la gente vive “más para ella misma”, menciona.

CHOQUE DE MUNDOS

En diez años de concertista, Romeyno ha tenido la oportunidad de conocer las “ventajas de la modernidad”. Ha volado en aviones y conocido las ciudades que nunca hubiera imaginado. Ha sido escuchado y ovacionado, incluso de pie, por públicos de diversos idiomas del mundo. Ha tocado en Alemania, Austria, España, Holanda, Italia, Suiza y Reino Unido, así como en diversas entidades de Estados Unidos y México.

Su mayor satisfacción ha sido “el amor del público y llevar paz y alegría a través de la música”. Pero, a cambio, ha tenido que distanciarse de la vida sencilla de los tarahumaras y acostumbrarse al estilo que le ha impuesto la ciudad. Ese proceso no ha sido fácil.

En una ocasión, cuando tenía 25 años, las ligas de su alma se estiraron tanto que estuvo a punto de vender el piano, olvidarse de la música y regresar a vivir entre los barrancos.

Así que, pese a su extraordinaria carrera como pianista, Romeyno no ha podido responderse si haber salido de la sierra para abrirse camino en la música fue bueno o malo en su vida.

“Yo me pregunto si estuvo bien salir a la ciudad o estaría mejor si nunca hubiera salido. Porque si no hubiera venido a la ciudad hubiera estado feliz allá”, dice.

Aunque reconoce que en las ciudades hay más comodidades, que la costumbre transforma en necesidades, le ha costado trabajo adaptarse a un ritmo donde las personas viven bajo constante presión, subordinando sus relaciones sociales al sistema de mercado; en medio de un ambiente de consumo que valora más los resultados superfluos, obtenidos por el trabajo y la competencia, en lugar de valorar la vida en comunidad. Entre los tarahumaras, la economía tradicional es por medio del trueque, no de dinero en efectivo.

“Es una locura que un simple papelito tenga un precio”, dice con su voz pausada, antes de soltar una risa entrecortada. El comercio “chabochi” entre los tarahumaras, legal e ilegal, donde se incluye la industria del narcotráfico, les presiona constantemente.

“Hemos sido muy ambiciosos y si no tenemos dinero no somos felices”, menciona el artista, aludiendo al mundo moderno.

A Romeyno le llama la atención el sistema de creencias de las ciudades, donde las personas dicen tener tantas necesidades que venden hasta el agua y la tierra, que son elementos sagrados para los tarahumaras.

“Ellos (tarahumaras) creen que a lo mejor yo vivo mejor acá, pero realmente es más presión. Siempre tienes que andar viendo el reloj. Allá se vive sin tener que pagar una renta, sin tener que ir a comprar tortillas al Oxxo, gas y cosas así”, dice.

Un día de 2011, Romeyno cayó en cama, con una profunda depresión. Llevaba cinco años de residir en Chihuahua, luego de haber estudiado música en Morelia, Michoacán.

“Me pesó al grado de que quería vender mi piano y ya no quería saber nada de música”, dice.

Mientras atendía las clases en el Conservatorio, Romeyno sentía que, pese a sus años de estudio, no avanzaba en el piano. Durante esa crisis personal, su autoestima se desplomó.

“Lo que quería era cambiarme de escuela (a Bellas Artes), pero cuando entré fue lo mismo. Los compañeros no me caían bien y me sentía solo, entonces volví a recaer. Yo me sentía totalmente ajeno”, cuenta.

Fueron las cartas de su padrino y el aliento tanto de su esposa como de su maestra de piano, Lllit Margaryan, originaria de Armenia, lo que logró levantarlo de su cama y empujarlo a que regresara a la música.

Cuando Romeyno volvió a la sierra, junto con su familia y su piano, también batalló al principio para volver a adaptarse. Sin embargo, sentado al piano, la energía de la naturaleza y su gente le regresaron la inspiración. En poco tiempo pudo tocar obras de grandes maestros que no había podido ejecutar hasta el momento. Y cuando le escuchó, su maestra le preguntó: “¿Cómo le hiciste si tú todavía no tenías ese nivel?”.

Romeyno acordó con su maestra Margaryan continuar con las clases a distancia, desde la sierra, y así lo hizo hasta que regresó a la ciudad, tres años después.

Desde hace ocho años, el pianista reside en Chihuahua junto con su esposa —también tarahumara— y su hija, donde continúa su especialidad en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

Sus cuentas las paga con la venta de los dos discos que hasta ahora tiene y con la beca mensual de 4,500 pesos de la asociación civil que dirige su padrino. A cambio, dona a la institución la mitad de sus ingresos por sus conciertos.

UNA CULTURA APARTADA DEL MÉXICO MODERNO

Los tarahumaras son antiguos pobladores que a la fecha tienen un estilo de vida apartado del México moderno. Sus orígenes datan de unos 15,000 años —aunque podrían haber provenido de Asia (Mongolia), atravesando el estrecho de Bering hace aproximadamente unos 30,000, según algunos registros antropológicos—.

Los tarahumaras, convertidos por siglos en agricultores para asegurar su subsistencia, eran varias tribus que hace cinco siglos se alejaron de los invasores españoles a la Sierra Madre Occidental, en Chihuahua, entre una extensa red de cañones que, en algunos puntos, son más profundos que el Gran Cañón de Arizona —caen hasta 1,879 metros.

En la actualidad suman más de 100,000 personas. Muchos viven en las faldas de las montañas, en casas trabadas con madera de pino, que los protege del clima. Otros, dentro de las grietas de los barrancos, en cuevas, conectadas por un vasto sistema de senderos estrechos, donde acondicionan su cocina e incluso corrales para resguardar a los animales.

En sus casas, desde tiempos precolombinos, no se acostumbran las sillas, las mesas o las camas, conocidas en la cultura occidental. Los tarahumaras llevan huaraches en los pies, fabricados por ellos, con pedazos de neumáticos viejos y piel de cabra, aunque a veces se les ve descalzos. Los varones visten con un taparrabo, camisa de manta y una faja. Las mujeres, con varias faldas multicolores a la vez, una encima de otra, lo que da una apariencia de una especie de ropaje esponjado. Una cinta usada a la altura de la frente (koyera) es su prenda más distintiva.

“Tarahumara” es la castellanización de la palabra rarámuri que significa “pie corredor”, y en un sentido más amplio, “los de los pies ligeros”, haciendo alusión a su más antigua tradición: correr. Ellos mismos se hacen llamar “los de los pies alados”, y son conocidos por su extraordinaria resistencia para correr largas distancias —más de 270 kilómetros sin detenerse y hacer recorridos de cerca de 700 kilómetros en pocos días; lo equivalente a 16 maratones seguidos—.

Romeyno es el primero que es reconocido por “correr con las manos”.

Foto principal Nubia Gamboa