Julio Scherer García

En la década de los setantas, omnímodo, el poder, casi imperial, tropezó con un periodista inesperado: Julio Scherer García, quien significó para el país desde esos años una voz leal a una profesión que debiera ser incorruptible. Al publicar este texto, alLímite, le rinde homenaje al maestro.

Dos esferas minúsculas por ojos, las pestañas ralas, a la intemperie los dientes grandes y desiguales, la piel amarilla, salpicada de lunares cafés, gruesos los labios y ancha la base de la nariz, así era don Gustavo Díaz Ordaz. Algunas veces bromeaba acerca de su fealdad, pero si alguien le seguía el juego, estallaba su ira. Irritable, se vigilaba; desconfiado, se mantenía al acecho. Agobiado los últimos años de su vida, después de la tragedia de 1968 resguardó su intimidad. La fortificó tanto que hizo de ella una cárcel. Allí murió.
Un día me dijo que era como una espina y sudaba hasta empapar la camisa.
–No le creo –le dije.
–Sudo como un gordo.
–¿Usted?
–Me consumo.
Otro día me confió de su paso por la Secretaría de Gobernación, un pasatiempo en comparación con su responsabilidad de esos días: presidente de México.
–En términos humanos, no políticos ni históricos, ¿cuál es la diferencia? –le pregunté.
–Las cuerdas.
–No le entiendo, señor presidente.
–El secretario de Gobernación boxea en un ring protegido por cuerdas. El presidente de la República pelea en un ring sin cuerdas. Si cae, cae al vacío.
Me miró a los ojos:
–No puede caer.
–¿Y si lo tocan?
–No puede caer, le digo.

(…)
Fui elegido director general de Excélsior el 31 de agosto de 1968. El país se endurecía, también el diario. Permanecí al lado de mi antecesor, don Manuel Becerra Acosta, hasta el día de su muerte. Fui su auxiliar. Afirmó en mí el orgullo por la profesión. Hizo del periodismo una convicción y una pasión.
El mismo día de la designación me llamó el presidente Díaz Ordaz por teléfono. Felicitaciones. Detrás de él, todos sus secretarios, los gobernadores, los senadores, los diputados. El milagro de la unanimidad es asunto ordinario en el gobierno. Llovieron telegramas de los prohombres de la iniciativa privada. En el edificio de Reforma 18 cantaron los mariachis, escuché promesas de lealtad, fui abrazado hasta quedar exhausto. Observada desde el exterior, la alegría es siempre igual a sí misma. Hacia adentro tiene mil lenguajes. No hay alegría sin una responsabilidad que la limite, alguna preocupación que la ensombrezca. No es como la euforia, una embriaguez. Menos como el éxtasis, que se da en el amor.
Eran los días de los estudiantes, posesionados del corazón de la ciudad. Sus manifestaciones por el Paseo de la Reforma, rumbo al Zócalo, causaban tensión en el interior de la cooperativa. La multitud estallaba en injurias a su paso por Excélsior. “Prensa vendida, prensa vendida”, gritaba. Eran miles los puños en alto, los rostros descompuestos, la ira en la piel.
No ocultábamos las noticias. Tampoco la magnitud del fenómeno. En aumento incesante, nuestras ediciones consignaban desplegados de todos tamaños en apoyo al movimiento estudiantil. Aumentaba también el número de telefonemas a mi oficina que recomendaban prudencia.
En nuestro oficio sabemos que no hay manera de resistir un suceso. Es el vacío que se abre. Se traga al reportero, al canonista, al escritor hecho en la tinta de la información. Me decía el subdirector, Alberto Ramírez de Aguilar: “Un acontecimiento me sacude. Cuando me acuesto, me duelen los huesos”. En las páginas del diario, el canto y la rabia estudiantil mezclados, se abrían paso por sí mismos, inevitablemente.

(…)

Convocó el presidente de la República a los representantes de los medios de comunicación el 5 de octubre a mediodía. Nos reuniríamos en el edificio de la Comisión Organizadora de la Olimpiada, en Lieja y Paseo de la Reforma. La cita era para conversar largo. Comeríamos juntos.
No llegó Díaz Ordaz. Martínez Manautou lo exculpó sin argumentos. “Contrariando sus deseos”, empezó. Todos entendimos. Tlatelolco pesaba en el ánimo presidencial.
Había tensión en el comedor dispuesto para el agasajo. Algunas bromas, sin humor, endurecían el ambiente. Díaz Ordaz, coincidían los asistentes, era un patriota. Su mano firme había salvado la Olimpiada y conservaba limpia la imagen de México ante el mundo. “Estudiantes y alborotadores habían dejado al gobierno sin salida”, argumentaban los profesionistas de la comunicación, eco de sus empresas.
Saludé a Martínez Manautou. Fue cordial. Su buena educación llega al refinamiento. Como un maniquí le sienta el traje. Rara vez filtra su rostro las turbaciones de las que nadie escapa.
No advertí el momento en que uno de los dos levantó la voz. Ignoro cuál sería mi grado de excitación, no el suyo. Estaba descompuesto.
–Traicionaste al presidente.
–No me digas eso.
–Quiere que lo sepas, que así entiende tu actitud.
Pregunté:
–¿Y tú estás de acuerdo?
–A nadie como a ti ha distinguido con su amistad.
No esperaba una acometida así. Oscurecía la frase una relación de muchos años.
–No mezcles las cosas, Emilio. No tienes derecho.
(…)
Llegó la noticia, al fin. El presidente me recibiría en Los Pinos. Llegó también la advertencia: cinco minutos.
Frío, de pie, me felicitó por el año nuevo y me preguntó por mi familia, no por mi trabajo; se interesó por mi salud, no por mis proyectos. A su vez me habló de su familia, no del gobierno ni de sus colaboradores; de su amigo de la infancia, Bautista, no del país. Abordó con desgano algún dato de su propia niñez y luego, sin que viniera a cuento, me dijo malhumorado:
–No hay manera de darle gusto a nadie. Si mis hijos van a la escuela en un automóvil usado, soy un avaro y un hipócrita. Si se presentan en un carro último modelo, soy un cínico y un hijo de la chingada.
–¿Y qué hace usted, señor presidente?
–Nada. Dejo que ellos decidan.
–Quisiera que habláramos del 2 de octubre, señor presidente.
–No.
–Le ruego.
–Le repito que no.
–Permítame insistir.
–¿De veras quiere que hablemos?
–Sí, señor presidente.
Ya sentados, el escritorio de por medio, me dijo:
–Sólo una pregunta: ¿continuará en su actitud, que tanto lesiona a México? ¿Continuará en su línea de traición a las instituciones, al país?
(…)
–La cajetilla es una sola, señor presidente. Lo que usted ve no lo veo yo y lo que yo veo no lo ve usted. Existen respecto de Tlatelolco, por lo menos, dos puntos de vista. Conversemos, se lo ruego.
–Es inútil –cortó.
Teníamos claro que no era la función de Excélsior complacer al presidente ni servir al gobierno. Echeverría era un hombre entre los hombres y si se equivocaba, se equivocaba él y no sus secretarios. Y si cometía errores los cometía él y no sus ayudantes. Y si mentía él era el falaz y no los críticos de su política. No se sumó Excélsior a otros diarios en el rito de la adulación al poder. No identificó al presidente con la patria.
Permanece el periodismo en los seres que viven y en las cosas que son. Su grandeza es la del hombre. Su poesía es la del agua que corre sin agotarse. La existencia cotidiana era más rica y compleja, más atractiva y dramática, más novedosa y sorprendente que la actividad de Echeverría y el sistema detrás de él y detrás del sistema las legiones y la lisonja y las frases inauditas consagradas al jefe: “Con usted hasta la abyección, señor presidente”.
No inmortaliza la palabra presidencial ni cambia la naturaleza el soplo de su aliento. Sin embargo, habíamos dedicado al presidente nuestros encabezados de la primera plana con monótona regularidad. Abandonábamos la costumbre. Más y más descendían al centro de la página frontal del diario y aun a sus páginas interiores los discursos de Echeverría. Pasaba a mejor vida la sección de sociales, catálogo de matrimonios, fiestas, modas, bautizos, confirmaciones, banquetes. Desaparecía el Día de las Madres con el mensaje del Papa a las cabecitas blancas y el festejo del 10 de mayo en el Auditorio Nacional, el director del periódico a un lado de la primera dama, cortesano obligado. Crecía el número de reporteros que se hacían de un prestigio propio, enriquecíamos la información internacional con servicios en todo el mundo. Las páginas editoriales eran cabalmente independientes y en la sección deportiva se hablaba de los ratoncitos verdes en pos de gloria.
Crecía el encono en contra nuestra, florecía la calumnia. Bajo la firma apócrifa de un tal José Luis Franco Guerrero circuló un cuadernillo quincenal titulado Las malévolas noticias de Excélsior. Sin pie de imprenta circuló El Excélsior de Scherer, firmado por un nombre de paja, Efrén Aguirre. No hubo límite en la ofensa a trabajadores y colaboradores de la cooperativa. Supe por el anónimo que era un degenerado sin redención. A don Daniel Cosío Villegas se le quiso manchar con páginas viles, Danny el Travieso, obra con adjetivos y sin rostro visible.
Había, sin embargo, otros signos: el presidente de la República abogaba por una información sin inhibiciones, crítica. Reiteraba, en público y en privado: un gobierno honrado y una prensa independiente son puntales de la sociedad democrática.

(…)

Animosos y sonrientes, observé al licenciado Luis Echeverría y a don Daniel Cosío Villegas en una comida a la que invitó el escritor, ya entrado 1974. Allí se encontraban Octavio Paz, Víctor Urquidi, Mario Ojeda, Luis González, Mario Moya Palencia, Porfirio Muñoz Ledo, José López Portillo, el secretario de Hacienda que rondaba el poder.
La cita fue a la una y media de la tarde, un sábado. Don Daniel sufría de hipoglucemia y si no se ajustaba a un orden en el horario de las comidas, el dolor lo inutilizaba. Además, le gustaban los huisquis y se daba tiempo para disfrutarlos con sus invitados. Yo llegué el primero. López Portillo fue el segundo. Poco a poco todos los demás.
Conversábamos en el jardín bajo un clima benigno y el presidente no aparecía. A las dos y media don Daniel indicó que la señora de la casa, doña Ema, nos pedía que pasáramos a la mesa. López Portillo suplicó que aguardáramos unos minutos. Si aún no llegaba el invitado principal era debido a su condición de presidente y a su celo de hombre responsable. A todos nos constaba que aun en el sueño velaba. Media hora después, se escuchó de nuevo la voz de don Daniel:
–Pasamos, por favor.
–Yo le ruego, don Daniel –intercedió por segunda vez López Portillo.
–En el país manda el presidente, pero en mi casa mando yo, licenciado –y se adelantó sin otro comentario rumbo al comedor.
A las tres y veinte se presentó Echeverría. Fue recibido con naturalidad, eliminado cualquier falso homenaje de parte del anfitrión. Ni tiempo tuvo el presidente de mirar los esplendores que lo rodeaban: una pintura de Clausell, la selva bajo el diluvio, verde y negra, preñada de todo, aterradora; un hombre absorto en la reflexión, de Diego Rivera y también de éste, don Daniel en su juventud, esbelto, la sonrisa irónica bajo un bigotito negro.
Cosío Villegas nos había reunido con el propósito de que discutiéramos acerca de las relaciones entre el intelectual y el político, la cultura y el poder. Circulaban en esos días panfletos y libros infamantes trabajados en la sombra. Pensaba don Daniel que era una buena oportunidad para que nos ocupáramos también del anonimato impune. Uno de esos libros era Danny el Travieso.
Centró la atención Echeverría. Fueron terminantes sus primeras opiniones: no reconocía diferencias esenciales entre los intelectuales en el poder y los intelectuales en el ejercicio de la crítica. Moya Palencia, Muñoz Ledo y López Portillo eran equiparables a Octavio Paz, Luis González o Mario Ojeda. No era así, objetó Cosío Villegas. Los primeros estaban comprometidos con un proyecto específico, los segundos no. No eran libres los primeros, sí los segundos…
Alguien habló de la autocrítica que el gobierno ejercía por decisión propia. El tema se ahogó en sí mismo. Nadie que se precie de imparcial puede ser juez y parte a la vez. Se habló de los libelos, de Danny el Travieso. Dijo Echeverría que él, como nadie, padecía la calumnia y después de él, como nadie, sus colaboradores. Es parte del oficio público, aseveró con naturalidad. Iban y venían las voces. Una de ellas dijo que en todo caso el gobierno tenía la posibilidad de investigar el origen de los anónimos, no los intelectuales, inermes en este terreno.
–Qué piel tan delicada –bromeó Moya sin humor.
–No es un problema de piel delicada. Es un problema de salud pública –respondió Cosío Villegas.
Tema inevitable fue la libertad de prensa. Dije que sólo en breves periodos de nuestra historia se había ejercido sin cortapisas. Me impresionaba en lo personal el caso de los caricaturistas. Maestros de su oficio, herederos de Posada y Orozco, perdían la soltura al enfrentar al presidente. Ellos, que todo satirizan y tocan, pasaban por alto al gran personaje y lo dejaban ir. Muy pocos, admirables, escapaban a esta limitación evidente.

(…)

Se hizo de la palabra Octavio y se hizo el silencio para escucharlo. Habló diez, doce minutos. Entre sus juicios, evoco uno, que me llamó la atención como ninguno otro, la frase directa al corazón en los asuntos que debatíamos: es muy distinto mandar a pensar.
Mostraban las paredes de la ayudantía del Estado Mayor en Los Pinos, a unos metros del despacho presidencial, fotografías y más fotografías de López Portillo. López Portillo en un caballo blanco; López Portillo en un caballo negro; López Portillo con una raqueta en la mano; López Portillo en el momento de disparar una metralleta; López Portillo en una pista de carreras; López Portillo en esquí; López Portillo en el timón de una lancha; López Portillo con un arpón; López Portillo sobre cubierta en un yate; López Portillo en plena caminata; López Portillo al trote con un tarahumara; López Portillo en una montaña; López Portillo en la cumbre.

(…)

Deportista, pintor, orador, maestro, filósofo, escritor, bailarín, cantador, charro, perdió el celo por la República en la segunda mitad de su gobierno. Ricardo García Sainz recuerda que en los tres primeros años fue exacto en las citas, riguroso en el orden de la actividad cotidiana, atento, vivaz, certero en el juicio, rebosante de humor. “Presidente de lujo”, le llamaba.

(…)

En los inicios de 1977 me recibió López Portillo en Los Pinos. Lo encontré dueño de sí y de cuanto le rodeaba. Sentado en un sillón de cuero negro y alto respaldo, cruzadas las piernas, vestido con un traje oscuro de tela gruesa, todo se movía a su servicio con una suave naturalidad. A una llamada apenas perceptible de un timbre oculto, una bella señora de cabello rubio que descendía hasta media espalda, le llevó su pipa. Fumó el presidente con fruición, largos segundos en silencio. “Sabe a madera y frutos”, dijo.
Escribiría un diario, resumen de sus experiencias y reflexiones. Se dice que el hombre en el poder está solo, especie única en las alturas. No lo creía así López Portillo. Pensaba que la soledad se da al momento de tomar una decisión, no en el largo trance que la precede. “No, Juliao, no hay más soledad que la del narcisista y el ególatra”, me dijo. Así me llamó siempre, Juliao, la jota convertida en una shhh susurrante, como quien pide silencio.
(…) Le pregunté por Echeverría. Su afán de servir era patente, me dijo. “Ni un obcecado podría negarlo”, subrayó. Le pregunté por el carácter de Echeverría, por sus mundos de adentro, los que López Portillo conocía como nadie. Amigos de muchos años unidos para siempre como heredero y delfín en el mando de la nación, de ellos 12 años sucesivos, podría describirme situaciones sorprendentes…
–¿Es compulsivo?
–¿Me lo preguntas tú?
Nos reímos. Me sentí torpe, pero no fuera de lugar. Pretendí hurgar en el alma de Echeverría y fui detenido en la búsqueda, pequeña historia de todos los días en el periodismo.
–¿Y tú, Pepe?
–¿Yo qué, Juliao?
–¿Te adaptas a las mil complicaciones del poder?
(…)
–Así es, Juliao. Tú lo sabes. El hombre es también un animal de costumbres.
–¿Y los problemas del país, Pepe?
–Son nubes negras. Pasan.
Repitió lo que tantas veces dijo:
–Sacaré al país del bache. Tres años es todo lo que necesito.
(…)
–Cerrarán a güevo –comentaba Francisco Galindo Ochoa–, a güevo.
Guardián de honras ajenas sin prestigio propio, sucesor de Luis Javier Solana como vocero del presidente de la República, puso fin a todo trato con Proceso. Desde siempre mantuvo relaciones cenagosas con la prensa. Tesorero del PRI en 1960, un tiempo jefe de prensa de Díaz Ordaz, por su cuenta correría que no se anunciara el Estado en Proceso. Hasta las inserciones de la iniciativa privada desaparecerían de las páginas de la revista. Poder le sobraba. López Portillo había delegado en él las facultades más amplias.

(…)

Cercano septiembre, el general Miguel Godínez, jefe del Estado Mayor Presidencial, me sugirió que solicitara una audiencia con el licenciado López Portillo. “Es su amigo, su pariente, lo respeta”, me decía en un pequeño antecomedor a un lado de su oficina, en Los Pinos. Le respondí con una verdad simple: no tenía asunto que tratar en esfera tan alta. Volvió sobre el punto el general y ya enredados en un forcejeo sin sentido le pregunté si él formalizaría la audiencia. No aceptaba trato con Galindo Ochoa y el secretario particular del presidente, Roberto Casillas, tomaba a desacato cualquier crítica al jefe de la nación.
–¿Para qué soy bueno? –me saludó López Portillo como en los mejores días, la palma cordial, la sonrisa a todo lo que daban sus labios delgados. Estaba en pants, como siempre. Me dijo Juliao, como siempre.
–Sólo el gusto de saludarte, Pepe, saber cómo estás –respondí desconcertado.
Con la mano derecha golpeó su antebrazo izquierdo en exhibición, los bíceps saltados.
–Toca.
–Estás bien –dije al palpar su musculatura de atleta.
–Siéntate.
Quedamos en ángulo recto, él en un sillón, yo en el extremo de un sofá, a un metro de distancia. A las nueve de la noche, mi audiencia era la última.
–Sé que te incendias, que ardes por dentro –me dijo de pronto.
Lo miré, mudo.
–Te incendias, Juliao, admítelo, sin soberbia.
–No entiendo, Pepe. Pero intuí de qué se trataba.
–Dime, en confianza, cuánto necesitas.
Pretendí una voz impersonal.
–Nada, Pepe.
(…) Insistió. Opuse le negativa por la negativa. No me sentí agraviado. Tampoco idiota. Fuera de lugar, quizá. Propuse al fin como un respiro para los dos:
–Cuando ya no pueda más, a punto de ahogarme, te hago llegar una voz de auxilio.
–¿Me lo prometes, Juliao?
–Sí, Pepe.
–Le avisas a Godínez para que te reciba de inmediato.
Ya no era posible responder al presidente de la República.
Ya en las postrimerías de 1982, Miguel de la Madrid designó a Manuel Alonso coordinador para asuntos de prensa y relaciones públicas. Brazo derecho de Fausto Zapata durante el sexenio de Luis Echeverría, rompieron Zapata y Alonso por razones no conocidas hasta hoy. En las más azarosas circunstancias era preferible a Francisco Galindo Ochoa. También a Miguel González Avelar, inaccesible. Podría ser el puente que nos llevara a una relación normal con el presidente. Lo felicité en cuanto supe de su éxito.
Me ofreció su cooperación, “lo que te haga falta”, papel para la revista, “todo el que necesites”. Renovaríamos un buen trato, desinteresadamente. El futuro sería otro, conducido el país por un hombre serio y responsable. En su esfera, transformaría Alonso el embute en una ayuda limpia para los reporteros, “tan mal pagados”. Brindaría su auxilio a cambio de trabajo. Acabaría con la práctica oscura de los sobres distribuidos entre los periodistas como una gracia, sin firma de recibido el estipendio. Hombre del porvenir, juzgaba el pasado con desprecio. “Hemos sido tan pequeños, tan mezquinos”.
Me preguntó si había conversado con De la Madrid. Ensarté historias menudas, algunas cuentas del rosario de mis fracasos. Sus palabras expresaron cierta duda. En ese mismo momento podría saludarlo. “Vamos”, me alentó. “Un saludo y nada es lo mismo”, aduje. Le confié que deseaba una relación digna con el presidente de la República a partir del 1 de diciembre. Fue cálida su respuesta.
Llegó diciembre, la toma de posesión. Transcurrió el mes y sólo escuché el silencio. Siguió enero de 1983, febrero, marzo, abril. Nada. Mayo, junio, julio, agosto, septiembre y la algarabía de las fiestas patrias, y sólo oía el rumor del tiempo que pasa. Olvidé promesas y expectativas. En Proceso escribíamos nuestra historia, la que podíamos.
El día de su santo, 24 de mayo de 1984, recibió Susana Scherer dos ramos de rosas recién abiertas, de Miguel de la Madrid y Manuel Alonso. “Con los atentos saludos”, decían las tarjetas grabadas en fina letra cursiva. Dispuso Susana dos floreros en los puntos más visibles de la sala. Uno, sobre una repisa, bajo una litografía de Siqueiros. Otro, en el centro de una mesa pequeña.
De nueva cuenta nos reunimos Alonso y yo. Revisamos el pasado, sin prisas. Subrayó la aspereza de Proceso, su obsesiva combatividad, la búsqueda enfermiza del dato negativo hasta dar con un defecto en la Venus de Milo o un mal paso en la Pavlova. Él se encargaría de crear las condiciones para que pudiera reunirme con el presidente. La tarea exigiría tiempo, me advirtió. Ánimos enconados era la estela que Proceso dejaba en el gobierno semana a semana.
Argumenté que de sus dichos no se desprendía que nos valiéramos de malas artes para prevalecer en el mundo de la información, centro de conflictos por los intereses del poder, la fama, el dinero, la vanidad, mundo pendenciero por naturaleza. Entendíamos la crítica al presidente como una parte insoslayable de nuestro trabajo. “Ejercemos nuestra libertad, es todo, Manuel”. “A veces son amarillistas”, arguyó Alonso con una sonrisa. “A veces”, lo acompañé en el mismo tono conciliador.
–Yo me comunico contigo –dijo al término de la conversación.
Nada cambió en Proceso, nada cambió mi relación con Alonso. Volvieron los tiempos de otros tiempos, sensaciones ya vividas. Corrió una semana, corrieron dos, corrió un mes. Entreveradas experiencias viejas y nuevas, armé mi propio rompecabezas para explicarme el mutismo del vocero presidencial. A Palacio había que presentarse lavadas las culpas y yo no había lavado las mías. Mantenía Proceso su posición frente al jefe de la nación, inadmisible en el código del poder. Profesional de las relaciones públicas, amante de las formas, un caballero, encajaba la personalidad de Alonso en el cuadro que me forjaba.
Busqué a Manuel Alonso. Hablamos sin disimulo:
–Complicaste las cosas, mi querido Julio.
–¿Por qué, Manuel?
–¿Cómo que por qué?
–Quiero saber. Por eso te pregunto.
–Conversamos con el propósito de que te entrevistaras con el presidente y a las primeras de cambio reaccionas como si no quisieras verlo.
–Explícame, por favor.
–Los cartones de Naranjo.
–Dime, no entiendo.
–Publicaste dos cartones contra el licenciado De la Madrid, uno después de otro. Apareció el primero cuatro días después de que nos reunimos, ¿te das cuenta? Y a la semana siguiente el otro. Los recuerdas, supongo.
–Claro que los recuerdo.
–O sea, mientras yo gestiono la entrevista con el presidente, tú lo agredes. Te pregunto, de buena fe: ¿no podías haber aguardado unos días para publicar los cartones? ¿No podías haber esperado a tu conversación con el presidente?
–Nada tiene que ver Naranjo en mis conversaciones contigo. O quien sea, así se trate del presidente.
–Tú eres el director, marcas la línea.
–Naranjo es el dueño de su espacio.
–Bajo tu supervisión.
–Te equivocas.
–Eso quiere decir que publicas lo que te entregue.
–En principio así es.
–Eso no disminuye tu responsabilidad. Eres el director.
–Pero no el dueño.
–Quiero que me comprendas. En la portada de la revista está tu nombre. Sólo el tuyo. Ningún otro. Bajo el logotipo.
–Asumo la responsabilidad última por el contenido de Proceso, por supuesto. Pero no como patrón. Por la revista respondemos todos.
–Vaya.
–Buena, dime, ¿en qué quedamos?
–Voy a explicarte: tú y yo llegamos a un acuerdo. Al separarnos y dirigirse cada uno a su automóvil, tu chofer apedrea mi auto. En esas condiciones, ¿qué quieres que te diga?
–Naranjo no es mi chofer.
–Es un ejemplo.
–Ofensivo.
–Como ejemplo, válido.
–Dejemos eso. En concreto, ¿se frustró la entrevista?
–Mi querido Julio, si no respetas al presidente, si lo ofendes, ¿qué puedo hacer por ti?
–Nadie es tan fuerte y tan vulnerable como un presidente, donde sea. Se trata de saber si se pueden o no tener relaciones de respeto mutuo con él. No es Dios, Manuel.
–Yo creo en la institución presidencial. Tú no. Es nuestra diferencia.
u u u
Un día ordinario dejó de ser un día cualquiera: me proponía que cenáramos en mi casa. “A las diez de la noche –decidió. O después. No dispongo de mi tiempo”. “Mi tiempo sí es mío –le respondí. Lo espero de las diez en adelante.”
Susana eligió un vestido bonito. Quería ser grata, hacerlo sentir en un ambiente acogedor. Preparó una cena sencilla. A las once de la noche dejó en la mesa del comedor un platón con carnes frías, salmón, angulas, aceitunas en vinagre, espárragos, queso, vino blanco, leche, pasteles y café.
Recibí a Salinas pasadas las once y media con un libro firmado por Eduardo Galeano, amable y circunstancial. Así es la política, así es el periodismo y allí estaba él. Apenas probó bocado, pero me trató con la fina cortesía que nada deja. Mi madre sabía de eso. “A los hombres nada los separa como la educación formal”, me enseñaba.

(…)

La conversación tranquila suavizaba las diferencias, mientras íbamos del jugo de naranja a las croquetas de pollo en salsa verde. El presidente creía en el Tratado de Libre Comercio a partir de una relación justa entre las naciones, que a mí me parecía imposible por el carácter imperial de los Estados Unidos; creía en la buena disposición del presidente Bush, que a mí me parecía imposible por sus fibras de guerrero; creía en la economía como principio para la transformación política, que yo objetaba porque la riqueza no es lo mejor del hombre; creía que México ingresaría al primer mundo, ingreso que me parecía distante por nuestra pobreza y los indígenas en la oscuridad de su edad.
Era uno de los mejores momentos de su gobierno y el presidente estaba a sus anchas. Me habló de Proceso.
–Tengo informes: la revista va muy bien. Lo felicito.
Y en seguida, con el mejor ánimo:
–¿Se le ofrece algo?
–Sí, señor presidente.
Le dije que, como en el teatro, hay butacas de primera, segunda, tercera, penúltima y última filas. Nosotros ocupábamos las del fondo, si acaso, frecuentemente excluidos de la sala.
–Pondremos remedio.
–Gracias, señor presidente.
Había gana de platicar. Dejaría la presidencia a los cuarenta y seis años, edad inmejorable para mantener el ímpetu. El país lo calaba. A él dedicaría la vida. Sus palabras me parecieron piezas de un rompecabezas que encajaban naturalmente unas con otras. Se expresaba como un estudioso ante un trabajo conocido, ordenados los verbos y los sujetos, precisos los signos de puntuación. Mostraba la seguridad de un académico de altos vuelos, pero en su lenguaje no aparecían las ideas del hombre que ha desgastado los libros para interrogarse acerca del hombre.
(…)
En la atmósfera relajada que había propiciado, tuve manera de hablar de Jacobo Zabludovsky. Incondicional de los presidentes, bebía sus palabras, las que fueran; servil a los proyectos del poder, los apoyaba todos. A cambio de una popularidad sin hondura, gastaba su alma.
Ilustré mis palabras con un ejemplo, entre muchos:
Un domingo frente a la televisión –jugaban América y Guadalajara–, leí en la parte inferior de la pantalla que al término del partido el licenciado Jacobo Zabludovsky difundiría trascendentales entrevistas con los presidentes de México y Chile. Reunidos en Santiago, firmaban ese día el acuerdo del libre comercio entre las dos naciones.
Zabludovsky se comportó como siempre. Experto en su quehacer, asentía, subrayaba, dejaba ir la pregunta pertinente para el lucimiento de los personajes. No había en su interrogatorio el escepticismo del que quiere saber, la sutileza de alguna pregunta envuelta en suave impertinencia. Los presidentes sentaban cátedra, profesores de economía ante el ilustrado mundo latinoamericano.
(…)
Después de escucharme con una atención que me pareció expectante, dio sentido al encuentro de ese día, seis de noviembre:
–Mi palabra empeñada, la palabra del presidente de la República, que Proceso no sufrirá agresión alguna durante mi mandato.
(…)
El asesinato de Luis Donaldo Colosio cortó la respiración del país y alteró el ritmo de sus hombres. En Los Pinos, el presidente de la república pidió su opinión al presidente de Acción Nacional de cara a la decisión urgente: ¿Quién debería unir su nombre al nombre de Colosio?
u u u
Ernesto Zedillo llegó al departamento de Elba Esther Gordillo en las calles de Galileo con un cargamento de libros. Él era secretario de Educación Pública y ella secretaria general del sindicato de maestros. En la mesa había tres cubiertos y nos habíamos reunido para conversar sin preocupación por el tiempo.
Zedillo mostró los libros de texto gratuitos con orgullo. Su sonrisa era cordial, su trato afable. Parecía que todos los fuegos de adentro hubieran sido apagados. No lo imaginaba en el Salón Panamericano que ocupó José Vasconcelos, secretario como él, calcinado por un temperamento más fuerte que su talento inmenso.
Corrían tiempos en apariencia tranquilos. A las precandidaturas de Luis Donaldo Colosio y Manuel Camacho se había unido, borrosa, la del secretario de Educación.
Opté por la franqueza:
–No me gustaría que llegara usted a la Presidencia de la República.
Me vio con una mirada que no supe interpretar.
–Usted me educa y no quiero que me eduque. Quiero que me transmita valores, que hable de su amor por México. Quiero que me cuente de sus muralistas, de sus escritores, de sus músicos, de sus héroes y de los que no lo son, de su cielo y de su tierra. Y eso no lo hace usted, señor secretario.
Zedillo repuso que hay muchas maneras de amar a México y ninguna es tan profunda y duradera como el trabajo responsable, la lealtad a los principios, el ejemplo que trasciende, el patriotismo sin aspavientos ni demagogia.
Recurrí a un ejemplo, vivencia reciente:
Reunido con Susana y nuestros nueve hijos, sostuve que no pondría en riesgo el destino común por alguno que se hubiera extraviado en la niebla, confirmado el diagnóstico pesaroso.
No pienso como tú –brotó el rechazo. Yo le daría a mi hermano todo lo que pudiera con la esperanza insensata de alcanzar su desgracia impenetrable. De ti quiero los valores que hacen fuertes a los hombres en la adversidad.
Zedillo comentó que la pequeña historia familiar era impensable en el mando del país. La política es mucho más enredada, cruce de intereses y pasiones, complicado el presente y más aún el futuro al acecho.
Los valores movilizan como ninguna otra fuerza, argumenté. Si el nudo se desata, el rumbo se pierde.
Hablamos de Salinas y de Proceso –fe de erratas del sexenio. Aludí al protagonismo desbordado del presidente y la paulatina entrega a los intereses del dinero.
No hubo concesiones en el lenguaje de Zedillo. La excelencia de Salinas se extendía y profundizaba en todo el país. Su tarea no estaba a discusión.
Remató:
–Es el presidente, pero no sólo el presidente de México. También es mi líder.
Los ojos de Elba Esther iban de un lado para otro. Si las palabras volaran, no hubiera atrapado una.
Pasamos al comedor. La maestra en la cabecera. Sus manos no encontraban acomodo.
Frente a las elecciones, pregunté al secretario si aspiraba a la Presidencia. Respondió que vivía para su responsabilidad cotidiana. Dije que entendía y sólo preguntaba si quería llegar o no a la presidencia. Insistió: no cabía en él la respuesta. Insistí a mi vez: quiere o no quiere ser presidente. Sostuvo que la decisión no era suya. Volví: quiere o no quiere, sólo pregunto eso. No depende de mí, ya le dije. Otra vez: ¿quiere? Otra vez: Ya le dije. Elba Esther derramó el vino rojo sobre la mesa adornada con flores.
(…)
El gobierno del presidente Ernesto Zedillo pretendió que se fuera olvidando el 2 de octubre. Cumplidos treinta años de la tragedia, la República debía recuperar el sosiego, igual que las víctimas de una pesadilla. Si quedan cuentas por saldar, las saldaría la historia, no la ley.
Los deudos cargarían su ataúd como pudieran. La pasión que reclamaba castigo para los culpables terminaría en un grito airado. Desde la matanza habría transcurrido un tiempo irrecuperable para el movimiento estudiantil. Tarde había llegado su querella “contra las más altas autoridades del país en esa época”.
La respuesta del poder había sido contundente: nada quedaba por hacer en el ámbito del derecho, como demandaban los hombres viejos, otrora estudiantes. La ley no camina por atajos ni se ejerce a campo traviesa. Avanza por los caminos seguros que el régimen señala.
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Las circunstancias eran propicias y había que aprovecharlas. El 2 de julio de 2000 fue un día tocado por la magia. El triunfo de Fox en la batalla por la Presidencia se unió al festejo por su cumpleaños número 58. La doble celebración en la sede de Acción Nacional fue estruendosa. Fox se mostró en su mejor momento: sonriente, poderoso, carismático, el futuro como una promesa de gloria. Los dedos índice y cordial de la mano derecha en alto fueron un mensaje electrizante para México y el mundo.
Marta Sahagún, la voluntad como un puño, aprovechó la jornada para avanzar en el propósito de su vida. Ya era claro para muchos, la prensa escrita, desde luego, su voluntad de reposar en la cama presidencial con derecho pleno. No perdería la oportunidad para hacer sentir que Vicente y Marta, Marta y Vicente, habían nacido el uno para el otro. Se apoyarían, dos en uno, uno en dos, milagro del amor.
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Fox fue un candidato arrollador. Líder inédito, hizo sentir una personalidad, poderosa, limpia. El PRI fuera de Palacio, su lema de campaña, respondió a un clamor popular. Para eso estaban sus botas puntiagudas, para patear a los corruptos. Su lenguaje desató pasiones. Pillos, tepocatas, alacranes, alimañas, víboras prietas, llamaba a sus enemigos. El folclor le venía bien. “Salinillas”, se burlaba del Pelón Salinas de Gortari y para hablar de Zedillo le bastaba una palabra: tonto, ni siquiera pendejo.
Sus partidarios, cada día más, le festejaban su lenguaje simplón. “Champú de cariño, hay que darles hasta con la bacinica”, decía y el regocijo se hacía presente, festejado con risas y aplausos.
Más allá de su colorido y desbordada presencia en el país, el libro autobiográfico, Fox a Los Pinos, editado en 1999 por Océano, lo mostraba como un hombre sin grandeza. En el volumen de 216 páginas apenas podría encontrarse una expresión de hondo amor a la patria, alguna referencia a la gracia y gloria de saberse mexicanos…
Sin formación intelectual ni amor a la historia, sin doctrina ni ideología, entregó su admiración a Maquío (Manuel Clouthier), su maestro. En buena hora el reconocimiento a un hombre que le significó tanto en lo personal y tuvo un peso en el país. Pero a su lado no existieron para Fox los panistas que hicieron al PAN:
Manuel Gómez Morín es acreedor a una sola cita, superficial y de pasada. No hay un reconocimiento para el líder humanista que se empeñó en formar mexicanos y que hizo de la brega diaria un tema de eternidad, como afirmaba el más grande de los panistas.
En la autobiografía no puede leerse una línea sobre Efraín González Luna, patriarca panista y amigo entrañable de Gómez Morin, ni para Rafael Preciado Hernández, conciencia jurídica de las huestes azules, filósofo grande. Los primeros diputados federales tampoco existen en Fox a Los Pinos. Estoicos, enfrentados a la turba priista en el Colegio Electoral, no aparecen en el índice de 215 nombres enlistados en la obra. A Luis H. Álvarez, otra figura, le dedica un elogio mezquino: “Fue el complemento perfecto de Manuel (Clouthier) en las elecciones de 1988”.
Tampoco apunta en el libro algún reconocimiento a la excelencia de las infanterías. Gerardo Medina lo merecía con creces. De formación rústica, se elevó hasta la dirección de La Nación, el órgano informativo del partido. Medina fue un diputado sarcástico, enterado, sin dar ni pedir cuartel en el debate. Atacado por un cáncer que lo devoró, falleció en la tribuna. Sus amigos lo velaron. Sus adversarios también.
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Lino Korrodi no sale de su desencanto. Revive al Fox de los días de campaña y la voz se le hace amarga. Le gustaría que los sueños de entonces fueran los sueños de hoy y no la dramática enfermedad que abate el organismo completo del país.
Recuerda a Fox entusiasta, seductor. El fuego de la oratoria le empapaba la ropa, desencajaba el rostro y así se mostraba a todos, agotado y feliz. Fue un hombre que hizo visible la quimera. México se transformaría al un-dos de su paso enérgico, zancada de gigante. A riesgo de lo que fuera, castigaría a los corruptos y despejaría el horizonte de las nubes negras que anuncian sufrimiento. De las infamias en su contra, la lejanía de las mujeres en un varón tan atractivo, nada quedaba. Su valor civil destrozaba la mofa cruel.
“Siempre echado para adelante –dice Korrodi–, yo vivía con orgullo mi amistad con Vicente. Me conmovía el trato con sus hijos, el celo por la familia, los valores de la intimidad. Cuánto lo quise, cuánto lo quisimos todos.”
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Coordinador de los diputados panistas en la LVIII Legislatura, Felipe Calderón iba y venía por los pasillos de la Cámara, subía y bajaba de la tribuna, rebatía con encono a sus adversarios y se hacía seguir con manifiesto interés por sus correligionarios. Se le notaba desenvuelto, seguro, estampa de un joven líder.
Por esa época nos reunimos en la parte alta del restaurante La Cassserole, sobre la avenida Insurgentes. No recuerdo el motivo de la cita, pero sí que yo mantenía una relación cordial con buen número de militantes de Acción Nacional. Había conocido a su fundador, que me atraía sobremanera por sus maneras exquisitas y sus ojos incendiarios.
El restaurante se encontraba semivacío y bajo una penumbra que propiciaba la conversación que atañe a los asuntos personales, Calderón y yo nos confiábamos uno al otro.
Me dijo que la parábola de Jesús bajo la tormenta, aterrorizados los apóstoles en una barca que zozobraba, la llevaba en el alma como una oración. Pensaba en los apóstoles, hombres comunes y corrientes, tanto o más que el hijo de Dios, y a los 12 los relacionaba con amigos muy queridos, complicados en problemas serios.
Palabras más, palabras menos, culminó su relato entre un fino humor y el esbozo de un drama que hiere. Recuerdo el final de su relato, visión de una imagen del pasado que en mí perdura:
“Yo también –me dijo–, resuelto a salvar a los míos, a ‘mis apóstoles’, me dispuse a dejar el lanchón y caminar sobre el agua. Sin embargo, al primer paso sobre el mar, me hundí y desperté.”

A mi vez, esbocé a Calderón mi propia crisis de fe. Educado en el Colegio Alemán Alexander von Humboldt, en el Instituto Bachilleratos, dirigido por jesuitas, y en facultades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), inconstante y al fin autodidacta tardío, mantenía revuelto el mundo de adentro. Ciertamente no se llevaban la dureza germana con la seducción jesuítica y la liberalidad de estudios elementales de filosofía y letras, en la UNAM. No podía creer ni dejar de creer en Dios. No me atraía el cielo ni temía al infierno, me gustaba vivir y la vida llegaba a sentirla como un inmenso vacío.

Años después, reunidos por Josefina Vázquez Mota, desayunamos en el Centro Libanés. Calderón estaba en plena campaña por la Presidencia de la República.

Hablé sin parar y conté mis agravios con Acción Nacional. El partido había olvidado a los hombres que lo formaron y a los mejores de sus seguidores. Para Manuel Gómez Morin no había una frase reciente que valiera la pena, como tampoco la había para Efraín González Luna y Miguel Estrada Iturbide, sus contemporáneos en la naciente organización política. Tampoco había una línea para los primeros diputados federales, cinco estoicos en su resistencia frente al ejército priista que no logró aplastarlos, y al primer senador azul, histórico en su curul solitaria, habría que rastrearlo con lupa. Los diputados de partido, una innovación en el escenario camaral, pasaban inadvertidos en los órganos doctrinarios y de circulación azul, y al propio Adolfo Christlieb, en buena medida autor de la iniciativa y muchos méritos más se le mantenía en algún escondrijo. Rafael Preciado Hernández, ideólogo, filósofo y maestro de generaciones, pasaba como figura secundaria en los hechos cotidianos del tiempo incesante. De Carlos Castillo Peraza, menospreciado por tantos, hablé largamente y con dolor.
Llegó la hora de la despedida. El monólogo me había dejado sentimientos de frustración. Quizá lo advirtió Calderón y me anunció una carta inminente.
La recibí el 17 de enero de 2006. Me llamó la atención el color del pliego, negro y anaranjado, apenas diferente del negro y amarillo del PRD. En el margen superior izquierdo de la carta se leía “Felipe Calderón”, y al lado, su figura en color naranja. En la parte superior derecha destacaba el lema de campaña: “Mano firme, pasión por México”.
El documento acusaba una falta de ortografía, mi apellido paterno sin la “c”; y mi apellido materno, que siempre me acompaña, había sido suprimido.
Sr. Julio Sherer.
Presente.
Muy querido don Julio:
Gratamente impresionado por sus convicciones y por el valor de su franqueza, le escribo estas líneas para decirle cuánto valoro su presencia en la vida pública de México a través de su trabajo diario.
Discrepo desde luego en diversos temas y percepciones, sin embargo la hondura de sus reflexiones enriquece mi visión de México y seguramente contribuirá en beneficio de la meta que me he propuesto: una vida mejor y más digna para todos.
Lo saludo con admiración y con gratitud por compartir tan generosamente su pasión sobre el destino de México.
Atentamente,
Felipe Calderón Hinojosa
Leí la carta. Lamenté su oquedad.
Uno al lado de otro en la historia azul, Fox y Calderón han mantenido posiciones opuestas frente al crimen organizado. Uno dejó en paz a los capos y el otro ha fundado con ellos una galería de notables que, sin duda alguna, seguirá creciendo. Uno, Fox, cubrió al país con el delgado manto de una paz que no se ve por lado alguno y el otro, Calderón, lleva al país a una guerra desdichada.
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La primera semana de abril de 2010, el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, se reunió con una decena de periodistas. Un tema dominante en la conversación fue mi encuentro con El Mayo Zambada. García Luna dijo que, por ley, la Procuraduría General de la República (PGR) debió interrogarme acerca del encuentro, a sabiendas de que yo no aportaría revelación alguna que pudiera serle útil a los persecutores.
El funcionario tenía razón. No soy un delator.
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Este marzo me perturba. Hace 208 años un niño desvalido dio lecciones de humildad al mundo, su sencillez y carácter indómito lo mantienen al frente de nuestros héroes. En este mes de marzo se ha recrudecido la protesta por la venta de nuestro petróleo a los Estados Unidos. Lo mismo en las concentraciones públicas que en reuniones privadas la palabra traición circula libremente. Agrava el problema el silencio del presidente de la República acerca del saqueo al que se ha visto sometido Petróleos Mexicanos desde los tiempos remotos del PRI casi eterno. Pocos sabemos del dinero que muchos depredadores invirtieron para la compra de castillos en Europa y la adquisición de aviones y yates para un modo de vivir apenas creíble.
Más allá del desafío que engendre, la decisión asumida por el presidente Peña Nieto tendrá enfrente la imagen del presidente Lázaro Cárdenas. En esta confrontación inevitable Peña Nieto representa el triunfo del neoliberalismo y Lázaro Cárdenas estará al frente de lo que aun pudiera quedar del México revolucionario. A Peña Nieto se le recibió con vítores al asumir la presidencia de la República y Cárdenas conoció desde la primera hora el encono de sus adversarios, se llegó al extremo de fundar un partido político y, por su parte, la Iglesia Católica endureció sus filas, expuesta la confrontación radical.
Marzo aún no termina y Peña Nieto pisa ya terrenos peligrosos, más allá de las victorias de largo alcance mediático que significaron la captura del Chapo Guzmán y el encierro de Elba Esther Gordillo, la economía no sale de su marasmo y la seguridad no ofrece datos alentadores en su lucha contra el crimen organizado.
A estas alturas el régimen no ha emprendido la construcción de obra alguna que valiera la pena mencionar. En la época oscura de Carlos Salinas exigía a sus colaboradores mes a mes información precisa acerca de los avances alcanzados en el nacimiento de una carretera o en el levantamiento de alguna presa, hoy nada de eso ocurre. La República vive paralizada en unos de los capítulos fundamentales de su gestión, no hay obra ni trabajo.
No obstante el gobierno persiste en su discurso que el dinero del petróleo, que fue nuestro, servirá en la República como instrumento de un progreso imparable, se abrirán fuentes de trabajo y se crearan los empleos de los que el país está urgido. Ojalá hubiera empleo para los menesterosos, analfabetos y no sólo para aquellos que avizoran un espacio en Televisa o alguna trasnacional con la mente puesta en los negocios. En este boceto del marzo que percibo me asalta el día 18.
Un 18 de marzo de 1917 nació el periódico que tuvo su sede emblemática en Paseo de la Reforma 18. Su historia está escrita y sería inútil negar que fue la mejor de su época en México. El número uno de América Latina y uno de los grandes del mundo. Luis Echeverría auxiliado por hampones y traidores decidió arrasar con él y hoy sobrevive sin mérito ni gloria. Por fortuna para muchos el diario es precursor de la revista Proceso, difícil de combatir por su honestidad reconocida. Este 20 de marzo, honrado por la Benemérita Universidad de Oaxaca me siento fuera de lugar, pequeño. Quizás me quede un único recurso, despedirme con la cabeza inclinada.

Publicado originalmente en Revista Proceso No. 1993, 10 de enero de 2015