Antonio Rubén Reyes examina la participación de Élmer Mendoza en la antología de crónicas Road to Ciudad Juárez. Con tinta ácida, Reyes crítica lo sobrado que escriben las “vacas sagradas” de la literatura, sobre todo cuando sus textos van dirigidos a los parroquianos fieles a su dogma.

I. Toda comunidad literaria, por más pequeña y humilde que sea, tiene un padrino. Un padrote. Un chingón, como le han llamado en Juárez al suyo. Esa persona será la que firme las contraportadas de obras patrocinadas: “En este libro Ciudad Juárez es una historia viva. De amor, crueldad, humor, vino y letras”. Un mentiroso elegante, comprometido con la adulación. Escribirá también prólogos breves y celebrados, necesarios en esa estrategia extraña (de mercado) de las antologías modernas. Reseñará los libros apadrinados: sus lecturas son simples, elogios olvidables; jamás un hallazgo, una reflexión. Finalmente esta comunidad-colectivo será estigmatizada o bendecida por una extensión de su nombre o de sus personajes.

En Ciudad Juárez es Élmer Mendoza, quien no necesita presentación. Lo anterior forma parte de un evento polisistémico relevante dentro de la literatura de Juaritos. Élmer Mendoza es leído, comentado y estudiado ya sea en los círculos literarios de la ciudad como en la misma academia —es decir, la UACJ, quien le otorgó el Premio Fuentes Mares por El amante de Janis Joplin—. Su influencia se deja notar en las producciones más recientes, encaminadas algunas al cauce de la novela negra y la del narcotráfico. (Obras como Garabato de Willivaldo Delgadillo han parodiado con éxito este fenómeno literario). Sería pues el novelista que más ha influido en la literatura local y asimismo el que más ha hecho daño: una plaga de malos imitadores respalda mi comentario.

No resulta extraño en lo más mínimo encontrar el nombre de Élmer en la antología de crónicas Road to Ciudad Juárez (2014).

II. “Juárez, Juaritos” es complicado de definir. Quizá valga la pena empezar con que es una licencia. El compilador, Antonio Moreno, afirma que uno de los requisitos era dejar a un lado el estigma de la ciudad como epicentro de la violencia. No obstante, la tesis del texto de Mendoza es consecuencia de la propia violencia, así como sus protagonistas son movidos por ésta o serán un producto de ella. Además, no es unacrónicacomo tal, es decir, “una narración que sigue el orden consecutivo de los acontecimientos” (definición de la RAE). Si bien la crónica literaria no pretende ser veraz, se disfraza, se enmascara y vende la verdad. Hay en ella algo que se cuenta como cierto. Es verosímil y en cierta forma convincente, como en el caso de las crónicas de Miguel Ángel Chávez. Aquí sin embargo hay noticias y sucesos que se confunden con un espacio metafísico y onírico: se hermana sobre todo a lo subjetivo, a la metáfora. Parte de algo real, como es la violencia, y lo que sigue es el orden de ciertos datos que recuerda el narrador (o más bien se le anuncian), pero no les da seguimiento ni los explora. Dentro de esta fisión, Élmer Mendoza se coloca en el plano de un testigo pasivo. No vive ni contempla las acciones. Oye hablar de ellas y las rememora desde un espacio distante: “Juan Gabriel fue detenido unas horas por no pagar impuestos, al salir del aeropuerto internacional de Ciudad Juárez. […] Los Indios volvieron a perder […]. No lo vas a creer, dijo la chica, cerraron el Kentucky”. La chica de la televisión le anuncia estas noticias desde Juárez. La ciudad se encuentra a buena distancia.

En este panorama de lo trágico se encarcelan a los héroes por evadir impuestos de mortales. El equipo local sigue perdiendo. Los espacios emblemáticos cierran. “Algo está pasando en la ciudad, diría que la estamos perdiendo”. Mira nada más qué nostalgia del pasado. Juanga ha muerto, los Indios han desaparecido y la margarita ya no es lo que era. Luego aparece la sombra. Es una mujer raptada, violada y asesinada que “no tiene misterios” ni nombre. Es un fantasma que lo visita para combatir cierta forma del olvido. Un olvido extranjero. El plano de lo real se transforma cuando interviene la muchacha. Esta violencia se vincula a un sentimiento de pérdida pero también de préstamos y familiaridad. La muerte le recuerda todo aquello por lo que “vale la pena vivir”: el ocio, la música y la comida. Luego lo personal es afectado para convertir esta angustia local en representaciones históricas. Los “tiros” que menciona son como una representación de la historia de México: “nos tiramos en el 68, en el 72, en 1910 y en 1810. En el 48 y 1521”. El texto se descontrola un poco aquí, pero aterriza hacia el final con la idea de una visita que da circularidad a la concepción del tiempo.

III. Mi conflicto con “Juárez, juaritos” está cuando deseo pasar de la descripción al análisis: la “crónica” no lo permite porque se encuentra vacía, incompleta. Me resulta imposible desentrañar significados en un texto que desde su concepción estaba muerto, descompuesto y apestoso. Élmer no rememora a Ciudad Juárez, sino que hace uso de símbolos harto conocidos para hacer una mera descripción “juárica”, con todo lo feo que remite este concepto. Como cuando una persona extranjera se sorprende de que en México no vistamos sombrero ni andemos en burro. Su cariño por la ciudad, al menos en esta intervención, es de plástico. Se ve incapaz de rescatar algo positivo o de provecho de la memoria que tiene de Juárez, como sí hicieron otros cronistas (Magali Velasco, por ejemplo). Tiene que meter sus fórmulas, las que se leen en toda su obra, para hacer de este texto —escrito por compromiso— más mendoziano: es decir, artificial. Para que sus fans y sus groupies suspiren. Para que la academia, que explora en las clases de teoría literaria el debate inútil sobre la novela del narcotráfico, arme otro: la no-crónica de Élmer Mendoza, que viene a enriquecer el lenguaje y a desbancar a la crónica como tal. Sus imitadores comentarán que hemos sido bendecidos por su palabra.

IV. La intervención de Élmer Mendoza en Road to Ciudad Juárez, como en otras publicaciones en las que ha participado y presentado, cumple con su objetivo fuera del contexto: brevedad y atracción. Lamentablemente no necesita aventurar un retrato de Juárez, respetar uno de los requisitos de la antología o escribir siquiera una crónica, porque es Él-mer. El padrino. El padrote. El-mero mero. El chingón, como lo quieren ver aquí en Juárez. Abrimos esta antología y de inmediato resalta su nombre porque los polisistemas indican que es uno de los escritores mexicanos (eminencia del Norte) que más se traduce y vende en Tusquets y Random House. Lo primero que se hojea es su texto porque hemos comprado sus libros y lo reconocemos nos guste o no. Es un escritor quizá estancado y sobrevalorado, cuyas últimas novelas han cedido al pecado tan seductor de la repetición —lo que tuvo éxito una vez no puede fallar dos veces ¿verdad?—. Un novelista de recetas.

No obstante, me parece necesario leerlo y estudiarlo para comprender el fenómeno editorial de nuestro Juaritos. Para un escritor importante como él, es casi un insulto recibir siempre la admiración impulsiva. Pero para una comunidad literaria como la nuestra, que carece de crítica, también es un insulto recibir y aceptar siempre los elogios que escribe por compromiso.

 

Publicado originalmente en https://juaritosliterario.com