A lo que verdaderamente le deberíamos de tener miedo es que los diputados vayan a malear al Mijis, destaca Pablo Martínez Coronado en este crudo retrato de la doble moral de las clases sociales en México en el que guardadas las proporciones, compara el caso de El Mijis con el de Pablo Escobar Gaviria, quien entendió a la mala que lo que lo distinguía de la clase política no eran sus abultadas cuentas de banco, ni su vocación natural para la delincuencia –– ya que ambas partes compartían estas características––,­­­­ sino el hecho de pertenecer a un estrato social al que le había sido vetado el privilegio de mandar desde que se inventó el mundo

La sentencia de que en México solo existen dos clases sociales ––ricos y pobres–– es inexacta. Esa visión es propia de un sector de la izquierda que todavía pasa las noches en vela rascándose la cabeza para dilucidar cómo imponerle la dictadura del proletariado a un mundo al que se le acabó la paciencia para desencriptar soliloquios ideológicos después de la caída del Muro de Berlín. Pensar en que el país aún debe de analizarse bajo viejas lógicas, cuando en verdad era necesario ponerse la camisa de Pepe “El Toro” y asumirse como Nosotros los pobres, marcando una frontera infranqueable con Ustedes los ricos, no es idealista, ni promotor de conciencia de clase, ni mucho menos ayuda a impulsar la creación de lazos empáticos entre la ciudadanía, que cuando existen, son siempre bastante endebles.

Esta confusión de escalafones jerárquicos es provocada por los clasemedieros que nos gusta adoptar el discurso de los otros dos sectores sociales sin ser parte de su realidad. Nos presentamos cómo los más apasionados defensores de los derechos de los desprotegidos sin conocer a fondo los laberintos de la pobreza, o peor aún, andamos para todos lados con ínfulas de ricos, presumiendo el iphone de última generación sin saber cómo es que vamos a cubrir la renta del mes que viene.

El maquillaje que la Clase Media usa para integrarse a estratos sociales que no son los suyos, sumado a la facilidad lingüística que tenemos en el siglo XXI para inventar conceptos mal acuñados, peor empleados y que como la neolengua orwelliana de 1984, no significan un carajo, dieron como resultado el nacimiento de la palabra “chairo”, que más que definir cualquier cosa, porque no define nada, es el reflejo de cómo a las nuevas generaciones no nos basta con darle en la madre al lenguaje, y vamos más allá, imaginando vocablos que terminen por desvirtuar el poco sentido que la humanidad le ha encontrado al mundo. Es lamentable que seamos los clasemedieros los que queramos construir un país basado en aspiraciones ajenas y ecos ficticios.

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La ola de conservadurismo que late en México desde antes de la Guerra Cristera desató toda la furia contenida en sus púlpitos cuando Andrés Manuel López Obrador, candidato de algunas izquierdas ––porque no todos los que somos de izquierda votamos por AMLO–– ganó las elecciones presidenciales del primero de Julio de 2018. Días después, cuando se anunció que Pedro César Carrizales, “El Mijis”, fue uno de los designados por la Coalición Juntos Haremos Historia para ocupar una silla en el Congreso Estatal de San Luis Potosí, los mismos sectores derechistas le reclamaron a MORENA la insensatez de incluir a un “delincuente” como futuro legislador.

El pasado de Pedro Carrizales como “Chavo banda”, una subcultura con afinidad por las ropas holgadas, pero también por el Chuntaro Style, las drogas recreativas y en ocasiones, los actos delictivos, es de dominio público. El Mijis no niega su origen, todo lo contrario, utiliza su historia como plataforma política. Durante buena parte de su campaña, Carrizales enfatizó que el hecho de haber pertenecido al mundo del pandillaje, y conocer de primera mano los riesgos del abuso de drogas y alcohol, lo convierten en el hombre idóneo para posicionarse como la voz que reivindique a todos aquellos desclasados que todavía viven bajo la dura etiqueta social del “malandro”.

La plataforma política de El Mijis es congruente con su pasado. Tres propuestas específicas constituyeron el eje de su campaña: A)Eliminar el registro de antecedentes penales para jóvenes por delitos menores, esto en busca de combatir el estigma de “delincuente” que les niega la posibilidad de trabajo. B) Fomentar el empleo de los jóvenes a través de una campaña que los vincule con trabajos temporales para contribuir al desarrollo de los barrios en que viven. C) Impulsar las campañas de “inclusión social” para continuar con la lucha en contra de la discriminación. Pedro Carrizales no es un improvisado que MORENA reclutó por su finta de cholo descarriado en un intento rústico por “darse un baño de pueblo”. El Mijos ha sido un destacado activista social con más de quince años de experiencia antes de sumarse a la Coalición Juntos Haremos Historia.

La tradición mexicana de hacer política en base a chismes, datos inexactos, ambiciones irreales y prejuicios, no se detuvo a analizar la experiencia, o el plan de acción del Mijis. Prefirieron irse por la fácil y destacar su pasado vandálico. Los más ricos de México, fieles a su vocación de autistas frente a la desgracia ajena, se deshicieron en improperios desde su torre de marfil, jalándose los cabellos por no acabar de entender cómo es que los jodidos han adquirido el descaro de ocupar posiciones que no corresponden a su clase. Los más pobres, por otro lado,  se mantienen la expectativa de un circo mediático que para ellos no responde a ninguna de sus necesidades más básicas. Ellos son los únicos que entienden la situación real de Pedro Carrizales como un Chavo Banda que tuvo que adaptarse a la situación de marginalidad en que viven municipios enteros, dónde la falta de oportunidades y el desdén de las instituciones públicas para el desarrollo social los condena a ser el caldo de cultivo para que florezcan las pandillas delictivas, que frente a un futuro desalentador, deciden jugarse la vida en el paraíso criminal de los dineros fáciles y los riesgos mortales.

Ante esta situación,  algunos sectores de la Clase Media han optado por reivindicar su papel de soñadores incólumes y terminaron por constituirse como altoparlantes que repiten hasta el cansancio todos los prejuicios de una sociedad en decadencia. Los detractores del Mijis se han alienado en dos frentes. En primera están los más conservadores, que se persignan ante la idea de tener un diputado con múltiples tatuajes, pantalones aguados y paliacates amarrados al cuello sin acabar de entender que la decencia y las buenas costumbres son quimeras inventadas por los ricos para establecer otra frontera de cristal con los pobres, o queriendo pasar por alto que los más grandes ladrones en el mundo han sido siempre los mejores vestidos. Por otra parte, los clasemedieros más avispados, conscientes de la monumental estupidez que significa hacerle saber al mundo que aún sigues en la lógica de juzgar al otro por cómo se viste, esconden su clasicismo destacando el pasado criminal de Pedro Carrizales bajo la consigna “No quiero a un diputado con antecedentes penales”. Lo más raro es que estas voces no surgieron antes para exigirle lo mismo a toda la camarilla de crápulas que han gobernado al país durante décadas, pareciera entonces que el pecado no es tanto robar, sino el hecho de lucir como ladrón, ya saben, “para ser, hay que parecer”.

Pedro Carrizales tiene una oportunidad de oro para desmitificar la creencia de que los hombres ilustres que llevan las riendas del país deben de usar tacuche. De acuerdo al reglamento vigente en la Cámara de Diputados, no existen reglas de etiqueta para que un legislador desempeñe su cargo en las sesiones ordinarias del Parlamento. Esto contrasta con el imaginario mexicano que concibe a las sesiones parlamentarias como un gigante desfile de catrines con la habilidad sobrenatural de hablar mucho y resolver poco. Si el Mijis es congruente con su discurso, rechazará adaptarse a normas de vestimenta que, como le pasó a Pablo Escobar en 1982, cuando tuvo que pedir una corbata prestada para cruzar el umbral del Honorable Congreso de Colombia, normalicen su imagen de malandro y repliquen el prejuicio de que los hombres se miden por cómo lucen, y no por cómo hacen. El gran capo de Medellín entendió a la mala manera que lo que lo distinguía de la clase política no eran sus abultadas cuentas de banco, ni su vocación natural para la delincuencia ­­––ya que ambas partes compartían estas características––, sino el hecho de pertenecer a un estrato social al que le fue vetado el privilegio de mandar desde que se inventó el mundo. Porque uno puede ser presidente de la república si es bandido, pero nunca lo podrá ser si es Paisa. En todo caso, como dicen en Internet, a lo que verdaderamente le deberíamos de tener miedo es que los diputados vayan a malear al Mijis.

Ya sé lo que van a decir, porque siempre pasa que cada quién lee lo que quiere y entiende lo que le conviene, así que vamos aclarando las cosas. No estoy comparando a Pablo Escobar con el Mijis, ni estoy diciendo que Pedro Carrizales sea un malandro peligroso para el orden social como sí lo fue en su momento el narcotraficante colombiano. La cuestión central no es discutir si Carrizales tiene o no un pasado criminal––aunque ya se hizo pública su carta de no antecedentes penales––, sino el resaltar el prejuicio de un gran sector de clasemedieros que todavía se comen el discurso americano del Self-Made Man, y del pobre que nunca sale de jodido porque no le gusta trabajar. En México pensamos en el progreso como una suma de esfuerzos hercúleos y “buenos valores” que nos llevarán inevitablemente al camino del éxito, sin reparar  en que la inmovilidad social es una realidad lacerante, y no un cuento chino que nos cuentan los “socialistas” y los “chairos” para justificar la pereza. Dentro de la lógica capitalista la competencia es el motor para propulsar el crecimiento económico, el problema con esto, aparte del hecho que la ambición inevitablemente  terminará por llevarnos a todos al carajo es, cómo me lo explicó una vez mi hermano, que con su formación de economista está mejor entendido en estos vericuetos sistémicos, la inexistencia de un estructura que asegure la igualdad de oportunidades y propicie la inclusión de la totalidad de la población al sector productivo.

Es por eso que aquí en México nos gusta buscarle tres pies al gato y proponer fórmulas mágicas para impulsar la economía sin voltear a ver a la pobreza. Porque esos naidenes, aquellos nadien, y estos nadies no importan, son desechables. Sirven únicamente para que las clases medias y altas los condenen por el atraso nacional, o que lo políticos los reciclen cada seis años como voto duro. Los pobres viven al margen de todo, porque al contrario de lo que las gentes “decentes que trabajan y estudian” piensan, el capitalismo no se fundamenta en esfuerzo, arrojo , y buenas intenciones. Para este modelo económico las personas no representamos más que fuerza de trabajo, explotación , y plusvalía. La humanidad se ha pasado la vida peleando entre sí por ver a quién le tocan los mejores privilegios, quién proviene de una mejor estirpe, o en su defecto, quién gana más, construyendo muros y rindiéndole pleitesía a las fronteras que separan a los buenos y los malos, los bonitos y los feos, los decentes y los malandros, los gringos y los mexicanos, las mujeres y los hombres, los inteligentes y los burros, los ricos y los pobres. Al final de cuentas todo es una cuestión de clase.

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El albañil trabaja el doble de tiempo y en condiciones mucho más precarias que el empresario. Sin embargo, este último, gracias a su visión de futuro y a su habilidad comercial, gana treinta veces más que el primero. Si extendemos la comparación a los hijos de ambos el contraste es aún más significativo. Mientras el hijo del albañil batalla por terminar la secundaria golpeado por las hambres perras, los turnos dobles que tiene que trabajar para acabalar las cuotas “voluntarias” impuestas por las escuelas públicas, y la difícil disyuntiva de a cuál banda del barrio unirse si pretende resguardar un poco su seguridad a la hora de ir por las tortillas, el hijo del empresario puede terminar con tranquilidad su doctorado en Europa sin preocuparse por el pago de colegiaturas, la manutención, o los boletos trasatlánticos de primera línea.

El hijo del albañil, embebido por las promesas capitalistas de éxito a la vuelta de la esquina, con veintiséis años, dos chamacos encima y el tercero a tres meses de distancia porque los condones nunca han sido tan importantes como las urgencias de madrugada, decide entrarle al toro por los cuernos, estudia la prepa abierta y se inscribe en cursos de una universidad de segunda categoría––porque sólo esa alcanzó a pagar–– , para residirse como ingeniero. Por azares del destino, se le ocurre ir a la maquila que el hijo del empresario heredó hace algún tiempo como regalo de graduación del posdoctorado en una universidad sueca con un nombre impronunciable. Cuando el hijo del empresario revisa el curriculum del hijo del albañil lo felicita porque tiene el temple de la gente humilde, que a pesar de todas las adversidades sale adelante, pero le niega el empleo porque el hijo del albañil tiene antecedentes penales desde que decidió robar casas para completar la leche del bebé porque todos los ahorros de sus tres trabajos de medio pelo se le habían ido en pagar el recibo del gas natural para mantener la casa tibia y evitar que se le congelara la progenie.

En la cena, el hijo del empresario adivina el sostén que exalta los senos coronados por un collar de pedrería fina y manufactura extranjera que le gusta usar a su mujer en las cenas elegantes. Se desahoga con ella, le cuenta que hoy salió decepcionado del trabajo, todo por la estúpida decisión de suplir al departamento de recursos humanos y asumir la responsabilidad de entrevistar personalmente a los candidatos para ocupar puestos de empleo dentro de la fábrica. No para de hablar sobre el hijo del albañil durante toda la noche, que feo se me hizo el rechazarlo guerita, se veía buena onda el chavo, pero no podía contratarlo, mi papá se hubiera encabronado conmigo. Inclusive durante su septingentésima sexagésima quinta incursión a los manglares rubios del amor que siempre ha explorado sin ninguna clase de protección ––porque eso de no usar condones no es privilegio exclusivo de los jodidos–– sigue buscando paliativos para su conciencia, yo si quería, pero esque después como voy a quedar con la junta, ¿te imaginas?, todos los malandros de la ciudad van a venir por empleo a mi empresa, si soy buena onda y ando contratando delincuentes al año me voy a la quiebra. Y finalmente, agotado y exprimido,  se amolda a las curvas suculentas en un abrazo liberador que le permite cambiar de tema antes que tanta pobreza le espante el libido a su amante, oye, por cierto, mañana voy a jugar raquet con mi amigo Jaime el clasemediero, ¿qué?, yo no le puse ese apodo, así lo conocían todos desde la escuela porque era becado, yo soy buena onda y nunca lo hice a un lado, es mi carnal, por eso lo nombré gerente de mi maquila, es chambeador, le echa ganas, ya sé que a mí ni me gusta el raquet, pero voy con Jaime porque aunque no lo diga,  él cree que es deporte de ricos y eso lo hace ver más chido, si se gastó casi todo su aguinaldo en raquetas para profesionales, banditas para el sudor y una mochila de marca, ni modo que le mate sus ilusiones.