Cada ciudad tiene cronistas que desde su particular óptica la describen. Para entender a Ciudad Juárez es necesario contarla desde sus entrañas. Esta frontera produce un estilo narrativo tórrido, las ideas se aglutinan en torno a una narrativa descabellada, muchas veces paradójica. Algunos cuentos sobre juaritos ubican la ciudad como absurda y distópica. Sin embargo, ¿será necesario recordar? que la literatura producida en esta extremadura del mundo es consecuencia directa de su intrínseco lenguaje.

Donde se cuenta como un grupo de imbéciles se pone a practicar el deporte extremo del narcotráfico en la frontera…

El día en que lo iban a matar, el malandro se levantó con una crudita de whiskey con soda (polvo) muy, pero muy regular. Se despertó una mañana de un viernes pero si bien soleado. Ni se le ocurrió preguntarle al sol que clase de mierda le tenían preparada sus “compas”.

Bueno, pues el inocente se levantó y lo primero que hizo fue llamarle al ojeras del cuatillo. ¡RING!, suena el celular. Bueno le dice el malandro a su supuesto compa.

¿Qué pues cuate, se va a hacer esa jugada o no?— , y el cabrón del cuartillo contesta con una voz hasta nerviosa.

Ya pasó la primera, pero parece que vamos a cruzar otra antes de la una —al malandro la voz atrás de la bocina empezó a olerle como un poquillo mal.

—¿Cómo que ya pasaron una?¿Por qué no me hablaste? ¿Cómo vamos a quedar?del otro lado del teléfono nomás se oye —Mira, no te preocupes por tu dinero. Lo que pasa es que todavía no entrego porque todavía no me han pagado— como resortes el malandrón se levanta de la cama, se viste y  dice:

—Ahorita que este cerca del puente te hablo y nos vemos.

El malandro cuelga el teléfono bien, pero bien encabronado, sale de su casa y al cerrar se acuerda que las llaves del carro y de la chapa las dejó en el sillón.

¡Chingue a su madre, también esto!.

Se lanzó a buscar a su camarada a la vuelta de su casa, pero este ya no estaba.

—Anda en el trabajo— le dice su mamá. Ni modo, en rula hasta el puente libre.

El malandro llega al punto. No ve por ningún lado al mentado cuatillo. No le queda otra que esperarlo. Desesperado, una media hora después decide cruzar el puente y llamarlo. El pinche bato mierda no se aparece si no hasta media hora después. Cuando el malandro lo ve se da cuenta de que este hijo de puta lo ha engañado, lo ha usado. Hablan de todos los pormenores de la mamada sin saber que el cuatillo tienen a dos culeros agentes federales (D.E.A y F.B.I) oyendo toda la conversación en un carro bien discreto (placas nacionales, vidrios polarizados, etc.)

El malandro se da cuenta de la acción del cuatillo, aunque no lo expresa. Piensa para sus adentros: Ya me cargó la chingada.

Después se va a comer algo al Denny´s y de ahí le habla a otro compa, el que jala con los “feos”

— Quiubo Tom.

— ¿Dónde nos vemos?

_¿puedes venir al Denny´s?

—No Tom, ando bien ocupado.

—Háblame al ratón, ¿Ok?

El malandro decide entonces irse al “Ancestros” y ahí esperar a su camarada quien llega después de una hora con otro compa matón de un narco bien pesado. Se avientan una botana, unos pistos y se van. De retache tiran al malandro en su casa

—Nos vemos más tarde —acuerdan.

Después de echarse una buena jeta, el malandro oye que le tocan la puerta.

—¿Quién es? se asoma.

—!Ah!, eres tú tocayo, ahí voy, pérame.

—Oye tocayo, ahí traen estos vatos la feria.

El malandro se asoma por la otra ventana y ve un carro blanco con los vidrios mas negros que las intenciones de los que están adentro.

—¿Qué pues?, vente, vamos a entregarte esole dicen.

Nomás deja traer las llaves y cerrar la puerta.

—Nombre, así déjala, órita volvemos tocayo— le responde. El malandro voltea y piensa para sí mismo: ya valí pura madre, pero pues a ver qué sucede.

De pronto, justo encima de la montaña Franklin se oye un estruendo, una voz que parece sonar a 100,000 watts de potencia —Ja, Ja, Ja, pinchis chavalos pendejos, ¿porqué creen que deje encargados de ese bisnes a los gringos?, porque ustedes son muy jariosos. JA, JA, JA.