Durante años corrieron rumores acerca de las “supuestas” candidaturas de Bob Dylan al premio Nobel de literatura. Estos bisbiseos servían para desacralizar a una de las más pomposas catedrales de las letras universales. Incluir a un músico entre los grandes escritores es un buen chascarrillo. Una ingeniosa puntada en el telar de los imposibles… hasta que se volvió realidad.

Sura Danius, secretaria de la Academia Sueca de las letras y encargada de dar el anuncio, sorprendió a una buena parte del mundo de las letras que de inmediato empezó a manifestarse a favor y contra de la decisión. Robert Allen Zimmerman, el rebelde poeta de Minnesota que escapó hacia Nueva York para deconstruirse y resurgir como Bob Dylan, referente de la música norteamericana, fue proclamado ganador del premio Nobel de literatura 2016. No cabe duda: The times they are a changin’.

Bob Dylan fue comparado por la academia sueca con los antiguos poetas griegos que vivían libres de distinciones entre prosa y melodía. Un intérprete que sigue rompiendo fronteras imaginadas; creador de un cosmos repleto de ironía, reflejo fiel de una realidad descarnada. En las letras mordaces de Dylan se amalgaman clamores de cuatro décadas inciertas con un sonido místico que divaga entre el rock y el folk

Sus letras versan sobre las coyunturas de los ayeres. Anclajes de nuestra historia reciente. ¿Se quiere hablar sobre el miedo latente a la hecatombe nuclear? “and the executioner’s face is always well hidden, when the hunger is ugly, when the souls are forgotten”. ¿Conocer sobre los vestigios del apartheid gringo? “Here’s the story of the hurracaine, the man the authorities came to blame for something that he never done”, ¿no sabes hacia dónde va tu vida? “How does it feel?, how does it feel?, to be with out home, a complete unkown, like a rolling stone”.

El aporte a las letras que Bob Dylan ha hecho es innegable. Sin embargo, el mundo literario ha empezado a generar polémica alrededor del evidente elefante en la sala: un músico ganó el premio Nobel de literatura. Las redes sociales han propagado esta discusión insulsa que, como la mayoría de las cosas que se hablan en el siglo XXI, tocan el fondo, pero no la forma.

Todos hablan acerca de si la poesía musicalizada de Dylan puede competir con la calidad literaria de Rudyard Kipling, Hermann Hesse o Albert Camus. Nadie se preocupa en el problema tácito que supone reconocer a los premios Nobel como la cúspide del conocimiento humano.

Una de las maravillas inherentes a la vida es el saber que el tiempo nunca será suficiente para conocer el gran espectro que supone la creación humana. ,La literatura es inmensa; el solo hecho de construir una biblioteca constituye un hercúleo reto. Siempre habrá un nuevo platillo por degustar, una inquietante película que disfrutar, un nuevo libro por descubrir. Sin embargo, en una sociedad cada vez más obsesionada con el fin, y menos interesada por la búsqueda, la categorización del conocimiento se vuelve esencial para cubrir las mundanas metas del día a día.

Estamos frente a un mundo frenético. No tenemos tiempo para nada, menos para vivir. Importamos gustos, que, carentes de la búsqueda por entenderlos, carecen de real significado. Los “expertos” nos han robado la individualidad. El reconocimiento es ahora, un artificio creado por las élites que deciden por nosotros que es lo que nos conviene. 

Volvimos a la etapa de antes de las reformas luteranas, en donde no podías leer la Biblia a menos que hablaras latín. Ahora ya no existe la necesidad de las prohibiciones, nosotros creamos nuestro propio claustro. El restaurante no es bueno sin estrellas Michelin, la película no vale la pena sin el respaldo de un Óscar, pensándolo bien, y al fin y al cabo, ¿Quién carajos se cree la Academia Sueca para decidir cuál es la buena literatura? ¿Hay qué dejar de leer a Borges, Kundera y Rulfo porque nunca ganaron un Nobel?

Los premios Nobel se presumen universales, cuando en realidad están focalizados hacia la parte occidental del mundo. Hay muy poco espacio para creaciones de otras latitudes, que, ajenas a los cánones del establishment restante, son confinadas al olvido o, en el mejor de los casos, a entes exóticos, útiles sólo cuando reflejan la diferencia; el choque de civilizaciones.

La literatura es una expresión artística, y siendo el arte tan diverso, es inconcebible tratar de jerarquizarlo de un modo tan grotesco como se hace actualmente. El premio Nobel no se trata ya de un simple reconocimiento, se ha convertido en la llave para entrar al espacio de los iluminados. Las academias de las artes y las ciencias se han constituido como los guardianes del que se pretende “único” conocimiento. Su labor radica en categorizar el saber usando referencias cada vez mas alejadas de la realidad y parámetros demasiado elevados para la comprensión del común de los mortales, que nos contentamos con leer las recomendaciones que los eruditos dilucidan.

Los premios dependen del prestigio, y la Academia Sueca de letras seguirá determinando la calidad de la literatura mientras se lo permitamos. Ya lo dijo Dylan: How many years can some people exist, before they aloud to be free?

Cuando recién escuche la noticia de que Bob Dylan recibió el galardón más importante de la literatura, quise regresar el tiempo a cuando tenía quince años y solía encerrarme en mi cuarto para memorizar canciones de rockeros gringos. Me gustaría volver a cobijarme bajo el manto del desacato juvenil que maquillaba mi ignorancia y contestarle a mi padre -No estoy perdiendo el tiempo, estoy memorizando las letras de un poeta. Me apeteció desafiarlo espetándole, -Es mucho mejor que el libro de Maupassant que traes bajo el brazo. Se me antojó de pronto retornar y sentenciar: ¿y ese pendejo qué?, nunca ganó el Nobel.