De ustedes dependerá quienes permanecerán en pie cuando la fiesta se acabe y se enciendan las luces. O la prensa independiente, feminista, autogestionada y contestataria, o los que han convertido el periodismo en una subasta de mercaderes.

El director de CTXT es Miguel Mora y no tengo, hasta la fecha en la que se escriben estas líneas, argumentos en su contra, y mucho menos en contra de su madre. Esto es un clickbait, un gancho, un cebo. He utilizado el titular como una zanahoria que he colocado delante de sus ojos y usted, como un conejillo hambriento, se ha lanzado ávido a morderla. Puede parecer una nimiedad, pero se trata de un negocio muy rentable que genera suculentos beneficios. Es tal su eficacia que ni siquiera es necesario que siga leyendo para que el clickbait haga su efecto. Muchos compartirán este artículo sin haberlo leído y es que un redactor que insulta a su jefe en su propio periódico provoca en las redes sociales la misma reacción que un caramelo en la puerta de un colegio.

En estos tiempos de sobreinformación instantánea, basta con una sabrosa lombriz para que el pez pique en el anzuelo. “¿Por qué las feministas son más feas que las mujeres normales?”. Este titular, lamentablemente, sí es real. Se trata de una “noticia” publicada por la gacetilla Mediterráneo Digital que levantó una gran polvareda en las redes, allá por 2017. Una usuaria de Twitter, de buenas intenciones, logró que empresas de renombre retirasen la publicidad de este panfleto ultraderechista. Lo que en un principio parecía una victoria del bien sobre el mal se transformó en una gigantesca y gratuita campaña publicitaria. La noticia logró más de 250.000 visitas en apenas 24 horas, o lo que es lo mismo, más de 250.000 personas se tragaron el clickbait.

Mediterráneo Digital era un desconocido que alcanzaba picos de popularidad a base de escándalos. En 2014 ofertaron un puesto de trabajo donde solicitaban, y cito textualmente, una reportera “guapa, sexy, con muy buena presencia, desparpajo ante las cámaras y menor de 30 años”.  Por aquel entonces solo contaba con un empleado a tiempo completo, su director. Ahora, continúan ejerciendo como propagandistas del odio en una pomposa oficina en pleno centro de Madrid y presumen de una legión de seguidores en Twitter que supera, por ejemplo, a los de CTXT. Parten de una estrategia sencilla pero efectiva; el impacto vende y poco importa si es mentira o una media verdad. Agitan la bandera de la xenofobia y sobre todo de la misoginia, sabedores de que ahora que la revolución de las mujeres es imparable, la resistencia de los temerosos a perder su posición de privilegio es más férrea que nunca.

En el mismo fango de las medias verdades se mueve como gorrino en cochiquera Alfonso Rojo y su Periodista Digital. La burla contra una mujer que había sido víctima de abusos sexuales (“Un falso novio de postín camela a una pardilla en Barcelona y se la lleva de esclava a Rumanía”) le costó el escarnio público e incluso la sorprendente reprimenda de las asociaciones de la prensa, habituadas al corporativismo gremial de según qué tipo de periodismo. En lugar de predicar por el propósito de enmienda, Rojo sigue revolcándose en el lodazal de la infamia del que también hace bandera en la televisión pública del Partido Popular. Transitar más allá de los límites básicos de la moralidad, lejos de ser una peregrinación por el desierto, resulta una ocupación muy lucrativa.

Internet es un reflejo de lo que somos y también de lo que nos gustaría dejar de ser. La actividad en la red, como en la vida, funciona a base de impulsos irracionales. El odio, el morbo o la venganza –y últimamente los gatos de la periodista Marina Lobo contra Rafael Hernando– son el combustible que mantiene en funcionamiento la maquinaria.

El pasado 13 de marzo, el escritor y filósofo Santiago Alba Rico publicó en CTXT un artículo titulado “Gabrielillo en el cuarto de juegos”. No exagero si afirmo que ojalá fuesen las únicas palabras que se hubieran escrito sobre Gabriel Cruz, el niño asesinado en Almería hace apenas unos días (dedíquenle cinco minutos si quieren reconciliarse con el mundo). El texto en cuestión se compartió más de 11.700 veces en Facebook, una cifra nada desdeñable para un medio, en muchos aspectos humilde, que sin embargo no pudo competir con los números de este otro: “Los cuatro minutos de estrangulamiento de Gabriel: una muerte con sufrimiento”; una minuciosa radiografía sobre la agonía y muerte de un crío de ocho años que corrió como la pólvora por los mentideros de internet. Aunque el temporal de críticas todavía arrecia sobre la cabeza de Pedro J, la mala publicidad también es publicidad.

En 1976, el maestro Chicho Ibáñez Serrador se preguntó “¿Quién puede matar a un niño?”. Han pasado más de 40 años, los infantes siguen siendo asesinados pero ahora, al añadido por la pérdida más dolorosa, los padres se ven forzados a asistir a una suerte de mercadillo donde gacetilleros de dudosa humanidad compiten por llevarse la pieza más jugosa del cadáver.

En el negociado del clickbait existen modalidades más inocuas. Son habituales en la prensa deportiva; “¿Qué le dijo Cristiano Ronaldo a Zidane después del partido?”, y en esas revistas idiotizadoras de supuesto corte femenino que tratan a las adolescentes como princesitas cuya mayor aspiración vital es ligarse al capitán del equipo de fútbol: “10 trucos infalibles para atraer a ese chico que tanto te gusta pero que no te hace ni caso. ¡La octava te sorprenderá!” Valoraciones profesionales aparte sobre la idoneidad de esta clase de contenidos, convendrán conmigo en que la ausencia de malicia lo hace tolerable hasta para los estómagos más delicados. Más aún si hacemos una comparación con esos otros anzuelos, afilados y sangrantes, que suelen utilizar los pasquines de inclinación fascista que todavía hoy sobreviven al amparo de las anchas tragaderas de la libertad de prensa.

En 2014, Alerta Digital, un medio dirigido por un camorrista que fue jefe de prensa de Jesús Gil, anunció la noticia de que Pedro Zerolo padecía cáncer de páncreas con un montaje donde el antiguo político socialista aparecía abrazado a un mono. De nuevo, la semilla del odio germinó de boca en boca granjeándole a esta purria cavernaria un cuantioso número de visitas. Alerta Digital ha sumado a su arsenal mediático una televisión en la que, a propósito de Zerolo, un sacerdote vomitó que su enfermedad era fruto de la “providencia divina”.

En el mercado del clickbait, como en cualquier otro, no existiría oferta sin demanda. La tercera pata de este banco somos nosotros, los lectores, los usuarios de la prensa que saciamos los instintos más morbosos a golpe de ratón. Es la versión moderna del conductor que aminora la marcha para deleitarse con el espectáculo de un accidente de tráfico, los ojos curiosos que ladean la cabeza para comprobar si en un ángulo imposible son capaces de atisbar la agonía del moribundo, mientras desenfundan el móvil con la esperanza de que un video le suba la autoestima en estos tiempos donde la felicidad fluctúa según el número de likes.

De nuestra decisión depende el futuro de la prensa. Internet ha expandido las fronteras de la comunicación hasta extremos que no hace mucho eran inimaginables. Asistimos cada día al nacimiento de nuevas cabeceras, más o menos informativas, que con apenas unos pocos euros pueden llegar a plantarle cara a los tradiciones imperios mediáticos. Una buena noticia, sin duda, que ha contribuido a ampliar los márgenes de la pluralidad, pero el embudo es tan ancho que las malas hierbas han logrado echar raíces.

En una situación parecida a la sucedida a finales de los años 90 con el llamado boom de las punto com, una burbuja especulativa de las empresas ligadas a internet que reventó en 2001 con pérdidas millonarias, el sector de la prensa está surfeando sobre una ola que más pronto que tarde terminará colisionando contra el espigón. Hay demasiados comensales sentados a la mesa y no todos podrán llevarse su trozo del pastel.

De ustedes dependerá quienes permanecerán en pie cuando la fiesta se acabe y se enciendan las luces. O la prensa independiente, feminista, autogestionada y contestataria, o los que han convertido el periodismo en una subasta de mercaderes a golpe de clickbait.

 

Publicado originalmente en Ctxt