Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) ha escrito una novela rotunda, de una ambición e intensidad poco usuales, dicen de ella sus editores de Anagrama, después de otorgarle el premio Herralde de Novela en su versión 2014. Efectivamente, después de El Huésped, Pétalos,  Otras historias incómodas y El cuerpo en que nací, Guadalupe Nettel logra en Después del invierno construir una trama en el que el desastre anímico de sus personajes sitúan al lector frente al complejo mecanismo de las relaciones amorosas. Aguda, la novela de Nettel devela con fabulosa ironía, el escenario fatuo en que se mueven algunos grupúsculos de la denominada sociedad del glamour. 

Ruth

Mi hice amante de Ruth convencido que para el amor yo era un discapacitado. Al principio apenas me gustaba. Me seducía sobre todo su elegancia, sus zapatos caros, su olor a perfume. La conocí una noche en casa de mi amiga Beatriz, una sueca que emigró a Nueva York al mismo tiempo que yo y que expone en dos galerías del Soho. Beatriz tiene un loft en Brooklyn, decorado con muebles de los años setenta que ha ido recolectando en las ventas de garaje a las que acude con frecuencia. Quizás esa noche tuve el presentimiento dd que algo iba a suceder o quizás me sentía particularmente solo y tal circunstancia  propició que me abriera a chusma con la que no suelo mezclarme. Los artistas en general me parecen gente frívola cuyo único interés es comparar el tamaño de sus egos. Durante la comida no dejaron de hablar de sus proyectos y de la forma en que conseguían la aprobación de los críticos. Entre los invitados estaba Ruth, una mujer de cincuenta y tantos años que se limitaba a escuchar en un rincón de la sala. Junto a ella, una especie de cacatúa vestida de colores chillones y un par de espejuelos amarillos describía la reciente exposición de Willy Cansino como una maravilla que iba a hacer palidecer a todos los artistas latinos de Chelsea. Me agradó su silencio y no pude interpretarlo como un gesto compasivo: Ruth era más adulta y serena que el resto de la concurrencia, al punto que tuve ganas de sentarme junto a ella en ese rincón. Sentí deseos sobre todo de callar a su lado, de reposar en su calma y eso fue lo que hice. En cuanto la mujer de las gafas rutilantes se alejo unos metros para servirse otro vaso de whisky, tome descaradamente su lugar. Le sonreí a Ruth con sincera simpatía y no hubo poder humano, ni siquiera el de mi amiga Beatriz, que me apartara de ahí en todo la noche. Ese fue el comienzo de nuestro idilio. En su rostro preservado por la magia de los cosméticos descubrí su cansancio fascinante. Adiviné —y no creo haberme equivocado— que era una mujer sin energía. Su presencia resultaba tan ligera que en ningún momento iba a representarme una amenaza. La miré sin decir una palabra durante más de un cuarto de hora, y después, sin ningún tipo de preámbulo o de presentaciones, le aseguré que una boca como la suya merecía toda mi admiración, que junto a una boca así era capaz de permanecer la vida entera postrado. Los labios de Ruth son grandes y carnosos pero no era eso y tampoco color carmín que los cubría aquella noche lo que inspiró mi comentario, sino esa forma tan rotunda de callar. Le pedí su teléfono. La semana siguiente, no recuerdo si fue el sábado o el domingo, la invité a ver una película francesa, Conte d automme de Eric Rohmer, en la que no pasa nada, como ocurre siempre en mis películas favoritas. No había mucho que comentar al salir del cine, pero encontré la oportunidad de deslumbrarla con mi francés, lengua que ella había aprendido en la escuela y recordaba muy poco. Fue Ruth quien escogió el bar de Tribeca donde tomamos el único trago de la noche, un vino excelente de cuarenta y cinco dólares la copa. Me gustaba la mesura con que Ruth consumía las bebidas etílicas. Las mujeres que he conocido en esta ciudad o lo evitan por completo o se dan al alcohol sin reservas, lo cual, la mayoría de las veces, desencadena espectáculos bastante bochornosos. Ella, en cambio, bebía casi siempre una sola copa, si acaso dos, pero nunca más, y esa actitud me parecía una buena prueba de su prudencia. Insistió en pagar y aquel acto de generosidad no sólo me convenció  de la bondad de su alma, sino que consiguió que me sintiera seducido, envuelto en esa aureola protectora de las mujeres ricas a la que poco a poco he ido acostumbrado. La llamé dos semanas más tarde. tiempo suficiente para despertar en ella un poco de ansiedad y anhelo. El mes de abril suele ponerme romántico, seductor, y empleé con Ruth mi técnica más efectiva: una mezcla intermitente de indiferencia  e interés, de ternura y desprecio, que suele poner a las mujeres de rodillas. Sin embargo, esta hembra inmutable permanecía tranquila y resignada. Al parecer le daba lo mismo que yo albergara la urgencia  de besarla o que la mirara como a un ser frívolo y desabrido. Su afabilidad me intrigaba.

Una tarde, Ruth me llamó a la oficina. Me había demorado en salir, corrigiendo un libro de historia para estudiantes de secundaria, y era el único empleado en el piso 43. Respondí a su llamada con alivio pues sabía que nadie iba a escucharme. Cuando hay gente alrededor, me resulta casi imposible pronunciar una frase por teléfono sin la sensación de que todos en la editorial están al pendiente de cada palabra que digo, me instalé frente al ventanal de la oficina. La ciudad emitía su murmullo nocturno. A mis pies tenía las luces de Manhattan. Se sentía exaltado frente al paisaje de Penn Station, cuyos edificios conozco de memoria, como si en vez de hablar por teléfono con una mujer, prácticamente desconocida estuviera susurrando al oído de la ciudad, esta ciudad impersonal a la que amo justamente por la libertad que me concede. Le conté los detalles de mi vida, el lugar y las personas con quienes había almorzado, el libro que estaba corrigiendo. Le hablé del gimnasio al que voy por las tardes y le describí el placer que me provoca aumentar la velocidad de la máquina caminadora.

—¿Cuándo nos vemos? —preguntó Ruth, y su voz alquitranada me devolvió a la realidad. Nueva York podía estar frente a mí, pero había alguien del otro lado del teléfono. Por poco cuelgo el auricular—. ¿Quieres venir a cenar? —insistió la voz—. Mis hijos no duermen en casa y podremos estar tranquilos. —La palabra Children repercutió en mis oídos. Me sorprendió la soltura con que fue dicha, como si se tratara de la cosa más natural del mundo. Esa mujer que hasta entonces se me había revelado traslúcida, trémula como un papel de china en el que sólo se puede calcar, no escribir ni pintar algo, cobró una dimensión insospechada. Por primera vez pensé en la posibilidad que tuviera una historia, una familia, una vida.

—No me dijiste que tenías hijos.

—Te lo digo ahora —respondió tan serena como siempre.

Llegué a Tribeca con un vino de tres dólares que mi delicada anfitriona guardó en la despensa y reemplazó discretamente por otro de mayor calidad. Aún guarda esa botella, junto a los Saint-Emilion y los Cháteau de Lugagnac de sus cava, como un valioso recuerdo de aquella visita.

Templé con Ruth por primera vez en la cocina de su departamento. Se había parado de puntas para buscar no se qué especia en la alacena. Levanté su falda de seda y le hice el amor como nadie en su vida, ya que nunca antes había estado con un latino, mucho menos con uno de estos hombres que sólo se producen en la isla en que yo nací. A sus cincuenta y tantos años, Ruth grita como una felina cuando mi pinga le golpea los ovarios. Terminamos en su cama entre una sábanas color durazno y dormimos juntos esa noche. Por la mañana, me fui sin hacer ruido y llegué al trabajo oliendo a alcohol y a desvelo. Ninguno de mis compañeros hizo un solo comentario. Me conocen de sobra para saber que no soporto las indiscreciones. Tenía ganas, sin embargo, de contarle a alguien mi aventura, aun sabiendo que en toda la oficina no había una sola persona que mereciera mi confianza. De modo que en el almuerzo me decidí llamar a Mario, mi amigo más cercano, quien conoce todas mis facetas, desde los años de nuestra niñez en El Cerro hasta los últimos episodios de mi vida, que en ese momento ni siquiera imaginaba. Había pasado más de un año desde nuestra última conversación y ninguno de los dos había intentado reanudar el contacto.

Cuando terminé de contarle la historia, exaltado, casi con romanticismo, Mario guardó silencio. gesto que consideré una señal de respeto de su parte. Probablemente quería disfrutar durante unos minutos suplementarios la atmósfera de mi relato.

—Pobre mujer —exclamó por fin en voz baja—, ¿Qué maldad habrá hecho para merecerte?

Lo decía en serio.

Al colgar el teléfono tenía muy clara la razón de nuestro distanciamiento. Entre Mario y yo la cortesía había quedado aplastada bajo una sinceridad implacable. Volví a ver la imagen de Ruth recargada en su despensa, desvestida a medias por mis caricias furiosas. Miré de nuevo su expresión de abandono, de quien se deleita ofreciendo a otro, aunque fuera un extraño, el cabello rubio desparramado junto al fregadero, las pecas en los hombros. Ese cuerpo esbelto que se deja atrapar con un ardor fingido, semejando el de una quinceañera incauta. Sentí náuseas, aunque ignoro exactamente por qué. No volvía a llamarla en un mes.